Chocolate y estropajo

Sí, sí, el título no está equivocado a pesar de que alguno pueda preguntarse qué tiene que ver el tocino con la velocidad…

Todo comenzó una mañana: tras el trabajo cotidiano de la repostería descubrí a una Hermana que, preparando unas cañas de hojaldre para bañarlas con gelatina, vio que algunas de ellas estaban un poco tostadas de más… rascarlas no era posible, se perdía el dulce, si las bañaba con gelatina aún relucían más… ¿Qué hacer? ¡bañarlas en chocolate! Así quedaron hermosas y ricas pues el mal no era profundo sino tan sólo superficial. Al cabo de un rato me fui a ayudar en la cocina: era preciso fregar una mesa, tenía grasa. ¿Solución? echar detergente y rascar hasta dejarla como un coral.

Ambas cosas –el chocolate y el estropajo- son los medios que san Benito (obviamente en “lenguaje s. XXI”) propone al abad/abadesa, en los capítulos II y LXIV de nuestra Regla, para llevar a cabo la ardua tarea de servir, guiar y acompañar los diversos temperamentos.

Pero que nadie piense que con el “chocolate” san Benito recomienda el encubrimiento ¡todo lo contrario! Dice muy claro al abad que tan pronto vea salir un vicio lo extirpe de raíz, que odie los vicios y ame a los monjes.

En nuestra vida de cada día a veces adolecemos de discernimiento y caridad. Somos capaces de “quebrar la caña hendida”, herir con el estropajo sin más, por una nimiedad; y bañar de chocolate lo que es un mal real por miedo al qué dirán. Ambas cosas son necesarias en el arte de la vida comunitaria. Yo misma, más de una vez, he necesitado la “refriega” del estropajo para ver de nuevo con claridad, y otras he recibido el “chocolate” del consuelo en mi debilidad.

Así que, pidamos al Señor que nos dé dulzura y firmeza, “chocolate y estropajo”, para actuar con caridad. El “chocolate” tolera y hace fecunda la debilidad ¡no el pecado!; el “estropajo” descubre la belleza que hay y que es preciso trabajar y mostrar.

Si sólo hay “chocolate” nadie crece, si sólo “estropajo” nadie persevera. Sólo con ambas cosas puede haber vida de Comunidad y, por cierto, ¡muy verdadera!

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