Tres imprescindibles

¿Recordáis aquellas tres “ces” que nos amargaban el viaje, ese virus que dañaba lo mejor de nuestro disco duro: competir, comparar y criticar? Pues ahora quiero recoger tres “pes” que nos propone el Evangelio para atinar con el sentido y el horizonte de cada vida. Son necesarias día a día en nuestras relaciones, si van creciendo en nosotros hay abundancia y belleza, todo se sana y se humaniza con ellas. Cada una por separado parecería suficiente y, sin embargo, cuando se dan las tres todo se multiplica. Emociona descubrir cómo Jesús las fue desplegando poco a poco hasta llegar a conformar su existencia. Son tres “pes” bien concretas y cotidianas: el perdón, el pan, y el perfume.

No hay convivencia posible sin la primera, lo sabemos bien. Necesitamos darnos una nueva oportunidad, cada vez, desmedidamente, sin que nos salgan las cuentas. Sin  practicar el perdón no hay posibilidad de ir tejiendo vínculos sanos. Un perdón que abraza el presente de la persona y en ese presente le regala volver a confiar.

La segunda es el pan. Jesús se pasa comiendo la mayor parte de los pasajes: nutriendo otras vidas, compartiendo la mesa, invitando a comer… valorando el pan que se amasa en cada uno y haciéndolo bueno. Así se ofreció en el momento más difícil, dando gracias y con un trozo de pan entre sus manos abiertas.

La tercera toca el cuerpo de Jesús: el perfume. Podríamos pensar que esta sería prescindible, pero nos equivocaríamos. Si el pan evidencia nuestra hambre esencial y nuestra necesidad más primaria de amor y sustento, el perfume recoge ese anhelo de belleza y de gratuidad que es la mayor huella de Dios en nosotros. En el intercambio del perdón y del pan hay palabras, pero en las escenas del perfume –cuando las mujeres acarician el cuerpo de Jesús– solo hay silencio; silencio y gestos de ternura que algunos juzgan y que Jesús recibe y agradece.

Los tres son imprescindibles para el camino, por eso están incluidos en la oración del Padre Nuestro. Necesitamos pedirlos cada día: darlos y recibirlos ¿Y dónde está el perfume? os preguntaréis… Escondido en su Nombre (cf. Ct 1, 3).

El tiempo del verano quizás sea buen momento para preguntarnos: ¿cómo ando de estas tres “pes” en mi vida? Pido crecer en ellas y pido, sobre todo, poder agradecerlas más. Son un sencillo test para saber cuánto de Evangelio va calando en nosotros.

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Un domingo en el tren

Voy en el tren de vuelta a casa. A mi lado un niño con sus cascos, su tablet, y su móvil. Yo con el ordenador y con la página en blanco, buscando en los cajones de la memoria algo que pueda contar. Recuerdo que hace poco vi una película que me emocionó: “El otro lado de la esperanza” (Aki Kaurismäki, 2017). Honda, dura y tierna a la vez, con toques de humor y de las que sales del cine con ganas de ser mejor persona. Es la historia de un refugiado sirio al que deniegan asilo en Finlandia, contada de un modo original y entrañable que muestra hasta dónde llega nuestro desconocimiento del sufrimiento callado de los otros, y cuánto necesitamos tener rostros que nos enseñen proximidad.

La película me evocó una frase que Etty Hillesum escribe en su Diario: “No hay fronteras entre los que sufren”. El protagonista sirio, Khaled, y un refugiado irakí se hacen compañeros en la adversidad. Un finlandés un poco perdido encuentra sentido ayudando a Khaled, permitiendo que pueda mostrar sus dones cómo ser humano trabajando en su restaurante. Impotencia y ternura, burocracia y humanidad, frialdad y manos tendidas. El final de la película queda abierto y una mujer africana sentada en la misma fila me pregunta: “¿Cómo cree usted que acaba?”.  La miro con sorpresa, pienso que también ha tenido sus sufrimientos secretos en el viaje hasta llegar aquí: “Va a acabar bien, seguro. Saldrá adelante”. Y me parece que se lo estoy diciendo a ella.

Inmersa en la escritura no me he dado cuenta de que el niño, que va a mi lado, sonríe. Ha estado leyendo lo que escribo y que lo he nombrado. Hablo con él sobre los niños en situaciones de guerra, pensando que no le falta de nada y que sus padres deben estar en otros asientos. Para mi sorpresa me narra que se separaron cuando tenía dos años. Desde los siete viaja solo en avión de Málaga a Madrid para estar con uno y con el otro, ahora ya tiene once y todas las semanas coge el tren. Al principio quería que estuvieran juntos pero ha comprendido que son muy diferentes y que es mejor así. Si él no me avisa se me pasa la parada. Qué pena que no podamos seguir conversando. “Me llamo Santi”, me dice. Le doy un beso. “Eres un chico precioso”, le digo yo. ¡Qué torpe! ¿Cómo no presentí antes que, detrás de sus pantallas, Santi también  buscaba un poco de compañía y calor?

 

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Sostenidos por tu belleza

He tenido que escribir sobre la belleza y me encontré con esta perla de San Efrén: “El Señor de todo es la tienda que atesora todas las cosas. A cada uno, según su capacidad, le concede vislumbrar su belleza oculta…Todos los que te miran será sostenidos por tu belleza”.

No sé si os ha pasado a veces estar ante un paisaje y sentir que es como si nos reconociéramos, como si nos trajera a casa. Son paisajes de nuestra alma, inscritos en nosotros por generaciones. En esos espacios de belleza y soledad nos sentimos habitados por los rostros de nuestra vida, e inexplicablemente podemos amarlos con más hondura e intensidad que cuando estamos con ellos. Es entonces cuando se nos muestran tal como son, con toda su luminosidad.

Dicen que vemos con los pies, que vemos según el lugar donde pisamos, y por eso necesitamos caminar por lugares privados de belleza, porque son estos los que transforman nuestra mirada. Allí donde hay carencia, allí se oculta el amor de Dios que quiere colmarla. Descubrimos que lo bello no es lo perfecto sino lo vulnerable, que la hermosura no acontece en lo espectacular sino en lo sencillo; que la verdadera belleza conmueve porque despierta la ternura esencial guardada en nosotros: ¡Es tan hermoso el abrazar del Papa Francisco a personas que han sido lastimadas en su cuerpo y en su espíritu! Son bellas las manos gastadas de una religiosa cuando se posan delicadamente sobre cuerpos deteriorados; es precioso un hermano anciano que sostiene a otro con devoción; irradian belleza mujeres en plena madurez, ofrecidas sobre los rostros más perdidos en rincones innombrados de la tierra… Sólo una mirada limpia puede atisbar la belleza allí donde el mundo no la señala ni la busca. Dichosos nosotros si dejamos que la mirada del Amigo limpie la nuestra.

Han pasado veinticuatro años y aún recuerdo una noche a la salida de completas del bello monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, iba  junto a una hermana que había sido una mujer profética y contemplativa en los tiempos del cambio. En la oscuridad de aquel pequeño pueblo me hizo mirar al cielo cuando salíamos silenciadas del claustro: “¿Sabes?- me dijo- la liturgia de las estrellas es aún más hermosa que la de los monjes. Ellas le alaban  mejor”. Desde entonces, cada vez que las contemplo me viene su mirada honda. ¡Hay tanta belleza delante de nosotros por reverenciar¡

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Rodeadas

Cuando estuve en Cuba, pude llevar a mis hermanas algunas cosas ricas (¡disfrutan tanto ese “jamón sagrado”que viene de España!). Ya era la tercera vez que tenía la suerte de volver a la isla y tuve una bendición inesperada: en un momento, aunque había sobrepasado el peso de la maleta, me invadió la pena por no haberme llevado más y haber podido compartir con otras personas, y de repente sentí adentro con claridad que al final de la vida nos entrará dolor por no haber abierto más las manos, por todo lo que nos hayamos guardado; por no haber amado más generosamente. Regresé a casa con ganas de no retener y de agradecer tanto don cotidiano que en otros momentos se me escapaba. Mis espacios eran los mismos en la comunidad y en la misión pero esta vivencia había tocado mi manera de mirarlos, me hacía situarme en ellos con más amabilidad, y se fueron impregnando de calidez y de Presencia.

Con el pasar de los meses temía que este sentir se me fuera apagando y en estos días he recibido un email que me ha hecho reavivar la experiencia y me ha regalado una petición para adentrarme en la Pascua. Es de una mujer que trabaja en una residencia de ancianos. Ella me contaba: “He estado un tiempo en que la queja, la negatividad y el agobio han llenado mi corazón… Hace unos días me di cuenta y empecé a escuchar a los abuelos. Cuando les daba de comer, los aseaba, o los atendía, siempre me daban una palabra de cariño, me daban un beso o decían mi nombre. De pronto he sido consciente de todo el amor que me dan. Me he sentido rodeada de amor por ellos… Es un sentimiento que me llena por dentro, que me hace sentir feliz y segura en mi trabajo como hacía tiempo. Cuánta energía perdida en la queja, en el agobio…, y no he disfrutado de  lo que me rodea. Es precioso tomar conciencia de todo el amor que nos rodea sin saberlo, sin agradecerlo…”.

Está siendo mi petición en este tiempo: acallar un poco la saturación que nos envuelve a todos los niveles y recuperar algo de silencio y de sencillez para poder agradecer y consentir a todo el amor que nos rodea. Los ancianos decían el nombre de esta mujer y me recordaba a aquella

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Disfrutar el Evangelio

El verano pasado tuve la suerte de hacer Ejercicios con Toni Catalá y él nos dio una clave preciosa. Nos decía que en muchas ocasiones nos medimos con los textos del Evangelio y nos entristecemos porque no llegamos, porque “no damos la talla”, y que teníamos que salir de ese círculo y recuperar el disfrutar con el Evangelio, el conmovernos y emocionarnos por lo que Jesús vive, por su modo de mostrar la ternura de Dios con los pequeños y abatidos; contemplarle ahí y pedirle que algo se nos contagie. Encendió en mí el deseo de recuperar la gratuidad y la belleza del Evangelio y en esos días se me abrió como nunca el texto de Zaqueo.

Yo llegaba con mi mochila llena, después de un curso muy intenso, con desorden interior y con muchas cosas pesadas dentro de la bolsa que quería mirar, colocar, recibir perdón…y de pronto ese pasaje me abrazó como una noticia tremendamente buena. La sorpresa llegó a través de estas cuatro palabras: “Lo recibió muy contento” (Lc 19, 6), como si de repente llenaran de luz todo el relato y esa mochila repleta que yo traía quedara a la sombra. Ni siquiera tenía que mirarla, no se me pedía cuentas (aunque yo quería darlas), solo tenía que ahondar en esa apertura: “lo recibió”. No tenía que hacer otra cosa más que abrir mi vida tal y como estaba y dejarle entrar,  pero no de cualquier manera, ni siquiera excusándome, ni sintiendo vergüenza por las habitaciones más sombrías, sino todo lo contrario: “muy contenta”;  desbordada de alegría, no por mí  sino por él, no por el camino que yo había recorrido sino por el que él quería recorrer de nuevo en mí; no porque mi casa estuviera digna sino porque era su presencia la que la embellecía con esplendidez. Se me grabó hondamente que este gesto es lo que Jesús más desea, y fue como si comprendiera por primera vez que esa es precisamente la única respuesta que él espera de nosotros y que recibirle con alegría tiene que ver con hacer su voluntad.

Durante los Ejercicios me pasé diciendo cada día en la eucaristía: “Señor, no soy digna de que entres en mi casa ¡pero te recibo con tanto contento!”, y aún sonrío pensando que Él prefiere esta modalidad. No sé por qué me salió hoy compartiros esto, quizás porque esta tarde de domingo se estaba poniendo gris y porque todos necesitamos volver sobre experiencias que nos sanan.

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Compartiendo asiento

Voy dentro del avión en dirección a La Habana, no tengo nadie a mi lado y en este rato me figuro que comparto asiento y conversación con vosotros. Me quedan todavía cuatro horas de vuelo, atrás quedó la noche en Madrid pero en el horizonte hacia el que nos dirigimos se abre una hermosa franja de luz dorada. Me hace presentir que así será también cuando tengamos que soltarnos definitivamente, nos parecerá que todo se oscurece y se acaba, pero cuando concluyamos esta travesía estrenaremos al otro lado una luz que apenas podemos sospechar desde aquí.

Los viajes largos me hacen tocar el fondo de mí misma. Por un lado constatar todo aquello que me tiene  distraída en este tiempo (me llama la atención que en la pantalla que tenemos cada uno hay tantas opciones de “entretenimiento” que apenas sé cuál elegir)  por otro lado, es como si en la distancia emergiera lo más esencial, aquello que de verdad merece la pena, lo que más valoro y que en el día a día no soy capaz de apreciar y agradecer lo suficiente. Tengo delante de mi asiento a una pareja francesa que va ya por la tercera película, todo el tiempo han tenido la ventanilla cerrada y no han podido percibir esa luz de fuego en el cielo. Me hace pensar que a veces también yo voy así por la vida, a lo mío y con la ventanilla echada,  más en “películas”, sean del tipo que sea, que en lo real cotidiano y perdiéndome tantas señales de Dios en lo concreto, en las cosas más simples de cada día.

No sé si os ha pasado pero a veces en los trayectos rutinarios, del trabajo a la casa, solemos hacer el mismo recorrido y, en ocasiones, cuando cambiamos de acera de pronto descubrimos edificaciones preciosas, cuya belleza no podíamos percibir cuando pasábamos tan cerca. Así me ocurre con los rostros cuando tomo distancia y ahora me arrepiento de no expresar más a las personas lo valiosas y queribles que son, y lo feliz que me hace que estén en mi vida. Con perspectiva lo cotidiano cobra otro sabor, y los gestos más sencillos (como que madruguen para llevarte a la estación o te preparen algo para la cena) se convierten en una caricia al corazón, y me doy cuenta de lo torpes que somos para mostrarnos el cariño. Una religiosa me compartía: “soy más bien seca con mis hermanas y no saco todo el afecto que hay en mi”. ¿Por qué será que amamos más cuando nadie nos ve?

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Accesibles

Una vez hablaba por el móvil con una compañera, yo había estado muy liada y con ganas de que terminara ese mes y le dije: “ya tengo ganas de que pase…”. Y ella me preguntó con humor: “¿Qué pase qué, esta vida a ver si en otra puedes estar con más calma?”. Me hizo reír y cuando me quedé a solas me hizo pensar, y hasta hoy lo traigo adentro. Es como si fuésemos posponiendo hacia adelante el momento en que queremos vivir más plena e intensamente, cuando las circunstancias sean “mejores”, cuando tengamos tiempo… y mientras la vida está pasando y no la vemos. Cuando andamos sobrecargadas no estamos enteras en lo que hacemos porque una cosa se junta con la otra y no sabemos dejar el espacio necesario para que la vida pueda posarse y rehacerse. Tampoco tenemos atención suficiente para lo que los otros están viviendo.

Sé que aquello que anhelo me está ofrecido en este momento; aquí tengo que aprender a buscarlo y desplegar el amor en mis trajines de cada día que, probablemente, “no pasarán”, porque cuando estos pasen vendrán otros.  La elección entre andar asfixiados o respirar con anchura está dentro de nosotros, allí donde se nos juega nuestra manera de estar presentes y esa dimensión de gratuidad que es esencial en nuestras vidas. No sé si os pasa pero, a veces, hay personas que cuando vamos hacia ellas las solemos encontrar casi siempre ocupadas ¿Nos percibirán también a nosotros así? Por muchas cosas que llevemos entre manos, y responsabilidades, si nuestro espacio interior está disponible, abierto, ahondado… tendremos también nuestro espacio exterior accesible y dispuesto; sino seremos como el levita y el sacerdote que iban con prisa a sus “quehaceres buenos” (también el samaritano los tendría) y siempre podemos justificarnos. ¡Cuánto bien nos hacen aquellos rostros que, en medio de sus ocupaciones, se nos regalan sanadoramente!

Hace unos meses nos comunicaban que dos hermanas nuestras habían ido como cada día a dar su servicio en un Centro de Misericordia y a la salida se encontraron a un anciano caído en la nieve, se apresuraron a atenderle y, en ese mismo instante, una de ellas sufrió un infarto fulminante. Era una mujer que había pasado la mayor parte de su vida en el Chad, entregada a los más pequeños y frágiles de la tierra. Me conmovió que muriera  como había vivido y que el Señor le tendiera la mano ¡tan sorpresivamente! en aquel hombre necesitado al que ella estaba dando la suya.

 

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El verano y los niños

Cerca de casa hay un río y mucha gente transita por su dos orillas: personas mayores conversando (gozo mucho cuando veo a una pareja ya mayor que aún va cogida de la mano), jóvenes corriendo, padres o madres con niños…El otro día me quedé observando una escena deliciosa: un niño que no tendría más de cinco años iba todo contento con su bicicleta y su casco, su padre en otra bici le seguía desde atrás sin quitarle la vista. De pronto pensé que así nos lleva él a nosotros, si el padre fuera delante del niño éste podría perderse o lastimarse, necesita ir detrás, o a su lado, para velar por el pequeño. Comprendí que va a nuestra espalda guardándonos y alentándonos, y como ese chiquitín sentí ganas de volverme y agradecer su presencia.

Estos días me ha ensanchado el corazón la lectura de un libro hermoso por su extrema sencillez y hondura: “Escritos esenciales” de la hermanita Magdeleine de Jesús. En sus cartas, ella anima a sus hermanas en los comienzos de la Fraternidad a vivir el espíritu de infancia. Este párrafo me tocó especialmente: “Pienso, sobre todo, en las que han crecido y envejecido demasiado pronto, y les cuesta inclinarse sobre una cuna de un niño pobre, porque tienen preocupaciones más sabias; en las que están demasiado agobiadas y no tienen tiempo de detenerse ante algo tan pequeño…en las que son demasiado ruidosas y no oyen lo que cerca de un recién nacido, sólo se puede decir en un susurro. Y, sin embargo, el espíritu de infancia…es necesario para entrar en el reino de los cielos’…Tenemos que volvernos como ‘niñas’ para seguir recorriendo el mundo”.

Los ojos de los niños tienen algo sanador, nos desarmamos en su presencia. Nuestra mirada a veces se endurece, la de los pequeños, si no han sido muy lastimados, guarda un poder de redención: se mantiene abierta y luminosa despertando en nosotros ese lugar de inocencia. Aún en las circunstancias más dolorosas y dramáticas siempre encontramos niños jugando. Nos revelan la dimensión de Dios que más nos cuesta en lo cotidiano: su absoluta simplicidad y gratuidad. Ojalá que el tiempo del verano nos haga saborear estos registros y nos lime las durezas del curso, pues él vibra siempre en lo tierno.

Cuando mi sobrina tenía unos cuatro años le pregunté si sabía cuánto la quería Jesús y me contestó que no lo sabía porque él no le había hablado nunca. Yo le dije que a mí sí que me lo había dicho para ella y, abriendo aún más sus preciosos ojos oscuros, me preguntó asombrada: “¿y cuando te habla? ¿Cuando estás sola, sola, sola?”.

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Urge sanarnos

Recuerdo que en una ocasión me comentó una religiosa acerca de una hermana de su comunidad: “ella me quería ayudar pero su manera no me ayudaba”. Me hizo pensar que, en muchas ocasiones, la respuesta de los otros, sus modos de actuar, no se dan en los registros en los que esperaríamos. Es un síntoma de salud reconocer los diferentes registros que compartimos en comunidad, desde la comida, hasta el modo de descansar y la manera de reaccionar. Nos encontramos con frecuencia en vibraciones distintas y nos hace bien reconocerlo y aprender a ir asumiendo esta diversidad. Me abrió los ojos una anécdota que me contó una hermana argentina, ya mayor, que llevaba toda su vida trabajando con niños con diversas capacidades. Me relató que había hecho entre ellos un aprendizaje esencial, que el que más te puede ayudar es el más diferente a ti: dos niños en silla de ruedas no pueden empujarse el uno al otro. Para estos niños ser diferentes no supone amenaza, al contrario, lo diverso del otro se convierte en posibilidad cuando hay encuentro. Tan evidente es esto en la dimensión corporal y cuánto nos cuesta aceptarlo interiormente.

Cuando a las madres del desierto les preguntaban cómo saber si la discípula iba siendo tomada por el Espíritu, ellas venían a decir algo así: “si cubre con misericordia la fragilidad de su hermana”. Enseñaban que el autoconocimiento es imprescindible para una vida en común pues la conciencia de las propias debilidades es la oportunidad para profundizar nuestra compasión con las debilidades de los otros. Las  ammas tenían una aguda comprensión de las batallas internas de cada cual, por eso rechazaban cualquier actitud crítica y censuradora, y cultivaban un corazón tierno y expansivo. Uno de los aprendizajes más importantes era para ellas el de ayudarnos a aligerar las cargas.

Agradezco el correo de una compañera en el que me envía una entrevista a Alain Vigneau, actor, clown y pedagogo, que tras una dura historia personal ha sido capaz de transformar su dolor en arte. Él señala la necesidad que todos tenemos de pertenecer y la constatación de que sacrificamos mucha espontaneidad y dulzura: “somos más amorosos de los que nos mostramos”. Me quedo adentro con esta invitación: “Urge sanarnos cada uno de nosotros, no queda otra para tener una buena sociedad. Dios no nos quiere por cómo somos, sino por cómo es Él”.

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Cinco dírhams

Llevaba tiempo deseando conocer la realidad desde el otro lado, contemplar sus rostros y escuchar sus historias… por eso cuando me escribió una religiosa de Tánger para invitarme a compartir con ellos no lo dudé. Me dijeron que podía ir en avión pero yo quería cruzar el estrecho, atravesar ese mar sagrado. Salí a cubierta para sentir el viento y contemplar esas aguas que albergan miles de vidas humanas y que sólo para unos pocos suponen un abrazo de esperanza. No podía hacer nada más que estar ahí, mirando y bendiciendo en silencio, queriendo honrar esas vidas. Fue como un sacramento.

Religiosas, religiosos, y algunos laicos del norte de Marruecos, pasamos en la casa de las Adoratrices una mañana de retiro. Me han tocado sus vidas entregadas, con tanta gratuidad, en medio de sus hermanos musulmanes. En muchas ocasiones las palabras encendidas del querido obispo Agrelo me habían movido, pero no he tenido la suerte de encontrarlo esta vez, aunque sí de compartir con la comunidad de franciscanos y eclesianas y conocer, entre los rostros de la Iglesia en Tánger, a aquellos que se acercan hasta los montes, en las cercanías de Ceuta, para llevar comida y calor humano a los inmigrantes que aguardan en condiciones inmisericordes una mínima oportunidad.

Las  religiosas de Jesús María me acogieron en su casa y pude sumergirme con ellas en la ciudad y en sus proyectos. Me vengo con el gesto entrañado de una pequeña que vive en su hogar de niñas de la calle: Dar Tika (casa de la confianza). Hace un año que llegó y apenas ha cumplido los siete. Ese domingo había ido a visitarla su madre, de nuevo embarazada, una mujer aún joven pero muy gastada por la miseria y el abandono de su pareja. Llevaba con ella a otra hija aún más pequeña, también con los estragos de la pobreza en su pequeño cuerpo. Cuando se iban a despedir vi que la niña del hogar saca de su bolsillo unas moneditas, las cuenta cuidadosamente: cinco dírhams, y se las entrega a su madre sonriendo: son para su hermanita. Sus ojos brillaban. Después me contaron que se las habían dado unos días antes, en una salida que tuvieron, para que se comprara algunas chucherías.

A la noche, al llegar a casa, nos esperaba la buena noticia de que el Papa Francisco había regresado de Lesbos con tres familias de refugiados. ¿No empieza todo a través de pequeños gestos, con cinco trozos de pan como cinco dírhams?… A los que estamos de este lado nos hace ¡tanto bien! saber que estáis ahí. Shukran. Salam.

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