¿Tú de qué equipo eres? (noviembre 2016)

            Un amigo mío, nórdico él, vino a Roma hace algún tiempo y se quedó muy sorprendido de que una de las primeras preguntas que le hacían los conocidos fuese… “¿Y tú de qué equipo eres?” Le expliqué que en algunos países hay mucha afición al fútbol y que, por ello, pues todo el mundo tiene por lo general un equipo del que es aficionado o, como se dice en italiano, tiffoso. Pareció entenderlo bien, pero luego, cuando hablaba con alguien, siempre se equivocaba y convertía en seguidor de la Juventus al que es del Inter, o de la Roma al que es del Milan, provocando cierta hilaridad y comentarios jocosos.

            Esta anécdota me recordó que en un funeral, hace ya algunos años, el monitor, al introducir la oración del Padrenuestro, hizo una larga disertación explicando cómo en estas circunstancias tristes tenemos que aceptar siempre la voluntad de Dios. Y, por ello, al rezar el Padrenuestro, aunque sea difícil y doloroso, tenemos que decirle a Dios que se haga su voluntad. En principio estuve de acuerdo (y lo sigo estando), pero luego me di cuenta de que la sensación que se trasmitía a la gente (muchos de los participantes probablemente no iban nunca a misa) es que Dios estaba de parte de la muerte, que esa era su voluntad, que ese era su equipo.

            Pero si nos preguntamos de qué equipo es Dios, hay que responder que siempre, desde la eternidad y con cierta pasión de forofo ¡Dios es del equipo de la vida! Por ello, esa frase tan hermosa del Padrenuestro -“hágase tu voluntad”- no es una especie de aceptación resignada (que tanto nos va a dar que lo aceptemos o no) con caras lánguidas y a regañadientes, sino un grito que sale de lo más hondo del corazón y se dirige al Dios de la vida. Le pedimos, le suplicamos, le exigimos que se haga su voluntad…que es la vida. Que no se haga la voluntad del mal, del pecado, de la muerte, sino la suya.

            En este tiempo de Adviento que estamos comenzando, esta convicción tan hermosa, tan honda y central de nuestra fe, se renueva cada día en la liturgia y en la Palabra. Tenemos que estar atentos porque, a veces, nos pasa como a mi amigo nórdico, que nos equivocamos de equipo y hacemos a Dios seguidor de uno que no es el suyo. De forma inconsciente (y, por supuesto, sin ninguna mala intención) hacemos que la gente que escucha nuestras homilías o moniciones o charlas… piense que Dios es del equipo contrario y que la vida cristiana se reduzca a una melancólica, resignada y triste aceptación de una voluntad caprichosa. Y, nosotros, forofos como él del mismo equipo, nos comprometemos a animar todo lo que suponga vida y vida en abundancia (Jn 10,10)…

 

 

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“Canis hortulani morbus” (octubre 2016)

            Creo que todos los que ya vamos teniendo “una edad” (valga el eufemismo) hemos conocido en aquellos años de estudio de filosofía o de teología, con grupos más numerosos que ahora, a algún compañero aficionado a crear latinajos macarrónicos. Es un mecanismo cómico bien conocido: se toma una expresión popular o castiza y se “traduce” al latín. Quién no ha oído la expresión “Intellectus apretatus discurrit qui rabiat” para expresar el ingenio que tiene que desarrollar quien se halla en un apuro o el no menos célebre “Peoni camineri res” para referirse a una obviedad o simplemente a una tontería.

            Esto del latín macarrónico (la latinitas culinaria), viene de lejos y se relaciona incluso con los goliardos de la baja Edad Media. No pocos autores lo han utilizado en sus obras, generalmente con un interés cómico. Por ejemplo, Rodriguín (un escolar de los jesuitas de Madrid) decía aquello de “Acababerit sicut rosarium albae matutinae” en Un faccioso más y algunos frailes menos (uno de los más célebres Episodios Nacionales de Pérez Galdós). Incluso un personaje del Ulises de Joyce, profiere un burlesco “Muchibus Thankibus” (¡como suena!).

            Bueno, pues el caso es que algunas veces me viene a la mente uno de aquellos latinajos que decía mi amigo, cuando se refería a la manía de algunas personas de ponerle pegas a todo y de boicotear (al menos sutil e intelectualmente) cualquier proyecto novedoso. Mi colega decía que la persona que fuere tenía el “Canis hortulani morbus”…

            Las técnicas para el “no hacer ni dejar hacer” son variadas y, en algunos casos, muy sofisticadas. Quién no conoce al típico aguafiestas que cuando una comunidad (un grupo juvenil, una parroquia, una comunidad religiosa) está preparando qué hacer de especial en Navidad… pues se arranca con el clásico “¡Bueno, es que Navidad es todo el año!”. No menos eficaz es el que yo llamo “boicoteador metafísico o hermenéutico” que, cuando vamos a planear alguna acción social o algún proyecto cultural, se descuelga diciendo: “Bueno, primero tenemos que definir qué significa solidaridad” o “Tenemos que clarificar antes qué entendemos por cultura“. Vamos, como para eternizarse antes de empezar a hacer nada… En otros casos se trata de resistencias más pasivas, como el no menos clásico derrotismo de quien afirma: “Eso ya lo intentamos hace muchos años y no funcionó”. Y qué decir del famoso adagio (típico de las casas romanas) que, ante el más mínimo cambio, alude al irrefutable principio de que “aquí siempre se ha hecho así…

            En fin (y bromas aparte), se trata de mecanismos muy humanos y sin la mayor maldad, pero a veces (sobre todo en temas de más calado), pueden llegar a bloquear procesos, a crear frustración y, lo que es peor, a destruir experiencias antes de que nazcan y a cerrar caminos, aún antes de emprenderlos.

            Entre todas estas técnicas del “boycotting”, la más frecuente en nuestras curias es el “boycotting canónico” y quiero que se me entienda bien. Ciertamente que una Curia General o un Dicasterio romano tienen que velar porque se cumplan los cánones. Y no se trata de legalismo, sino de que lo que se haga responda a la naturaleza, a los objetivos y a la finalidad de un grupo religioso, así como (importantísimo) que los derechos de todos sean respetados. Esto no lo pone en duda nadie en su sano juicio. Más aún, ésta es una de las funciones más importantes de nuestros superiores. ¡Para eso les pagamos! que diría un castizo.

            El problema empieza cuando esa tarea, más que cautelar, proteger e incluso animar se convierte en un tapón, en verle pegas a todo, en ser puntilloso con las nuevas experiencias que, sin duda deberán ser bien discernidas, evaluadas con el tiempo, analizadas… pero que no deberían rechazarse de principio. El Papa Francisco nos ha animado a todos -pero de forma muy especial a la Vida Religiosa- a asumir riesgos, a abrir nuevas vías, a buscar nuevos cauces. Forma parte de nuestra esencia. De hecho, de ciertas experiencias novedosas nacieron grandes movimientos eclesiales y de eso, en la Vida Religiosa, sabemos mucho. Que (con toda la prudencia y la sensatez necesarias) no nos falte algo de audacia y de creatividad para no caer en la enfermedad del perro del hortelano que, como es bien sabido, ni comía, ni dejaba comer.

Fernando Millán Romeral,O.Carm.

 

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“Undisclosed recipients” (septiembre 2016)

Hace algún tiempo me contaba sus cuitas un joven amigo que había tenido un desengaño amoroso. Tuvimos una larga conversación y yo intenté animarle y le insistí en que la vida sigue, que mejor ahora que más adelante y todos esos tópicos que usamos los que somos ya más mayores y hemos criado costra en las heridas del alma… Lo curioso es que lo que más le había dolido era que, de recibir cariñosos correos personales, había pasado ahora a recibir sólo correos colectivos, de esos que te mandan con algún Power-point muy ingenioso o con un link de alguna escena muy graciosa, y que van dirigidos a esa triste categoría de “undisclosed recipients”. Esta expresión de nuestro lenguaje digital se suele traducir como “destinatarios no revelados”, pero todos sabemos que, en realidad, lo que significa en muchos casos es que formas parte de un destinatario colectivo, de un grupo, probablemente muy amplio, de conocidos, de amistades varias, de personas más o menos interesadas en un tema o, peor aún, que por cualquier motivo estás (solamente eso) en la lista de correos de esa persona.

A veces puede ser bastante decepcionante. Seguro que todos tenéis la experiencia de recibir un cariñoso correo, sobre todo en Navidad, y descubrir después que va dirigido a un montón de gente y se te queda cara de pasmo. Pues a mi joven amigo, eso era lo que más le dolía: haber pasado a ser un anónimo de los “undisclosed recipients”, y cada e-mail se convertía para él en un dolor punzante. Y la verdad es que no andaba descaminado.

A mí -que soy un sentimental- me vino a la mente el cuento jasídico que hablaba de Dios como un niño que llora cuando juega al escondite y nadie le busca, o la voz desgarrada de Juan Gabriel cantando aquello de “probablemente ya de mí te has olvidado…” Me recordó también (y perdonadme esa tendencia posmoderna a mezclar autores de tan diversa categoría y condición) al “pastorcico” del hermosísimo poema de Juan de la Cruz (inspirado en poemas pastoriles anteriores), al que lo que más le dolía (como a mi amiguete) era sospechar que había sido olvidado: “Que sólo de pensar que está olvidado/ de su bella pastora, con gran pena/ se deja maltratar en tierra ajena/ el pecho del amor muy lastimado”.

El poema tiene una lectura cristológica honda y maravillosa y siempre que lo leo se me ponen los pelos como escarpias. En este caso, entre mi amigo y el poeta carmelita, me recordaron que cada persona es única, que para Dios no hay “undisclosed recipients” y que, para nosotros (al menos en lo esencial y más hermoso de la vida), tampoco debería haberlos.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

 

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Gestos pequeños para personas grandes (agosto 2016)

Hace unos días he tenido el gustazo de leer Mi conversión de Dorothy Day, uno de esos libros que uno tiene en la lista de espera, con ganas de “hincarle el diente” cuanto antes. Me ha fascinado la aventura espiritual de esta mujer: activista comprometida con la difícil situación de los obreros en los Estados Unidos del primer tercio del siglo XX, sindicalista imbuida de la filosofía marxista, y periodista que trabajó en muy diversos medios de su época. Sin perder ni un ápice de su profunda conciencia social, fue acercándose paulatinamente a la fe con sinceridad, con generosidad, con emoción. Y la fe la “reenvió” a los pobres con mayor sensibilidad si cabe. Frente al prejuicio marxista del que ella misma había participado, la fe no fue “opio”, sino acicate y estímulo en la lucha por los derechos de los más necesitados.

En algunos momentos, su biografía (su itinerario espiritual) recuerda al de otras grandes mujeres que han sido fundamentales en la historia espiritual del siglo XX: Teresa de Lisieux (que aunque muere en el XIX, marca decisivamente la espiritualidad del siglo siguiente), Ana Frank, Simone Weil, Hannah Arendt, Adrienne von Speyr, Gertrud von Le Fort… y tantas otras. Pero, al menos en algunos puntos, a quien me ha recordado más es a Edith Stein, la filósofa judía que también descubrió la fe a través de lecturas filosóficas, del encanto de la liturgia y del encuentro con Santa Teresa. Las dos se muestran muy serias (e incluso rígidas) con el horario y el aprovechamiento del tiempo; ambas fueron voluntarias de la Cruz Roja en la primera Guerra Mundial y ambas fueron mujeres fuertes, hondas, receptivas, valientes y buscadoras en la maraña espiritual y cultural de su tiempo. Su periplo concluyó en el catolicismo, aunque las dos provenían de tradiciones religiosas muy diferentes, y las dos pasaron por la pérdida de la fe y la frialdad religiosa.

Pero el caso es que ambas -y aquí es donde yo quería aterrizar- tuvieron una sensibilidad especial para los pequeños gestos de fe, para ciertas actitudes que, pese a su extrema sencillez, acabarían teniendo gran importancia en su “conversión”. Edith, la filósofa, la pensadora, la discípula aventajada de Husserl se emociona ante una señora que, cargada con las bolsas de la compra, entra en la catedral de Frankfurt para arrodillarse y rezar. Es la primera vez que percibe un diálogo personal con Dios en el silencio de una iglesia casi vacía… y nunca lo pudo olvidar. Dorothy, activista comprometida y periodista aguda, acude a la catedral de Nueva Orleans y presencia una bendición. La misma posición corporal de los que la reciben, la conmueve profundamente (me hizo inclinar la cabeza) y, años más tarde, se pregunta si sintió  algo así como “una Presencia”.

Me impresiona (y ahora hablo de mí) esa sensibilidad de las personas verdaderamente grandes ante los gestos pequeños, de creyentes normales, devotos, piadosos. Me duele el desprecio sistemático y algo arrogante que a veces se muestra ante la fe de los sencillos. Es verdad que en ocasiones estos gestos se pueden manipular, que se ideologizan y se convierten en armas arrojadizas para nuestras batallitas eclesiales. Pero no me refiero a nada de eso. El mismo Dietrich Bonhoeffer, un gigante del pensamiento teológico del siglo XX, se conmovió hondamente ante la gente que esperaba para confesarse en Santa Maria Maggiore cuando estuvo en Roma en 1924. O Thomas Merton, uno de los más apreciados y sutiles escritores espirituales de nuestro tiempo, que siente nada menos que la presencia de Dios (“en la carne y Dios en sí mismo“) cuando unos niños rezan el Credo tras la elevación en una misa en La Habana, mientras desde la calle llegan todo tipo de ruidos, gritos y anuncios. Varios años después, con un bagaje espiritual e intelectual más amplio si cabe, llegó a afirmar que “tal vez sean las verdades más sencillas y populares las que, después de todo,  son también las más profundas…

Y nuestro Unamuno (que ya de joven era contradictorio, cascarrabias, entrañable y genial) cuando visita Roma en 1889 despotrica del arte kitsch y relamido que encuentra por todas partes, pero se emociona ante los exvotos amontonados en la Iglesia del Ara Coeli en el Campidoglio y exclama: “Este, este es el verdadero arte religioso, no el de San Pietro; esto, los toscos monigotes de Ara Coeli que contemplan con desdén los curiosos y aún muchos fieles; en estos están encerradas lágrimas de madre, alegrías de hogar, fe pueril, no arrogancias de papas y apoteosis de artistas…

Quizás yo sea un sentimental, pero le pido a Dios que las altas teologías, las experiencias místicas y los compromisos sociales… no nos anulen esa capacidad de contemplar y de conmovernos ante los pequeños gestos de fe de los más sencillos.

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El Papa Francisco y Buñuel (junio 2016)

No sé si el Papa Francisco es aficionado al cine. Supongo que ahora, teniendo en cuenta la vida que lleva y su capacidad (realmente admirable) de trabajo, no tiene muchas ocasiones de ver una película y, menos todavía, de ir a un cine. No sé tampoco si el Papa conoce esa extraña película llamada “El ángel exterminador”, un film que Buñuel grabó durante su exilio en México, más bien con pocos recursos, y del que, en más de una ocasión, se mostró algo insatisfecho, pese al éxito que alcanzó.

Hace poco he tenido ocasión de volver a ver esa película inquietante, onírica, desconcertante  del genial cineasta hispano-mejicano. Un grupo de personas pertenecientes a la alta burguesía, se reúnen para una elegante velada en una casa de la calle Providencia, pero, poco a poco, se dan cuenta de que, por una extraña razón, no son capaces de abandonar la mansión donde permanecen varios días entre tensiones, suspicacias, egoísmos y mezquindades. El ambiente se vuelve asfixiante y tenso. Además, Buñuel utiliza a lo largo del film un extraño recurso: la repetición de algunas escenas breves, con ligeras diferencias o cambios de puntos de vista.

Es verdad que esta película de Luis Buñuel ha recibido mil interpretaciones (marxista, freudiana, surrealista) y, todavía hoy, sigue suscitando interés y curiosidad, pero a mí me ha recordado una idea que el Papa Francisco repite con frecuencia: en la vida cristiana (y, más aún, en la vida religiosa) debemos huir de las comunidades cerradas, estériles, ensimismadas en sus pequeños problemas, en caprichos y manías, en dimes y diretes, en envidias y rencores que, aún siendo generalmente pequeños, no dejan de paralizarnos y de empobrecernos. Hay que abrir las ventanas al aire fresco del Evangelio, de lo nuevo, de la vida que, como un torbellino, nos sacude y nos cuestiona. Quizás debemos dejar un poco de lado los cotilleos, los blogs (¡excepto los buenos, como éste de Vida Religiosa!), las banderías y las batallitas y elevar el espíritu a lo más noble y a lo más hermoso de nuestra fe y de nuestra vocación. Se trata, en definitiva, de ir construyendo esa “Iglesia en salida” (misionera, generosa, abierta) que tanto le gusta al Papa. Si no, dejamos que -como Pedro por su casa- entre en nuestras vidas “el ángel exterminador” que nos bloquea, nos esclerotiza y nos avejenta…

El Papa Francisco, en la Carta Apostólica que nos envió con ocasión del año de la Vida Consagrada, lo explicaba con la sabiduría vital que le caracteriza y, sin ambages, decía lo siguiente:

          “No os repleguéis en vosotros mismos, no dejéis que las pequeñas peleas de casa os asfixien, no quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida dando la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando”.

Casi nada. Amen.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Las piedras de Lunzjata (mayo 2016)

He estado en varias ocasiones en Malta, con motivo de diversos actos y celebraciones de nuestra provincia carmelita. Se trata de una isla llena de belleza mediterránea, de historia, de arte y de cultura y, sobre todo, de gente afectuosa y hospitalaria, que ha visto pasar tantos y tantos visitantes, desde que San Pablo naufragara cerca de allí y dijera de los habitantes de la isla que “mostraban una humanidad poco común” (Hch 28, 2).

El Carmelo tiene en Malta una presencia con varios siglos de servicio a la Iglesia local. El caso es que los carmelitas malteses tienen una casa con una historia muy peculiar: el viejo convento carmelita de Lunzjata (que había sido una donación de Margarita de Aragón a principios del siglo XV), fue desmontado piedra a piedra por los frailes dos siglos más tarde para construir el convento de M’dina, esa joya que hoy es Instituto de espiritualidad conjunto entre carmelitas y carmelitas descalzos (O.Carm y OCD), museo y centro cultural en el corazón de la hermosísima ciudadela.

Me llamó mucho la atención aquella historia: un convento que se desmonta para poder construir otro convento. Una presencia que se transforma, que se muda para permanecer viva y fiel, y no pude por menos que admirar la flexibilidad vital y espiritual de aquellos carmelitas del siglo XVI. Las piedras eran las mismas, pero la presencia adquiría una nueva configuración. Tampoco pude dejar de compararlo con algunas situaciones que vivimos hoy en la vida religiosa, especialmente con la falta de capacidad para acoplarnos a nuevas situaciones, la escasa libertad para cerrar una presencia (algo siempre triste, qué duda cabe) y abrir otra que pensamos pueda ser más significativa, más fructífera, más apostólica…

Se trata (¡todo un reto!) de hacer lo mismo, pero de hacerlo de otra manera. Ello nos lleva a plantear bien un debate cada vez más frecuente en las órdenes y congregaciones en Europa. La cuestión principal no es qué no vamos a hacer (qué casas vamos a cerrar, qué no podemos hacer, etc), sino lo contrario: qué queremos hacer (en positivo), es decir, qué podemos ofrecer desde nuestro carisma a la gente, a la Iglesia local y a la Iglesia universal. Parece algo sencillo (simplemente formular la cuestión en positivo y cambiar el gesto), pero conlleva un cambio de mentalidad y en algunos casos exigirá un verdadero cambio de actitudes: generosidad, apertura, discernimiento sincero, creatividad, disponibilidad, valentía y (por qué no decirlo) conversión… Cada actitud merecería un tratado, pero nos limitamos a sugerirlas para que -como aquellos frailecillos por los caminos polvorientos de Malta- seamos capaces de trasladar las piedras para que éstas sigan hablando…

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Repuestos Menéndez (abril 2016)

Hace unos años fui a un país africano para la inauguración de un nuevo convento carmelita. Los que hayáis estado allí, sabéis con cuánta solemnidad, aire festivo y calma se desarrollan estas celebraciones, llenas de vida y de participación gozosa a través del canto, del baile, de los signos y símbolos. Presidía el arzobispo local que tenía un carácter ligeramente áspero. Poco antes de salir en procesión ya había llamado la atención a dos sacerdotes por hablar en la sacristía improvisada y a otros por no vestir suficientemente de acuerdo a la celebración.

Hacía un calor sofocante y los hermanos me sugirieron que me quitara el hábito y que me pusiera el alba y la casulla sobre la camiseta y así lo hice. Era una camiseta (todavía me acuerdo) de publicidad de Repuestos Menéndez, una de esas camisetas que uno guarda (muchos años) para los viajes. Al terminar la celebración y volver a la sacristía, me quité los paramentos litúrgicos, pero mi hábito no aparecía. Mientras yo me ponía nervioso y sudaba cada vez más (ahora por el apuro), los mil fotógrafos (profesionales y aficionados) nos iban haciendo fotografías sin parar: el señor arzobispo con cara de pocos amigos, muchos clérigos elegantísimos y yo con mi publicidad de Repuestos Menéndez, colorado como un tomate.

El hábito apareció tras algunos minutos (que se me hicieron eternos) y ahí quedó la anécdota. Uno que ya va teniendo tablas, salió del apuro, más aún, lo espiritualicé (en el mejor sentido de la palabra), pues había oído hacía poco a Enzo Bianchi que “El camino más seguro para alcanzar la humildad consiste en pasar a través de las humillaciones”. Pues bendito sea Dios. Pero a mí me quedó la duda de si no somos demasiado tendentes a esconder entre capisayos y sahumerios, entre observancias y dignidades, lo sencillo, lo que somos, de dónde venimos (Repuestos Menéndez era una empresa de mi barrio en Madrid que quizás todavía exista), todas esas cosas que nos hacen cercanos a todos los seres humanos (familia, amigos, raíces) sea cuál sea nuestro cargo, nuestra dignidad o nuestro título. En algunos casos -peor todavía-, hay quien parece avergonzarse de sus orígenes sencillos, de las gentes que no nos llaman ni “Reverendísimo”, ni “Eminencia”, ni “Excelencia”, sino por el nombre de pila (el título más hermoso y el primer regalo que nos hizo la Iglesia).

Debajo del hábito todos llevamos la camiseta de Repuestos Menéndez. No nos quita dignidad, ni a nosotros, ni a los cargos, títulos y ministerios que son importantes y respetables, ojo, pero que no nos pueden hacer renegar de lo que somos. Es -de forma muy análoga y salvando todas las distancias- como el Misterio mismo de la Encarnación del Verbo… que no hizo alarde de su categoría de Dios (…) pasando por uno de tantos (Flp. 2, 6-7).

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De centenarios y cebollas (marzo 2016)

Pues aquí sigo con lo de los centenarios. Otra tentación muy frecuente en estas conmemoraciones es la de la idealización e ideologización de una historia y de un pasado. En el fondo (dicho así, sin muchos matices), se trata de destacar qué buenos eran y qué malos somos. Pues ni somos tan malos ni eran tan buenos, como sabemos bien los que ya vamos cumpliendo años y vamos conociendo un poco de la condición humana. En este caso, el pasado se nos cuela en forma de nostalgia romántica (e irreal). Así, con el subjetivismo que ya detectó el poeta, creemos que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. En algunos sectores de la política italiana se decía hace unos años: “vivíamos mejor cuando vivíamos peor” (“stavamo meglio quando stavamo peggio”). En el fondo, es la tentación de añorar las cebollas de Egipto, la tentación de aquellos que no se abren con esperanza y valentía al futuro y miran con melancolía a un pasado heroico que no volverá.

La cuarta y última tentación de este vademécum o “libro de instrucciones” para la celebración de centenarios varios, es la de la “imitación mimética” (tan ridícula como imposible) de estas grandes figuras. Si tal santo llevaba la barbita así, o la fundadora vestía de esta manera o si los santos fundadores comían esto o lo otro…o qué se yo. Flaco servicio se les hace a estas figuras egregias, imitándolas en lo accesorio en vez de hacerlo en lo esencial (generalmente más difícil y sacrificado). No se trata de preguntarse sobre qué hacían, sino sobre qué harían. Ello supone riesgo, interpretación, discernimiento (y todo ello nos gusta menos).

Los centenarios nos sirven, más bien, para mirar con gozo y gratitud a un pasado, pero también para buscar inspiración (casi me atrevería a decir “provocación”) para nuestro presente y esperanza para nuestro futuro. Es lo que en teología se llama la “dinámica anamnética” (tan importante en la liturgia, por ejemplo) y que consiste en traer el pasado al presente para que nos renueve y nos proyecte hacia el futuro. Estos centenarios están siendo una bendición para las diversas familias de la vida consagrada. Demos gracias a Dios por lo que hicieron e intentemos imitarles a ellos que -sin acordarse demasiado de las cebollas de Egipto- abrieron nuevos caminos y respondieron a los retos de su tiempo con generosidad, con valentía y con fidelidad…

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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De centenarios y fuegos artificiales (febrero 2016)

Esta vez comienzo con una confesión pública: cuando yo era más joven (más combativo, más progre) solía decirle a mis superiores (para pincharles): “Cuando no hay futuro… ¡a celebrar centenarios!” Era mi forma de protestar por la falta de creatividad, de coraje o de imaginación para afrontar el presente y el futuro. Pero todo tiene su edad. Con los años uno ve las cosas de otro modo, no diverso, pero sí complementario. Además, Dios en su infinita sabiduría, me ha dado una buena penitencia. Aquellos centenarios que criticaba, ahora me toca presidirlos y animar a la gente a que los viva y los celebre. Pues… bendito sea Dios.

En la familia carmelitana estamos viviendo en los últimos años una serie de aniversarios muy importantes: 800 años de la muerte de Alberto, el Patriarca de Jerusalén que nos dio la Regla; 400 años de la muerte del P. Gracián (el gran colaborador de Santa Teresa); los 500 años del nacimiento de Santa Teresa de Avila, mística escritora y carmelita universal; y, ahora, los 450 años del nacimiento de la gran mística florentina, María Magdalena de Pazzi. También en otras familias religiosas se están celebrando centenarios de gran importancia y muy significativos, como (entre otros muchos) los 200 años del nacimiento de Don Bosco o los 800 años de la fundación de los dominicos.

            En diversos foros en medio mundo he debido hablar de estos centenarios y siempre he avisado de cuatro tentaciones que considero se deberían evitar a toda costa. La primera sería la de reducirlos a una especie de “fuegos artificiales” (fastos, eventos, celebraciones). Otra tentación es la de convertirlos en un ejercicio de mera arqueología: buscar piezas de museo en el pasado y meterlas en las vitrinas de nuestras publicaciones o de nuestros anales. Son ambas tentaciones muy frecuentes en las curias y, en principio, responden a una buena intención, pero si nos quedamos en eso, si estas figuras no tocan nuestro presente y nuestros corazones, si no nos interrogan, nos provocan, nos inspiran y nos animan… pues algo estará fallando. Domingo, Teresa, Don Bosco y tantos otros nos invitan a seguir caminando hoy, a abrir caminos con humildad y con coraje, a afrontar estos tiempos nuestros con creatividad, fidelidad y generosidad. No hay quien les reduzca a fuegos artificiales ni a entradas de diccionarios…

            De las otras dos tentaciones os hablo el mes que viene.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

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Buenismo y malismo (enero 2016)

            Mi abuelo, que era -además de una bellísima persona- de un pueblo de Cuenca, usaba de vez en cuando una “variedad dialectal” que se da en ciertas zonas de España (en torno a la Mancha). A veces, refiriéndose a una comida, decía que “estaba buenisma” (sic), o refiriéndose a un niño que había crecido mucho, decía que “estaba grandismo” (sic). Después me he enterado de que esta variedad dialectal se da también en otras zonas de España. El caso es que, a veces, me acuerdo mucho de él, porque ahora se ha puesto de moda (en la política, pero también en la iglesia), hablar del “buenismo”. De hecho, en ciertos ambientes, esto es lo peor que te pueden llamar, una verdadera ofensa de la que se debe huir como de la peste. Ser “buenista”, o “actuar movido por una especie de buenismo” (latiguillos frecuentes), es algo grave y una descalificación horrible.

            Bromas aparte, en la vida religiosa sabemos bien el peligro de lo que se considera “buenismo”: dejar pasar los problemas, evitar la confrontación, aun cuando sea necesaria, no asumir responsabilidades ni afrontar situaciones complicadas y difíciles, etc. Todo ello, lejos de solucionar los problemas, los suele agravar y postergar para los que vengan detrás. ¿Quién -en su sano juicio- no está de acuerdo en criticar esto? Lo que me preocupa personalmente es que no pongamos la misma fuerza, la misma energía y sagacidad en detectar y criticar otra patología espiritual que considero más peligrosa y también frecuente: la del “malismo”. A veces sentimos pánico a que nos llamen “buenistas”, pero no nos ofende si quiera que piensen que somos “malistas”, y, la verdad, puestos a elegir o a correr el riesgo de caer en uno u otro… pues qué quieren que les diga. Yo que soy algo ingenuo, sigo creyendo fervientemente en lo del primado de la caridad y todo eso. Ahí es donde se rompen los moldes normales por la fuerza del Evangelio y quizás ahí esté también lo revolucionario de la vida cristiana y el testimonio de la vida religiosa. En el “buenismo” nos jugamos lo de estar seriamente y con responsabilidad en el mundo, pero en el “malismo” nos jugamos lo de no ser del mundo…

            A mi abuelo le haría gracia lo del “buenismo” éste y seguro que con retranca castellana pensaría que a todos les ha dado por hablar como en el pueblo.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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