¡Esto no vende!

Llegados al tiempo de verano, nos encontramos con un evangelio que nos sosiega y descansa. Pero, ¡hay que tener bien puestos los afectos para decirlo!

Desde que Jesús nace provoca rechazo en aquellos que controlan el mundo y a los hombres. Jesús es un hombre de Dios, que habla de la paz y que entra en Jerusalén subido en un asno. Los sabios y entendidos no se dan por enterados ya que eso les obligaría a caminar por los caminos, a escuchar el sufrimiento de su pueblo y a vivir sencillamente. Cierran los ojos a entender lo del reino de Dios.

Por otro lado encontramos a los sencillos. La tradición judía los llamaba «anawin» -pobres de solemnidad- y la tradición evangélica los reconocerá como «pobres de espíritu» -vacíos de sí mismos-. El caso es que a éstos, el Espíritu Santo, les ha dado el don de ciencia: la capacidad de comprender la relación que hay entre lo creado y Dios, el lugar que les corresponde y confían más en Jesucristo que en las obras de sus manos.

De esos pobres yo conozco a muchos. La mayoría levanta una cruz muy pesada y no ha tenido una vida muy fácil. Muchos han nacido en exclusión, otros conviven con la enfermedad, algunos se han arruinado y hasta los hay que han perdido la buena fama. Todos ellos me han enseñado que su sufrimiento forma parte de la cruz que levanta Cristo y que debo amar mi cruz para comenzar a ser pobre. ¡Claro, eso no lo puede entender quien razona desde sus fuerzas y sus logros!

He tenido mucho tiempo de confinamiento para considerar que muchos hemos profesado pobreza, pero no es fácil acoger la fragilidad y la limitación de los demás; nos cansan y agotan. El mismo Jesús lo experimentó como tentación; de ahí su ofrecimiento: «Venid a mí los cansados y agobiados». Ciertamente, luego nos inquieta diciendo: «Cargad con mi yugo». Pero es que el «yugo» de Cristo ¡soy yo! Lo soy por llevar mucho tiempo luchando contra mí mismo e intentando no depender de nadie. Eso me ha alejado de Cristo y ha aumentando el peso de una carga auto impuesta.

Por eso, sólo cuando comience a entender que Dios me ama gratuitamente, tal como soy, me fiaré de Él y me pondré junto a él como un niño. Y entonces, sólo entonces, «su yugo será llevadero y su carga ligera».

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