«ME ERA GRAN REGALO PENSAR DE GUARDAR LOS CONSEJOS DE CRISTO» (V 35, 2)

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Cuando realmente nos hacemos conscientes del don de nuestra vocación, y de todo lo que implica nuestra consagración religiosa, la única respuesta necesaria que se forja en nosotros es el deseo de vivir consecuentemente con todos los dones recibidos. El Dios amigo se convierte en la verdadera y única razón dinamizadora de nuestra existencia y de nuestro modo peculiar de ser y de vivir.

Los retiros anteriores nos han ido acercando al proceso teresiano de esa toma de conciencia. Y no hace falta hacer grandes esfuerzos para percatarse de las consecuencias que todo ello implicó en su propia vida.

Una respuesta consecuente con la llamada

Hoy somos nosotros los que desde la toma de conciencia del don recibido, queremos corresponder desde la vida. Hemos visto cómo en Teresa de Jesús emergía con fuerza la pregunta “¿qué podría hacer por Dios?”. En este retiro nos adentraremos en la respuesta inmediata que surge ante este interrogante: “Y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese” (V 32, 9). Es decir, el anhelo de vivir consecuentemente con el don recibido. Por eso Teresa nos habla de “seguir el llamamiento que su Majestad me había hecho”. Ciertamente esta respuesta en clave existencial presupone que Teresa comenzó previamente a tomarse en serio –tal como hemos visto en anteriores retiros– , el sentido y valor de su consagración. En el fondo, Teresa nos va a plantear la necesidad de corresponder a la llamada, dejando que los valores que la configuran se conviertan en el verdadero dinamismo de la existencia del consagrado. Siempre desde la convicción profunda de que “Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo” (C 1, 2). Sigue leyendo

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«PENSABA QUÉ PODRÍA HACER POR DIOS»1

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En el retiro anterior Teresa de Jesús nos invitaba a redescubrir el gran don que supone nuestra llamada, nuestra consagración. Es y será siempre el punto de partida necesario para no perder nunca de vista el verdadero sentido de nuestra vida. Podríamos decir que se trata de un aspecto fundamental en ese camino del conocimiento de sí que para Teresa forma parte del proceso de la vida, y sin el cual no podemos avanzar en el camino. En este sentido bien podemos recordar esas palabras de Teresa que, aunque aplicadas al conocimiento propio, podemos entender como si se refiriese a la toma de conciencia constante del don que hemos recibido en nuestra consagración religiosa y bautismal, y que si lo perdemos de vista, fácilmente se puede dar pie a que se presenten grandes dificultades en el camino: “Y aunque esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar, ni hay alma, en este camino, tan gigante que no haya menester muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se olvide, quizás lo diré más veces, porque importa mucho); porque no hay estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario tornar al principio, y en esto de los pecados y conocimiento propio, es el pan con que todos los manjares se han de comer, por delicados que sean, en este camino de oración, y sin este pan no se podrían sustentar… “(V 13, 15). En este paralelismo bien podemos afirmar que sin el pan del reconocimiento del don recibido, de ese amor primero que funda y fundamenta nuestra consagración, no podremos subsistir.

Sabemos muy bien lo importante que es en la vida de cualquier ser humano la apertura al conocimiento de sí, que es la base sobre la cual se asienta el desarrollo armónico de su vida, así como la capacidad de aceptarse y amarse. Algo así acontece con todo lo que nos identifica en la vida, y más tratándose de esa consagración que nos define. Abrir los ojos para descubrirla cada vez con mayor gozo, no solo nos ayudará a acogerla, sino a vivirla conscientemente y de manera agradecida.

“El Papa Francisco nos llama a detenernos en el fotograma inicial –«La alegría del momento en que Jesús me ha mirado»”– y a evocar significados y exigencias relacionados con nuestra vocación: «Es la respuesta a una llamada y a una llamada de amor». Estar con Cristo supone compartir su vida y sus opciones; requiere la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad del amor” (Alegraos 4).

Responder al don de Dios

Pero ¿por qué es tan fundamental no perder de vista la grandeza de nuestra vocación? La respuesta es evidente: porque a partir de ahí surgirá –como consecuencia lógica y connatural– la realidad frente a la cual hoy nos coloca Teresa: del descubrir el don que se nos da, a tratar de corresponder o responder a ese don; es decir, de la experiencia vital de saberme amado de un modo único y especial, a la necesidad de no dejar de preguntarme nunca cómo corresponder con Dios.

La Madre Teresa de Calcuta también hace notar en su testamento espiritual cómo sin la experiencia profunda de ese Cristo que me interroga no seré capaz de responder a su llamada: “Me inquieta el que algunos de vosotros no hayáis encontrado a Jesús cara a cara: vosotros y Jesús a solas. Ciertamente podemos pasar un tiempo en la capilla, ¿pero percibirlo en vosotros –con los ojos del alma– con qué amor Él os mira? ¿En vosotros conocer verdaderamente al Jesús vivo, no desde los libros, sino por haberle dado hospedaje en vuestro corazón? Mientras no escuchéis a Jesús en el silencio de vuestro corazón, no podréis oírle decir en el corazón de los pobres “tengo sed”… Cómo podremos pasar nosotros un solo día sin escuchar decir a Jesús “yo te amo…” ¡Es imposible!”.

Este interrogante emerge en Teresa de Jesús al darse cuenta de todo lo recibido de parte del Dios de las misericordias. No es una consecuencia voluntarista, sino existencial. Y casi como algo connatural surge el planteamiento que le llevará a Teresa a buscar corresponder con ese amor gratuito de Dios: “Pensaba qué podría hacer por Dios”. (V 32, 9). Teresa comienza a descubrir que el sentido de su vida consagrada y del agradecimiento al don recibido están no en el hacer, sino en el hacer por Dios.

Este razonamiento surge en Teresa después de una experiencia extraordinaria en su trayectoria espiritual, y que va a suscitar en ella la pasión misionera y apostólica que siempre estará como motivación y objetivo en su vida y sus fundaciones: la visión o experiencia del infierno que ella nos narra en el Libro de su Vida. Sin esta experiencia, clave en su proceso, tampoco podríamos comprender la radicalidad de su respuesta a Dios. En palabras de Teresa esta visión le ayudó a tomar aún una conciencia mayor de la grandeza del amor de Dios. Ella no experimenta el infierno como lugar de condena, sino como lugar de vivir sin Dios, o mejor, de una vida que no descubre ni reconoce el amor presente y constante de Dios. No habla de un lugar del que ella se ha librado, sino del que Dios anticipadamente ya la había salvado: “quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia” (V 32, 4). Y Teresa es muy consciente de que lo único que ha hecho, ha sido comenzar a abrir los ojos frente al grande amor que Dios le estaba ofreciendo durante toda su vida. Esta experiencia teresiana nos ayuda a entender el porqué tantas veces nuestra vida –si perdemos de vista el verdadero horizonte y fundamento– fácilmente se convierte en un “infierno”.

De esta nueva conciencia que se va forjando en Teresa surge el compromiso con su vida y con los otros. No hay vuelta de hoja: “Esto me hace desear que, en cosa que tanto importa, no nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte” (V 32, 7). Mi capacidad de entrega, no puede estar condicionada a un horario, ni surgir de la obligación de cumplir con una obra o con unas oraciones, sino que debería brotar del dinamismo que forja en mí el encuentro vivo con Cristo.

 

Siguiendo la llamada

El encuentro personal con Cristo termina siendo punto obligado de referencia. Y de aquí emerge una primera respuesta-consecuencia por parte de Teresa: “ Y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese” (V 32, 9). Teresa se percata que la manera de responder al don de Dios es comenzar a ser consecuente con la llamada recibida. Ella reconoce que, aunque había sabido guardar las formas y normas de la vida regular de su convento, no había correspondido con autenticidad a la llamada de Dios, sino a una estructura y a la búsqueda o justificación de sí misma.

Aunque con dolor, Teresa así lo confiesa, como queriéndonos señalar que nunca es tarde para recomenzar el camino y que el Dios de las misericordias no se cansa nunca de esperar: “No sé cómo he de pasar de aquí, cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no lo puedo decir sin lágrimas, y habían de ser de sangre y quebrárseme el corazón, y no era mucho sentimiento para lo que después os ofendí. Paréceme ahora que tenía razón de no querer tan gran dignidad, pues tan mal había de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisisteis ser –casi veinte años que usé mal de esta merced– ser el agraviado, porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” (V 4, 3).

Este “mea culpa” teresiano, sin embargo, es el fruto de una vida que percibe que la “respuesta” no puede reducirse a una cuestión legal y formal. La alianza, que Dios ha establecido con ella en su consagración, se fundamenta en el amor y no en el contracambio. Por eso solo “amor con amor se paga”. Y una vida consecuente con ese principio que da sentido y valor a la consagración la lleva a dejar de pensar en ella misma para pensar en Él. El cambio que se produce en Teresa supone una auténtica revolución copernicana espiritual.

 

Viviendo con determinación

El descubrimiento del Don no solo conlleva una necesaria respuesta, sino que se convierte en el verdadero motor motivacional de la voluntad. Surge una de las virtudes más características de la personalidad de Teresa, y que ella colocará como sumamente importante para no desfallecer en el camino: la determinada determinación, o “ánimas animosas”. Es cierto que habla de ella muy frecuentemente en referencia a la necesidad de no desfallecer en el camino de la oración, es decir, en el camino de la amistad con Cristo, que finalmente para Teresa se confunde con el camino del seguimiento: “Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos: «hay peligros», «fulana por aquí se perdió», «el otro se engañó», «el otro, que rezaba mucho, cayó», «hacen daño a la virtud», «no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones», «mejor será que hilen», «no han menester esas delicadeces», «basta el Paternoster y Avemaría»” (C 21, 2).

Es en esta determinación donde emerge con gran fuerza el sentido de la consagración, de la pertenencia a Dios que llena y da sentido a toda forma de vida consagrada: “¿Qué hacéis Vos, Señor mío, que no sea para mayor bien del alma que entendéis que es ya vuestra y que se pone en vuestro poder para seguiros por donde fuereis hasta muerte de cruz y que está determinada a ayudárosla a llevar y a no dejaros solo con ella? Quien viere en sí esta determinación, no, no hay que temer. Gente espiritual, no hay por qué se afligir. Puesto ya en tan alto grado como es querer tratar a solas con Dios y dejar los pasatiempos del mundo, lo más está hecho. Alabad por ello a Su Majestad y fiad de su bondad, que nunca faltó a sus amigos. … Guíe Su Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos” (V 11, 12).

En este texto, si bien no es la intención explícita de su autora, lo cierto es que emergen con fuerza esos aspectos que se acentúan en la consagración. Desde el sentido de pertenencia y de seguimiento, hasta el vivir en la dinámica de la confianza absoluta en Dios. Todo ello es lo que puede alimentar la “determinación” como virtud que debería caracterizar el estilo de vida de la consagración.

Precisamente, el proceso que dio sentido a la vida de Teresa se plasma en una formulación consecuente con lo que ella descubre ha de ser su modo de vida: “determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo” (C 1, 2).

No se trata de hacer grandes o pequeñas obras, ni tampoco de grandes elucubraciones o meditaciones. Lo principal es la totalidad de la respuesta desde lo que uno es. “Hacer eso poquito que era en mí” significaba para Teresa poner toda su vida y todo su ser al servicio del Señor. Y así lo expresaba en una de sus cartas: “como hagamos lo que debemos, suceda lo que sucediere” (Carta 130, 3).

 

Para ayudar y servir a Cristo

Teresa descubre que seguir a Jesús es aprender a vivir con y como Jesús, al estilo de los discípulos. Este estilo de vida no es una simple opción ascética, sino que tiene un objetivo diferente y único que Teresa formula así: “ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor” (C 1, 2). El sentido de la consagración es ayudar a Cristo, implicarse en su vida y en su obra: no es, en primer lugar hacer esto o lo otro o vivir de una manera diferente. Todo está orientado a mejor ayudar a Cristo. La clave la encontraba Teresa en el único concepto válido para el seguimiento de Cristo: amor y/o servicio.

Todo ello lo ha plasmado de una manera admirable en su obra Camino de Perfección. Si bien se trata de un escrito nacido con la intención de perfilar para sus monjas el camino que han de seguir, termina siendo un auténtico libro de vida cristiana en su sentido más auténtico. No deja de ser más que curioso que en esta obra que parece orientarse a mostrar cómo ha de ser el camino de la oración, Teresa se detenga durante más de la mitad de los capítulos a hablar de las virtudes que han de caracterizar la vida del orante, o del seguidor de Cristo, términos que para Teresa terminan siendo sinónimos, ya que lo que ha de caracterizar a uno y a otro es la “amistad con Cristo”.

De hecho, es de sobra conocida la definición que Teresa da de la oración como trato de amistad: “tratar de amistad, estando tratando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5). Y si nos acercásemos al primer tratado de oración escrito por Santa Teresa (en el Libro de la Vida), descubriríamos también cómo lo que caracteriza la autenticidad de una vida espiritual es la vida “de los que comienzan a ser siervos del amor” (V 11, 1). El servicio es el efecto del amor, y quién se descubre amado por Cristo se convierte en su servidor-seguidor.

Santa Teresa centra la mirada en el camino para “servir a Cristo y a su Iglesia”, la razón por la cual –siempre según ella insiste a las destinatarias del escrito– han sido llamadas a juntarse, a formar una comunidad religiosa. En el fondo la opción que las ha traído a este estilo de vida es Cristo. Y esto nunca se ha de olvidar. Por eso nuestra llamada –para Teresa– es la de trabajar y servir a la causa de Cristo. Todo lo demás es accesorio, y no ha de apartarnos de lo esencial. Y así, como intuyendo los posibles desvíos, lo escribe a sus monjas: “¡Oh hermanas mías en Cristo! ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones; no, hermanas mías, por negocios del mundo; que yo me río y aun me congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar supliquemos a Dios, de pedir a Su Majestad rentas y dineros… Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (C 1, 5). Pareciera que Teresa nos sigue hablando en el presente, haciéndonos la invitación a no perder nunca de vista lo verdaderamente importante de nuestra consagración y misión: servir a Cristo.

Viviendo como Cristo: los consejos evangélicos

Curiosamente para Teresa el modo o manera de servir se corresponde con un modo o estilo de vida propio: el de Jesús, el de los consejos evangélicos. No es un vocablo habitual en el lenguaje teresiano y tampoco en su época, donde hablar de vida religiosa era centrar más la mirada en los votos y en su comprensión más ascética.

Sin embargo, Teresa prefiere hablar en positivo y dirigir la mirada hacia aquello que verdaderamente define la vida del cristiano y del consagrado: los consejos evangélicos. Tendremos ocasión de verlo detalladamente en los retiros posteriores. Ahora simplemente tratamos de entender el por qué Teresa concentra la atención en ello. Ella está muy convencida de que lo importante en la formación es fortalecerse en la virtud. Y así, por ejemplo, en relación con la pobreza nos recuerda que “sería engañar el mundo otra cosa, hacernos pobres no lo siendo de espíritu, sino en lo exterior” (C 2, 3).

Hay algo que Teresa fue aprendiendo a lo largo de sus años de vida religiosa antes de iniciar el nuevo camino en su primera fundación de San José de Ávila. Durante los 27 años que precedieron ese paso definitivo en su vida fue descubriendo que el auténtico sentido de una vida entregada a Dios, solo podía surgir si ponemos la mirada en Cristo y dejamos que Él se convierta en el verdadero centro y Maestro de la vida. Es el principal consejo que nunca deja de repetir en sus obras: “poned los ojos en Cristo”, “no prescindáis de tan buen Amigo”.

Teresa es consciente de que la vivencia de los consejos pone en claro la autenticidad de la consagración en la verdadera perspectiva evangélica: “… que hemos de servir a Dios como Él quiere y no como nosotros queremos” (Carta 172, 12).

Los consejos evangélicos plasman muy claramente en la vida lo que implica la identificación o configuración con Cristo. Por eso Teresa siempre subrayará la dimensión positiva de dichas realidades. Nos hablará siempre de imitar a Cristo en su humanidad, en sus opciones, en sus valores, en su entrega incondicional al Padre. Él es el modelo, es el maestro, es el camino. Y nuestro objetivo, la razón de nuestra consagración es colaborar con Él.

De hecho, si nos acercamos al Camino de Perfección, enseguida descubrimos que los primeros capítulos son una invitación a la vida en clave evangélica. Seguir a Cristo es optar por un estilo de vida centrado en una relación que va a marcar profundamente la existencia de la persona humana. Por eso, para Teresa, el seguimiento, la oración, no son prácticas sino una forma y estilo de vida, que conlleva necesariamente un modo de ser: el modo de ser de los discípulos de Jesús.

Ello conlleva hacer unas opciones fundamentales que, al mismo tiempo, supondrá un cambio y una transformación progresiva en la vida del seguidor. No como un requisito previo, sino como un inicio, camino y meta. Todos estos valores o virtudes que Teresa nos ofrece y que para ella sintetizan “los consejos evangélicos”, vienen a significar que el “trato de amistad” va a ir transformando a la persona: resultado de un aprender a conocerse y un querer conocer a Cristo… En el fondo, Teresa llega al punto de la genialidad cuando descubre que no se trata de orar o no, de hacer o no hacer, sino de amar y servir.

Teresa quiere reproducir en su vida, y en la de los que se animan a seguir a Jesús, el estilo de vida de los apóstoles. Vivir los consejos evangélicos con perfección conlleva, para Teresa, tres características principales en la vida del seguidor: la radicalidad evangélica, el cristocentrismo que pone al Maestro en el centro de la vida, y la perspectiva apostólica, es decir, entregarse a la causa de Cristo. Para Teresa esto es lo principal “para lo que el Señor os juntó en esta casa y por lo que yo mucho deseo seamos algo para que contentemos a Su Majestad” (C 3, 1). “Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís con el fin para que aquí os juntó el Señor” (C 3, 10). Teresa pone mucho empeño en clarificar el verdadero fin y sentido de la consagración en el que se han de empeñar todas nuestras fuerzas, ya sea en una manera u en otra. El modo de prestar el servicio será diferente según las circunstancias y los carismas, pero la finalidad no puede ser sino la misma.

Esto nos ayuda a entender cómo Teresa descubre que la dimensión apostólica es un valor inherente a la consagración y no un añadido; no emerge de lo que se hace sino de lo que se es, de la vida en autenticidad de los consejos evangélicos. Es desde ahí que nos configuramos con Cristo, que nos hacemos otros Cristos, y es cuando todo nuestro ser adquiere la forma y la amplitud de Cristo. En los próximos retiros tendremos la oportunidad de ahondar precisamente en esa dimensión apostólica que emana de la vivencia de los mismos consejos evangélicos, que convierten al consagrado en testigo y anunciador del Reino con su propia vida.

Por eso Teresa no elude la pregunta: ¿Qué tales habremos de ser…? (C 4, 1). Ni tampoco deja la respuesta a la improvisación: “Está claro que hemos menester trabajar mucho, y ayuda tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras… que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho” (C 4, 1).

“La vida consagrada está llamada a encarnar la Buena Noticia, en el seguimiento de Cristo, muerto y resucitado, a hacer propio el «modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos»… Permanecer en Cristo nos permite acoger la presencia del Misterio que nos habita y hace que se dilate el corazón a la medida de su corazón de Hijo… «¡Permanecer en Jesús! Se trata de permanecer unidos a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él »” (Alegraos 5).

“Hablando con Él”. En ello no deja de insistir Teresa. Y qué mejor que cerrar esta reflexión poniendo en práctica este consejo. Al modo teresiano, podemos hacer un sencillo acto orante, tomando conciencia de su Presencia dentro de cada uno. Dirigiendo la mirada hacia ese centro interior de mí mismo donde Él siempre me espera y está a la escucha. Dejemos que nuestro corazón le hable, poniendo en sus manos todo lo que haya podido suscitar en cada uno estas palabras, para renovarle nuestros deseos de seguirle y servirle. Esta oración de las Exclamaciones de Teresa, nos puede ayudar en este propósito: “¡Oh Vida, que la dais todos! No me neguéis a mí esta agua dulcísima que prometéis a los que la quieren. Yo la quiero, Señor, y la pido, y vengo a Vos. No os escondáis, Señor, de mí, pues sabéis mi necesidad y que es verdadera medicina del alma llagada por Vos. ¡Oh Señor, qué de maneras de fuegos hay en esta vida! ¡Oh, con cuánta razón se ha de vivir con temor! ¡Unos consumen el alma, otros la purifican para que viva para siempre gozando de Vos. ¡Oh fuentes vivas de las llagas de mi Dios, cómo manaréis siempre con gran abundancia para nuestro mantenimiento y qué seguro irá por los peligros de esta miserable vida el que procurare sustentarse de este divino licor” (nº 9).

 

1 Citaremos los escritos de Teresa de Jesús preparados por el P. Tomás Álvarez: Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos 19978 y Cartas, Monte Carmelo, Burgos 19974. Usamos las siguientes abreviaturas: V: Libro de la Vida, C: Camino de Perfección; Cartas: Cartas; F: Fundaciones.

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«… QUÉ SERÍA DEL MUNDO SI NO FUESE POR LOS RELIGIOSOS» Revalorizar nuestra vida de la mano de Teresa de Jesús

A la vida religiosa se le ha venido acusando de muchas cosas en las últimas décadas. Y hasta nosotros mismos, consagradas y consagrados, a la luz de los síntomas de “debilidad” que experimentamos, fácilmente caemos en la tentación de tirar piedras contra nuestro propio tejado, poniendo en evidencia lo negativo y pasando por alto lo positivo. Y en vez de agudizar nuestra mirada teologal, nos acomodamos a una visión y valoración superficial de nuestra vida.
En todas las congregaciones, institutos, sociedades de vida apostólica, institutos seculares… venimos realizando un largo examen de conciencia de nuestros males; a veces simplemente constatando su existencia, otras veces buscando causas, y tratando de encontrar soluciones a tantos problemas y dificultades: ¿Será que no vivimos con autenticidad? ¿O que nuestras estructuras ya no corresponden a los tiempos actuales? ¿Quizás debemos volver a lo de antes? ¿Será que hacemos poca oración? ¿O que no estamos siendo fieles a la llamada del Señor? Un sinfín de preguntas e interrogantes que no siempre nos ayudan de manera eficaz, sobre todo, cuando la pretensión es la de “conseguir frutos inmediatos” y nos apresuramos a cambiar normas, estructuras, formas… sin antes hacer una valoración más profunda y meditada de la razón de todo ello.
Nos acusamos a nosotros mismos de desmotivados, de aburguesados, de acomodados, de relajados… Y hay otros muchos –fuera de nuestras instituciones– a quienes les encanta meter el dedo en la llaga de nuestra pobreza y pequeñez. No faltan desprecios, incomprensiones, ninguneos, e incluso quién profetiza nuestra extinción y desaparición. Algunos porque se creen superiores en dones y carismas, y otros porque son incapaces de ver la realidad con la objetividad de la fe, y otros muchos porque simplemente miran la dimensión de pobreza humana que nos rodea y no la dimensión de “misterio” que nos fundamenta. Cierto que aquí no queremos ni defender, ni justificar, ni argumentar. No es este el momento ni el lugar.
Simplemente hago referencia a una realidad que forma parte de nuestra cotidianidad y en la cual hemos de aprender a vivir en clave renovada y teologal. Y en este contexto queremos preguntarnos si un personaje como fue Santa Teresa de Jesús, tiene algo que ofrecernos; si su vida, experiencia de Dios y ejemplo, puede “dar luz a estas tinieblas”.
Teresa de Jesús, cuyo 500 aniversario de nacimiento celebramos este año (28 de marzo 2015) y que curiosamente ha coincidido con el año dedicado a la vida consagrada, puede ayudarnos a vivir con mayor conciencia, alegría y profundidad nuestra vocación consagrada. Y de la mano de Teresa vamos a tratar de hacer este camino de reflexión durante el 2015.

Nuestra vida es antes que nada un don
Cuando tratamos el tema de la vocación a la vida consagrada estamos hablando de don, principalmente. Es algo evidente para todos, pero que olvidamos con suma facilidad. Los diversos carismas y formas de vida han ido surgiendo y surgen como una respuesta del Espíritu Santo a la realidad y a la necesidad eclesial del momento. No surgen por decisión simplemente humana, ni se fundamentan en un gran proyecto o peculiar visión que pueda tener una persona o grupo determinado. Es cierto que nosotros somos los gestores responsables de ese don, pero también es importante no olvidar que la vida consagrada es un don del Espíritu a su Iglesia, y que –como recordó el Concilio– pertenece a su vida y santidad.
Teresa de Jesús sufrió su propia y personal crisis, en la que posiblemente podemos encontrar puntos de coincidencia con nuestra propia trayectoria personal y/o comunitaria. Cuando ella entró como monja en el convento de la Encarnación de Ávila, ciertamente no tenía motivaciones vocacionales demasiado claras o demasiado concordes con lo que verdaderamente implica y significa la consagración. Ella misma –tal como nos relata en su Libro de la Vida–  reconoce que la movía más el temor que el amor, y que su propósito era –no tanto el de prestar un servicio al Señor– cuanto el de “librarse del purgatorio”, es decir, salvarse a sí misma: “En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma con esta razón: que los trabajos y pena de ser monja no podía ser mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en purgatorio, y que después me iría derecha al cielo, que este era mi deseo. Y en este movimiento de tomar estado, más me parece me movía un temor servil que amor” (V 3, 6)”. Posiblemente, con esas motivaciones iniciales, hoy en día no sería admitida tan fácilmente en un convento.
Pasarán bastantes años antes de que Teresa se dé cuenta del verdadero sentido y valor de su vocación. Como quizás nos ha podido pasar a cualquiera de nosotros, durante muchos años Teresa vivió siendo ella el centro de su vida consagrada: yo ofrezco mi vida, yo hago oración, yo hago penitencias, yo hago tantas obras de caridad, yo trabajo tanto… Sin darnos cuenta, y aunque con buenas pretensiones, vamos colocando al “yo” en el centro del dinamismo de nuestra consagración. Y, quizás, parte de nuestra crisis actual se deba a ello; y la valoración que hacemos de nosotros mismos apunta directamente a ese “yo”, a esos “yos”, que ya no tienen la misma fuerza, la misma energía… Por eso me gusta pensar que no es tanto nuestra vida religiosa la que está en crisis, cuanto nuestro “yo religioso” el que ha entrado en una fase de purificación necesaria, y por tanto positiva, si ello nos lleva a poner la mirada en el verdadero protagonista y centro de nuestra vida.
Teresa de Jesús –desde la búsqueda de su vida–, nos enseña que el verdadero sentido de su consagración no le fue dado ni por su juventud, ni por su dinamismo, ni por las muchas mujeres que formaban parte de la vida de su monasterio (prácticamente eran unas 180, por lo que numéricamente hablando no se podía decir que tuvieran escasez de vocaciones). Pero hasta que no se dio cuenta de que el verdadero protagonista de su consagración no era ella, sino Cristo, su vida no cambia: “Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle” (V 9, 1).
¿Cuántas veces nos hemos encontrado en una situación semejante? ¿Cuántas veces hemos pedido la conversión? ¿Cuántas veces hemos hecho el propósito de no mirar hacia atrás? Y, a pesar de todo, parece no producir en nosotros el efecto definitivo de la conversión. Lo que marca la diferencia en esta experiencia teresiana, acaecida prácticamente 20 años después de su ingreso en el convento, fue el darse cuenta que el verdadero dinamismo que da sentido a la vida cristiana y a la consagración, es el dinamismo de la gratuidad: la de un Dios que ya nos ha dado todo en Cristo, y la de la persona que solo puede responder o corresponder adecuadamente en la misma dinámica, es decir, haciendo que su vida sea un “agradecer” el don recibido, y no un pago anticipado de cara a recibir un premio o recompensa.
Pienso que se trata del proceso que en el fondo toda consagrada y consagrado va realizando a lo largo de toda su vida, y donde se van afianzando los valores fundamentales, y donde uno aprende a descubrir que el verdadero protagonismo es de Dios. Ello requiere de mucho ánimo, pero sobre todo de no perder nunca de vista que nuestra vocación es un “don” de su amor y que ese don permanece a pesar de nuestras muchas debilidades e infidelidades. Insistirá Teresa de Jesús en que nunca nos desanimemos: “Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle que su Majestad dejó de perdonarme” (V 19, 15). Es su amor, en definitiva, el que da valor perenne a nuestra consagración y no “nuestras obras”.
Considero, iluminado por la experiencia teresiana, que nuestra renovación ha de tener como punto de partida, no nuestra debilidad o pobreza, sino su amor misericordioso. Y renovar en Él nuestra confianza, dejando que siga manifestando su grandeza en medio de nuestra pequeñez. Nuestra torpeza, nuestra pobreza, nuestro cansancio… puede convertirse en el lugar teologal de nuestra renovación.
La perspectiva psicológica en la que hemos de situarnos, y que puede ayudarnos, nos la ofrece Teresa en el dinamismo de presentación de su propia historia personal. Aun reconociendo su pobreza, su pecado, la infidelidad que marcó durante veinte años su vida religiosa… más que dar a conocer su “vida pecadora” lo que Teresa quiere de veras es que se vea la grandeza del amor de Dios: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias” (V 14, 11). Por eso, al igual que San Pablo, nos quiere hacer ver que el amor de Dios se ha manifestado en su debilidad (cf. V 8, 4). El descubrir esta “verdad” de Dios se convierte en ella en el verdadero dinamismo de su vocación y de su deseo profundo de colaborar en el servicio del Señor.
Teresa comienza, entonces, a darse cuenta de lo que es e implica su vocación, la llamada que Dios le ha hecho. Es como la tesis teológica de la que nos quiere convencer, como fundamento sobre el cual seguir construyendo positivamente nuestras vidas y nuestra consagración religiosa. No en base a argumentos de eficacia, de número o de apariencias, sino en base a su propia experiencia personal, pues su Dios no es un Dios del intelecto, sino un Dios de la historia, de su historia personal. Y quiere que todos lo sepan y se abran a su gracia. Subrayando, además, que el lugar privilegiado donde Dios manifiesta su misericordia es, precisamente, lo más pobre y débil que hay en cada uno de nosotros: “No es aceptador de personas; a todos ama. No tiene nadie excusa por ruin que sea…” (V 27, 12).

Un don valioso y necesario
La renovación puede llegarnos por ahí. Redescubriendo gozosamente que nuestra vida y nuestra vocación es un “don”. Y que, visto desde Dios, ese don no deja de ser tal, aun cuando las apariencias nos tienten a creer todo lo contrario. Y si nuestra vida sigue siendo un don irrevocable, eso quiere decir que Dios puede seguir llevando adelante su proyecto de salvación en nosotros y a través de nosotros, a pesar –incluso– de nosotros mismos “por el gran amor con que anda granjeando tornarnos a Sí” (V 8, 10).
En este contexto adquieren un valor renovado las palabras que dan título a esta reflexión, y que la misma Teresa escucha directamente como venidas de Dios. Cuando ella se estaba preparando para llevar a cabo la fundación de un nuevo convento, y antes de caer en la tentación de pensar que los demás estaban por el camino erróneo, el Señor se encarga de prevenirla con estas palabras: “y que, aunque las religiones estaban relajadas, que no pensase se servía poco en ellas; que qué sería del mundo si no fuese por los religiosos” (V 32, 11).
Me parecen unas palabras de gran valor, de gran actualidad y de gran necesidad. Para todas las personas consagradas, pero también para la Iglesia y el mundo actual. Y es que la fuerza de esas palabras no están en que son palabra de Teresa, sino que auténticamente podemos tomarlas como Palabra de Dios.
Ciertamente no para simplemente consolarnos, o seguir justificando actitudes. Más bien han de servirnos para revitalizarnos y redescubrir con gozo que nuestra vida, nuestro ser y estar aquí y ahora, tienen un gran valor y razón de ser para Aquel que nos ha llamado y para el mundo, incluso aunque estemos “relajados”. Sí, quizás nos sentimos pobres, débiles, envejecidos, sin perspectiva. Quizás, también, nos ha asaltado la de-sesperanza, el pesimismo, el estancamiento y aburguesamiento… Sí, todo ello forma parte de nuestra “relajación”. Pero aun así, seguimos siendo consagrados, es decir, personas que Dios ha escogido para hacer presente su Reino. Y si Dios sigue creyendo y confiando en nuestra pobreza, ¿por qué no hacerlo también nosotros mismos?

Vernos como sujetos del amor de Dios
Uno de los grandes mensajes teresianos y de los místicos de todos los tiempos, es que no caigamos en la tentación de encerrarnos en el pozo de los lamentos, de la auto-destrucción a base de evidenciar únicamente nuestras miserias y pecados… que no perdamos tanto tiempo en mirar lo negativo; sino que esas pocas energías que aún nos quedan las empleemos en  potenciar lo positivo, hermoso y grande de nuestra vocación.
De aquí el consejo teresiano de comenzar a mirarnos en la verdad, no solo desde la perspectiva humana, sino también desde la verdad que nace de Dios: “Es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace. Pues si es lícito y tan meritorio que siempre tengamos memoria que tenemos de Dios el ser y que nos crió de nonada y que nos sustenta y todos los demás beneficios de su muerte y trabajos, que mucho antes que nos criase los tenía hechos por cada uno de los que ahora viven… He aquí una joya que, acordándonos que es dada y ya la poseemos, forzado convida a amar (…). Pues ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no entiende que está rico? Es imposible conforme a nuestra naturaleza –a mi parecer– tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecido de Dios” (V 10, 5-6).
Y la riqueza de nuestra consagración no se reduce a lo exterior, sino principalmente a nuestro interior, a lo que somos, a lo que en sí mismo implica y significa el “ser consagrados”. Y solo desde ahí puede brotar la capacidad de renacer en medio de nuestra pequeñez y pobreza.
Teresa de Jesús no llegó a esta experiencia de la noche a la mañana. Ello es fruto de un largo camino en el que tuvo que ir aprendiendo a ser consciente de lo que implicaba ser consagrada. Su proceso hacia la conversión, tal como hemos dicho, necesitó de 20 años de vida en el convento. Y la toma de conciencia de que su consagración había de convertirse en un dinamismo de entrega y servicio, exigirá aún unos años más. En total casi 27 años para percatarse de todo lo que le alejaba e impedía vivir la autenticidad de su llamada. Pero no como resultado de un camino de observación externa, sino como fruto de un camino hacia la propia interioridad. Es ahí donde Teresa se convenció personalmente de su riqueza, de la grandeza de su vida y vocación, y de la confianza que Dios había depositado en ella desde el inicio, siendo depositaria –como cualquiera de nosotros– de un amor infinito, que una vez que se descubre necesita dar fruto. ¿No es la consagración el ser tomado como amigo de Dios?
En este sentido concuerdan entrañablemente la experiencia teresiana y el mensaje que el Papa Francisco nos ofrece en su carta circular con motivo de este año dedicado a la vida religiosa: “« Al llamaros Dios os dice: “¡Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo!”. Jesús a cada uno de no-sotros nos dice esto. ¡De ahí nace la alegría! La alegría del momento en el que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirse amado por Dios, sentir que para Él no somos números, sino personas; y sentir que es Él quien nos llama». El Papa Francisco quiere orientar nuestra mirada hacia el fundamento espiritual de nuestra humanidad, para que reconozcamos lo que hemos recibido por gracia de Dios y libre respuesta humana…”.
Es decir, a pesar de nuestras múltiples limitaciones (sociales, congregacionales, comunitarias y personales…) para Dios seguimos siendo “alguien importante”, alguien que no ha dejado de contar. Quizás, sea la ocasión para renovar, junto con la alegría de nuestra vocación, nuestra adhesión incondicional a Dios, a seguir confiando en Él, a dejar que, en y a través de nuestra pobreza, pueda seguir haciendo maravillas; Él puede suscitar la vida en nuestras cenizas, aunque seguramente no como nosotros podemos imaginar o proyectar. Hay que dejarle a Él, hay que seguir confiando en Él.
Para renovarnos en lo interior
En la renovación que lleva viviendo desde hace años la vida consagrada, prácticamente hemos llegado a la conclusión de la importancia que tiene una vida espiritual auténtica, cuidada, educada y alimentada; y cómo ha pesado fuertemente en nuestros males la ausencia de ésta. El diagnóstico se puede considerar como acertado. Pero identificar la enfermedad, aun siendo un paso muy importante de cara a proyectar una vida más saludable, no es suficiente en la resolución de los problemas. Sabemos que para que nuestra vida adquiera esa alegría y dinamismo que le corresponde, debe beber de las fuentes apropiadas. Y eso nos ha llevado a tomar medidas muy positivas: potenciar o introducir en el horario momentos de oración, cuidar la participación y celebración eucarística y sacramental, rescatar algunas devociones y rezos… Pero constatamos que ni siquiera así se cambian las cosas de la noche a la mañana.
Curiosamente cuando hablamos de más espiritualidad, con bastante frecuencia corremos el riesgo de confundir la vida espiritual con las prácticas espirituales. Pero eso no cambia, si el espíritu no se forja a sí mismo en otra dinámica. Posiblemente sea en este campo, donde de un modo muy especial, Teresa puede ayudarnos durante este año dedicado a la vida consagrada.
De Teresa aprenderíamos dos cosas importantes: que el cambio y la transformación son procesos largos y requieren su tiempo; y que no se trata de hacer más oración u oraciones, sino de entrar en el verdadero espíritu de la oración, en el verdadero dinamismo de una auténtica vida espiritual, que ha de poner su acento en lo relacional y no en lo cultual, es decir, en nuestra capacidad de ser conscientes de a quién oramos y de quién es el que ora; en otras palabras disposición a ser amigos de Dios, a relacionarnos con Él en esa dinámica tan evangélica.
Somos muy valiosos para Dios y para el mundo. Pero aún podemos serlo más. Si se forja en nosotros esa conciencia, seguro que nuestro empeño sería aún de un fruto mucho mayor. Así relee Teresa su propia historia, cuando después de abrirse a esa Presencia que la habitaba y llenaba de sentido su vida, es capaz de renacer: “Quiero ahora tornar adonde dejé mi vida, –que me he detenido, creo, más de lo que me había de detener–, porque se entienda mejor lo que está por venir. Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí”(V 23, 1).
Por ahí discurre el camino: hemos de librarnos de nosotros mismos para que la positividad y confianza de Dios sean las que vuelvan a sustentar nuestras vidas, y a insuflar vida en nuestro barro. O mejor: aprender a mirar nuestro presente con los ojos esperanzadores de un Dios que no deja de salvar y de realizar su obra, precisamente en medio de nuestra pobreza.

PARA ORAR DE LA MANO DE TERESA:
Teresa nos invita a que no nos quedemos simplemente en una reflexión más. Todo esto nos puede ayudar si dejamos que se convierta en oración, es decir, en una ocasión especial para “tratar de amistad con Dios”.
Lo primero y principal es tomar conciencia de Su Presencia dentro de mí: y cerrando los ojos agradezco a Dios que haya querido habitar en mí interior. Nos tomamos el tiempo necesario para “saborear esta presencia”.
Y al igual que Dios nunca me abandona, nunca deja de mirarme con amor, aun cuando yo no siempre haya sido fiel a su llamada. Por eso, es momento de darle gracias por el don de mi consagración.
Ahora que vuelvo a hacerme consciente del don recibido, puedo renovar mi entusiasmo, pero sobre todo mi disposición a seguir confiando en Él, a dejarle y abrirle más espacio dentro de mí.
En Su compañía puedo tratar de reflexionar y meditar a que me invita la conciencia de saber que nunca he dejado de ser un “don” de Dios para la Iglesia.

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