«PENSABA QUÉ PODRÍA HACER POR DIOS»1

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En el retiro anterior Teresa de Jesús nos invitaba a redescubrir el gran don que supone nuestra llamada, nuestra consagración. Es y será siempre el punto de partida necesario para no perder nunca de vista el verdadero sentido de nuestra vida. Podríamos decir que se trata de un aspecto fundamental en ese camino del conocimiento de sí que para Teresa forma parte del proceso de la vida, y sin el cual no podemos avanzar en el camino. En este sentido bien podemos recordar esas palabras de Teresa que, aunque aplicadas al conocimiento propio, podemos entender como si se refiriese a la toma de conciencia constante del don que hemos recibido en nuestra consagración religiosa y bautismal, y que si lo perdemos de vista, fácilmente se puede dar pie a que se presenten grandes dificultades en el camino: “Y aunque esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar, ni hay alma, en este camino, tan gigante que no haya menester muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se olvide, quizás lo diré más veces, porque importa mucho); porque no hay estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario tornar al principio, y en esto de los pecados y conocimiento propio, es el pan con que todos los manjares se han de comer, por delicados que sean, en este camino de oración, y sin este pan no se podrían sustentar… “(V 13, 15). En este paralelismo bien podemos afirmar que sin el pan del reconocimiento del don recibido, de ese amor primero que funda y fundamenta nuestra consagración, no podremos subsistir.

Sabemos muy bien lo importante que es en la vida de cualquier ser humano la apertura al conocimiento de sí, que es la base sobre la cual se asienta el desarrollo armónico de su vida, así como la capacidad de aceptarse y amarse. Algo así acontece con todo lo que nos identifica en la vida, y más tratándose de esa consagración que nos define. Abrir los ojos para descubrirla cada vez con mayor gozo, no solo nos ayudará a acogerla, sino a vivirla conscientemente y de manera agradecida.

“El Papa Francisco nos llama a detenernos en el fotograma inicial –«La alegría del momento en que Jesús me ha mirado»”– y a evocar significados y exigencias relacionados con nuestra vocación: «Es la respuesta a una llamada y a una llamada de amor». Estar con Cristo supone compartir su vida y sus opciones; requiere la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad del amor” (Alegraos 4).

Responder al don de Dios

Pero ¿por qué es tan fundamental no perder de vista la grandeza de nuestra vocación? La respuesta es evidente: porque a partir de ahí surgirá –como consecuencia lógica y connatural– la realidad frente a la cual hoy nos coloca Teresa: del descubrir el don que se nos da, a tratar de corresponder o responder a ese don; es decir, de la experiencia vital de saberme amado de un modo único y especial, a la necesidad de no dejar de preguntarme nunca cómo corresponder con Dios.

La Madre Teresa de Calcuta también hace notar en su testamento espiritual cómo sin la experiencia profunda de ese Cristo que me interroga no seré capaz de responder a su llamada: “Me inquieta el que algunos de vosotros no hayáis encontrado a Jesús cara a cara: vosotros y Jesús a solas. Ciertamente podemos pasar un tiempo en la capilla, ¿pero percibirlo en vosotros –con los ojos del alma– con qué amor Él os mira? ¿En vosotros conocer verdaderamente al Jesús vivo, no desde los libros, sino por haberle dado hospedaje en vuestro corazón? Mientras no escuchéis a Jesús en el silencio de vuestro corazón, no podréis oírle decir en el corazón de los pobres “tengo sed”… Cómo podremos pasar nosotros un solo día sin escuchar decir a Jesús “yo te amo…” ¡Es imposible!”.

Este interrogante emerge en Teresa de Jesús al darse cuenta de todo lo recibido de parte del Dios de las misericordias. No es una consecuencia voluntarista, sino existencial. Y casi como algo connatural surge el planteamiento que le llevará a Teresa a buscar corresponder con ese amor gratuito de Dios: “Pensaba qué podría hacer por Dios”. (V 32, 9). Teresa comienza a descubrir que el sentido de su vida consagrada y del agradecimiento al don recibido están no en el hacer, sino en el hacer por Dios.

Este razonamiento surge en Teresa después de una experiencia extraordinaria en su trayectoria espiritual, y que va a suscitar en ella la pasión misionera y apostólica que siempre estará como motivación y objetivo en su vida y sus fundaciones: la visión o experiencia del infierno que ella nos narra en el Libro de su Vida. Sin esta experiencia, clave en su proceso, tampoco podríamos comprender la radicalidad de su respuesta a Dios. En palabras de Teresa esta visión le ayudó a tomar aún una conciencia mayor de la grandeza del amor de Dios. Ella no experimenta el infierno como lugar de condena, sino como lugar de vivir sin Dios, o mejor, de una vida que no descubre ni reconoce el amor presente y constante de Dios. No habla de un lugar del que ella se ha librado, sino del que Dios anticipadamente ya la había salvado: “quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia” (V 32, 4). Y Teresa es muy consciente de que lo único que ha hecho, ha sido comenzar a abrir los ojos frente al grande amor que Dios le estaba ofreciendo durante toda su vida. Esta experiencia teresiana nos ayuda a entender el porqué tantas veces nuestra vida –si perdemos de vista el verdadero horizonte y fundamento– fácilmente se convierte en un “infierno”.

De esta nueva conciencia que se va forjando en Teresa surge el compromiso con su vida y con los otros. No hay vuelta de hoja: “Esto me hace desear que, en cosa que tanto importa, no nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte” (V 32, 7). Mi capacidad de entrega, no puede estar condicionada a un horario, ni surgir de la obligación de cumplir con una obra o con unas oraciones, sino que debería brotar del dinamismo que forja en mí el encuentro vivo con Cristo.

 

Siguiendo la llamada

El encuentro personal con Cristo termina siendo punto obligado de referencia. Y de aquí emerge una primera respuesta-consecuencia por parte de Teresa: “ Y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese” (V 32, 9). Teresa se percata que la manera de responder al don de Dios es comenzar a ser consecuente con la llamada recibida. Ella reconoce que, aunque había sabido guardar las formas y normas de la vida regular de su convento, no había correspondido con autenticidad a la llamada de Dios, sino a una estructura y a la búsqueda o justificación de sí misma.

Aunque con dolor, Teresa así lo confiesa, como queriéndonos señalar que nunca es tarde para recomenzar el camino y que el Dios de las misericordias no se cansa nunca de esperar: “No sé cómo he de pasar de aquí, cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no lo puedo decir sin lágrimas, y habían de ser de sangre y quebrárseme el corazón, y no era mucho sentimiento para lo que después os ofendí. Paréceme ahora que tenía razón de no querer tan gran dignidad, pues tan mal había de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisisteis ser –casi veinte años que usé mal de esta merced– ser el agraviado, porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” (V 4, 3).

Este “mea culpa” teresiano, sin embargo, es el fruto de una vida que percibe que la “respuesta” no puede reducirse a una cuestión legal y formal. La alianza, que Dios ha establecido con ella en su consagración, se fundamenta en el amor y no en el contracambio. Por eso solo “amor con amor se paga”. Y una vida consecuente con ese principio que da sentido y valor a la consagración la lleva a dejar de pensar en ella misma para pensar en Él. El cambio que se produce en Teresa supone una auténtica revolución copernicana espiritual.

 

Viviendo con determinación

El descubrimiento del Don no solo conlleva una necesaria respuesta, sino que se convierte en el verdadero motor motivacional de la voluntad. Surge una de las virtudes más características de la personalidad de Teresa, y que ella colocará como sumamente importante para no desfallecer en el camino: la determinada determinación, o “ánimas animosas”. Es cierto que habla de ella muy frecuentemente en referencia a la necesidad de no desfallecer en el camino de la oración, es decir, en el camino de la amistad con Cristo, que finalmente para Teresa se confunde con el camino del seguimiento: “Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos: «hay peligros», «fulana por aquí se perdió», «el otro se engañó», «el otro, que rezaba mucho, cayó», «hacen daño a la virtud», «no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones», «mejor será que hilen», «no han menester esas delicadeces», «basta el Paternoster y Avemaría»” (C 21, 2).

Es en esta determinación donde emerge con gran fuerza el sentido de la consagración, de la pertenencia a Dios que llena y da sentido a toda forma de vida consagrada: “¿Qué hacéis Vos, Señor mío, que no sea para mayor bien del alma que entendéis que es ya vuestra y que se pone en vuestro poder para seguiros por donde fuereis hasta muerte de cruz y que está determinada a ayudárosla a llevar y a no dejaros solo con ella? Quien viere en sí esta determinación, no, no hay que temer. Gente espiritual, no hay por qué se afligir. Puesto ya en tan alto grado como es querer tratar a solas con Dios y dejar los pasatiempos del mundo, lo más está hecho. Alabad por ello a Su Majestad y fiad de su bondad, que nunca faltó a sus amigos. … Guíe Su Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos” (V 11, 12).

En este texto, si bien no es la intención explícita de su autora, lo cierto es que emergen con fuerza esos aspectos que se acentúan en la consagración. Desde el sentido de pertenencia y de seguimiento, hasta el vivir en la dinámica de la confianza absoluta en Dios. Todo ello es lo que puede alimentar la “determinación” como virtud que debería caracterizar el estilo de vida de la consagración.

Precisamente, el proceso que dio sentido a la vida de Teresa se plasma en una formulación consecuente con lo que ella descubre ha de ser su modo de vida: “determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo” (C 1, 2).

No se trata de hacer grandes o pequeñas obras, ni tampoco de grandes elucubraciones o meditaciones. Lo principal es la totalidad de la respuesta desde lo que uno es. “Hacer eso poquito que era en mí” significaba para Teresa poner toda su vida y todo su ser al servicio del Señor. Y así lo expresaba en una de sus cartas: “como hagamos lo que debemos, suceda lo que sucediere” (Carta 130, 3).

 

Para ayudar y servir a Cristo

Teresa descubre que seguir a Jesús es aprender a vivir con y como Jesús, al estilo de los discípulos. Este estilo de vida no es una simple opción ascética, sino que tiene un objetivo diferente y único que Teresa formula así: “ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor” (C 1, 2). El sentido de la consagración es ayudar a Cristo, implicarse en su vida y en su obra: no es, en primer lugar hacer esto o lo otro o vivir de una manera diferente. Todo está orientado a mejor ayudar a Cristo. La clave la encontraba Teresa en el único concepto válido para el seguimiento de Cristo: amor y/o servicio.

Todo ello lo ha plasmado de una manera admirable en su obra Camino de Perfección. Si bien se trata de un escrito nacido con la intención de perfilar para sus monjas el camino que han de seguir, termina siendo un auténtico libro de vida cristiana en su sentido más auténtico. No deja de ser más que curioso que en esta obra que parece orientarse a mostrar cómo ha de ser el camino de la oración, Teresa se detenga durante más de la mitad de los capítulos a hablar de las virtudes que han de caracterizar la vida del orante, o del seguidor de Cristo, términos que para Teresa terminan siendo sinónimos, ya que lo que ha de caracterizar a uno y a otro es la “amistad con Cristo”.

De hecho, es de sobra conocida la definición que Teresa da de la oración como trato de amistad: “tratar de amistad, estando tratando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5). Y si nos acercásemos al primer tratado de oración escrito por Santa Teresa (en el Libro de la Vida), descubriríamos también cómo lo que caracteriza la autenticidad de una vida espiritual es la vida “de los que comienzan a ser siervos del amor” (V 11, 1). El servicio es el efecto del amor, y quién se descubre amado por Cristo se convierte en su servidor-seguidor.

Santa Teresa centra la mirada en el camino para “servir a Cristo y a su Iglesia”, la razón por la cual –siempre según ella insiste a las destinatarias del escrito– han sido llamadas a juntarse, a formar una comunidad religiosa. En el fondo la opción que las ha traído a este estilo de vida es Cristo. Y esto nunca se ha de olvidar. Por eso nuestra llamada –para Teresa– es la de trabajar y servir a la causa de Cristo. Todo lo demás es accesorio, y no ha de apartarnos de lo esencial. Y así, como intuyendo los posibles desvíos, lo escribe a sus monjas: “¡Oh hermanas mías en Cristo! ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones; no, hermanas mías, por negocios del mundo; que yo me río y aun me congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar supliquemos a Dios, de pedir a Su Majestad rentas y dineros… Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (C 1, 5). Pareciera que Teresa nos sigue hablando en el presente, haciéndonos la invitación a no perder nunca de vista lo verdaderamente importante de nuestra consagración y misión: servir a Cristo.

Viviendo como Cristo: los consejos evangélicos

Curiosamente para Teresa el modo o manera de servir se corresponde con un modo o estilo de vida propio: el de Jesús, el de los consejos evangélicos. No es un vocablo habitual en el lenguaje teresiano y tampoco en su época, donde hablar de vida religiosa era centrar más la mirada en los votos y en su comprensión más ascética.

Sin embargo, Teresa prefiere hablar en positivo y dirigir la mirada hacia aquello que verdaderamente define la vida del cristiano y del consagrado: los consejos evangélicos. Tendremos ocasión de verlo detalladamente en los retiros posteriores. Ahora simplemente tratamos de entender el por qué Teresa concentra la atención en ello. Ella está muy convencida de que lo importante en la formación es fortalecerse en la virtud. Y así, por ejemplo, en relación con la pobreza nos recuerda que “sería engañar el mundo otra cosa, hacernos pobres no lo siendo de espíritu, sino en lo exterior” (C 2, 3).

Hay algo que Teresa fue aprendiendo a lo largo de sus años de vida religiosa antes de iniciar el nuevo camino en su primera fundación de San José de Ávila. Durante los 27 años que precedieron ese paso definitivo en su vida fue descubriendo que el auténtico sentido de una vida entregada a Dios, solo podía surgir si ponemos la mirada en Cristo y dejamos que Él se convierta en el verdadero centro y Maestro de la vida. Es el principal consejo que nunca deja de repetir en sus obras: “poned los ojos en Cristo”, “no prescindáis de tan buen Amigo”.

Teresa es consciente de que la vivencia de los consejos pone en claro la autenticidad de la consagración en la verdadera perspectiva evangélica: “… que hemos de servir a Dios como Él quiere y no como nosotros queremos” (Carta 172, 12).

Los consejos evangélicos plasman muy claramente en la vida lo que implica la identificación o configuración con Cristo. Por eso Teresa siempre subrayará la dimensión positiva de dichas realidades. Nos hablará siempre de imitar a Cristo en su humanidad, en sus opciones, en sus valores, en su entrega incondicional al Padre. Él es el modelo, es el maestro, es el camino. Y nuestro objetivo, la razón de nuestra consagración es colaborar con Él.

De hecho, si nos acercamos al Camino de Perfección, enseguida descubrimos que los primeros capítulos son una invitación a la vida en clave evangélica. Seguir a Cristo es optar por un estilo de vida centrado en una relación que va a marcar profundamente la existencia de la persona humana. Por eso, para Teresa, el seguimiento, la oración, no son prácticas sino una forma y estilo de vida, que conlleva necesariamente un modo de ser: el modo de ser de los discípulos de Jesús.

Ello conlleva hacer unas opciones fundamentales que, al mismo tiempo, supondrá un cambio y una transformación progresiva en la vida del seguidor. No como un requisito previo, sino como un inicio, camino y meta. Todos estos valores o virtudes que Teresa nos ofrece y que para ella sintetizan “los consejos evangélicos”, vienen a significar que el “trato de amistad” va a ir transformando a la persona: resultado de un aprender a conocerse y un querer conocer a Cristo… En el fondo, Teresa llega al punto de la genialidad cuando descubre que no se trata de orar o no, de hacer o no hacer, sino de amar y servir.

Teresa quiere reproducir en su vida, y en la de los que se animan a seguir a Jesús, el estilo de vida de los apóstoles. Vivir los consejos evangélicos con perfección conlleva, para Teresa, tres características principales en la vida del seguidor: la radicalidad evangélica, el cristocentrismo que pone al Maestro en el centro de la vida, y la perspectiva apostólica, es decir, entregarse a la causa de Cristo. Para Teresa esto es lo principal “para lo que el Señor os juntó en esta casa y por lo que yo mucho deseo seamos algo para que contentemos a Su Majestad” (C 3, 1). “Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís con el fin para que aquí os juntó el Señor” (C 3, 10). Teresa pone mucho empeño en clarificar el verdadero fin y sentido de la consagración en el que se han de empeñar todas nuestras fuerzas, ya sea en una manera u en otra. El modo de prestar el servicio será diferente según las circunstancias y los carismas, pero la finalidad no puede ser sino la misma.

Esto nos ayuda a entender cómo Teresa descubre que la dimensión apostólica es un valor inherente a la consagración y no un añadido; no emerge de lo que se hace sino de lo que se es, de la vida en autenticidad de los consejos evangélicos. Es desde ahí que nos configuramos con Cristo, que nos hacemos otros Cristos, y es cuando todo nuestro ser adquiere la forma y la amplitud de Cristo. En los próximos retiros tendremos la oportunidad de ahondar precisamente en esa dimensión apostólica que emana de la vivencia de los mismos consejos evangélicos, que convierten al consagrado en testigo y anunciador del Reino con su propia vida.

Por eso Teresa no elude la pregunta: ¿Qué tales habremos de ser…? (C 4, 1). Ni tampoco deja la respuesta a la improvisación: “Está claro que hemos menester trabajar mucho, y ayuda tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras… que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho” (C 4, 1).

“La vida consagrada está llamada a encarnar la Buena Noticia, en el seguimiento de Cristo, muerto y resucitado, a hacer propio el «modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos»… Permanecer en Cristo nos permite acoger la presencia del Misterio que nos habita y hace que se dilate el corazón a la medida de su corazón de Hijo… «¡Permanecer en Jesús! Se trata de permanecer unidos a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él »” (Alegraos 5).

“Hablando con Él”. En ello no deja de insistir Teresa. Y qué mejor que cerrar esta reflexión poniendo en práctica este consejo. Al modo teresiano, podemos hacer un sencillo acto orante, tomando conciencia de su Presencia dentro de cada uno. Dirigiendo la mirada hacia ese centro interior de mí mismo donde Él siempre me espera y está a la escucha. Dejemos que nuestro corazón le hable, poniendo en sus manos todo lo que haya podido suscitar en cada uno estas palabras, para renovarle nuestros deseos de seguirle y servirle. Esta oración de las Exclamaciones de Teresa, nos puede ayudar en este propósito: “¡Oh Vida, que la dais todos! No me neguéis a mí esta agua dulcísima que prometéis a los que la quieren. Yo la quiero, Señor, y la pido, y vengo a Vos. No os escondáis, Señor, de mí, pues sabéis mi necesidad y que es verdadera medicina del alma llagada por Vos. ¡Oh Señor, qué de maneras de fuegos hay en esta vida! ¡Oh, con cuánta razón se ha de vivir con temor! ¡Unos consumen el alma, otros la purifican para que viva para siempre gozando de Vos. ¡Oh fuentes vivas de las llagas de mi Dios, cómo manaréis siempre con gran abundancia para nuestro mantenimiento y qué seguro irá por los peligros de esta miserable vida el que procurare sustentarse de este divino licor” (nº 9).

 

1 Citaremos los escritos de Teresa de Jesús preparados por el P. Tomás Álvarez: Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos 19978 y Cartas, Monte Carmelo, Burgos 19974. Usamos las siguientes abreviaturas: V: Libro de la Vida, C: Camino de Perfección; Cartas: Cartas; F: Fundaciones.

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