Vuelven las prisas

¡Qué prisas para sembrar y para cosechar! Después de un confinamiento que nos ha tenido latentes en casas, estamos de nuevo con un ritmo poco sano.

 Comienza el evangelio diciendo que Jesús se sentó al otro lado del lago y «les habló mucho rato en parábolas», perdiendo tiempo; sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer. Y lo hizo poniéndose en la piel de aquella gente de pueblo; hablándoles con su lenguaje y usando ejemplos de su vida cotidiana.  

Les explicó el reino de Dios como si fuera una siembra. Le dijo que a Dios Padre le pertenecen la tierra, la semilla y el fruto. Y les fue desgranando el ejemplo: La semilla es la Palabra de Dios y la esparce Jesús. La tierra somos nosotros con nuestras peculiaridades. Y el fruto, aquello que permitimos que nazca. El querer de Dios sale de él y a él llega, transformada -o no- en fruto: «no volverá a Él vacía, sino que hará su voluntad y cumplirá su encargo».

Todos creemos ser tierra buena. La mala, la pedregosa, la polvorienta se da en los demás… Juzgamos la vida de los otros por sus frutos, sin saber si en ellos se depositó mucha o poca semilla. Les evaluamos sin considerar el cuidado que Dios puso en ellos o las dificultades que tuvieron para fructificar. Mientras que somos muy benévolos con nosotros mismos sin querer reconocer que no cumplimos el sueño de Dios.

El caso es que esa Palabra precisa más de paciencia que de honradez. Es Dios el que sigue sembrando y cosechando donde uno menos espera. Mientras tanto, la Creación entera está esperando a que tú y yo escuchemos y cumplamos lo que Dios quiere y demos a luz el fruto esperado. Sin querer apropiarnos de lo que no es nuestro.

Y en esto -como en casi nada- las prisas no son buenas dejémonos hacer. El sosiego y el calor del verano pueden contribuir a ralentizar el ritmo de producción y a admirar los campos del reino. Y, en medio de todo esto, con protección y cuidado ante el famoso virus; sin prisas.

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