¿Dónde estás?

«He aquí la esclava del Señor»

La respuesta de María a la pregunta que Dios hace a Adán muestra la relación que la humanidad ha de tener con su Creador. Una humanidad modelada con amor y con una libertad que la convierte en la Criatura reflejo de la gloria de Dios.

Y así lo quiso Él desde el comienzo. Y así lo desea en la actualidad donde no hay «varón, ni mujer, ni esclavo ni libre» ante sus ojos. La puerta de entrada a este mundo lleva nombre y apertura de mujer: María. Porque Dios quiso y deseó. Y con la que realizó la obra más maravillosa de compasión por sus criaturas.

Ahora, la pregunta no desaparece. El «¿dónde estás?» se sigue pronunciando cada vez que nos separamos de su amor y nos acusamos entre nosotros. Se sigue escuchando al compararnos y relacionarnos con violencia. Se sigue escribiendo cuando unos hijos de Dios se arrastran ante las puertas de sus hermanos. Se intuye cuando se obvia la espiritualidad como ADN de la humanidad. Queda como eco cuando desaparece su rastro en los razonamientos.

Y mientras encontramos respuestas. La «mujer vestida de sol, coronada de estrellas» nos recuerda los orígenes y nos proyecta al futuro; donde la humanidad desemboca en una sinfonía de la Creación donde cada uno desempeña su cometido en sintonía. Sin abusos ni poderes; con cuidado y caricias.

Eso sí, con rostro de Dios y entrañas de mujer: «Hágase en mi».

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Espera antes de tiempo

El 26 de octubre me topé con el primer escaparate de Navidad. Dos meses antes se me ofrecía la salvación el forma de oferta.

 Jesús hoy nos invita a esperar: “Mirad, vigilad, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Y este slogan lo vamos a repetir en todas las iglesias, con todos los rezos y cantos. Pero, ¿qué entiende la gente? La frase, la dirige Jesús a unos discípulos que no lo comprendieron cuando lo tenían ante sus ojos. La recordarán tras Pentecostés, sin entender su insistencia. La han repetido nuestros catequistas para introducirnos en la liturgia. Sin embargo, interpretamos mejor el anuncio del centro comercial de moda que el de hace dos mil años.

Y es que este mundo, en el que estamos, sabe gestionar mejor la necesidad de la espera que nosotros. La prevé, la motiva y la acompaña para que compremos su producto. Y lo adereza con colores dorados, canciones familiares y lo culmina con golpe de suerte.

Si Jesús estuviera aquí -en cuerpo mortal- sabría cómo interpretar nuestros deseos y servirse de la actualidad para llevarnos a su corazón. Mientras él actualiza, nosotros repetimos. Lo mismo cada año, con las mismas notas y ambientes rancios por miedo a adulterar el mensaje. Y de tanto conservar nos caduca la esperanza y ya nadie espera en Adviento. No porque sean malos, torpes, impíos.. sino porque nacemos en otra sensibilidad y con otros ritmos. Y por ser buenos y cumplidores, abocamos a nuestra gente a poner una vela a Dios -en la corona del templo- y cien en las tienda; que motiva mucho más. Y entre morados e imperativos, liturgias y cantos no esperamos a quien nos espera.

Pero Él nos espera. No le extraña nuestra apatía. Lo que le sorprende es que sigamos  estigmatizando un mundo que actualiza la espera con más ilusión y esperanza de lo que queremos. Lo que no le extraña es que en nuestras iglesias y liturgias perdamos la tensión y el interés. Pero la Esperanza es una virtud que Dios nos regala para encontrarle en cada momento con los brazos abiertos de una madre que acaricia el seno donde se gesta le vida. Ese anuncio sí que emociona… hasta en Octubre.

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Reinar en cruz

Uno de los ladrones, en medio del sufrimiento, cuando lo más lógico es dudar de Dios dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Y es, en ese momento, cuando Jesús comienza a reinar en majestad, y le dice: «Hoy, estarás conmigo en el paraíso».

Desde entonces aquel que acoge su propia cruz y reconoce a Jesús a su lado ha entrado en las dimensiones del Reino de Dios.

Ya lo había referido Jesús a aquellos que querían seguirle. No les había engañado, como no lo ha hecho nunca contigo. Muchos le dejaron cuando descubrieron su normalidad, su sencillez, sus orígenes humildes, su poca preparación intelectual, su cansancio, su hambre, sus gestos. Otros se escandalizaron por no tomar las armas para acabar con las injusticias o fomentar las revueltas. Los que se quedaron se sentían a gusto con él, aunque no le entendieran la mayoría de las veces.

El hecho es que sus seguidores -los de todos los tiempos- hemos tenido, de fondo, la tentación de buscar en la religión una seguridad que no puede darnos.

Hoy, que la liturgia celebra a Jesús como Rey del Universo nos ofrece el trono donde Jesús ejerce su poder: la cruz.

Nosotros, humanidad de todos los tiempos, le clavamos en una cruz y le coronamos de espinas. Y así, elevado sobre todo, lleno de sangre, aterido y agotado sigue reinando. Por eso, la cruz es el lugar salvador donde Jesús tuvo poco tiempo para reinar: sin trono, sin cátedra, sin redes…

Un reino así es una verdadera locura. Pero una locura que salva y «por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados».

Y ahora habrá que responder: ¿qué es reinar para ti? Si Cristo es Rey, todos los poderes del mundo quedan mermados y detenidos ante una cruz de madera. Porque, desde aquella hora, reinar es entregarse sin certezas, servir sin reconocimiento, dejar el propio interés  y dejarse hacer.

¿Quién gobierna así? Ahora no sé… a lo largo de la historia sí han existido gobernantes que han aprendido del crucificado el modo de reinar. Hace unos días recordábamos a Isabel de Hungría, que depuso su corona por las espinas del Maestro. Pero están Luis IX de Francia y San Fernando, y Tomás Moro… y tantos hombres y mujeres de fe que -pudiendo reinar y gobernar-, entregaron sus vidas al estilo del rey crucificado.

Ellos, y sólo ellos, reconocen la fuente del poder para reinar «hoy… en el paraíso».

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Hacer el vacío

Un día, viendo Jesús cómo daban más importancia a las piedras, a la historia, a las costumbres que a la amistad con Dios les dijo: «llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

Cuando Lucas escribe este evangelio el templo ya había sido destruido por el general Tito. Con unas palabras provocativas anticipa las consecuencias de una fe sin Dios y llena de intereses.

El conglomerado de edificios, costumbres y textos forman parte de la religión. Es parte de la Encarnación y fruto de la evolución histórica. Y nosotros -seres frágiles- que necesitamos tener cierta seguridad las constituimos en parte esencial. De tal manera que ponemos el corazón en las mediaciones más que en Dios.

Lo que Jesús criticaba a los fariseos, lo reprochamos nosotros a los que tienen una fe infantil, llena de pietismo y escasa de compromiso. Lo expresamos en la homilía, en las reuniones educativas, en las conversaciones del bar y hasta en el trabajo… Y no nos damos cuenta de que nos señalamos a nosotros mismos. ¡Si! Cuando sustantivamos nuestro catolicismo con un momento histórico, lo mostramos con un personaje político, lo representamos con un edifico, lo describimos con unas manifestaciones culturales…

Nos cuesta pensar en un futuro en el que no estemos presentes en determinada ciudad, orando con determinado idioma, celebrando con determinada raza y vibrando con cierta espiritualidad.

Y todo eso es pasajero. Lo esencial es la amistad con Cristo. Si no lo recordamos, acabaremos creyendo al primero que venga gritando: «Yo soy». Y, claro, nos iremos detrás.  Y abandonaremos la fe porque «no nos llenaba, nuestra congregación no nos sustentaba o la Iglesia no nos entendía».

En la confusión de los medios se juega el sentido de nuestra vida religiosa. Y los responsables somos cada uno. Una equivocación fruto de nuestra falta de hondura, de vida de oración, de compromiso con los hermanos.

Ya no hará falta que venga ninguna guerra, revolución, terremoto, división, destino, reforma o elecciones para hundirnos. Ya nos habremos encargado nosotros mismos de adulterar debilitar la fe.

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¿Se nos nota?

Pregunto por la Resurrección de Cristo. Una gracia que se nos da de manera inmerecida y que nos hace vivir esta vida con soltura. ¿Se nos nota?

 Un grupo de saduceos se acerca a Jesús para reírse de su doctrina. Tuercen el argumento de la Ley para ridiculizarle y afirmar que la muerte es el final de la vida y que el futuro está en manos de la descendencia, pues todo se queda en este mundo.

Jesús nunca rehuyó la confrontación en aras de la verdad y de evitar la confusión de los sencillos. Lo hace frecuentemente con los fariseos y hoy con los saduceos. Utiliza sus mismos argumentos para demostrar su error y descubrir la manipulación de poner en boca de Dios interpretaciones torticeras. Jesús afirma claramente la continuidad de la vida de manos de Dios, aquí y después.

Hay muchos grupos, distintos, a nuestro alrededor que viven seguros de que lo que tenemos y conseguimos es lo que cuenta. Que las obras que han construido son lo que determina la vida del grupo. Que la seguridad de sus presencias les da significatividad social.

Nosotros no somos Jesús. Y estos argumentos se nos cuelan en el pensar. Nuestra fe depende del testimonio y cuestiona más por los hechos que por las palabras. ¿Cómo nos mostramos los religiosos? ¿quién adivina en nuestras vidas a un Dios viviente? También nuestras palabras afirman nuestro creer. ¿Nuestros términos y apreciaciones invitan a la esperanza? ¿nuestros juicios son de misericordia o condena?

No tenemos saduceos a nuestro lado, nadie nos mata por decir que creemos en la vida eterna y, tampoco, se paran por la calle para reprocharnos nuestro derrotismo. Nosotros, que vivimos como «ángeles» podemos contribuir -como los saduceos-  a testimoniar una religión fría, caduca y distante. Como también a proclamar -como los Macabeos- que se puede vivir «de paso» dando así a entender la Providencia de un Dios viviente.

Nuestra profesión religiosa fue una proclamación de la vida eterna que se nos regaló en la Bautismo. ¿Se nos nota?

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Santos y Difuntos

«Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos».

Pobres, lo que se dice pobres de medios, no lo somos. Hijos, con todo su contenido divino, tampoco. Y, ¿santos como cree la gente de la calle? Pues menos. Y, sin embargo, en estos días de noviembre se nos llama hijos, santos y bienaventurados, siempre y cuando seamos pobres.

Nos cuesta eso de ser pobres y más vivirlo como situación de buena ventura. Y hablo de esa pobreza que nos exige amar la limitación, la fragilidad, las dificultades, las taras y los dolores… de esa que nos compromete a aceptar al que vive a nuestro lado.

Jesús -en el evangelio- nos dice que cualquier situación, vivida con humildad y confianza, se convierte en condición de posibilidad para ser feliz. Cualquier hermano, cualquier duda, enfermedad o fracaso se convierten en momentos de bienaventuranza y en ocasiones para cumplir lo que Dios espera de nosotros. Quien así lo comprende es un bienaventurado. Quien así responde es un santo.

«Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Ricos, lo que se dice ricos de medios, tampoco lo somos. Vivientes sí. La vida es un regalo que Dios nos da y que no es nuestra. Nuestro fin no es conservarla a toda costa. Aunque, con tanta medicación damos la sensación de agarrarnos más a esta vida que a la eterna y de ser unos privilegiados.

Estamos vivos por pura gracia. Y, aunque parezca que ya estamos muertos -por los silencios- no estamos aquí para sobrevivir eternamente. Estamos para entregar la vida por el evangelio. El Señor que nos llamó un día y nosotros le seguimos. Hemos «profesado» la entrega de la vida. ¿Por qué entonces tantas quejas de muerte? ¡Que si nos quitan la clase de religión! ¡Que si da miedo un partido político emergente! ¡Que si fuéramos más y más jóvenes! Quejas que denotan más auto conservación que entrega.

 «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?».

Y tú, y yo ¿creemos esto? Si Cristo muere y resucita significa que la muerte no tiene poder sobre nosotros. Quien así lo comprende es un viviente, quien así lo celebra vive para siempre.

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Ley del péndulo

Vivimos un momento hermoso en la Iglesia. Una época de esencialidad, de vuelta a la misericordia de Dios y a una búsqueda de transparencia.

Vivimos unos años que han de ser aprovechados para poner nuestras seguridades en Cristo, vivir fiados de la Providencia del Padre y volcados hacia los más indefensos.

Esta radiografía adolece, no obstante, de ciertas tendencias justicieras, normativistas y excluyentes. Posturas -denunciadas por el evangelio de Lucas 18, 9-14- que pretenden por un lado, defenderse de la crítica externa y, por otro, purificar el pecado interno.

La ley del Péndulo, es esa tendencia a detenernos, posicionarnos en nuestros criterios e invertir en exclusión. Lo hemos comprobado en la vida política y, en nuestra casa, -divina y humana-, ocurre tres cuartos de lo mismo. En la retaguardia de la Iglesia siempre hay escuadrones que «teniéndose por  justos y, muy seguros de sí mismos, desprecian a los demás». Viven al acecho de cualquier modificación, entretenidos en anotar en su hoja de ruta lo que han de desestimar mientras les beneficie el movimiento del péndulo.

En evangelio, el Señor retrata estas actitudes como «fariseas» y les quita el «imprimátur» por  justificarse a sí mismas. La perfección nunca ha sido un objetivo para el seguidor de Cristo. Ciertamente, ha sido una aspiración humana para salir de la fragilidad y colmar las ansias de ser dios. Mezclada con la sangre cristiana ha dado a luz: inhumanidad, espiritualismos y herejías. Los verdaderos cristianos o católicos han llegado a considerar al resto como inferiores, pecadores… equivocados.

Se muestra cuando el Papa o el mismo Jesús muestran la praxis de la misericordia con los desplazados, pobres, divorciados, pecadores, progres o conservadores, homosexuales o familias tradicionales… o con quien nos descuadre. Mientras tanto, al acecho, se espera el momento de criticar al que entra diciendo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás».

Sabemos quién baja justificado del templo: El que no puede sostenerse a sí mismo. El evangelio deja quito el péndulo. A la espera, siempre de que alguien lo toque y lo ponga en movimiento. El péndulo, claro.

 

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Quien se fía….

La oración es el diálogo habitual entre el hombre y Dios, y todo lo demás son aproximaciones. El que se fía pone en la oración todo lo que es y lo que espera sin miedo, sin medida, en todo momento.

Jesús pone como ejemplo a un juez «injusto» que no cumple las dos funciones que le exige la Ley de Moisés: Un juez es el instrumento de la justicia de Dios y ha de estar al servicio de su pueblo; en especial de los más desamparados. Pero, ¿cómo puede ser ejemplo? El Maestro -que buscaba los contrastes- les quiere mostrar el corazón del Padre y los tiempos de la justicia humana.

Dios escucha y atiende a aquellos que «le gritan día y noche» y lo hace «sin tardar», porque no puede soportar el dolor de sus hijos. Nosotros juzgamos y sentenciamos por conveniencia. Nos agarramos a las normas para parapetarnos ante las excepciones que nos cansan y agotan. Unas variables que marcan la diferencia entre Dios y el juez, entre el corazón del Padre y nuestros intereses.

Ora quien se fía. Espera quien confía. Aguarda quien sólo tiene a Dios como garante. De ahí, que nuestro contraste se de con esa pobre viuda que necesita de una respuesta. En esa actitud se fundamenta el orar siempre y sin desanimarse.

Orar como medicina. Confiados en el diagnóstico y en la persona. Y se toma cada día y no tiene contraindicaciones. Eso sí, se asimila mejor si va acompañado de la Palabra de Dios y en los momentos de soledad y sosiego. Los efectos son imprevisibles… hasta vencer en la batalla de la vida, al estilo de Moisés.

Jesús usó de ella. Lucas se la recetó a los que -desanimados- desconfiaban de la promesa. ¿Y tú? ¿En qué estima la tienes? Busca el prospecto y revisa su composición y aplica su posología: la del siervo, la del leproso y la de la viuda.

No pierdes nada y ganas mucho todo. Si te fías, ora.

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En los límites

El evangelista Lucas sitúa a Jesús caminando por los límites de lo social y lo religioso. Hoy transita por las fronteras entre Galilea y Samaría y entre el pecado y la enfermedad.

 Cuando se decide a entrar a un pueblo «vienen a su encuentro diez leprosos». Diez hombres física y moralmente enfermos, excluidos por la sociedad y apartados del culto. Arrancados de la vida y de Dios. De ahí que se pararan «a lo lejos» y entraran en contacto con Jesús «a gritos» pidiendo compasión.

A nosotros nos suena a inhumano, a salvaje y a injusta la situación que viven. Y está bien siempre que caigamos en la cuenta de que era una sociedad parecida a la nuestra -salvadas las distancias- la que los aparta. Con unos protocolos parecidos a los nuestros para no contaminarnos del pecado o de la enfermedad del otro, pero que revelan nuestra suficiencia, perfección, egocentrismo que persigue dejarnos salvo de torpes, infectados o ladrones.

Jesús, también a distancia, les invita a cumplir con lo que está mandado. Y ellos, fiados de su palabra, se dirigen al Templo. De camino, se nos dicen que sanan.

«Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios». Era un samaritano, un forastero, un impío, de reza inferior, de economía dependiente, de clase baja… Es el único que se vuelve, se «echó por tierra» a los pies del Maestro, y reconoció en él el verdadero poder.

A nosotros nos suena a intransigencia, exclusión, a división. Y está bien reconocerlo pues nos parecemos demasiado cuando esgrimimos la tierra de origen, la raza o la religión para sentirnos mejores y distintos que los demás. Y se manifiesta en esas notas de distinción, de clasismo, partidismo, racismo y nacionalismo que vemos en los discípulos judíos. Y que, sin haber dado con Jesús, les hubiera infectado el corazón con odios, prevenciones, exclusiones y rigideces, que les hubiera llevado a ser saduceos.

¡Cuántas situaciones, y no de lepra, impiden a los hombres a acercase a Dios! Y en todas se hace presente Cristo, saliendo a los márgenes que hemos generado nosotros. Hoy se me invita a ponerme de rodillas ante Jesús, reconociendo su poder. Y así romper con los límites a los que yo mismo doy poder.

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Hay que tener poca vergüenza

… para pedirle a alguien que me dé más fe en él. Que me dé muestras para poder fiarme y confiar en sus palabras, en sus maneras…

 Algo de eso insinúan hoy los discípulos de Jesús. Quieren “más fe”. Como si el adverbio de cantidad les diera la seguridad de tener cada día un milagro.

 Se confía o no. Esa es la medida. Basta un poco de fe, como el grano de mostaza, para seguir a alguien. Basta el trabajo de cada día para dar muestras de honradez. De la misma manera que una simple sospecha o un malentendido bastan para sentirse defraudado.

 Jesús pone a esos discípulos -que buscan la seguridad- unos ejemplos contradictorios, en apariencia. Primero desenmascara su tenencia a reclamar recompensa por su trabajo y su escaso agradecimiento por ser invitados a la tarea del Reino. Después, se sitúa como el verdadero siervo -Jesús trabaja para el Reino de Dios y se agota con sus gentes-. Y, por último, les recuerda que están “contratados” por puro amor de Dios y no por sus logros.

 A nosotros nos parece evidente: el que ama no pone condiciones ni adverbios. Pero se nos olvida a la primera de cambio, incluso con aquellos que más nos aman. Somos así de contradictorios.

El caso es que hemos de estar agradecidos porque se “nos ha dado un espíritu de energía, de amor y buen juicio” para sentirnos satisfechos y gozosos de estar en la tarea del Maestro. Es Él quien demuestra “más fe” en nosotros que al contrario. Y eso sí que da un poco de sonrojo reconocerlo.

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