Ondas “resurreccionales”

Desde adolescente me apasiona la astrofísica y también la física cuántica (si bien a un nivel de aficionada nada más), las leyes que regulan el macrocosmos y el microcosmos, la sorprendente complejidad y simplicidad de este mundo ordenado que llamamos “cosmos”.

Recientemente han podido ser detectadas –por fin, tras décadas de esfuerzos y perfeccionamiento de los sensores- las predichas “ondas gravitacionales” que Einstein reflejó en sus ecuaciones de hace más de un siglo. Ya saben, según él, la gravedad curva el espacio-tiempo así que cuando hay sucesos del tipo de un choque de agujeros negros o de estrellas de neutrones tras años de danza vertiginosa atrayéndose mutuamente, el impacto es tal que, a pesar de estar a millones de años luz (¡gracias a Dios! si no, no lo contábamos…), llegan a nosotros las ondas concéntricas producidas por el impacto (como cuando se echa una piedra en medio de un estanque) aunque ya de una manera sumamente débil.

Y, ¿a qué viene todo esto? muy sencillo. Nosotros vivimos del Suceso de los siglos: la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, es decir, del Misterio Pascual, (la Encarnación es su –llamémosle así- pórtico), cuyas “ondas resurreccionales” se expanden sin cesar desde entonces, abriendo el espacio-tiempo a la plenitud de Dios. Atravesando no sólo la materia sino también los corazones y las conciencias. ¿Las percibimos? es verdad, no son visibles, como tampoco lo son las ondas gravitatorias que los astrofísicos no han cesado de rastrear durante décadas. Ellos han puesto en juego esperanzas, han perseverado a pesar de los fracasos y el escepticismo del resto de la comunidad científica, han aquilatado y perfeccionado los sensores… No son visibles, es verdad, con los ojos. Tienen otra longitud de onda, (como las ondas gravitacionales nos abren un nuevo sentido para conocer el universo) pero se perciben cuando brota una sonrisa en medio del sufrimiento, cuando se descubre la Luz en medio de las tinieblas, y la bondad en medio del terror, cuando la esperanza se abre paso de manera incomprensible, cuando sabemos que la Vida triunfa sobre la muerte.

¿Qué hago yo para captar las ondas de la Resurrección y ser a mi vez transmisor para cuantos me rodean? ¿Aquilato mis sensores, mi oración? ¿Trato de purificarlos de interferencias y ruidos externos para captar la señal en su estado más puro y nítido? ¿Me abro a la misericordia, mansedumbre y amor?

Sí, me ha llenado de alegría el reciente descubrimiento, pero también me ha interpelado, porque yo la Resurrección no la tengo que verificar, me ha sido anunciada desde los apóstoles, pero muchas veces vivo como si no me atravesaran sus ondas, como tanta gente vive sin pensar jamás en las ondas gravitacionales…

A ver si también a nosotros con las “ondas resurreccionales” nos dan el “Nobel de la Esperanza, del Gozo y de la Paz” para el mundo…

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