Gloria bendita (mayo 2017)

 

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes, esa gran mujer y gran poeta (al parecer no le gustaba que la llamaran poetisa) que derrochó en su obra humanidad, ternura, humor y una fe bien honda y bien madura, tan lejana de mojigaterías como arraigada en su vida. Parece que la cultura española (esta vez sí) ha reaccionado con motivo de este centenario ante ese olvido tan injusto en el que se tenía a Gloria o -peor aún- ante esa imagen tan empobrecedora que la limitaba a un personaje de televisión infantil o a las imitaciones de ciertos humoristas. Es ya casi un tópico decir que todo esto sucede mientras en los Estados Unidos hacen tesis doctorales sobre ella. La cantante barcelonesa Silvia Comes ha mostrado en un hermoso disco algo de la grandeza humana y hasta un cierto existencialismo escondido bajo la bonhomía de Gloria Fuertes. Y el Centro Cultural de la Villa en Madrid le ha dedicado una exposición en la que se intenta reflejar algunas dimensiones fundamentales de su literatura. Valgan estas dos notas para levantar acta de un reconocimiento tan merecido como quizás tardío.

Y es que, además de una gran escritora (tres libros en Cátedra no es moco de pavo) y de una poeta original, popular y entrañable que supo combinar el humor con una melancolía producida por varios desengaños, Gloria Fuertes fue una creyente de una pieza, es decir, con dudas, con búsquedas, con lágrimas, llena de compasión y capaz de indignarse con versos encendidos. Me enorgullezco de haber usado sus poemas en mis clases de sacramentos para ilustrar la teología del encuentro (“y tropiezo con Dios/ me arma de paz y de ciencia y me quita la gana de matarme”), la dimensión sanante de los sacramentos (“que quien me cate se cure”) o el misterio de la presencia real de Cristo en la eucaristía (“la presencia… huele a esencia esencial, no os la puedo describir, es muy alta”), entre otros muchos temas. Son -como decía Elvira Lindo en un delicioso artículo sobre ella publicado recientemente- “versos tiernos y calientes como un pan recién hecho“…

Pero estamos en el mes de mayo y también Gloria tenía sus devociones marianas, algunas de ellas algo originales. Ella misma recuerda en uno de sus célebres autobíos la “juerga litúrgica” de la que disfrutaba en los Salesianos del Paseo de Ronda en el mes de mayo; ante la Virgen de la leche del museo del Prado suplica gracia y bondad para este mundo agrio (“Riéganos a los secos pescadores con tu chorro de gracia”); se rebela ante las imágenes kitsch de una Virgen de plástico (“un cruce entre Virgen de Fátima y Lourdes”) que quitan las ganas de pedir un milagro; y convierte a María en la portera del portal de Belén, subrayando así la humildad de la familia de Jesús. A veces, las referencias marianas de nuestra poeta madrileña, alcanzan cotas de gran dramatismo, como cuando en un Villancico al revés (a un Cristo recién muerto), le dice a la Virgen: “Qué bien se ve ahora/ a la luz de tu vientre/ Madre Santa”, uniendo así con hondura y un cierto tono surrealista el misterio del nacimiento de Jesús y el de su muerte.

Pero quizás la referencia mariana más hermosa sea el poema dedicado a Nuestra Señora de la Mayor Soledad, poema que, además, es significativo porque al tema de la soledad dedicó Gloria Fuertes su primer poema (Isla ignorada), cuando era casi una adolescente y sería una constante de su obra.

Nuestra poeta se conmueve ante la soledad de la Virgen: “con tu hijo muerto ahí de estandarte”. Además, le promete (“viudísima viuda de tu San José”) visitarla, acompañarla y compartir soledades. En este mes de mayo, también nosotros nos acercamos a María con una devoción entrañable que nos hace (nos debe hacer) más humanos y más cercanos, sobre todo a los solitarios y desengañados de este mundo, quizás para anunciar que no estamos solos y para intentar ser presencia, compañía y bálsamo… En este mes de mayo, los poemas de Gloria, saben a gloria bendita…

Solísima Sola,
Vos, no os apuréis.
Yo también soy sola
y acompañaré
vuestra Soledad.
Vivimos muy cerca.
Yo os visitaré,
porque vuestro Hijo
me caía bien.

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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De homilías y mediaciones (abril 2017)

A raíz de los interesantes capítulos que el Papa Francisco dedicaba en la Evangelii Gaudium a la preparación de la homilía, a su contexto litúrgico, a su importancia como medio de evangelización y a las actitudes del predicador (EG, 135-159), participé en un grupo de reflexión aquí en Roma en el que se suscitó un vivo debate sobre las homilías. Las opiniones eran muy críticas. No es algo nuevo. Por ejemplo, en la revista española Vida Nueva, José Luis Corzo incluía hace poco en un estupendo artículo algunas opiniones de grandes creyentes de nuestro tiempo (Congar, Mauriac o el Cardenal Špidlík) en las que se ponía de manifiesto el malestar profundo que existe sobre este tema. Quizás la valoración más sorprendente era la del Cardenal Ratzinger quien afirmaba con cierta chispa humorística que “es un milagro que la Iglesia sobreviva a los millones de pésimas homilías de cada domingo”…

Volviendo al grupo de reflexión, me llamó la atención que una señora dijese que en tantas misas “oídas” durante décadas rarísimamente había escuchado algo interesante en la homilía. Sin embargo, otra mujer (y de muy buena formación teológica y humanística) señalaba que -aún reconociendo la escasa calidad y cercanía de muchas predicaciones- no recordaba alguna homilía en la que no hubiese encontrado algo interesante o sugerente, inspirador o provocativo…

No quiero quitar un ápice de crítica a las homilías mal preparadas, largas, moralizantes, lejanas de la realidad, repetitivas o todo a la vez. No es ese el tema del que quiero hablar. Pero sí quiero compartir que me sorprendió gratamente que aquella mujer -que culturalmente nos daba veinte vueltas a la mitad de los sacerdotes que estábamos allí- hiciese verdad lo que decía Santo Tomás: “Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur, es decir, “lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente” (Summa Theologiae, 1a, q. 75, a. 5). De otro modo -pero con la misma moraleja- ya lo decía el clásico (en este caso Plinio “el joven” que se lo oyó a Plinio “el viejo”): “Ningún libro es tan malo, que no contenga algo provechoso” (“Nullum esse librum tam malum, ut non in aliqua parte prodesset”). De hecho, el Lazarillo de Tormes, el Quijote y Borges (todos pesos pesados) se harían eco de esta frase y de la sabiduría consiguiente. En cierto modo, lo apuntaba también Juan de la Cruz en su célebre frase de la Subida al Monte Carmelo: “porque Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (2 S, 21, 2).

Vuelvo a repetir que todo esto no justifica en absoluto las malas homilías ni es una excusa barata para que el predicador no mejore en su ministerio y lo tome más en serio. Y si es verdad que nos hacen falta predicadores que vivan con pasión y dedicación su ministerio, no es menos verdad que los “oyentes” (valga el término) tienen también que abrir sus corazones y -aunque a veces sea difícil- recibir alguna inspiración o algo que nos ayude a revisar nuestras vidas y a gozar de la buena noticia.

Pues andaba yo en esas cavilaciones y dudando si me convenía meterme en estos berenjenales cuando releyendo a Santa Teresa (en cuya obra siempre se descubre algo nuevo), me encuentro con esta perla: “Casi nunca me parecía tan mal sermón, que no le oyese de buena gana, aunque al dicho de los que le oían no predicase bien. Si era bueno, érame muy particular recreación…” (Vida 8,12). Es bien sabido que los sermones fueron una fuente grande de inspiración para ella y probablemente muchos de ellos fueran flojos o rematadamente malos. Teresa -que era humanamente muy aguda y espiritualmente muy inquieta- quizás intuía lo de la pobreza de las mediaciones y todo eso.

Pascal diría más adelante -y es verdad- eso de que “sólo Dios habla bien de Dios…” pero -como a la mayoría de los mortales Dios no nos llama por teléfono ni se nos aparece por la calle- pues tenemos que aceptar las pobres mediaciones, empezando por uno mismo. Y esto (me justifico por última vez) no es un aval para un pacto eterno con la chapuza, sino quizás el test y la prueba de una fe madura, arraigada, honda y, por ello, comprensiva.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

 

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La cultura del “quejío” (marzo 2017)

Estando una vez en un pueblo de Andalucía muy querido para los carmelitas, me sucedió una cosa que he referido en muchas ocasiones. Estábamos tomando un café en un bar del pueblo cuando entró una señora que vendía por las calles los populares “cupones”. Al reconocer la voz del carmelita que me acompañaba, le saludó efusivamente y comenzaron a hablar de diversas cosas muy animadamente. En un determinado momento, mi amigo le dijo: “¡Hay que ver esta señora que siempre está alegre!”, a lo que ella respondió: “A ver… ¿de que yo esté ciega qué culpa tiene el personal? ¡No vamos a estar todo el día con el quejío!

Aquel diálogo (del que he suprimido algunos elementos pintorescos para que no parezca extraído de un sainete de los Álvarez Quintero) me pareció, en su sencillez, una lección de vida extraordinaria y en más de una ocasión he recordado la espontaneidad, la positividad y el coraje de aquella mujer de la que no conozco ni su nombre. Además, eso de la “cultura del quejío”, más allá del flamenquismo, tiene su miga y creo que encierra un mensaje para la Vida Religiosa en nuestros días. Porque hay que reconocer que con demasiada frecuencia fomentamos (con motivos o sin ellos) el “quejío” continuo, la melancolía derrotista y mundana, el desánimo o -como dicen los italianos- la “lamentela”. Instalarse ahí es peligroso. Se empieza ver todo negativo, entra con facilidad el juicio y la falta de esperanza, la amargura y la agresividad… y nuestra vida deja de ser testimonio de un sentido superior.

Los que ya pintamos canas sabemos que no podemos vivir en la alegría y en la felicidad continuas. Eso sólo existe en facebook, en los anuncios de dentífricos o en las revistas del corazón. En la vida real no faltan motivos para el desánimo e incluso para la tristeza. Hay períodos difíciles que ponen a prueba nuestra confianza. Eso es humano y es lógico. Además -qué duda cabe- hay que ser realistas y no evadirnos en providencialismos ni en piedades infantiles. Hay que afrontar los problemas y reconocer las carencias. Pero el creyente -y más, si cabe, el religioso que ha consagrado su vida a la Buena Nueva- no puede quedarse ahí.

También creo (y lo digo con “temor y temblor” porque estas cosas humanas son muy delicadas) que los religiosos deberíamos tener la sabiduría y la humildad -valga el pleonasmo- de revisar nuestros tonos, de cuidar los mensajes subliminales y de evitar pesimismos contagiosos y desmoralizadores. Y ello no sólo por estrategia digamos comercial… sino por una motivación teologal. El Papa Francisco insiste mucho en esa llamada a la alegría evangélica (Evengelii Gaudium, así en latín que suena más solemne), que tiene otra motivación profunda, última, generadora de sentido, de horizontes y de esperanzas: “la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo” (EG 6). Ese debe ser el motor último de nuestras vidas, “el sentido de misterio”… (EG 279).

Más de una vez me lo aplico a mí mismo (que falta me hace) y recuerdo con admiración la conversación en aquel bar de pueblo. Dios habla por los sencillos. Me remito otra vez al Papa Francisco cuando -con un tono muy personal- afirma: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (EG 7).

Que los problemas y las limitaciones, los disgustos y los conflictos (por muchos que sean), no nos cieguen ni nos oculten los regalos maravillosos que Dios nos hace cada día. Que aunque nos esté permitido quejarnos un poco y que nos pasen la mano por el lomo… ¡no hagamos de nuestra vida un “quejío” continuo y lastimero!

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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“Poniéndola en otro poder…” (febrero 2017)

La Vida Consagrada se encuentra en un momento importante, complejo y en cierto modo, controvertido. Por una parte, ha empezado el proceso para elaborar un nuevo documento que regule y oriente las relaciones entre religiosos y obispos, o mejor dicho, entre los religiosos y las iglesias locales. Se trataría de un nuevo Mutuae Relationes adaptado a las nuevas circunstancias eclesiales, canónicas y teológicas de nuestro tiempo. Por otra parte, Francisco firmaba el pasado 29 de junio de 2016 la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere, sobre y para las religiosas contemplativas (esas “centinelas de la aurora” como las denomina el Papa). En la misma se anuncia un nuevo documento sobre el tema que elaborará próximamente la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (CIVCSVA) para la aplicación de algunos temas concretos. Además, en no pocos países de Europa se están llevando a cabo procesos (no siempre fáciles) de unión de provincias y de restructuración de las existentes lo que suscita reacciones muy variadas y a veces provoca dificultades y desafíos de diverso tipo. Son sólo tres ejemplos de lo complicado del período en el que vivimos. Debemos vivir este tiempo con espíritu de discernimiento serio y responsable, pero ello no quiere decir que no podamos vivirlo con gozo, con serenidad, con esperanza y con buen ánimo.

El caso es que, en medio de estos procesos complejos, en no pocas ocasiones se apela (y con pasión) al principio de “autonomía”. Ciertamente, este principio (autonomía de las provincias, de los monasterios, etc) nace en determinados momentos de la historia de la Vida Consagrada con un criterio sabio y para evitar intromisiones. Se buscaba preservar estilos de vida y protegerlos, para evitar que se perdiesen o que fuesen manipulados y desvirtuados. Por tanto, era (y es) un medio válido al servicio de los carismas, o de los estados de vida en el seno de la Iglesia.

Sin embargo, cuando ese principio se convierte en algo absoluto, cuando se defiende con uñas y dientes, cuando se le atribuye más categoría teológica y canónica de la que tiene… pues creo humildemente que algo está fallando. Nadie ha entrado en la Vida Religiosa para ser autónomo, sino todo lo contrario, para dejar que otros (las diversas mediaciones), con diálogo, discernimiento, sentido común, valentía y obediencia… sean los que nos gobiernen. El religioso pone su vida en otras manos para cumplir una voluntad superior, la de Dios. Si hay un principio sagrado en la vocación religiosa es, más bien, el de ser “heterónomos”…

Hace dos años, aprovechando el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa, releí algunas de sus obras (no todas, ni con el detenimiento que hubiera querido) y me asomé a su sabiduría espiritual y humana. Me deleité recordando algunos pasajes y me sorprendí descubriendo otros por los que seguramente pasé de forma distraída hace años. Y hete aquí que en el Camino de perfección, la Santa nos regala esta perla: “Y pues las monjas hacemos lo más, que es dar la libertad por amor de Dios poniéndola en otro poder (…).Torno a decir que está el todo o gran parte en perder cuidado de nosotros mismos y nuestro regalo; que quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida; pues le ha dado su voluntad, ¿Qué teme?” (Camino 12,1-2). Casi nada…

Y Thomas Merton, otro maestro espiritual de primera fila, se quejaba tanto de una obediencia ciega que llevase al “sacrificio de lo interior”, es decir, de los principios más sagrados, provocando así una especie de inercia, de pasividad infantil y bobalicona…  como de una autonomía que acaba convirtiéndose en un fetiche. El monje trapense se despacha con este análisis y escribe con un bisturí finísimo: “Por otra parte, no debemos convertir la autonomía en un fetiche y ser ‘fieles’ únicamente a nuestra propia voluntad, puesto que esta es otra manera de ser infiel…

Se que todo esto habría que matizarlo mucho y que es un tema peliagudo y vidrioso. Por donde metas la mano… te cortas. Pero creo que apelar demasiado a la autonomía o convertirla en un tótem, es peligroso e incluso va contra la esencia misma de la Vida Consagrada que nos libera para hacer siempre Su voluntad.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Kilómetros basura… (enero 2017)

            Como cada año me dispongo a terminar el 2016 participando en la carrera de San Silvestre en Madrid. No es sólo algo sano y demás, sino casi una tradición personal, una forma de agradecer el año que termina, corriendo, recordando a los que no están y -quizás bajo los efectos de la adrenalina y de los aplausos de la gente- sentir ese regalo continuo que llamamos vida, con todo el batiburrillo que conlleva… La carrera, valga el tópico, es una metáfora de la vida.

            En el mundo de las carreras (del running como se dice ahora) ha habido siempre debates muy interesantes entre entrenadores, fisioterapeutas, doctores, etc. Uno de ellos, por ejemplo, versaba cobre la necesidad de estirar antes de correr. Algunos corredores africanos no veían tan clara esa necesidad que, sin embargo, viene recomendada por casi todos los médicos deportivos. Otro debate famoso trataba sobre los llamados “kilómetros basura”, es decir, esos kilómetros de entrenamiento en los que simplemente corres (trotas), sin forzar, despacio, a veces incluso sin un buen ritmo. Para algunos maratonianos eran kilómetros innecesarios e inútiles (o incluso perjudiciales) mientras que, para otros, estos kilómetros son los que dan la base para tener un buen fondo, madurar como corredor y poder aspirar a mayores distancias o mejores tiempos.

            A mí esos kilómetros basura me recuerdan mucho a nuestra vida religiosa: esos años en los que aparentemente no pasa nada, años de servicio poco vistoso, fiel, constante, años en los que la persona se entrega con generosidad a la rutina del servicio diario, muchas veces callado y anónimo. Los que -por un motivo u otro- estamos en el “candelero” (valga el modismo), no deberíamos perder de vista el servicio de estas personas, hermanos y hermanas que quizás no escriben libros, ni ocupan puestos de responsabilidad, ni desarrollan ministerios o apostolados llamativos, sino muy normales, muy “estándar”…

            Hay quien dice (jugando con los colores litúrgicos) que la vida cristiana “se juega en el verde” y tiene mucha razón. En los días de fiesta, en los fastos y celebraciones, en los centenarios y en los homenajes (todo ello muy bueno y muy necesario), todos somos extraordinarios, pero yo cada vez valoro y agradezco más la lealtad y la fidelidad del servicio cotidiano y escondido que se lleva a cabo en el “tiempo ordinario”. Quien no vale para el tiempo ordinario, no vale para la vida religiosa. Quien no es capaz de hacer muchos “kilómetros basura”, no vale para el fondo.

            Ahora que empezamos un nuevo año, vaya por delante mi gratitud a todos esos hermanos y hermanas que siguen trotando, haciendo “kilómetros basura” sin preguntarse si valen la pena o no y haciendo posible que tantas cosas funcionen.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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¡Dios es del Inter! (diciembre 2016)

            Que nade piense que el título de este post es una respuesta al del mes pasado. Se trata de una verdadera casualidad. Estaba yo escribiendo durante la pasada asamblea de la USG aquel articulillo sobre el equipo de Dios (el equipo de la vida) cuando un superior general, buen amigo, me dijo casi de sopetón que él es entusiasta del “inter” (“Io sono dell’Inter!”). Como yo andaba enfrascado con mi texto, pues me sorprendió tremendamente, como si estuviera respondiendo a la pregunta que daba título al articulillo. Pero luego me explicó que, ante las crisis que sufrimos en la vida religiosa actual, él se declaraba partidario de todo lo que sea “inter”: interprovincial, intercongregacional, intergeneracional, intercultural o internacional…

            Charlamos largo y tendido sobre ello y estábamos de acuerdo en que esto no es (no debe ser) una estrategia para solucionar algunos problemas coyunturales, sino más bien una filosofía de vida y, más si cabe, de vida religiosa. Cuando el mundo tiende a encerrarse, a crear fronteras, barreras, divisiones y muros. Cuando se tiende a acentuar las diferencias y a marginar al que es diverso, fortificando (a veces, apuntalando) identidades. Cuando nos encerramos en nuestro mundo, en nuestro recinto, en nuestros periódicos y canales de televisión y en nuestros prejuicios… pues quizás ahí, en ese contexto, es donde nosotros, religiosos, estemos llamados más que nadie a testimoniar lo “inter”, a construir puentes, a entrelazar, a tejer relaciones, a crear ámbitos de encuentro, de colaboración y de enriquecimiento mutuo e incluso (en el sentido del “hacer lío” del Papa) a enredar.

            Me duele ese derrotismo que nos lleva a pensar que no es posible unir comunidades o provincias, que considera insalvables las diferencias (culturales, raciales, lingüísticas) en vez de verlas como una gran riqueza y una ocasión de crecimiento, que no cree, en definitiva, en la posibilidad del encuentro franco, sincero y -por qué no decirlo- evangélico.

            Ahora que estamos en Navidad, me llama la atención cómo esta idea no es ajena ni a la Palabra de Dios (que proclama solemnemente que “el Verbo habitó entre nosotros”) ni a las oraciones que subrayan “el maravilloso intercambio de nuestra salvación”, ni a la invocación penitencial que implora “Señor, tú estás aquí entre nosotros… pronuncia para nosotros tu Palabra que nos libere”. Con agudeza y emoción lo supo ver Chesterton cuando afirmaba: “Es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares, la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular: la omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan…”

         ¡Dios es también del “inter”! Se sitúa “entre” y -aun a riesgo de llevarse las tortas por los dos lados- media, une, restaña y restaura (y cada palabra merecería un tratado de teología). Y también nosotros tenemos que imitar al Maestro en esto. De forma genial lo dijo el Papa Francisco en una de sus homilías en Santa Marta:

            Instaurar el amor es un trabajo de artesanos, de pacientes, de personas que gastan todo lo que tienen en persuadir, en escuchar, en acercar, y esta labor artesanal tiene pacíficos y mágicos creadores del amor. Es la tarea del mediador… El amor nos coloca en el papel de mediador…, el mediador siempre pierde porque la lógica de la caridad es llegar a perder todo para que gane la unidad, para que gane el amor… Para un cristiano progresar es servir en esta tarea de mediación.

       ¡Feliz Navidad a todos!

Fernando Millán Romeral O.Carm.

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¿Tú de qué equipo eres? (noviembre 2016)

            Un amigo mío, nórdico él, vino a Roma hace algún tiempo y se quedó muy sorprendido de que una de las primeras preguntas que le hacían los conocidos fuese… “¿Y tú de qué equipo eres?” Le expliqué que en algunos países hay mucha afición al fútbol y que, por ello, pues todo el mundo tiene por lo general un equipo del que es aficionado o, como se dice en italiano, tiffoso. Pareció entenderlo bien, pero luego, cuando hablaba con alguien, siempre se equivocaba y convertía en seguidor de la Juventus al que es del Inter, o de la Roma al que es del Milan, provocando cierta hilaridad y comentarios jocosos.

            Esta anécdota me recordó que en un funeral, hace ya algunos años, el monitor, al introducir la oración del Padrenuestro, hizo una larga disertación explicando cómo en estas circunstancias tristes tenemos que aceptar siempre la voluntad de Dios. Y, por ello, al rezar el Padrenuestro, aunque sea difícil y doloroso, tenemos que decirle a Dios que se haga su voluntad. En principio estuve de acuerdo (y lo sigo estando), pero luego me di cuenta de que la sensación que se trasmitía a la gente (muchos de los participantes probablemente no iban nunca a misa) es que Dios estaba de parte de la muerte, que esa era su voluntad, que ese era su equipo.

            Pero si nos preguntamos de qué equipo es Dios, hay que responder que siempre, desde la eternidad y con cierta pasión de forofo ¡Dios es del equipo de la vida! Por ello, esa frase tan hermosa del Padrenuestro -“hágase tu voluntad”- no es una especie de aceptación resignada (que tanto nos va a dar que lo aceptemos o no) con caras lánguidas y a regañadientes, sino un grito que sale de lo más hondo del corazón y se dirige al Dios de la vida. Le pedimos, le suplicamos, le exigimos que se haga su voluntad…que es la vida. Que no se haga la voluntad del mal, del pecado, de la muerte, sino la suya.

            En este tiempo de Adviento que estamos comenzando, esta convicción tan hermosa, tan honda y central de nuestra fe, se renueva cada día en la liturgia y en la Palabra. Tenemos que estar atentos porque, a veces, nos pasa como a mi amigo nórdico, que nos equivocamos de equipo y hacemos a Dios seguidor de uno que no es el suyo. De forma inconsciente (y, por supuesto, sin ninguna mala intención) hacemos que la gente que escucha nuestras homilías o moniciones o charlas… piense que Dios es del equipo contrario y que la vida cristiana se reduzca a una melancólica, resignada y triste aceptación de una voluntad caprichosa. Y, nosotros, forofos como él del mismo equipo, nos comprometemos a animar todo lo que suponga vida y vida en abundancia (Jn 10,10)…

 

 

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“Canis hortulani morbus” (octubre 2016)

            Creo que todos los que ya vamos teniendo “una edad” (valga el eufemismo) hemos conocido en aquellos años de estudio de filosofía o de teología, con grupos más numerosos que ahora, a algún compañero aficionado a crear latinajos macarrónicos. Es un mecanismo cómico bien conocido: se toma una expresión popular o castiza y se “traduce” al latín. Quién no ha oído la expresión “Intellectus apretatus discurrit qui rabiat” para expresar el ingenio que tiene que desarrollar quien se halla en un apuro o el no menos célebre “Peoni camineri res” para referirse a una obviedad o simplemente a una tontería.

            Esto del latín macarrónico (la latinitas culinaria), viene de lejos y se relaciona incluso con los goliardos de la baja Edad Media. No pocos autores lo han utilizado en sus obras, generalmente con un interés cómico. Por ejemplo, Rodriguín (un escolar de los jesuitas de Madrid) decía aquello de “Acababerit sicut rosarium albae matutinae” en Un faccioso más y algunos frailes menos (uno de los más célebres Episodios Nacionales de Pérez Galdós). Incluso un personaje del Ulises de Joyce, profiere un burlesco “Muchibus Thankibus” (¡como suena!).

            Bueno, pues el caso es que algunas veces me viene a la mente uno de aquellos latinajos que decía mi amigo, cuando se refería a la manía de algunas personas de ponerle pegas a todo y de boicotear (al menos sutil e intelectualmente) cualquier proyecto novedoso. Mi colega decía que la persona que fuere tenía el “Canis hortulani morbus”…

            Las técnicas para el “no hacer ni dejar hacer” son variadas y, en algunos casos, muy sofisticadas. Quién no conoce al típico aguafiestas que cuando una comunidad (un grupo juvenil, una parroquia, una comunidad religiosa) está preparando qué hacer de especial en Navidad… pues se arranca con el clásico “¡Bueno, es que Navidad es todo el año!”. No menos eficaz es el que yo llamo “boicoteador metafísico o hermenéutico” que, cuando vamos a planear alguna acción social o algún proyecto cultural, se descuelga diciendo: “Bueno, primero tenemos que definir qué significa solidaridad” o “Tenemos que clarificar antes qué entendemos por cultura“. Vamos, como para eternizarse antes de empezar a hacer nada… En otros casos se trata de resistencias más pasivas, como el no menos clásico derrotismo de quien afirma: “Eso ya lo intentamos hace muchos años y no funcionó”. Y qué decir del famoso adagio (típico de las casas romanas) que, ante el más mínimo cambio, alude al irrefutable principio de que “aquí siempre se ha hecho así…

            En fin (y bromas aparte), se trata de mecanismos muy humanos y sin la mayor maldad, pero a veces (sobre todo en temas de más calado), pueden llegar a bloquear procesos, a crear frustración y, lo que es peor, a destruir experiencias antes de que nazcan y a cerrar caminos, aún antes de emprenderlos.

            Entre todas estas técnicas del “boycotting”, la más frecuente en nuestras curias es el “boycotting canónico” y quiero que se me entienda bien. Ciertamente que una Curia General o un Dicasterio romano tienen que velar porque se cumplan los cánones. Y no se trata de legalismo, sino de que lo que se haga responda a la naturaleza, a los objetivos y a la finalidad de un grupo religioso, así como (importantísimo) que los derechos de todos sean respetados. Esto no lo pone en duda nadie en su sano juicio. Más aún, ésta es una de las funciones más importantes de nuestros superiores. ¡Para eso les pagamos! que diría un castizo.

            El problema empieza cuando esa tarea, más que cautelar, proteger e incluso animar se convierte en un tapón, en verle pegas a todo, en ser puntilloso con las nuevas experiencias que, sin duda deberán ser bien discernidas, evaluadas con el tiempo, analizadas… pero que no deberían rechazarse de principio. El Papa Francisco nos ha animado a todos -pero de forma muy especial a la Vida Religiosa- a asumir riesgos, a abrir nuevas vías, a buscar nuevos cauces. Forma parte de nuestra esencia. De hecho, de ciertas experiencias novedosas nacieron grandes movimientos eclesiales y de eso, en la Vida Religiosa, sabemos mucho. Que (con toda la prudencia y la sensatez necesarias) no nos falte algo de audacia y de creatividad para no caer en la enfermedad del perro del hortelano que, como es bien sabido, ni comía, ni dejaba comer.

Fernando Millán Romeral,O.Carm.

 

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“Undisclosed recipients” (septiembre 2016)

Hace algún tiempo me contaba sus cuitas un joven amigo que había tenido un desengaño amoroso. Tuvimos una larga conversación y yo intenté animarle y le insistí en que la vida sigue, que mejor ahora que más adelante y todos esos tópicos que usamos los que somos ya más mayores y hemos criado costra en las heridas del alma… Lo curioso es que lo que más le había dolido era que, de recibir cariñosos correos personales, había pasado ahora a recibir sólo correos colectivos, de esos que te mandan con algún Power-point muy ingenioso o con un link de alguna escena muy graciosa, y que van dirigidos a esa triste categoría de “undisclosed recipients”. Esta expresión de nuestro lenguaje digital se suele traducir como “destinatarios no revelados”, pero todos sabemos que, en realidad, lo que significa en muchos casos es que formas parte de un destinatario colectivo, de un grupo, probablemente muy amplio, de conocidos, de amistades varias, de personas más o menos interesadas en un tema o, peor aún, que por cualquier motivo estás (solamente eso) en la lista de correos de esa persona.

A veces puede ser bastante decepcionante. Seguro que todos tenéis la experiencia de recibir un cariñoso correo, sobre todo en Navidad, y descubrir después que va dirigido a un montón de gente y se te queda cara de pasmo. Pues a mi joven amigo, eso era lo que más le dolía: haber pasado a ser un anónimo de los “undisclosed recipients”, y cada e-mail se convertía para él en un dolor punzante. Y la verdad es que no andaba descaminado.

A mí -que soy un sentimental- me vino a la mente el cuento jasídico que hablaba de Dios como un niño que llora cuando juega al escondite y nadie le busca, o la voz desgarrada de Juan Gabriel cantando aquello de “probablemente ya de mí te has olvidado…” Me recordó también (y perdonadme esa tendencia posmoderna a mezclar autores de tan diversa categoría y condición) al “pastorcico” del hermosísimo poema de Juan de la Cruz (inspirado en poemas pastoriles anteriores), al que lo que más le dolía (como a mi amiguete) era sospechar que había sido olvidado: “Que sólo de pensar que está olvidado/ de su bella pastora, con gran pena/ se deja maltratar en tierra ajena/ el pecho del amor muy lastimado”.

El poema tiene una lectura cristológica honda y maravillosa y siempre que lo leo se me ponen los pelos como escarpias. En este caso, entre mi amigo y el poeta carmelita, me recordaron que cada persona es única, que para Dios no hay “undisclosed recipients” y que, para nosotros (al menos en lo esencial y más hermoso de la vida), tampoco debería haberlos.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

 

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Gestos pequeños para personas grandes (agosto 2016)

Hace unos días he tenido el gustazo de leer Mi conversión de Dorothy Day, uno de esos libros que uno tiene en la lista de espera, con ganas de “hincarle el diente” cuanto antes. Me ha fascinado la aventura espiritual de esta mujer: activista comprometida con la difícil situación de los obreros en los Estados Unidos del primer tercio del siglo XX, sindicalista imbuida de la filosofía marxista, y periodista que trabajó en muy diversos medios de su época. Sin perder ni un ápice de su profunda conciencia social, fue acercándose paulatinamente a la fe con sinceridad, con generosidad, con emoción. Y la fe la “reenvió” a los pobres con mayor sensibilidad si cabe. Frente al prejuicio marxista del que ella misma había participado, la fe no fue “opio”, sino acicate y estímulo en la lucha por los derechos de los más necesitados.

En algunos momentos, su biografía (su itinerario espiritual) recuerda al de otras grandes mujeres que han sido fundamentales en la historia espiritual del siglo XX: Teresa de Lisieux (que aunque muere en el XIX, marca decisivamente la espiritualidad del siglo siguiente), Ana Frank, Simone Weil, Hannah Arendt, Adrienne von Speyr, Gertrud von Le Fort… y tantas otras. Pero, al menos en algunos puntos, a quien me ha recordado más es a Edith Stein, la filósofa judía que también descubrió la fe a través de lecturas filosóficas, del encanto de la liturgia y del encuentro con Santa Teresa. Las dos se muestran muy serias (e incluso rígidas) con el horario y el aprovechamiento del tiempo; ambas fueron voluntarias de la Cruz Roja en la primera Guerra Mundial y ambas fueron mujeres fuertes, hondas, receptivas, valientes y buscadoras en la maraña espiritual y cultural de su tiempo. Su periplo concluyó en el catolicismo, aunque las dos provenían de tradiciones religiosas muy diferentes, y las dos pasaron por la pérdida de la fe y la frialdad religiosa.

Pero el caso es que ambas -y aquí es donde yo quería aterrizar- tuvieron una sensibilidad especial para los pequeños gestos de fe, para ciertas actitudes que, pese a su extrema sencillez, acabarían teniendo gran importancia en su “conversión”. Edith, la filósofa, la pensadora, la discípula aventajada de Husserl se emociona ante una señora que, cargada con las bolsas de la compra, entra en la catedral de Frankfurt para arrodillarse y rezar. Es la primera vez que percibe un diálogo personal con Dios en el silencio de una iglesia casi vacía… y nunca lo pudo olvidar. Dorothy, activista comprometida y periodista aguda, acude a la catedral de Nueva Orleans y presencia una bendición. La misma posición corporal de los que la reciben, la conmueve profundamente (me hizo inclinar la cabeza) y, años más tarde, se pregunta si sintió  algo así como “una Presencia”.

Me impresiona (y ahora hablo de mí) esa sensibilidad de las personas verdaderamente grandes ante los gestos pequeños, de creyentes normales, devotos, piadosos. Me duele el desprecio sistemático y algo arrogante que a veces se muestra ante la fe de los sencillos. Es verdad que en ocasiones estos gestos se pueden manipular, que se ideologizan y se convierten en armas arrojadizas para nuestras batallitas eclesiales. Pero no me refiero a nada de eso. El mismo Dietrich Bonhoeffer, un gigante del pensamiento teológico del siglo XX, se conmovió hondamente ante la gente que esperaba para confesarse en Santa Maria Maggiore cuando estuvo en Roma en 1924. O Thomas Merton, uno de los más apreciados y sutiles escritores espirituales de nuestro tiempo, que siente nada menos que la presencia de Dios (“en la carne y Dios en sí mismo“) cuando unos niños rezan el Credo tras la elevación en una misa en La Habana, mientras desde la calle llegan todo tipo de ruidos, gritos y anuncios. Varios años después, con un bagaje espiritual e intelectual más amplio si cabe, llegó a afirmar que “tal vez sean las verdades más sencillas y populares las que, después de todo,  son también las más profundas…

Y nuestro Unamuno (que ya de joven era contradictorio, cascarrabias, entrañable y genial) cuando visita Roma en 1889 despotrica del arte kitsch y relamido que encuentra por todas partes, pero se emociona ante los exvotos amontonados en la Iglesia del Ara Coeli en el Campidoglio y exclama: “Este, este es el verdadero arte religioso, no el de San Pietro; esto, los toscos monigotes de Ara Coeli que contemplan con desdén los curiosos y aún muchos fieles; en estos están encerradas lágrimas de madre, alegrías de hogar, fe pueril, no arrogancias de papas y apoteosis de artistas…

Quizás yo sea un sentimental, pero le pido a Dios que las altas teologías, las experiencias místicas y los compromisos sociales… no nos anulen esa capacidad de contemplar y de conmovernos ante los pequeños gestos de fe de los más sencillos.

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