Mostrarse

heartEn la relación con los demás, vivimos una especie de idealización en la que nos gustaría que nos entendieran tal y como somos, y ellos nos manifestaran su intimidad. Pensamos que así habría una especie de sintonía y fraternidad que nos ayudaría a vivir con más sentido.

Esa expectativa aparece cada vez que conocemos a alguien. Hay en nosotros un ansia de intimidad que se va rompiendo conforme avanza el conocimiento de la otra persona. Suponemos que al otro le ocurre algo parecido. Cuando más roce -decimos- más desilusión.

Jesús se mostró siempre como era. Pero, ciertamente, en el pasaje de la transfiguración hace un esfuerzo por ser quien es en verdad. Y lo hace ante tres de sus discípulos; conociendo las expectativas y los rasgos de cada uno. En aquel monte dejó traslucir la luz de Dios a través de su cuerpo; de tal manera que la humanidad se llenó de luz. Y aparecieron dos testigos del pasado para ratificarlo.

Ni Santiago ni Juan dijeron “esta boca es mía”. Ni a Moisés ni a Elías se les entendieron las palabras. El único que habló fue Pedro y, lo que dijo, fue tan simple que una nube los tapó y les invitó a admirar y a escuchar. Aquellos tres habían presenciado el Misterio profundo de Jesús con sus ojos y sus oídos. Y lo más inmediato e importante era proteger el misterio de su amigo, callarse… Cuando alguien nos revela un misterio no lo vendemos para que corra de boca en boca.

Ante el misterio de la otra persona hay que descalzarse. Cuando el otro muestra su corazón hay que responder con intimidad. Aquellos tres recibieron el regalo de conocer a Cristo para tener fuerzas en los momentos de inhumanidad que sobrevendrían.

En la vida no vamos mostrando nuestra intimidad a todo el mundo. Pero sí es necesario en determinados momentos y con ciertas personas que comparten la misión, los sueños y los deseos fraternos. Así que, cuando sea necesario revelar nuestro corazón a los demás no tengamos miedo a la incomprensión o a la confusión… sino a pasar inadvertidos y a no mostrar el amor. Pudiendo dar luz, no nos quedemos en las tinieblas…

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Deluxe

HIP-Iced-Out-Colgantes-Cruz-de-Cristal-Bling-Bling-Collar-de-Oro-de-Color-de-AceroCuando hallas algo inesperado y te cautiva, ¿eres capaz de dejarlo todo para comenzar de nuevo?

El Reino de Dios se compone de gente que ha encontrado la voluntad de Dios y le ha cambiado la vida. El evangelio compara el valor del Reino con el de un tesoro, un comerciante de perlas y una red repleta de peces. Es una desproporción que arrastra a hacer locuras y, a la vez, asusta por el cambio de valores que provoca; es la emoción de la fe.

Para explicarla nadie mejor que Jesús, que como buen letrado es capaz de dar luz al presente con las verdades de siempre. Y lo hace con el ejemplo de la “compra” y del “discernimiento”.

Fijémonos que tras el hallazgo del tesoro o de la perla preciosa más de dos hubiéramos salido corriendo con ellos bajo el brazo. Y, sin embargo, se vende todo y se compra el campo y la perla. Y ocurre porque todo lo que se tenía se ha depreciado frente al valor de tesoro y perla. Y se compran. Cristo es un tesoro escondido en el campo de la Iglesia; encontrarlo supone el riesgo de invertir en una nueva familia donde él se esconde. Ciertamente, el tesoro es él… pero el terreno es el lugar escogido para habitar. Y es la historia y las gentes, las culturas y la geografía lo que da carne al Maestro. Encontrar lleva a dejar para adquirir.

La otra dimensión es la capacidad para discernir el bien del mal, lo que Dios quiere y lo que son nuestros deseos, los que siguen a Jesús por amor o por interés, los que viven la vida con sentido o inconscientemente. Y lo refleja con esa red de pesca que acoge a todos y la selección posterior. Separando aquellos que han aprovechado la vida y han descubierto el tesoro que la sustenta, de los que ni siquiera se han dado cuenta del valor de la existencia.

Descubrir el tesoro y comprar el campo que lo aloja es un lujo; un lujo de sentido. ¿Compras?

 

 

 

 

 

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cizanyaware

imagesNo sé qué símil utilizaría hoy. Pero los virus informáticos se me antojan muy parecidos a lo que Jesús nos explica en el Evangelio.

El sistema operativo de cada uno de nosotros es bueno y capaz, pero está expuesto a que aparezca algún virus que, imitándolo, lo destroce. Para eso se han inventado los antivirus; para reforzar el sistema original y defenderlo. Y ahí estamos nosotros, creciendo, trabajando y defendiéndonos en un mundo variopinto y diverso. Y cayendo en la cuenta de que: ¡Cuántos más virus, mejores antivirus!

Pero, ¿no sería mejor acabar con ellos? Pues supongo que sí. Es la pregunta que -en el evangelio- hacen los criados al amo, tentados de acabar de una vez con la cizaña. El amo les contesta que tengan paciencia, que dejen crecer juntos -al trigo y a la cizaña- y que él se encargará de separarlos al final del tiempo.

Nosotros somos impacientes. Preferimos cortar de raíz una situación o excluir a una persona para vivir tranquilos y sin sobresaltos. Nos erigimos en jueces; pretendiendo saber quién es trigo y quién virus o cizaña y haciendo prevalecer nuestro criterio. Extirpar un virus de raíz puede llevarnos a borrar todo el sistema; cargándonos los contenidos buenos junto con los dañados. Y eso, sí que es un riesgo… Pero hay otro derivado: ¿Quién te dice que tú no eres cizaña o virus para tu hermano? ¿No debías ser tú también extirpado?

Menos mal que Dios es paciente y precavido. No quiere perdernos a ninguno, aunque para ello tenga que dejarnos crecer y fortalecernos ante las adversidades: con la cizaña o con virus.

Así pues, como el trigo y la cizaña van a seguir estando juntos, no nos queda otra que entrenarnos para saber trabajar -en medio de la dificultad- sin dejar de ser trigo y trigo del bueno. ¡Total, quien no levante su cruz detrás de Jesús no es digno Él! Éste sí que es un buen antivirus…

 

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Sin prisas por sembrar

23u8qpt¡Qué prisas para sembrar y para cosechar! No me extraña que parte de la simiente se caiga por el camino y otra se malogre en la recogida.

Comienza el evangelio diciendo que Jesús se sentó al otro lado del lago y “les habló mucho rato en parábolas”, perdiendo tiempo; sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer. Y lo hizo poniéndose en la piel de aquella gente de pueblo; hablándoles con su lenguaje y usando ejemplos de su vida cotidiana.  

Les explicó el reino de Dios como si fuera una siembra. Le dijo que a Dios Padre le pertenecen la tierra, la semilla y el fruto. Y les fue desgranando el ejemplo: La semilla es la Palabra de Dios y la esparce Jesús. La tierra somos nosotros con nuestras peculiaridades. Y el fruto, aquello que permitimos que nazca. El querer de Dios sale de él y a él llega, transformada -o no- en fruto: “no volverá a Él vacía, sino que hará su voluntad y cumplirá su encargo”.

Todos creemos ser tierra buena. La mala, la pedregosa, la polvorienta se da en los demás… Juzgamos la vida de los otros por sus frutos, sin saber si en ellos se depositó mucha o poca semilla. Les evaluamos sin considerar el cuidado que Dios puso en ellos o las dificultades que tuvieron para fructificar. Mientras que somos muy benévolos con nosotros, sin querer reconocer que no cumplimos el sueño de Dios en nuestra tierra.

El caso es que esa Palabra precisa más de paciencia que de honradez. Es Dios el que sigue sembrando y cosechando donde uno menos espera. Mientras tanto, la Creación entera está esperando a que tú y yo escuchemos y cumplamos lo que Dios quiere y demos a luz el fruto esperado. Sin querer apropiarnos de lo que no es nuestro.

Y en esto -como en casi nada- las prisas no son buenas. Dejémonos hacer. El sosiego y el calor del verano puede contribuir a ralentizar el ritmo de producción y a admirar los campos del reino. Sin prisas, para dar fruto.

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¡Ésto no vende!

cargaespaldaLlegados al tiempo de verano, nos encontramos con un evangelio que nos sosiega y descansa. Pero, ¡hay que tener bien puestos los afectos para decirlo!

Desde que Jesús nace provoca rechazo en aquellos que controlan el mundo y a los hombres. Jesús es un hombre de Dios, que habla de la paz y que entra en Jerusalén subido en un asno. Los sabios y entendidos no se dan por enterados ya que eso les obligaría a caminar por los caminos, a escuchar el sufrimiento de su pueblo y a vivir sencillamente. Cierran los ojos a entender lo del reino de Dios.

Por otro lado encontramos a los sencillos. La tradición judía los llamaba “anawin” -pobres de solemnidad- y la tradición evangélica los reconocerá como “pobres de espíritu” -vacíos de sí mismos-. El caso es que a éstos, el Espíritu Santo, les ha dado el don de ciencia: la capacidad de comprender la relación que hay entre lo creado y Dios, el lugar que les corresponde y confían más en Jesucristo que en las obras de sus manos.

De esos pobres yo conozco a muchos. La mayoría levanta una cruz muy pesada y no ha tenido una vida muy fácil. Muchos han nacido en exclusión, otros conviven con la enfermedad, algunos se han arruinado y hasta los hay que han perdido la buena fama. Todos ellos me han enseñado que su sufrimiento forma parte de la cruz que levanta Cristo y que debo amar mi cruz para comenzar a ser pobre. ¡Claro, eso no lo puede entender quien razona desde sus fuerzas y sus logros!

Yo he profesado pobreza, pero no me es fácil acoger mi fragilidad y la limitación de los demás; me cansan y agotan. El mismo Jesús lo experimentó como tentación; de ahí su ofrecimiento: “Venid a mí los cansados y agobiados”. Ciertamente, luego nos inquieta diciendo: “Cargad con mi yugo”. Pero es que el “yugo” de Cristo ¡soy yo! Lo soy por llevar mucho tiempo luchando contra mí mismo e intentando no depender de nadie. Eso me ha alejado de Cristo y ha aumentando el peso de una carga autoimpuesta.

Por eso, sólo cuando comience a entender que Dios me ama gratuitamente, tal como soy, me fiaré de Él y me pondré junto a él como un niño. Y entonces, sólo entonces, “su yugo será llevadero y su carga ligera”.

 

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Rivalizando

6-rivalryEste evangelio parece un cúmulo de consejos -dados por Jesús a unos discípulos que no tienen los criterios claros- o una serie de yuxtaposiciones de sabiduría sin conexiones internas.

Como si el evangelista Mateo hubiera metido en un cajón de sastre todo lo referente a aquel que es enviado a la misión. Aún así, se ve un contenido de riesgo y de libertad en el seguimiento de Cristo con su lógica interna.

En el corazón se encuentran los amores humanos rivalizando entre sí. No hay más que recordar las preguntas de nuestras abuelas para comprobar a quién queríamos más, la incursión de los padres en las vidas de los recién casados o los desánimos de los amigotes cuando uno decide servir a Dios. Ciertamente Dios cabe en el corazón; pero no rivaliza con nadie. Él es quien lo ha hecho; es el que puede ordenar todo en su justo lugar y proporcionar amor en su justa medida. El amor de Dios no entra en el juego torticero de la exclusión del amor parental o fraterno… esos límites los ponemos nosotros y los tenemos tan poco trabajados que sigue fluyendo incluso en las vidas consagradas más asentadas.

Las tensiones y los recortes los provoca el optar por la esclavitud de afectos humanos y nos dejarnos llevar por la libertad que da Dios. En la carta a los Romanos se nos pregunta si “estamos muertos al pecado y vivos para Dios” o si seguimos bajo el influjo del pecado que atenaza y nos inculpa de malos hijos o hermanos. Recordemos que la consagración religiosa brota del Bautismo y por él entramos a formar parte de la familia de Dios que se funda más en la fe que en la sangre o la tierra. Si Dios no está en el centro de nuestro “querer e interés”, estaremos atados de pies y manos por las responsabilidades, y sin dar un paso hacia el Reino. Para salir de este laberinto no hay otra opción que tomar la propia cruz y tirar hacia Cristo. ¡Valientemente!

Si se hace, nos convertimos en testigos de un nuevo tipo de lazos y en transparencia de Dios. La gente percibirá que sólo nos mueve el amor de Dios y no buscamos beneficiarnos de nada ni de nadie. Y ahí sí que no rivalizamos con nadie… porque comenzamos a amar con un corazón indiviso.

Así que todos estos consejos que nos desesperan son la única manera de ser justos con Dios y los demás y vivir la profecía. Sin rivalizar.

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Miedo, ¿a quién?

Hermetic businessmanMiedo, lo que se dice miedo, a uno mismo. En estas palabras -que empasta el evangelio de Mateo- subyace la idea de que quien “anda en bien” no ha de temer a nada ni a nadie, y quien anda de “mal en peor” tampoco…

¡Es verdad! Porque ya está en el ámbito de la mentira y de la corrupción. Ciertamente, el actuar de una manera o de otra dice mucho de nuestros valores y de nuestras opciones.

Estar de parte del Reino de Dios nos sitúa en la verdad, en la justicia, en el bien… lo que no nos da un salvoconducto ante el sufrimiento o los contratiempos. Nos pone en la parte de Cristo cuya vida no fue -precisamente- un éxito. Pero nos vincula a Él. Y, junto a él, no hay que temer ni muerte, ni enfermedad, ni injusticia, ni persecución… porque le tenemos. Y, de esta manera, nos convertimos en sus “testigos” por nuestra manera de soportar la tribulación. Es ahí donde se comprende que el tesoro del cristiano es tener a Cristo, ante el que hasta la misma vida -como la conocemos- pierde su valor.

Trampear en la vida; salir al paso de las situaciones buscando la facilidad, lo más sencillo, pactar con los más fuertes, sacar beneficio del trato con los demás y el pensar que nuestra felicidad se consigue con lo que atesoramos, nos sitúa ante las garras de este mundo. Un mundo dominado por las medias verdades, la omisión de socorro, la cerrazón en los propios criterios, el rechazo del distinto y la satisfacción de las propias necesidades. Ahhh, ¡y el olvido del prójimo! En esta línea no necesitamos a Dios porque ya tenemos lo que precisamos. Y cabamos dependiendo de aquellos que nos propician unas prerrogativas que  siempre nos pasan factura. Y en este ámbito el tesoro es la vida; asegurdad por la salud y la tranquilidad.

¿Dónde nos situamos? Supongo que como yo, en la opción de Cristo y en la vivencia del mundo. Con la cabeza en los valores del evangelio y el corazón apegado en lo de aquí. En una lucha constante por clarificar que hemos optado por Cristo y vivimos como todo el mundo. Sin contraste alguno.

Creo que lo que mata cuerpo y alma es estar continuamente diciendo una cosa y viviendo otra. Eso agota y cansa. Y no produce los frutos que Dios quiere.

Por eso hemos de temernos más a nosotros y a nuestras necesidades que a los de fuera. Esa es la raigambre del pecado que refleja la carta a los Romanos y que me ofrece la esperanza de pensar que el único que puede salvarme de mí mismo es Cristo.

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Hambre de Dios

img_299536El hambre es muy mala. Sólo quien ha pasado hambre sabe lo que sufre el cuerpo y la sensación de debilidad y de límite.

El pueblo de Israel pasó mucha hambre y sed por el desierto y Jesús lo sabía. Era judío descendiente de un pueblo al que Dios había hecho libre y había alimentado en el desierto. Por eso, ante los judíos que le siguen y le escuchan, se presenta como el mismo alimento.

En nuestro monasterio de El Zarzoso, las Franciscanas TOR, veneran la imagen del Cristo de la luz. De su boca he escuchado los milagros que se le atribuyen. Me llama la atención -de manera especial- el milagro del trigo. En un año de carestía total, la gente de la zona se encomendó al Señor, en esa advocación de la Luz. Le rogaron, le pidieron y salieron en procesión con la imagen para recorrer el desierto en que se habían convertido los trigales. Acudieron a Él en la necesidad total de alimento y les respondió. A la mañana siguiente, del costado del Cristo habían manado puñados de granos de trigo. Y hubo, cosecha, ¡vaya si la hubo! Cosecha de pan y de fe.

Nadie que no se haya plantado ante Jesús para pedirle explicaciones por su situación puede reconocerle después como su alimento. Cuando tenemos el estómago satisfecho no le  necesitamos ni a Él ni sus palabras. Y los discípulos de Jesús, aquella noche del Jueves Santo tenían embotado el entendimiento. Mientras el Maestro concentraba su persona -en un trozo de pan ázimo- y su destino -en un sorbo de vino- aquellos sesteaban tras la comilona.

Será la necesidad de tener al Maestro cerca y su hambre de sentido las que les lleve a reconocerle resucitado en varias comidas con pan y con pescado. En el hambre de Cristo comprendieron su misión.

¿Tengo necesidad de Cristo? ¿Me muero de hambre por comer su cuerpo? ¿Me pierdo si no bebo su sangre? Necesito al Espíritu Santo para descubrir lo que ha significado en mi historia, para acogerla con cariño y entregarme sin condiciones.

¿Tenemos necesidad de Cristo? ¡Volvamos en nuestras comunidades a la fiesta del Corpus! Fiesta que nos recuerda que hay que volver al pan y al vino para aguantar el desierto en el que transitamos y nos ha tocado vivir. Fiesta que nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre sino de su Palabra. Y ese hambre también nos lleva al límite.

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El cómo o el por qué

12976680_214538958919829_1965243906_nCuando nos aman no hay que preguntarse tanto…

Digo esto porque nos encanta saber el motivo por el que nos regalan algo, nos prestan atención y nos quieren. No nos basta con el “cómo” se nos demuestra el cariño si no que queremos saber -a ciencia cierta- el “por qué”.

Eso mismo nos ocurre con Dios. Somos seres creados por amor y nos sentimos vivos cuando somos amados y podemos amar. Dios es Amor y nos envió a su Hijo para demostrárnoslo; y lo hizo hasta sus últimas consecuencias. El “cómo” nos salvó. Pero no nos basta… queremos saber los “porqués” de su humildad, su sometimiento, su negativa a discutir, su dejarse matar. Y que podría haber sido de otra manera, con otros tintes, sin sufrir tanto…

Pero, mira tú por dónde, hoy se nos ofrece el “por qué”: “El hijo ha venido para salvar no para condenar”. ¡Bien, ya tenemos el por qué! Pero tampoco nos satisface. La terminología nos abruma y nos asusta la imagen que subyace: nos salva un Dios Amor y nos condena un Dios Justiciero. Pero lo que está de fondo es nuestra libertad y nuestra confianza. 

¿En qué Dios crees? ¿En el que ha vivido Jesús o en el que no te cabe en la razón? Piensa que a Jesús le ha costado la vida mostrártelo y a ti sólo un dolor de cabeza pensarlo.

Mira, mejor que te pongas delante del Señor y le mires. Leas su evangelio y le contemples hablando, curando, acariciando, partiendo panes… Estamos en unos días para mirar con otros ojos los detalles del “cómo”… para que tú también los hagas. Desinteresadamente. Por amor de Dios y a los demás… Sin preguntarte si los demás te juzgan por el cómo lo haces o el por qué te entregas. ¿Lo entiendes ahora?

Pues es un ejercicio sencillo que nuestros hermanos y hermanas contemplativos hacen cada día para dar gracias a Dios por el cómo, sin detenerse tanto en el por qué.

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¿Babel o Pentecostés?

arton3724-52227“Hay diversidad de dones, de servicios, de funciones…” y lo garantiza un mismo Espíritu, un mismo Dios y Señor.

Desde siempre se ha contrastado Pentecostés con Babel, diciendo que un acontecimiento es obra del Espíritu y el otro fruto de la soberbia humana. Uno provoca diversidad y misión. El otro diferenciación y cerrazón. Pero, en apariencia, ¿lo mismo?

La vida consagrada ha sido expresión de la diversidad de carismas dentro del Cuerpo eclesial. Las órdenes y congregaciones han sido motores de vida en conjunción con la unicidad de los ministerios. Vida y viveza nacidos de la convicción de que “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.

No sé si el mundo de hoy percibe la unidad en la plurisignificación que ofrecemos. Tal diversidad provoca sorpresa y cierta dispersión. De ahí que hayamos de dar tantas explicaciones sobre nosotros mismos. Dar razón de cómo un grupo se ramifica en varios, y estos varios – a su vez- ofrecen pequeños rasgos de espiritualidad propios, nacidos en un momento histórico con fundadores que han dejado su impronta… y que han dado lugar a obras semejantes.

En muchos casos, da la sensación de que la fuerza de voluntad funda más que el Espíritu. Si los discípulos, siendo del mismo grupo, son comprendidos por todos, es porque en ellos domina más la entrega a la misión que la soberbia de ser significativos. Si hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un sólo cuerpo… ¿por qué no lo mostramos?

En época de reestructuraciones y sinergias seguimos asidos a las diferencias históricas, las frases ungidas, al color del hábito o la lengua materna para mantenernos en la diferenciación como un fin. Ofreciendo la perspectiva de Babel. Invirtamos en fraternidad, aquellos que pertenecemos a una misma línea de espiritualidad, y desechemos la soberbia de destacarnos. Apostemos un poco por la intercongregacionalidad y la multiculturalidad porque así se mostraron aquellos judíos la mañana de Pentecostés: con un mismo Espíritu “para el bien común”. Manifestando más sencillez que complejidad.

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