«LOS AFINES JUSTIFICAN LOS MEDIOS»

El rotoLo leía esta mañana en un diario, no importa el nombre. Supongo que para la generalidad de la población el «irónico chiste» remite a los procesos de corrupción, falta de objetividad, polarización y, hasta, enfrentamiento de grupos sociales que piensan diferente. Para unos pocos, como yo, me remitió a ese gran milagro que traemos entre manos y que se llama comunidad al servicio del reino. Me repito desde hace unas horas si el foco de la dificultad para una autentica revitalización reside en que los afines o las afines justificamos los medios.

Últimamente dedico bastantes horas al día a pensar en los procesos autopoiéticos de la comunidad. Su capacidad para mostrar y celebrar que tiene vida. El milagro de poder transparentar, también hoy, que el entramado de la vida religiosa no es, ni mucho menos, historia o pasado, sino una posibilidad bien creativa y coherente de hacer que la vida merezca la pena. Últimamente remuevo, procurando no venirme abajo, aquellos valores que creo presentes en mí y en mis hermanos y hermanas de vocación y que me siguen insistiendo que las apariencias engañan, para bien. Hay mucho reino y mucha verdad bajo una capa de ambigüedad que es un signo del vértigo de este presente incierto. Al hacerlo, aparecen algunas constataciones que creo remiten, de nuevo, al título de este artículo: los afines justifican o justificamos los medios… y, por eso, los amordazamos o dormimos. Me explico.

Hay una distancia notable entre lo que queremos vivir y lo que, de hecho, vivimos. Lo que son valores de la existencia y aquello que conseguimos ofrecer a los demás. No es lo mismo el reconocimiento, teórico, del valor de la humildad, que ofrecerte como siervo de todos. Sin embargo, el no lograrlo, no resta merecimiento a la convicción de que, efectivamente, el valor de la vida es venir a servir. También es verdad que hay una distancia enorme entre las palabras que utilizamos para describir, de la realidad a la que se remiten. Seguro que cuando decimos de alguien que es formidable, no caemos en la cuenta de que todo en su vida no lo es. De igual manera que cuando nos atrevemos a decir que alguien es mediocre, supongo que no estamos negando que su vida no tenga objetivos valores. Vivimos tiempos ambiguos, polisémicos, plurales, volátiles, cambiantes y, quizá por ello, neutros. Un tiempo abonado para la máxima inteligente, que no es mía y que dice que «los afines y las afines justifican –o justificamos– los medios».

Hace unos días asistía a una conferencia en la que se desgranaban unas cuantas frases incisivas sobre pequeñeces, o miserias, o tópicos –no lo sé con certeza– de la vida consagrada y su construcción comunitaria. Lo cierto es que mientras escuchaba, interiormente, me iba diciendo que esas verdades no son tan verdaderas. Que había más autenticidad en los ámbitos comunitarios que conocía, de aquello que se exponía en el relato. Sin embargo, me causó perplejidad, sentir cómo el auditorio disfrutaba, reía y aplaudía con el elenco de «pecadillos». Es el gusto de oír la imposibilidad autopoiética de la comunidad. De nuevo, los afines justifican los medios. Y es que no importa lo que sea, el caso es vivirlo cerca de alguien. O sentir que no estás solo. O llegar a pensar que lo que consigues consensuar con alguien es la «verdad verdadera».

En el Oficio de lecturas de este mismo día, hay un texto precioso de san Teodoro Estudita. Un extraño para estos tiempos de WahtsApp y de Twitter. Afirma san Teodoro, que la cruz es «un árbol que engendra la vida sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso sin expulsar a nadie de él…». Y qué cosas, este relato sobre la cruz, también me habla de que «los afines y las afines justificamos los medios» y por eso, tantas ideas y, además, ideas buenas, no llegan a dar la vida esperada. Quizá nos falte tener muy presente y de manera muy precisa que la única verdad es que la comunidad es que ésta nace y está configurada en la cruz redentora de la verdad y solo desde ella, desaparecen «los afines» para aparecer los hermanos y las hermanas. Porque una cosa es cierta, los hermanos nunca justificarán los medios, sino que buscarán que estén al servicio de la verdad para todos.

Y aquí es donde convendría frenar el texto para no abundar en ejemplos de cómo los afines justificamos los medios de la posverdad que no permite que la comunidad adquiera alas y sea libre. Por ejemplo, cuando justificamos que ya hacemos bastante o no podemos compartir más. Cuando certificamos con el estilo de vida que los pobres son argumento de reflexión, pero no de compromiso. Cuando hablamos y hablamos de nuestra vida volcada en la comprensión de los jóvenes sin tener contacto alguno de ellos. Cuando reconocemos el valor de la pluralidad, estando siempre con los mismos y escuchando a los mismos. Cuando hablamos de la riqueza de la misión, y valoramos solo a quienes consideramos amigos o próximos a nuestra vida. Cuando confundimos comunidad con vivir con aquellos que me confirman, apoyan o reconocen. Cuando analizamos la ruptura social sin preguntarnos a quien o quienes marginamos en la propia comunidad.

Nos confundimos y llegamos a justificarnos con la máxima de que «afines justifican los medios» cuando hemos trazado en la propia congregación o comunidad una línea roja» que separa las ovejas buenas de las díscolas; los de mi rebaño y los otros. Cuando las comunidades no son lugares de crecimiento, sino de supervivencia; cuando perdemos libertad para decir lo que creemos, porque tenemos miedo de que nos distancie de quienes «nos apoyan». Cuando creemos que la comunidad se construye solo en los momentos institucionales o formales o mediáticos, dejando el día a día en un marasmo de vulgaridad. Cuando en las cosas importantes (afectivas) de la propia vida, la comunidad ni cuenta ni se la espera. Cuando hay personas, de la misma vocación, a quienes nunca escuchamos, ni consideramos, ni creemos. Cuando vivimos instalados en la crítica o la ironía o el desprecio. O cuando creemos que el verbo querer, no se puede conjugar en casa o con los de casa.

Reducir la consagración al convencimiento de que «los afines justifican los medios» es el freno de la renovación, de la reforma y de la propia vida. Nos lleva a reiterar, a justificarnos y hasta paralizarnos para empezar de nuevo. Nos reduce a una soltería sin salida, con un final anunciado. La revitalización de la vida en comunidad, para este siglo, pasa por la preguntas y respuestas directas e inquietantes: ¿Quieres crecer? ¿Sabes querer? Y quienes estén dispuestos o dispuestas, que den un paso adelante para dejar de justificar lo que se hace y cómo se hace y, a soñar juntos, qué es vivir, cómo sería, se organizaría y manifestaría una vida realmente compartida, ofrecida y celebrada, que quiera ser en fe: común, comunitaria, sincera y verdadera. No podemos seguir instalados en el lamento estéril, sin asumir que cambiar se aprende cambiando.

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CUARESMA ES LIBERTAD

UnknownLa verdad es que la insistencia en la Palabra y el solo Dios. El recordatorio, tan frecuente, de «yo soy vuestro Dios, vosotros mi pueblo» lejos de carga, es liberación. Los signos cuaresmales son también los signos de la verdad. De la pertenencia a Dios, de la normalidad. De la definición, sin glosa.

Para los consagrados es una oportunidad excelente para ganar una libertad, en muchos casos, perdida. Tantas obligaciones, externas e internas, pasan factura y al final no es tan seguro que una opción alternativa, subversiva y valiente se transforme en un funcionariado consecuente, anodino, gastado y recurrente. Por eso, el aire fresco de la cuaresma, libera. Da expectativas y aliento no tanto para seguir, cuanto para redirigir. Para hacer selección, para optar, para decidirse y cambiar.

Observo que la mayor dificultad no reside en las convicciones del bien, sino en darles forma. Muchas personas descubren qué les da vida, pero no acaban de «materializar» la opción, no se atreven a dar libertad al carisma. Ahí es donde juega una mala pasada la convención, lo habitual, el alrededor. Yo que siempre defiendo la pertenencia y participación comunitaria, tengo que reconocer que, en este aspecto, cuando los ritmos están viciados, juega un papel letal. Claro que, si es así, no es comunidad. Es otra cosa… Un engendro que se deja llevar en una imparable y agotadora sucesión de actos inconexos que anuncian cansancio.

A mi entender, despertar con conciencia libre en el paraje cuaresmal conlleva necesariamente ponerle nombre a los sentimientos y opciones, a las verdades y las medias verdades que personalmente arrastramos, pero también a las que compartimos, no tan alegremente, cuanto silenciosamente pro bono pacis. En este sentido, solo una comunidad que se atreva a mirar a los ojos a la libertad, será la que tenga futuro, porque también tiene presente. La cuaresma es un tiempo muy propicio, por ejemplo, para preguntarme y preguntarnos qué significa, en verdad, la palabra «todos» , cuando solo cuento con algunos; qué distancia hay entre misión y «mi trabajo»; qué calidad tiene mi crecimiento espiritual; qué palabras abundan en mi boca y mi corazón; qué confianza real tengo en quienes conmigo comparten vida; qué espero, si es que espero, de quienes defino como «hermanos»; qué palabras comparto para crecer en la fe; cómo ayudo a otros a descubrir a Dios; qué convicción aporto a la oración de mi comunidad, qué esperanza, solidaridad o alegría vivo y transmito… Si te pones a pensar, y seguro que lo haces, la cuaresma es una oportunidad inmejorable para la verdad, por eso también es el camino de la libertad. Porque si no se desencadena este proceso, esta cultura nuestra tan clara y cruel, nos terminará diciendo que lo que vivimos no tiene verdad, no tiene futuro y nos conformaremos, con seguir viviendo, gastando los días en algo que un día tuvo sabor a reino, pero hoy solo sabe a pasado sin vida.

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LE FALTA UN ABRAZO…

pinballLE FALTA UN ABRAZO…

Lo peor de las dietas no es tanto su exigua cantidad, cuanto la esclavitud que puede provocar. Culturalmente conviven en nuestro tiempo dos estilos antagónicos: la libertad absoluta y la esclavitud extendida. Ambos, según mi parecer, tienen un punto de partida, faltó un abrazo a tiempo.

Pero sigamos con las dietas. Para mí lo peligroso son los apóstoles de las mismas. Relatan para quien quiera oírlos y para quien no quiera también, lo bien que les va y de cómo se sienten «nuevos». Suelo mirar con cierta comprensión cuando alguien se expresa así, porque externamente les va como siempre. También existe una vida consagrada marcada, medida y pesada como las dietas. Y también hay profetas y profetisas que quieren hacerlas proyectivas a sus «hermanos y hermanas» –que no sus amigos– con el afán loable de convertirlos, cambiarlos o mejorarlos al parecer del apóstol de turno de «su dieta».

Suelen ser éstos, muy ávidos para descubrir cuando alguien se salta la dieta. Cuando otro u otra se permite una licencia que ellos consideran atenta contra el espíritu de la «dieta» que, por deformación y mantenido durante años, ya consideran el plato nacional de la congregación. Les encanta subrayar lo que otros comen o dejan de comer; dicen o dejan de decir; hacen o dejan de hacer… Forma parte de su dieta. En realidad, éstos que pesan calorías de los demás, hace mucho tiempo que no saben si están calientes o fríos, porque lo suyo no es el latido, sino la medida.

Creo que, en buena medida, los profetas y profetisas de dietas imposibles para sus hermanos, no tienen un problema moral, pero sí un grave problema afectivo. Son aquellos y aquellas que no han llegado a la vocación por amor, sino por descarte. Y, por más que se disimule, se nota y proyecta; se infunde y condiciona. A mí, qué quieren que les diga, esas actitudes me provocan ternura porque siempre pienso que quien se agarra a una norma para sentirse fuerte o quien juzga sin misericordia o se mueve por la envidia, lo que le ocurre es que le faltó un abrazo a tiempo, la cercanía de alguien que les dijese, de verdad, «para mí eres especial…» Les faltó el amor de la vida y ahora solo han encontrado el sucedáneo que les da seguridad, su propia ley, invivible, improyectable… pero lo único que tienen.

El problema de la vida religiosa en el diálogo con la realidad, o con los jóvenes (que es lo mismo) no es la radicalidad del seguimiento, sino la proliferación de dietas. Rarezas que van superponiéndose y convirtiendo los espacios comunitarios en un campo muy parecido a aquellas «máquinas de petacos» – o pinball– que entretenían las horas muertas de quienes éramos adolescentes en los años 80. La bola se desplazaba a golpe de impulsos que las gomas proporcionaban, con la suerte de caer, en ocasiones, en huecos dónde se ganaba puntos, para terminar, inexorablemente cayendo en el agujero que anunciaba el final de la partida. No se puede ofrecer la vida como un campo de minas donde lo importante no sea vivir, sino sortear obstáculos. Porque, en pura normalidad, nadie normal se apuntará. Nuestra situación no es tanto tener que inventar un juego nuevo, sino limpiarlo de dietas y técnicas a las que les falta abrazo o cercanía, o reconocimiento… como ustedes quieran.

Es verdad que quienes se han asomado a tiempo a la realidad tienen la vida llena. Quienes entienden su biografía ocupada y desvivida para hacer posible reino no suelen tener mucho tiempo para la dieta y menos para proyectarla. Pero me temo que no son los más. La gran mayoría acepta, resignada, una dieta impuesta, aunque no le convenza. El viejo y sabio argumento de pro bono pacis, está presente y actuante. Quien más o quien menos lo ha invocado alguna mañana para afrontar el día. Sin embargo, no sana, el anhelo de una vida diferente, una convivencia real donde abunden dietas proyectivas y proyectadas, sino originalidad acogida sin glosa ni juicio. De momento, en silencio, lo que queda es no responder a la dieta con más dietas y, sencillamente, pedir que los profetas y profetisas de las mismas, descubran a Dios abrazo que no los juzga, que los quiere como son, que ama su historia. El camino de la espiritualidad es lento, pero seguro. Y quizá, no tardando, la vida religiosa de este tiempo y sus formas comunitarias, se conviertan a una normalidad deseada, en la cual hablemos y acordemos –sin imponernos– una dieta de Reino que resulte emocionante porque no se centra en la medida, sino en la anchura de amor que sorprende. Quizá no tardando, descubramos, que en la vida religiosa lo importante no es parecer iguales, sino ser muy diferentes, pero integralmente abrazados por Dios. El gran cambio comunitario no es otro que liberarnos de la «propia disciplina de la dieta» para imponer a otros y aprender a ofrecer y disfrutar, sin precio, el abrazo de la vida.

 

 

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DOS AMIGOS.TRES DÉCADAS.EL TRIGO Y LA CIZAÑA

trigoycizañaSeguramente pocos de nosotros podemos decir que hemos visto el trigo y muchos menos la cizaña. Sin embargo, en sentido figurado, y gracias a la buena pedagogía del evangelio, todos identificamos trigo y cizaña en ese haz plural que comprende la vida donde el bien y el mal; la gracia y el pecado siempre bailan una danza difícil de interpretar.

Cuando nos referimos a la vida consagrada y sus signos de amor y desamor, se me ocurre que un criterio previo es no caer en la mirada purista. Aquella que se queda en los todavía presentes rasgos de perfección y no permiten ver la hondura de la consagración encarnada en el corazón del hombre y la mujer que son y deben ser muy humanos.  Las visiones estrictas que pretenden reivindicar la donación absoluta y bella sin mácula, son tan perfectas que, por serlo, son imposibles. El reencuentro con la humanidad es, a nuestro modo de ver, la posibilidad de la vida consagrada de este siglo XXI. Quizá por ello y por la búsqueda de la verdad nunca como ahora hemos experimentado una debilidad que nos desconcierta y duele, pero, a la vez, descubrimos en ella esa parte de verdad, no contaminada, que estamos seguros será el «rudimento» en el cual se ha de situar una nueva vida consagrada referente y resonante de los valores de humanidad y verdad que también circulan en esta cultura.

Recientemente he tenido la oportunidad de escuchar a dos personas que quieren a la vida consagrada. Uno de ellos lleva años luchándola creativamente para hacerla signo en un presente desconcertante. Otra lleva menos años, pero todos los de su vida son en sí desconcertantes. Abiertamente contrario a la resignación y al estilismo barroco en el que frecuentemente encerramos nuestros valores, de manera que se quedan, sin contaminar, enteramente para nosotros y nuestros «relatos de comedor». Ya saben, ese discurso que suena bello, pero también imposible, invivible y vacío. Los dos tienen muchas cosas en común porque además comparten abiertamente que este don carismático ha de abrirse, experimentarse de otros modos y formas. Los dos creen en la misión compartida no como experimento, sino como vida. Los dos me decían, de diversas maneras, que la felicidad no está en que te hagan caso o reconozcan, sino en no perder la libertad de la palabra, la capacidad para pensar y en ir recreando pequeñas experiencias de verdad que sean procesos generadores de vida. Ambos, a su manera, me remitieron a gestos y parábolas tan sencillas como el trigo y la cizaña.

El primero de ellos me ayudó, sin saberlo él, en un momento delicado de mi misión. Su respuesta decidida y su aparecer en mi vida como si siempre hubiésemos hablado el mismo idioma y jugado en el mismo campo, me hizo entender entonces, que quienes buscan a Dios y se saben llamados a la vida consagrada, se encuentran y no tienen dificultad en compartir, y crear nuevos espacios. El otro lo conozco desde hace más años. He podido comprobar cómo ha sabido crecer y tomar su propia rienda vital más allá de la devoción y amistad personal que nos une. He llegado a constatar que nos mantenemos muy cerca gracias a la enorme distancia de visión que nos separa. Eso sí, nos encontramos en una fe inquebrantable, mucho más densa y profunda que las brechas de apetencia o gusto suelen trazar en las existencias.

El primero tiene una edad ya elevada. Sigue viajando y sirviendo a la causa con corazón joven, aunque su cuerpo va diciendo que se cansa. Se llena de esperanza con los valores que transciende ya su persona: piensa y se piensa en clave de Iglesia y muy poco en la pequeña parcela de su congregación. Sigue sintiendo la fuerza de la pertenencia, pero está muy lejos de facciones y grupos; de visiones parciales o «provincianas». Sabe que su momento fue otro y mira con una sonrisa los impulsos y esfuerzos de sus hermanos por construir un presente creativo y posible. Pertenece, este amigo, a ese grupo de religiosos que, muy jóvenes su congregación los envió a estudiar a ateneos europeos donde comenzaron a respirar aquella materia que hoy denominamos interculturalidad, pero que, en su caso, se ha convertido en un estilo claro de ser y proponer. Su congregación es más pequeña que la mía, pero como él bien dice, no se sabe muy bien para qué institución es más incierto el futuro.

El más joven pertenece a mi congregación. Gracias a Dios todavía se le nota que ha tenido que luchar por su decisión. Nunca lo ha tenido fácil, si así hubiera sido, no sería él. Sin embargo, posee una antropología serena y feliz. Desconcertantemente feliz. Ve el futuro muy diferente al presente y no tiene miedo en decirlo. Cuestiona lo que se hace y propone; sueña con que las cosas se puedan hacer de otra manera. Cree en las distancias cortas y es de los típicos, no tópicos, que cree que lo de este tiempo es crear, abrir y no transitar por caminos ya muy hechos.

El punto de encuentro de estas dos personas es la vida y su ritmo imparable. Ambos creen que es una oportunidad perdida justificar lo que somos y pensamos con citas de ayer. No creen en la seguridad de la historia, sino que la leen, nunca mejor dicho, como «tierras movedizas» por su diferente percepción dependiendo desde dónde te sitúes. Creen que hay que recuperar una libertad perdida y una gracia que está haciéndose presente y palpable en personas concretas, comunidades concretas y estilos concretos. En esta pluralidad desbordante no todo vale, ni es lo mismo. Dicen que esta «revolución industrial» de la vida consagrada es artificial y que se ha de desmontar no desde el fracaso, sino desde la mística. Este intento por hacernos presentes, incluso imprescindibles, no es nuestro, sino que es, algo así, como una huida hacia adelante para no reparar en la fragmentación interior que está en la base de toda decisión de fortaleza.

Estos dos amigos, separados por más de tres décadas de edad tienen parecidos muy desconcertantes. Y curiosamente, representan para mí, la unión posible de una generación intergeneracional creativa y posible. Están profundamente unidos en un fondo de comprensión que no impide formas abiertamente diferentes.

El otro día, en circunstancias distintas, los dos me hablaron del trigo y la cizaña y me sorprendió la coincidencia. Por lo oportuno, sugerente, transgresora y creativa. Ambos, a su manera y desde su visión, me dijeron abiertamente que conforme el trigo madura, se hace visible la cizaña. No antes, ni —supongo— después. Es cuestión del instante, tan imperceptible para las dioptrías de la fe. Ambos creen que este tiempo merece la pena porque hay signos de madurez en el trigo. Hay ideas y ganas de apertura. Pero también —y es normal— hay signos de cizaña, o presencias con miedo, tensión por lo de siempre, afán de poder miserable, costumbre sin discernimiento, consumo y pobreza personal envuelta en envidias y celos. Ambos, dicen con claridad, que el trigo y la cizaña, no hacen referencia a unos buenos que comunican su esperanza a este mundo malo. Ellos creen, y no están equivocados, que la comunidad de consagrados hoy es un buen laboratorio donde apenas observes, el trigo y la cizaña van madurando. La clave está en mantenerse firme, sembrar pensando en trigo y no en cizaña, aceptar que conforme la presencia de cizaña se hace más fuerte, quiere decir que el trigo desborda. Quiere esto decir que el poder transformador se encierra en una experiencia tan ambigua como sorprendente como es vivir en comunidad donde, lentamente, va germinando el trigo que, a su vez, provoca que algunos granos de cizaña no les quede más remedio que aparecer. Es el proceso purificador y generador. Es la vida donde todo sucede, está unido y es posible. Es la mirada de dos amigos, separados por tres décadas y conscientes de que también, en la comunidad, hay trigo y cizaña.

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DEJAR IR Y DEJAR VENIR

UnknownLos procesos de transformación son siempre ambiguos. Ni todos los pasos tienen expresión de novedad, ni siquiera la novedad aparece a partir de rudimentos no conocidos.  Otto Scharmer en su Teoría U establece un momento especialmente importante en aquellas instituciones que quieren abrirse a la novedad del cambio. Lo denomina él como un espacio que consiste en dejar ir, para dejar venir nuevas ideas, nueva visión, nueva esperanza y posibilidad. Es el punto crucial de la transformación, no vendrá una visión diferente si no se abren espacios en los cuales, previamente, dejemos marchar la inercia y la confianza; la seguridad y la rutina; la efectividad y buena parte de la historia.

Este punto culminante del discernimiento es el que más tiempo y reflexión requiere en los procesos de transformación. Querer soluciones rápidas a problemas añejos, amén de imposible, provoca un desgaste que termina reduciendo notablemente la esperanza. La teoría U, no formulada para la vida consagrada, sino para la sociedad y la empresa, nos devuelve un aspecto, no menor, y es que la vida consagrada, convocada a imagen de la Trinidad, tiene un desarrollo grupal, social y político en su manifestación. Con lo cual, perfectamente, asume, estos espacios de «vaivén» para encontrar su horizonte de salida.

Hay, además otro aspecto importante para nuestra reflexión. Dejar ir y dejar venir pide expresamente un «contacto con la fuente», con la iluminación o con el Misterio. Los procesos de transformación, por etéreos que puedan parecer son, en realidad, decisiones bien concretas, bien pequeñas y reconocibles, porque el contacto con la fuente, por ser visión en amplitud, pide cuidar lo pequeño, lo escondido —«tu Padre ve en lo escondido»—, donde se fragua la verdad de la vida, cuando ésta, está enamorada del Misterio.

Siendo así las cosas, habría que preguntarnos en qué momento estamos los consagrados en los procesos de transformación, qué carga de verdad tienen cuando los queremos emprender, qué vitalidad pretendemos recuperar y qué historia pasada queremos dejar para poder mirar el horizonte con capacidad de convertirse en porvenir.

Percibimos cierto gusto por las palabras nuevas, siempre y cuando éstas no supongan ningún ejercicio de novedad. Constatamos que quizá los miedos de no saber cómo y en qué espacios tienen que darse las líneas transformadoras nos mantienen, ciertamente, paralizados a la espera de las evidencias del Espíritu. Quienes así se sitúan, no acaban de entender que la necesidad de cambio sugerido por el Espíritu es la propia vida cuando se gasta en rutina o consumo; en funcionariado o lamento; en dejar pasar el tiempo sin acabar de percibir lo que sí afirman nuestros documentos: que son tiempos de lucidez, de verdad y de Espíritu.

El encuentro con la fuente necesita, claro está, tiempos prolongados de silencio sin manifestaciones, declaraciones, comunicados o asambleas. Necesita calidad en la comunidad local, concreta pequeña y apasionada por los signos y gestos de verdad que celebra en el día a día con sus vecinos, alumnos, enfermos, ancianos y huéspedes. Necesita la fuente ser descubierta como necesidad. Volver a tener sed, para buscar, —de verdad—, un agua no contaminada con ideología y palabras sin unción. Necesita una renovación —mejor, revolución— de profesión, de cada consagrado y consagrada donde al pronunciar el propio nombre ante los hermanos y hermanas vuelva a experimentar el pellizco de la emoción, el compromiso y el amor.

Dejar ir y dejar venir es un tiempo creativo de vida. Necesita cuidados para que llegue a dar fruto, por eso es imprescindible que la vida consagrada entre en la cultura de la identidad para poder garantizar el de la acción transformadora. Romper con el impulso, para conquistar serenidad.

Pide a los consagrados de este siglo XXI un ejercicio que parece tan novedoso como imposible y es caer en la cuenta que lo valioso de la opción del seguimiento de Jesús desde la vida consagrada consiste en permitir que ilumine la vida tal cual es. Para ello, lo primero es reconocernos, reencontrarnos, escucharnos, valorarnos y ofrecer una comunión tan plural como real. Por eso, quienes experimentan la llamada a dejar ir, para dejar venir, saben que urge que cada consagrado y consagrada recobre la palabra, su palabra y su verdad y se atreva a contarla sin imponerla. Esa palabra forma parte de la fuente, la que mana y tiene porvenir.

 

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AUNQUE NO LO SIENTAS…

DSC_1780Parece una forma de encabezar la madurez y el equilibrio cuando, en verdad, es la antesala de la ficción. Cuando te piensas en el silencio de la noche y te preguntas cuánto vives, propones, haces y dices, «aunque no lo sientas», verdaderamente puedes llegar a asustarte.

Hubo un tiempo, muy largo, en el cual en los procesos formativos y en los ámbitos que querían ser de vida, se silenció el sentimiento. Aquellas dinámicas de no mostrar alegría, aunque estuvieses alegre; o no mostrar tristeza, aunque estuvieses roto… favoreció un seco estoicismo que tiene consecuencias de calado importante. Hoy te puedes encontrar con personas en la vida consagrada que tienen muy limitado un sentido imprescindible para la consagración como es la empatía vital. Hay, o puede haber, hermanos y hermanas, que ya no saben muy bien cuándo tienen que llorar, reír, hablar o callar. Hay o puede haber hermanos y hermanas en la vida consagrada que solapan la carencia de madurez humana con capas de espiritualidad o misión o trabajo o gestión… Porque cuando la empatía no ha crecido o se la ha dejado crecer, se viene a confundir, lo que haces con lo que eres; lo que eres con lo que gestionas y la pequeña frontera de la congregación, con la inmensa frontera de la vida. Cuando la afectividad y la visión empática están dañadas nacen las miradas comunitarias de microscopio… nacen las miradas imposibles para el crecimiento sano en comunión.

La encrucijada actual de la vida consagrada necesita, para ser coherentemente iluminada, recuperar la capacidad de sentir y sentir bien. Necesita y lo necesitamos, sentir que estamos en lo nuestro, que es nuestro y lo nuestro nos importa. Y ese sentir ha de ser recíproco, para ello ha de hacerse palpable que las instancias, por nosotros creadas, necesitan a las personas, como son y sienten. No es la persona para la comunidad, provincia u organización; sino la organización, provincia y comunidad para las personas. El camino no es el adoctrinamiento, sino la persuasión, la inclusión, el ánimo y el enamoramiento.

Tener capacidad de observación te lleva a pensar que lo que viven los demás no es ajeno a tu misma vida. No estás lejos ni, mucho menos, estás en otro ámbito, división o estado. Siendo este tiempo nuestro de inmensa pluralidad, es también de evidente confluencia y similitud. Las personas venimos necesitando experiencias de vida que nos proporcionen felicidad, seguridad, amor y reconocimiento. Esto en todos los rincones del mundo, en todas las culturas y edades. Por eso, observarnos y escucharnos adecuadamente, puede ser la salida de una «madeja» que se está convirtiendo en un estilo de desgaste preocupante entre los consagrados. Las iniciativas y trayectos que no pocas congregaciones se proponen no llegan a buen puerto porque se pretende acoger y solucionar las dificultades de las personas sin un acercamiento real a ellas… y eso es imposible.

No sé muy bien si algún tiempo fue de declaraciones o documentos programáticos… Me temo que el actual no es, ni se serena con ellos. Las preguntas más inquietantes son: ¿Qué está viviendo cada uno? ¿Qué percibe de su congregación como respuesta a su vida? ¿Dónde tiene cada persona el corazón? ¿Qué es pertenencia? ¿Cómo sitúa la fragmentación ideológica y afectiva? ¿De quién realmente se fía uno? ¿Estoy enamorado/a de la misión o de «mi trabajo»?

Sospecho, y me perdonarán el atrevimiento, que en buena parte de esas preguntas recurrimos a respuestas que nacen más del «aunque no lo sientas» que de la verdadera fe. Repito que es una sospecha porque en ninguna asamblea y a viva voz se suele oír que no acabamos de sentir lo que decimos sentir… Otra cosa es en el diálogo personal, la confidencia o el silencio ante la cruz, donde irremediablemente aparece la verdad de lo que circula por las venas…

Una vez más, y también en esto, deberíamos concedernos espacios de rehabilitación para recuperarnos en humanidad. Podríamos inaugurar estructuras que reconozcan las personas que son (que somos) y no aquellas que algunos «patrones», de otro tiempo, referían como ideal de perfección. Mucho tiempo repitiendo gestos y afirmando lo que nos gustaría sentir y no sentimos, no termina por ser verdad, todo lo más media verdad o, lo que es lo mismo, una gran mentira. A la pregunta de qué nos está pasando, no se puede responder con los lugares donde estamos, ni con los proyectos que hemos asumido. Hemos de responder con la emoción que nos sostiene y compartimos. Y, ésta, desgraciadamente, la solemos dar por supuesta. Tiene la misma fuerza que cuando en Facebook casi de manera instintiva das al «me gusta» aunque no lo sientas. Sospecho que la vida, toda la vida, la vida consagrada es, y debe ser, otra cosa.

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ESAS ESTRELLAS… FUGACES

UnknownSoy de los que se ofenden con la tradición por la tradición. El, siempre se ha hecho, o la consabida constante histórica me vienen pareciendo las justificaciones de quien tiene poco argumento vital, afectivo y real.

Hoy, sin embargo, tengo que reconocer que hay algo que se repite y repite, como si estuviésemos descubriendo el Amazonas, cuando su realidad, presencia e historia son más que evidentes.

Me refiero a las estrellas fugaces en las congregaciones y órdenes. Todos sabemos que «no deberían existir estrellas fugaces». Si existiesen sería preocupante, porque las congregaciones necesitan habitarse de personas, de carne y hueso, con historia, carencias y necesidad de aprendizaje y conversión. Sobre todo, las congregaciones necesitan personas con vocación. Ese es el quid y no otro.

Constantemente aparecen en congregaciones masculinas y femeninas, estrellas fugaces. Aparecen porque personas débiles –aunque con poder– las fabrican. Indican e inducen cómo tienen que pensar, qué deben decir, incluso, cómo deben corregir a los demás. Esas estrellas fugaces llegan a impostar principios, normas y disposiciones con la fuerza que les da el saberse sostenidos o sostenidas, aunque no sientan ni sepan qué están exigiendo a sus hermanas o hermanos. Llegan a creerse una vida de ficción que, poco a poco, los va asfixiando. Tienen cualidades objetivas, no tantas como cacarean sus mentores y mentoras, pero son personas con cualidades y, al principio, con vocación. Con el paso del tiempo, cuando la estrella va cogiendo fuerza, la vocación va desapareciendo. A esas alturas los creadores del estrellato ya están tan cegados por la luz como para captar la ambigüedad del joven-no tan joven convertido en «profeta, o profetisa de ventura y desventura de sus hermanos».

La dependencia de estas estrellas fugaces es tan de libro que les ofrecemos todo lo que está en nuestra mano y, a veces, lo que no está. Cargos y prebendas para que esté a gusto, aunque siembre desconcierto y repulsa en los coetáneos o coetáneas de la estrella, que solemos zanjar diciendo que tienen celos porque, ni de lejos, llegan a brillar como la estrella fugaz.

Reconozco que me he hartado de hablar del brillo de mentira de las estrellas fugaces. Que son brillos de baratija, irreales, impostados y crueles. Son brillos que suenan, pero vacíos de Dios, llenos de ídolo. Nacen, crecen y se desarrollan las estrellas fugaces en sociedades en crisis. En congregaciones en crisis, en provincias acabadas y en contextos sin fe.

Hace nada me ha llegado la noticia de la caída de una estrella fugaz. Sol lo ha sido todo en su congregación, porque en realidad no ha sido nada. La congregación y sus hermanas han sido la horma para estuviese contenta, feliz y realizada. Destinos a su medida y cargos a su medida, para que la súper estrella creada por la congregación brillase, al precio que fuese.

Su superiora me ha comentado lo que hay y lo que viene. Me ha pedido que lo piense y analice, pero que no dé el nombre. Hasta en la caída la estrella necesita una salida digna, silenciosa y, hasta donde se pueda, honesta. Y lo preocupante no es esto, ni el dato. Las personas pasamos y las instituciones y el don carismático permanecen. Lo importante es la enfermedad de nuestras casas que esta fabricación artificial está denunciando y es que, al precio que sea, necesitamos fabricar estrellas: hijos e hijas que a nosotros se parezcan, personas que, con cara de este tiempo, hablen como si fuesen de otro, «becerros de oro» que serenen la nostalgia de éxito en medio de tanta crisis. Necesitamos sentir que nuestros procesos «producen» biografías de éxito… Aunque con la boca pequeña y de bruces ante el Señor reconozcamos que nuestra única valía es nuestra pobreza. No importa, pasarnos la vida anhelando éxito, reconocimiento y poder.

Acaba de caer Sol, que no se llama así. Estrella fugaz fabricada por sus «hermanas» o, mejor dicho, por las que mandan entre sus hermanas. No será, desgraciadamente, la última caída. Estrellas, satélites y otras fabricaciones de nuestra imaginación no forman parte ni del seguimiento, ni de la fraternidad que busca el reino.

Lo peor de todo, es que mientras escribo estas líneas, en algún lugar se está alentando otra estrella fugaz. Se está creando la ficción de que alguien es y puede ser súper hombre o súper mujer y hasta quizá le estemos o la estemos ayudando a pensar, sentir y hablar como nosotros… porque lo importante es que parezca, aunque no sea.

Eso, me temo, si es contaste histórica.

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VIDA CONSAGRADA: SOLTERÍA O FECUNDIDAD

DSC_1780En la encrucijada actual de la vida consagrada tenemos que preguntarnos, lo más honestamente posible, dónde situar el esfuerzo, qué es lo urgente o, incluso, qué es lo que no puede continuar ni un día más. No es camino el buenismo miope que aparentemente valora todo, porque no valora nada, ni la mirada enferma que necesita quemarlo todo, puesto que todo es signo de pecado o de confusión.

¿Los procesos de innovación y transformación que consideramos imprescindibles, no están, sin embargo, tejidos de decisiones de vértigo envolventes y caprichosas? Desgraciadamente abundan consagrados (ellos y ellas) que para sentirse útiles tienen que estar liberando energía constantemente, por eso continuamente fraguan decisiones que teóricamente abaratan la vida, aunque la hagan imposible, desde el punto de vista fraterno y ecológico.

¿Qué estamos haciendo con la vida consagrada? Pues, en buena medida la estamos sometiendo a una revisión de aquel calibre que vivió la empresa española allá por los lejanos 80. Se trata de una «reconversión industrial», un tanto trasnochada y un pelín alejada de su objetivo principal y primero que es la mística.

Quizá la cuestión radique en las personas que estamos llevando a cabo ­–o proponiendo– las reformas. Cómo son nuestros niveles de fe o adhesiones a la trascendencia. Cómo nuestros principios teologales o económicos; nuestra mirada poética o nuestros diseños productivos y competitivos de la vida. En cierto modo, damos la impresión de garantizarnos los que estamos porque «no es tan seguro que a esto venga alguien más».

La vida consagrada, sin embargo, se identifica mucho más con lo artesano que con lo industrial. Con la mirada «poco práctica» sobre la existencia más que con los ritmos de producción. La vida consagrada se sitúa en aquellos prototipos que los sagaces de nuestro mundo denominan ingenuidad, más que en los núcleos de opinión, interés o marketing. La vida consagrada es, desde el punto de vista de la rentabilidad, absolutamente prescindible porque no condiciona la «cesta de la compra», aunque ahí curiosamente radique su incuestionable atractivo. La vida consagrada desde el punto de vista sociológico tiene muy condicionado su futuro en occidente, sin embargo, desde el punto de vista teológico tiene unas posibilidades inmensas para su porvenir, de otra manera.

El contraste tan fuerte que estamos viviendo nos asoma a una realidad nueva. Juzgar lo que conocemos de los consagrados y sus procesos desde los principios de posibilidad y futuro, redundan en la conciencia de crisis. Conscientes de ser los últimos podemos ofrecer pistas de salvación que, en realidad, son pistas de conservación desde un punto de vista económico, sanitario o de seguridad para quienes estamos. Diré como confidencia muy personal que me preocupa especialmente la colección de empresas «samaritanas» que continuamente se nos ofrecen para hacer negocio (redondo) a costa de nuestra enfermedad, soledad o vejez.

El problema, como en tantas otras cuestiones tiene dos pilares que, a mi modo de ver, están condicionando gravemente las posibilidades de reforma espiritual y estructural de las instituciones de vida consagrada. Un pilar es la identidad. No está nada claro quiénes somos y, mucho menos, que la aparente unidad sea corporativa, dialogada y emocionada. En este sentido, conviene señalar que los procesos formativos, en general, han estado bien intencionados, han cuidado, sobre todo, el parecer y la adaptación a un medio societario desde el punto de vista externo de la persona. Es sorprendente, por ejemplo, que en buena parte de las instituciones se haya dejado de preguntar y, por tanto, cuidar el crecimiento espiritual, directa y personalmente a sus miembros, apenas transcurridas las primeras etapas de formación. Se ha proporcionado un crecimiento de pertenencia coherente en lo corporativo y externo, pero no es tan claro que hayamos sabido o podido atender allí donde se fraguan las decisiones que importan o donde, de hecho, cada persona sitúa el sentido de su vida. Sería complejo catalogar los indicadores de lo que estamos afirmando, quizá solo como ejemplo podamos citar la terrible «esquizofrenia» que vivimos entre los principios de pobreza del deber ser, con los que, de hecho, son. Consecuencia, en buena medida, de la pérdida voluntaria de la conciencia de clase de la vida consagrada. Los orígenes humildes de una buena parte de los consagrados, han vivido una mutación sorprendente al ingresar en las congregaciones u órdenes y este «desclase» está también afectando decisivamente a quienes sienten que deben cambiar, pero experimentan una profunda inseguridad de que el cambio les supone una debilidad que, hoy por hoy, no están dispuestos o dispuestas a asumir.

Otro pilar es la visión. Se trata de la capacidad espiritual para proyectar vida y ver más allá de los límites espacio-temporales de nuestro tiempo. La visión nace del estudio, pero sobre todo de la contemplación y el silencio. Tienen visión aquellos que saben y ven que algunas familias religiosas (incluida la suya) pueden morir, pero nunca morirá la vida consagrada; tienen visión quienes no se matan por lo concreto o por la obra que ellos o ellas han creado. Tienen visión y gozan con el Espíritu quienes de verdad y no solo de «boquilla» valoran cada época de la historia. Tienen visión quienes dialogan y escuchan; quienes innovan y transforman. Quienes ceden y esperan. Tienen visión quienes, en este tiempo, en comunidad, se significan más por los silencios creativos que por las palabras en chorreo. Hace no mucho, me decía un religioso de mi congregación respecto al papa Francisco, cómo está atinando en las apreciaciones sobre las dinámicas de crecimiento y fortalecimiento de la vida comunitaria; y como está describiendo perfectamente los estilos tóxicos, las actitudes más negativas y lacerantes siempre unidas a las palabras impropias, el chismorreo y hasta la difamación. Incluso los estilos de vida google o Wikipedia. Tan presentes en las comunidades y tan silenciosas las comunidades ante sus presencias.

La visión va a devolver a los consagrados a su lugar, sencillo y débil. Es una visión que, sobre todo, trabajará aquello que es posible e irrenunciable para ser comunidad. La visión es poco práctica porque el centro es cada persona. Ya lo urgente no es que las cosas salgan, sino que las personas vivan. Visión invita a escuchar a cada uno y su historia. Invita a dar espacio, protagonismo y posibilidad a cada persona. También a quienes hace mucho les ha negado. La visión libera a las casas de propietarios y jefes; amas y señoras y las llena de hermanos y hermanas que buscan a Dios. Recrear nuestros estilos desde la visión no supone esfuerzo, ni sesudas sesiones de análisis y evaluación que gustan a quienes afectivamente hace mucho que no superan el examen de la vida. Es otro planteamiento. Es vivir sin competir. Es identificar consagración, ante todo, con amor. Porque sin él, es todo un entramado de soltería, más bien gris, sin incidencia ni trascendencia y abocado a la esterilidad. Abocado al fin.

 

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LA VERDAD NO SE COMPRA

DSC_1780Los medios de comunicación vinculados, de algún modo, a la Iglesia tienen una importancia singular en este tiempo. Forman parte de ese tejido transformador del pensamiento para acercar una nueva presencia evangelizadora. No responden a la reiteración de lo conocido, sino que, en conjunto, pretenden mostrar como la normalidad de la vida está plagada de signos que la hacen compatible con el seguimiento de Cristo. Hasta ahí, con los matices que cada publicación escrita o digital tiene, todos de acuerdo.

La cuestión de fondo, sin embargo, es qué nos proponemos, con lo que proponemos. Cuáles son los rasgos inspiradores de nuestro ministerio a través de las publicaciones. Qué verdad empapa nuestras afirmaciones o qué posverdad sostenemos porque «cae bien», es la que conviene o es la que «me paga». (No lo sé a ciencia cierta porque trabajo en un medio que no paga publicidad, pero parece que hay lugares que, si contratas publicidad, hablan de ti… Si no, no existes). Forma parte de un cierto cultivo, que tiene que ver más con el consumo de lo religioso que con la verdad del sentido, misión y transformación social que se propone la Iglesia y las instituciones pertenecientes a ella.

En la Jornada Mundial de las Comunicaciones de este año, el papa Francisco quiere subrayar la necesidad de «Co­mu­ni­car es­pe­ran­za y con­fian­za en nues­tros tiem­pos» y hacerlo desde la veracidad. Sin cebarse en el dramatismo y sin huir de la realidad. Un gran reto de sensatez, veracidad y compromiso con la fe. Desde ahí podemos preguntarnos qué estamos haciendo, qué estamos leyendo o escuchando y a quién.

Hay tres aspectos que se convierten en catalizadores para conocer la veracidad discutible. El primero es la capacidad para convertir una noticia sensacionalista y generalista que colateralmente tenga que ver con la Iglesia, en una noticia eclesial de alcance. El caso no es ya buscar la verdad, es tener al personal entretenido con «mi verdad».

El segundo es la filia y la fobia manifiesta o la incapacidad de reconocer el bien donde esté. Leyendo algunos medios pareciese que hay personas trabajando directamente a pie de cielo, mientras otros jamás, se acercasen al mismo. Esos medios nos ayudan a entender que la noticia eclesial de alcance está en las personas que con rigor están trabajando, en silencio, sin hacer pagos mercenarios.

El tercero es la mirada microscópica. Sólo desde un ángulo. Solo desde una dirección. Un medio que se inspire en la línea de nuestro actual Papa ha de ser un medio con mirada amplia, que abra posibilidades, agilice el pensamiento, facilite la interacción (no el insulto) y reconozca los trayectos que las personas están haciendo en la sinceridad de sus vidas.

Si acercamos el análisis al público que más conozco, los religiosos y religiosas, tengo que reconocer que hay poca dependencia de lo que «dicen que dijeron» determinados medios. La Revista Vida Religiosa es un buen filtro en el que muchas personas, de sensibilidades muy diferentes, van diciendo lo que merece la pena o provoca pena. En conjunto, los religiosos son un cuerpo informado, pero no presionado. Conscientes de necesitar hacerse presentes en los medios, sin obsesiones. La vida religiosa está llamada a transformarse, lo tiene en su ADN, no hace falta que lo subraye un efímero titular. En conjunto, la gente sensata, sabe que la vitalidad de una congregación, una comunidad o un consagrado o consagrada, es absolutamente independiente de que determinado consumo informativo hable de lo que representa. Depende de la verdad con que empape a esta sociedad con una fraternidad creíble…

 

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AGILIDAD EN LAS SUCESIONES: BUCKINGHAM Y LA VIDA RELIGIOSA

DSC_1780Sucedió ayer. Occidente con la respiración contenida porque iba a hacerse público un comunicado en Buckingham Palace. Un antes y un después. Cambio generacional. Abdicación… Un sinfín de conjeturas llenaron buena parte de la mañana y las tertulias. Al final, un escueto comunicado nos decía que el duque de Edimburgo, que cumplirá 96 años, dejará la agenda pública… ¡en otoño!

Me hizo pensar en nuestras sucesiones dentro de la vida religiosa. En los relevos generacionales. Recordé las quejas frecuentes de algunos que creen no tener sitio «por culpa de algunos mayores» y también, lo mucho que nos cuesta cambiar, aunque hemos convertido la palabra cambio «en motor para saber que estamos vivos». No hay mejor modo de que las cosas sigan como están que hablar mucho de cambio, novedad o giro. Quizá lo más apropiado sea el giro porque a la vuelta, nos reencontramos con estilos del pasado a los que les ponemos etiqueta de nuevos.

También he pensado en los liderazgos de nuestro tiempo. Creo que, –es verdad que lo digo sin mucha pasión– mejores que los anteriores. Hoy no se entiende un liderazgo personal o personalísimo. Son de carácter corporativo, coral, armónico… incluso comunitario. En este sentido, las sucesiones, serán casi clamores. Logros de un sentir comunitario lleno de emoción. Llegaremos, por fin al cambio, porque vamos a ponernos de acuerdo en el maravilloso hallazgo de la emoción que a todos y todas nos envuelve y comprende. Dejarán de sucederse las decisiones parciales, circunstanciales y llenas de prejuicios. Dejará de gobernarse pensando en unos pocos para que puedan seguir viviendo «consagración entre algodones», luzcan los esfuerzos, por mínimos que sean, y haya un cuerpo congregacional que, silenciosa e incomunicadamente, saque adelante la «producción» de la congregación. Sí, por paradójico que parezca, la crisis de una familia religiosa y de su gobierno no se mide tanto por los funerales propios, lo elevada que sea su media de edad o el reducido número de personas en activo que la componga. La crisis está en la capacidad para generar silencio interno. Las sumas de «no merece la pena decir nada» que se van acumulando en un «debe» de muerte. El número de personas –con vocación de «nosotros»– que, sin embargo, sostienen su identidad en una independencia absoluta respecto a la que dice ser «su familia». Andrés, que ha vivido la ruptura de su matrimonio hace unos meses, me decía –cuando todavía estaba con su mujer– que no hay nada más duro que hablar del amor que tienes a la persona con la que vives, cuando ya no es amor, ni recuerdo del mismo. Me pregunto si algunos y algunas tendrán recuerdos de amor en su congregación. ¿Habrán experimentado sentirse queridos? ¿Se conformarán «celebrando» con que, al menos, algunos y algunas se quieran? ¿Habrán aceptado que el paso por la vida consagrada es soledad?

Y es que toda esta deriva sobre el liderazgo, a partir de la «agilidad en las sucesiones de Buckingham y en la vida religiosa» me ha hecho pensar en la tarea fundamental entre nosotros: Recuperar a las personas, a todas las personas. El liderazgo de la vida consagrada, que sea ágil, ­–tenga la edad que tenga–, es el que se inspira en el Padre que, día y noche, sueña y planea la vuelta del hijo que decidió apartarse, por eso, al amanecer, sale a la puerta y abre los brazos. No ve al hijo, pero tiene la esperanza de que el hijo lo vea y decida volver y así celebrar la fiesta verdadera de la comunidad.

He releído estos días un artículo de Joan Subirats de hace unos años, me parece muy sugerente algo que entresaqué del mismo sobre el liderazgo: «En junio del 2013, en plena revolución ciudadana en las calles de Sao Paulo, la prensa se acercó a una chica que parecía que dominaba el cotarro y tras entrevistarla sobre los motivos de la indignación que colapsó la ciudad, le preguntaron su nombre. Ella, orgullosamente, dijo: “apunten, mi nombre es Nadie”[1]». Y ciertamente, es un signo de este tiempo. El liderazgo del cambio necesita esa fuerza anónima del «nadie» porque hemos tenido demasiadas propuestas de «salvación» que han engordado a sus protagonistas debilitando la comunidad. Lo importante es que esté asumido y claro que nuestro nombre es nadie, aunque como bien apunta Subirats: «Podemos seguir reivindicando que somos Nadie, pero siempre que tengamos claro quiénes somos Nosotros[2]» y ahí sí que tenemos problema. Porque no está cuestionado el liderazgo, está cuestionada en sí la comunidad.



[1] Subirats, J. Nuevos y viejos liderazgos en El País (05.10.2014).

[2] Subirats, J. Nuevos y viejos liderazgos en El País (05.10.2014).

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