Hechos para la vida

Aprendemos para la vida y por consiguiente también aprendemos para esta otra cara de la vida que es la muerte. Y los dos aprendizajes nos son igualmente necesarios. Sin embargo, es curioso que un hecho tan real y tan habitual como es la muerte, nuestra sociedad trata de obviarlo. Para la vida y para la muerte, las dos realidades que acompañan al ser humano, es que tenemos que educar.

Pero afortunadamente no estamos hechos para la muerte, como decía Heidegger, estamos hechos para la Vida, la vida que no termina, la vida, la única, la de la plenitud que Dios nos recuerda cada año al celebrar la Pascua.

El quehacer diario nos ofrece muchas oportunidades para reflexionar, tanto sobre la vida como sobre la muerte, pero como esta viene habitualmente acompañada con el dolor da miedo y tal vez por esto es que se tiende a ignorar. Sin embargo, de la misma manera que hay que educar para saber “tragar la muerte”, como bien decía Santa Teresa, también hay que educar para saber asumir el dolor, porque de la forma de acogerlo o rechazarlo dependerá en gran parte la plena realización humana.

Es verdad que el dolor es “este buitre voraz de ceño torvo que me devora las entrañas fiero” como bien lo definió Unamuno, pero este “morder” del dolor, tanto el físico como el moral, es el que hay que aprender a reconocer y a asumir, y desde la fe del cristiano, hay que aprender a trascenderlo a la luz potente de la Resurrección.

No es la insensibilidad al dolor ni a la muerte que pedían algunas corrientes filosóficas griegas lo que deben aprender los alumnos, sino la capacidad de asumirlos y transcenderlos que solo es posible desde el amor y esto hay que aprenderlo muy pronto para saber ejercitarlo cuando llegue la ocasión.

Para el cristiano, desde Getsemaní, todo el dolor del mundo ya ha sido asumido y transfigurado en la gozosa mañana de Pascua. No es “espiritualismo”, es la realidad del que sabe que la vida tiene sentido y que la muerte no tiene nunca la última palabra.

Educar para la vida es también educar para saberse enfrentar al dolor y superarlo, es educar para poder mirar a la muerte con la natural esperanza del que sabe que detrás de ella hay un encuentro definitivo con la Vida; educar para la vida va más allá de ofrecer las herramientas para el devenir diario, educar para la vida es para aprender a tejer con los variados hilos de que disponemos (hilos de dolor y gozo, de éxitos y fracasos, hilos de entusiasmos y frustraciones) el tapiz de la propia personalidad de quien se reconoce creado para la Vida y para una vida plena y eterna.

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