Rivalizando

Este evangelio parece un cúmulo de consejos -dados por Jesús a unos discípulos que no tienen los criterios claros- o una serie de yuxtaposiciones de sabiduría sin conexiones internas.

Como si el evangelista Mateo hubiera metido en un cajón de sastre todo lo referente a aquel que es enviado a la misión.

Aún así, se ve una lógica interna en su contenido de riesgo y de libertad. Y supongo, que en el sosiego de una tarde de verano, cada uno ve conexiones entre las propuestas del maestro. Y se dibuja el desconcierto de mensajes que se produce en nosotros cuando el Señor nos propone algo y nuestro corazón tiene un hervidero de amoríos.

Una de mis abuelas me preguntaba muy a menudo a quién quería más, si a ella o a mi otra abuela. No sé qué esperaba escuchar, supongo que a ella, pero en mí se producía un bullir de sentimiento y una paralización de la lengua. Algo parecido me sucede cuando surge un problema familiar y he de ordenar obligaciones con respecto a los hermanos con los que vivo.

En cada caso sale Dios al paso y me hace sentir que Él no rivaliza con nadie. Mi corazón es obra suya y sólo Él sabe cómo darle orden y concierto. El amor de Dios no entra en el juego torticero de la exclusión del amor parental o fraterno… esos límites los ponemos nosotros. Y a veces siento que los tenemos tan poco trabajados como en el noviciado.

Las tensiones y los recortes los provoca el optar por la esclavitud y no por la libertad. En la carta a los Romanos se nos pregunta si «estamos muertos al pecado y vivos para Dios» o si seguimos bajo el influjo de la mala conciencia. Y si no nos atrevemos a detenernos y responder estamos atándonos y atando de pies y manos. Salir de este laberinto es difícil si no nos arriesgamos a tomar la propia cruz y tirar hacia Cristo.

Por eso, acababa diciéndole a la abuela, que las quería a las dos. Algo que no se esperaba pero que sólo puede conocer un corazón indiviso. Sin rivalizar.

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