Por encima de todo

rtr2gm1j-e1480189349744Estar por encima puede significar muchas cosas. Desde una desafección grande por la realidad a una espiritualización de los acontecimientos.

Cada vez que hacemos referencia a la Ascensión de Jesús nos debatimos entre cielo y tierra, subir o bajar y todo con categorías espaciales. Sin embargo, hoy la Palabra tiene tintes de adultez y de riesgo. De una fe pensada y realista que impide que nos vayamos por las nubes o nos quedemos a ras de suelo como aquellos galileos.

Basta leer la catequesis que reciben los cristianos de Éfeso para adquirir una fe adulta. Se les invita a pedir a Dios  tres verdades: Primero su Espíritu para poder conocerle -dejando de lado nuestras proyecciones infantiles-, después unos ojos capaces de ver la esperanza a la que se nos llama -superando la cortedad de nuestros objetivos- y, finalmente, reparar en la herencia que les toca a los suyos -parte en su poder-. Y eso, ¿cómo es posible?

El evangelio asegura que confiando en Jesús y demostrándolo con el Bautismo. Y ahí viene el riesgo, porque quien “crea y se bautice se salvará”. Y esa salvación comienza ya aquí, estando por encima de muchas contrariedades: serán o seremos capaces de echar demonios en nombre del Señor para purificar de negatividades o envidias nuestros lugares de trabajo, hablarán o hablaremos lenguas nuevas que unirán a las personas por encima de ideologías, cogerán o tomaremos en nuestras manos las serpientes que asustan a nuestros contemporáneos y, si beben o tragamos el veneno mortal del “aquí y ahora” no nos hará daño porque vislumbramos lo universal y lo eterno.

El resto es más impresionante, porque ese Señor Jesús, dará -nos dará- parte del poder que hoy recibe en ese misterio de la Ascensión o de su Glorificación para curar y sanar a nuestros hermanos imponiéndoles las manos.

Y es que así, y sólo así, Jesús podrá estar por encima de todo haciéndose presente en cada momento y en cada persona: en sacramento y en nuestras manos. Por encima de todo.

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Como Él

Captura-de-pantalla-2016-06-08-a-las-11.46.40-a.m.Esto os mando: que os améis.

Si éste es el último consejo del Maestro, uno se queda un tanto frío porque pareciera que no somos capaces de amar gratuitamente y necesitáramos de una obligación. Tanto mandato como mandamiento, proceden de la misma raíz, “mandatum” y significa, orden o precepto que el superior da a los súbditos.

Es cierto que Jesús utiliza esta terminología, pero nunca se puso por encima de nadie. Antes de señalar esta “obligación” se había arrodillado ante los discípulos y -desde el suelo les había lavado los pies a cada uno. El servicio iba a ser el contenido de ese mandatum y la entrega el modo de amar: “Como el Padre, así os he amado yo”.

Ese debiera ser modo de amar de los que nos decimos sus seguidores, dejando de lado nuestras necesidades e intereses para que primen los de Dios; que son los de la humanidad. Ese desinterés es el propio de los que se saben “amigos”. Y en eso “consiste el amor: en que él nos amó y nos envió a su Hijo”. Lo que convierte el mandato, el amor de Dios -de Jesús- es un riesgo, un cheque en blanco, una irresponsabilidad, una locura que le lleva a “dar la vida por sus amigos”.

He de reconocer que, por naturaleza, soy más de mandatos que de amores… pero que, por la gracia, soy más de sentimientos que de normas. Constatar esta limitación posibilita que Dios obre en mi corazón y dé los frutos que Él quiere en bien de los hermanos. Eso es “permanecer” en su amor, eso es el modo de querer… como Él.

 

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Emparrar la cepa

cepa-poda-cordon-simpleHace ya unos años que las cepas de la vid se emparran. Se preparan unas guías para que cuando los sarmientos comienzan a crecer vayan guiándose por unos alambres que suben la cepa, la estilizan y la unifican. Y todo, para que la planta dé más fruto y sea más fácil la cosecha.

Hace ya unos años, que comprendemos las parábolas de Jesús como una guía para levantar nuestra mirada del suelo y hacernos crecer para dar más fruto. En la que hoy se nos ofrece Jesús se define a sí mismo como una cepa y sitúa a los suyos como sarmientos. ¿Te consideras uno de ellos?

Aunque el agricultor dirija el crecimiento del sarmiento, cada uno es distinto: adquiere su forma y tiene su capacidad. Los que se consideran de Cristo han de ser conscientes de esta realidad: que son la parte de la planta que media entre el tronco y el fruto. Y han de reconocer que su producción depende del grado de unión con la cepa: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”.

El que sepamos estas cosas nos da cierto respiro a los que nos consideramos “sarmientos”. Sólo una parte de la producción depende de nosotros; pero es importantísima. Dejar pasar -a través nuestro- la savia y no quedárnosla para nuestra propia satisfacción, interés o bienestar… es lo más peliagudo. La entrega de la propia vida -de la que Jesús es modelo-, supone renunciar al propio bien e interés para que predomine el de Dios. Y así, dejándonos atravesar, demos frutos de buenas obras. Obras destinadas a llenar de misericordia el mundo: a pesar y a través nuestro.

Lo contrario nos sitúa en una dinámica de exigencia. Nos lleva a creer que las fuerzas brotan de nosotros y los frutos son el pago por nuestros trabajos. Las obras -que destila tal concepción- son consideradas de nuestra propiedad y por eso acabamos defendiéndolas con normas, ironías y centenarios. Querer ser planta siendo sarmiento nos lleva a robar a Dios su gloria.

Los frutos de su vida siguen llegándonos a nosotros hasta hoy porque se entregó hasta la última gota de sangre, sin medida. Y, de la misma manera, el sarmiento producirá una cantidad de fruto, en lugares y fechas, que le reconocerán como sarmiento, parte de la planta, discípulo.

Por eso,…

Si en tu vida no hay fruto, ¡únete a Cristo! Si a estas alturas te sientes desorientado, ¡únete a Cristo! Si ves que tus jóvenes no siguen tus pasos, ¡únete a Cristo! Si los demás no aprecian tu entrega, ¡únete a Cristo! Si no ves futuro a tu Congregación, ¡únete a Cristo! Si sospechas muchas taras en la Iglesia, ¡únete a Cristo! Déjate estirar y guiar. Contribuirás a una cosecha abundante, que tú no verás, pero que transformará la historia: tú historia.

 

 

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Perdón por la comparación

2018_Jornada_Vocaciones_Vocaciones_NativasSi para explicitar que “Tengo una llamada”, les cuento la historia de las ovejas y el pastor a los de Confirmación, me van a poner la misma cara que los niños de educación primaria cuando, en la granja escuela, el monitor les habla de gallinas, conejos o pavos. ¡Perdón por la comparación! Pero es que cuesta hablar del Buen Pastor a quienes  no han tenido trato con la ganadería, ni con el rol del pastor.

Si explico lo mismo a los religiosos en formación me encuentro con la misma sorpresa y, además, sin conexión con la idea de grupo. ¡Perdón por la sospecha! Pero es que cuesta aterrizar el evangelio con la generación más original y tecnológica que hemos conocido, de momento.

Si en la misa del domingo, me refiero a los que asisten a misa como al “rebaño de Dios”, más de dos se van a sentir incómodos por los ecos de borreguismo que han vivido en otras épocas. ¡Perdón por la proyección! Pero es que el tema se las trae para los que se sintieron obligados a creer.

El hecho es que este evangelio -del Buen Pastor- ha de servirnos para hablar de la llamada al seguimiento de Cristo. Y el ejemplo ha servido a lo largo de los siglos para reconocer la vocación a ser suyos. Pero cuesta acoger un tema ganadero para una generación que sigue lo que le gusta con un clic del ratón.

Ahora… seguir, dejarse llevar e ir donde va todo el mundo, no ha cambiado. Las redes sociales demuestran que copiamos lo mismo, reproducimos las mismas canciones, nos gustan las mismas fotos y nos emocionamos con vídeos parecidos. ¡Perdón por la constatación! Y es que tenemos más “pastores” de lo que reconocemos.

Jesús nos hace descubrir a quién escuchamos y a quién seguimos. Así como reconocer a quién damos el reconocimiento. Así pues, yo tengo pastores, tú tienes pastores… tenemos pastores ¡Y perdón por la conjugación! Jesús se ofrece como el verdadero y único pastor. El que trasparenta al Padre, el que no nos considera una propiedad, nos respeta y no persigue nada que no podamos ser…

Por eso, prefiero seguir a este pastor, aprender a ser su oveja y redescubrir mi vocación de servicio. Esta sí que es una llamada, otra historia

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Tiritas y heridas

que-son-las-prostaglandinasBasta una venda, una tirita o un rasguño para que nos preocupemos por alguien y por el percance sufrido para tener esas señales.

Pero “aquel día” -que se repite en los evangelios con intención de novedad- los discípulos y María vuelven a ser transportados al día primero. Y ahí está, de nuevo, Jesús ante sus ojos, transido de vida y con restos del pasado. Y ahí están ellos, asustados.

Estando destrozados por la muerte, cansados por los acontecimientos y con cara de luto, se mueren de miedo. Porque no están ni dispuestos ni preparados para el milagro.

Y yo me pregunto: ¿No estaremos nosotros sin ganas de milagro? ¿No nos bastará enseñar las tiritas de nuestro sufrimiento? ¿No buscaremos más ser consolados que alegrarnos por el Maestro?

Necesitamos Paz. Necesito Paz. De esa que trae Jesús “a cuestas” desde la muerte. Un paz que ya no se pierde porque ha atravesado la traición, la negación, el juicio, la condena y la cruz. ¿Qué le puede suceder ya? ¡Nada! Pues entonces, ya no se puede perder. Y de esa necesitamos. Y esa les trae.

Después les invita a tocar su cuerpo y volver a escuchar las palabras de los profetas. Los antiguo en lo nuevo. Lo caduco en lo resucitado. Y “entonces les abrió el entendimiento” para que comprendieran internamente que todo este gesto de amor y de vida fue por ellos. Y fue por nosotros.  Y fue para contarlo… no para conservarlo, consignarlo, guardarlo y repetirlo.

Si somos invitados a entrar en el ámbito del Resucitado y nos dejamos educar, quedarán heridas en nuestro corazón, en el grupo, en la fraternidad. Con tiritas o sin ellas.

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Pobre Tomás

tomastocaSólo cree en Cristo quien se ha encontrado con Él.

Uno de esos fue Tomás, amigo de Jesús. Había dejado todo por seguirle. Ambos habían vivido muchas cosas juntos y se apreciaban. Pero Jesús había muerto y ahora él estaba destrozado, dolido, roto y sin ganas de hablar con nadie. Estaba traumatizado y con la vida deshecha.

Lo que ocurre después -la desconfianza y la falta de relación- es la prueba de su desesperanza.

¡Cuántos están así! Barruntando un sufrimiento y acariciando la propia herida sin ganas de pasar a Cristo. Al igual que Tomás se esconden de los que cantan y se abrazan por ver al Resucitado. Y quedan en el luto.

Un luto que defiende de la vuelta a la vida y del nuevo comienzo. Un luto que se nutre de latigazos, espinas y clavos y no se permite dar el paso a la sonrisa y al abrazo. Así quedó Tomás y así se lo encuentra Cristo. Y cuando se encuentran cara a cara, es el Maestro el que ofrece una nueva lección de perdón y paz para transitar al gozo.

Tomás tenía fe. No es verdad que dudara de Cristo ni de la comunidad. ¡Dudaba de él mismo! Y encerrado en sí tiene que permitir entrar al Resucitado en su corazón y dejar que los hermanos entonran su espíritu.

Nos llama la atención más Tomás que los otros discípulos. Pero esa comunidad estaba -al inicio de este fragmento-, tan encerrada y silenciosa como el Mellizo. Pero claro, hace falta siempre uno en quien fijarnos y a quien juzgar.

Pobre Tomás. Su expresión “si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”, nos ayuda más a crecer de lo que creemos. Al final se impone la presencia del amigo resucitado. Y nos tranquiliza el “Señor mío y Dios mío”. Un proceso que hay que ver, acompañar y valorar en algunos de nuestros hermanos de fraternidad. Porque al final, sólo el que se encuentra con Cristo, cree.

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Sin palabras

12231078_1729945977234146_680358962_nPasión, aplicada a Cristo, es sufrir -resistiendo- la persecución, la condena, la traición, la negación… sin perder la compostura de Hijo. Levantando una cruz que no se merece y cosido a ella por usar más el corazón que la cabeza.

Pasión, aplicada a mí, tiene más connotaciones. Porque pongo de mí y creo salvar al mundo. Soy yo el que pongo pasión, una fuerza que se extingue ante el fracaso. Y entonces, la Pasión de Jesús me sabe amarga. Porque no he situado todavía la traición y negación personales.

Pasión, aplicada a la Vida Consagrada, juega entre ambas. Por un lado, cree que ha de poner ganas y medios para dar luz al mundo. Y, por otro, se percibe levsantsadno una cruz de edades y culturas. Le cuesta entrar en el silencio resilente del Maestro, acoger la cruz como condición de seguimiento y la muerte como fecundidad.

La verdadera Pasión nos llevará a un amanecer fresco, dolorido, vacío de sentimientos que precise de la presencia de la Madre del Maestro. Y sólo cuando nos miremos con misericordia, sin juicio y descubramos el silencio de María, estaremos dando pleno sentido a la Pasión. Así de simple y real, sin palabras…

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Agitación, desproporción

BipolaridadJesús ha llegado a la convicción de que no le queda otra que enfrentarse a su destino. Le ha llegado ese momento en el que todos sus miedos y posibilidades se concentran.

La llegada de los gentiles para conocerle es lo que provoca esa “agitación” con la que se le describe. Su fama ha traspasado las fronteras judías y muchos quieren conocerle. Los discípulos -ya organizados- saben cómo gestionar estos acercamientos al Maestro, y cada día son más y más los que atender y a los que explicar. Un hecho intrascendente que provoca en Jesús una respuesta desproporcionada.

Su corazón estaba intentado acoger la idea de su muerte. Una idea que le rondaba desde hacía tiempo; ya lo había dicho Él: “de lo que rebosa el corazón, habla la boca”. La posibilidad de subir a Jerusalén iba convertirse en un cúmulo de despropósitos y causa de la dispersión de sus mismos discípulos. Si él estaba inquieto, ¡qué no les pasaría a aquellos pescadores inexpertos! Por eso, quienes venían a conocerle, debían estar dispuestos a reconocer su gloria, pero ¿cuál?

El término “gloria” -en hebreo- suele significar: presencia y esplendor. Además de usarse para hablar del modo de estar Dios entre los hombres. La gloria que espera a Jesús no está hecha de fama y honor. Todo lo contrario: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”. Llegará con sabor a muerte y a traición.

Cada uno tiene sus motivaciones en el seguimiento de Cristo y en su compromiso con la Iglesia. Todos decimos buscar y querer lo que Dios persigue y desea… pero en qué situaciones, con quién y hasta cuándo. La “hora” de Jesús nos llega a todos y no suele venir con reconocimiento y glorias humanas. Aparece de improviso, con dolor, negación, frustración y traiciones. Dentro del seno comunitario; igual que fuera.

Necesitamos comprobar que Él “a pesar del ser Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer” para no hundirnos en la prueba. Se acerca el día de la Pascua, de nuestra pascua y, mientras tanto, tenemos que seguir acogiendo y guiando a los que se acercan buscándole a Él. Estate atento y avisa a los tuyos… porque tu agitación puede propiciar una reacción desproporcionada.

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Izar serpientes y arriar condenas

ywkk4pzumzk[2]La Palabra de Dios nos ofrece hoy unos contrastes que se nos antojan imposibles.

Sin embargo, en este tiempo de reflexión -que propicia la Cuaresma-, hemos de arriar nuestras lógicas para acoger las contradicciones que posee nuestra vida.

La primera nos muestra a Jesús colgado de un madero y lo compara a una serpiente suspendida en un estandarte, provoca -cuanto menos- desazón. Y, sin embargo, Jesús fue despreciado, repudiado y considerado dañino como lo ha sido la serpiente desde tiempos inmemoriales. En la antigüedad no se conocían las vacunas pero se usaba el veneno de ciertas serpientes como antídoto a infecciones. De la misma forma, Cristo aparece como antídoto a la condenación y como posibilidad de “vida eterna”.

La otra contradicción la encontramos en la deportación que los judíos sufrieron a Babilonia y la destrucción del Templo, a manos de Nabucodonosor.  Fue una situación de sufrimiento para un pueblo que se resquebrajó, que perdió su estructura y casi su identidad. Y, sin embargo, fue un rey extranjero, Ciro de Persia, el que les permitió regresar a Jerusalén y restaurar el culto. Y, de nuevo, el veneno se convierte en medicina, y la cruz en salvación. Ambas -confrontadas- son pura contradicción para nuestra lógica. Y es que preferiríamos no pasar por la cruz, ni por la herida, ni por el desierto, para aprender. 

Hay una tercera. Dios Padre envía a su Hijo entre nosotros como detalle de Salvación y lo matamos atrayendo sobre nuestras manos la Condenación. No lo entendió ni el mismo Jesús; enviado para amar y rechazado con traición. Y, sin embargo, afrontando lo que le sobrevino transmutó la Condena en Salvación, la sentencia a muerte en una apertura a la resurrección, la dureza de la Ley en un acontecimiento de “pura gracia”.

Esta realidad de veneno, de sufrimiento, de cruz tiene la capacidad de hundirnos o levantarnos. Nos pone en guardia para no quitar, de inmediato, las contradicciones que trae la vida, los contrastes de nuestra manera de ser, las decisiones ilógicas que recibimos, la enfermedad que nos acaece, la ruptura que no esperábamos, el cambio de paradigma que nos agota… Contrastes de la vida que nos mantienen activos en el camino y que pueden convertirse en luz para nosotros y para los demás.

En estos días de Cuaresma podemos seguir con los ojos cerrados -como los niños miedosos- o acoger lo extravagante, lo ilógico, lo irracional que se nos presenta con el plus de luz que da el Espíritu Santo. “El que cree esto, no será condenado” al sinsentido, sino que comprenderá que “sus obras están tramadas según Dios”. Y con la posibilidad de ser izado -como Cristo y la serpiente- para mostrar lo que es la Salvación.

 

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Adornos y látigos

2La reacción de Jesús ¿es desafortunada? Pensado en frío, sí. Aparece perdiendo la paciencia o ejerciendo un gesto profético.

Y, como hago yo, intentamos darle una explicación a una reacción de cabreo supino.

Se nos atraganta la humanidad de Cristo. Sí, no nos cuadra en la imagen que queremos ofrecer de él. Nosotros -que le predicamos y potenciamos-, tenemos dificultades en encajar este evangelio. Nos cuesta dar el salto a su divinidad por la normalidad con las que le dibujamos. La gente -nuestra gente-, persigue su poder, busca su protección y también se impresiona ante una reacción de furia. Les cuesta pensar en su humanidad por situarle divinamente.

Jesús, el Cristo, el “sagrado corazón de Jesús” fue como fue y no como nos viene en gana. Amarle es comprenderle y aceptarle. Adorarle es respetar su misterio y no hacerlo a nuestro modo. Seguirle es darle libertad y no reducirle a nuestras expectativas.

Que el Maestro se enervara ante el negocio que se había hecho en el lugar resevardo para encontrarse el Padre con su Pueblo, gratuitamente, no es tan difícil de imaginar. Siempre y cuando le dejemos ser humano y divino a la vez. A nosotros nos pasa con nuestras cosas. Pero, claro, como no somos Él, nos podemos permitir tener sentimientos.

¿Cómo se predicará estos días sobre la reacción de Jesús? ¿Cómo se explicará su interés por unir varios cordeles y hacer una especie de látigo para echar a todo “quisqui” del Templo?

Cuanto más lejos nos encontramos de Él y de su Misterio más adornamos o restamos. Como en el desierto o en el Tabor… sin enterarnos de la historia. Más vale no contar nada a nadie hasta que no lleguemos al final de la Cuaresma.

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