Cuaresma en tres palabras: La primera.

La Cuaresma –según anuncia el Papa Francisco en su mensaje- dice que “es un tiempo para creer, para recibir a Dios en nuestra vida y… permitirle su morada entre nosotros”.

Esta afirmación encierra una modificación de nuestra comprensión. Lo que predomina es la apertura de del corazón y del intelecto para que Dios llegue y le recibamos. Nuestra iniciativa –la acostumbrada a “salir a buscar”- se torna en recepción; como el conserje de un hotel. Se nos invita a esperar y acoger (dos actitudes) que llevan en sí mucha “paciencia” y “vaciamiento”: paciencia porque el Señor –como en algunas parábolas- realiza sus acciones a su tiempo y que suele ser a un ritmo bien distinto del nuestro. Vaciamiento de intenciones, de decisiones, de afectos. Hay que vaciar para poder «meter”; si no hacemos lugar para lo que viene de Dios seguiremos llenos de lo nuestro.

También nos hace reconocer que hay algo que impide que Dios haga morada en nosotros. El permiso se da y se ofrece. Y “dar permiso a Dios” para que entre no es habitual ni deseado… pensemos que si Dios entra, ve lo que hay en nosotros, si él entra, cuestionará lo que encuentra, si el accede, lo ordenará a su manera. Y no siempre estamos dispuestos. Decimos que sí pero demostramos lo contrario cuando algún hermano cuestiona y reordena nuestros criterios. Y ahí, nos encerramos. La propuesta del Papa es abrirnos este año, ahí donde habitualmente cerrábamos las puertas de nuestra intimidad.

Este planteamiento me sugiere tres palabras que, como hitos en un camino, nos impidan perdernos o encerrarnos en esta Cuaresma.

Una de ellas es SOLEDAD.

Es inherente a la experiencia humana, aunque no la busquemos no podremos evitarla. Hasta ahora hemos tenido muchas experiencias de soledad en el dolor, la muerte, la ruptura o la incomprensión. Hemos vivido situaciones extremas tintadas de soledad. Pero, ¿qué tipo de soledad? El confinamiento nos ha castigado con una ausencia de relaciones inhumana y nos ha protegido de un virus desconocido. Si hubiéramos podido elegir no sé si el modo habría sido ese. El caso es que la mejor soledad es la opcional, la asumida de la que habla la tradición eremítica, la que pasa por el encuentro con uno mismo. La aceptación de lo que uno es y ha vivido, la acogida del otro -tal y como es-, y del mismo Dios pasa por una soledad elegida que sabe dialogar y que opta por escuchar y aportar.

Aquí radica la Oración en secreto, con el Padre de los cielos, que se realiza  libre de huidas y ruidos y está madura para el encuentro. En el camino de la Cuaresma hemos de afrontar la soledad como posibilidad de acogida. ¡Si no estamos a gusto con nosotros, cómo lo va a estar Dios cuando entre!

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¿Se nos nota?

En este día de ceniza, volvemos a una tradición que tiene mucho contenido pero poco entronque con la vida cotidiana.

Echar ceniza a la gente, y más en la cabeza, parece una broma inútil. La ceniza se ve cada vez menos y se comprende peor. En las casas lo que predomina es la electricidad, se usa el gas en la cocina, y -si acaso- el gasóleo para las calefacciones. El carbón se estudia en Ciencias como un recurso en desuso y la madera se ve en las granjas escuelas o en las casas rurales. Y se asocia más de inmediato a la cremación de los cuerpos y a las urnas doradas que portan los dolientes que a la «conversión».

El caso es que es miércoles “de ceniza” y muchos preguntan por la misma y la reciben con gusto como signo de bendición. No se puede ir mucho más allá con este sacramental, en el poco tiempo y con los medios que la pandemia nos permite. Entrar en términos de cambio se queda corto cuando nuestra sociedad se ha dado la la vuelta como “un calcetín” con la COVID.

Tantas dificultades con la ceniza provocan en mí un reto. Voy a preguntar a los chavales: ¿Se te nota la ceniza? ¿Se te ve en el pelo? – Pues sí, pero poco-. Me dicen.

Y ahí voy, que se nota muy poco: la Ceniza y la Cuaresma; este año ni el Carnaval. Y la liturgia nos recuerda la necesidad de comenzar un tiempo nuevo sustentado por la Oración –que ocurre en la intimidad-, la Limosna –que se ejecuta en el silencio- y el ayuno –que sucede en lo oculto-. Y todo esto contribuye poco al gesto.

Sin embargo, los tres juntos y durante un tiempo, dan razón de que algo muy fuerte nos impulsa a realizarlos. Ese algo es la mirada de un Dios que nos acaricia en el momento y reconoce nuestro intento de tenerle en cuenta. Es él el que lo nota. Y con eso, -dice en evangelio- ha de bastar.

Ha de bastar, cuando lo que se nota –dejados los cotilleos de los vecinos- son las noticias, las redes y los medios.

Y la ceniza, como elemento último de la combustión que calienta el hogar y nos prepara el alimento, puede sugerir intimidad y pequeñez. Y puede manifestar que hemos encendido las ganas de cambiar las cosas, quemado horas de oración y calentado la mesa de alguien que carece de lo esencial. Con ella ha de bastar lo gestado en lo concreto y lo sencillo, que da fruto a su momento. Y, buscando lo oculto, la vida que viene detrás de la muerte.

En este día de ceniza podemos repetir o provocar, informar o cuestionar. Y en eso nos queda mucho por aprender del Maestro que sacaba de lo antiguo lo nuevo. Y eso es lo que se nota.

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Tocar

«Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba afuera, en descampado».

La Encarnación fue un proceso de simpatía de Dios con sus criaturas. Jesús no sabía de distancias ni de protecciones porque –desde el principio- vivió la fragilidad de la condición humana.

La sanación es un acontecimiento frecuente en los evangelios y, en algunos, supone una contaminación del Maestro por tocar al leproso, acariciar a los niños o levantar a los muertos.

La lepra y la COVID son contaminantes. Ambas tienen un alto componente de contagio y una dosis fuerte de rechazo social. Quizá hoy sí podemos entender el “por qué” Jesús no podía entrar abiertamente en las ciudades: por el contagio y la impureza. En nuestra situación –de pandemia- estaría un día sí y otro también confinado. ¡Pobre del rastreador que tuviera que estar detrás de él!

El fragmento del leproso resume lo que supuso a Jesús acoger nuestra carne. Al tocarnos se contaminó de las consecuencias de nuestro pecado; de nuestra soberbia y -como un leproso- quedó confinado en los caminos. Por estar entre nosotros recayó sobre él el rechazo social y moral. El final de su vida también fue a las afueras de la ciudad más santa para los judíos. Y para muchos sigue estigmatizado por no haber actuado con empatía. Pero para los que llevan en sí las llagas de la enfermedad y la sospecha sigue siendo un recurso seguro de Salvación.

Muchos de los nuestros están viviendo situaciones de exclusión sanitaria y de soledad. Los motivos son otros, pero igual de dolorosos que entonces. Invoquemos al Señor de los leprosos que se haga presente en la cabecera de la cama de cada enfermo. Y pidamos la intercesión de María, abogada en la enfermedad, para que su Hijo siga tocando nuestros corazones.

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Sanados

¡Cuántas peregrinaciones han comenzado así! A escondidas, con temor, pero con una confianza grande en que Dios ha venido para los que no cuentan y andan atados a condiciones infrahumanas.

El hecho es que Jesús los cura. Ya había pronunciado muchas palabras en la sinagoga y la calle, en ese momento, se convierte en el lugar de las obras y no de las promesas. Cura a los enfermos; a los tocados por el pecado, y también a los  endemoniados; que curiosamente conocen quién es y cuál es su verdadero poder. A estos «no les permitía hablar», entre otras cosas porque nadie les iba a creer. Eso de que Jesús era el Hijo de Dios va a ser una revelación del Espíritu Santo tras la resurrección.

A mí me llama poderosamente la atención que en las situaciones de dolor, sufrimiento, ruptura y pérdida del sentido, se encuentren los pobres y los demonios juntos; los inválidos y los que dominan; los desahuciados y los esclavizados. Y mezclados reciben una explosión de misericordia y, nosotros, la mayor lección de teología. No va a ser ni en el Templo, ni en las clases de los escribas ortodoxos, sino en la calle.

El texto nos dice que Jesús, después, se va. No se queda para recibir el pago del agradecimiento. Se va a descansar y luego a rezar. Serán los discípulos los que, ciegos de éxito y con ansias de fama, le busquen para que siga curando allí donde ya le conocen. Pero Jesús tiene prisa por extender el reino y les dice: «vámonos a otra parte… que para eso he salido».

En estos días hemos celebrado la Jornada de la Vida consagrada que el Papa Francisco ha adjetivado como “parábola de fraternidad para un mundo herido”. Un mundo del que los religiosos formamos parte y en el que estamos expuestos a virus y miedos.

Al seguir a Jesús, el sanitario, se nos dirige su pregunta: ¿Para qué has salido tú al mundo? O lo que es lo mismo: ¿Cuál es tu misión como religioso?

Si te das de corazón y te entregas de balde, sin miedos y sin restricciones, dejas atrás los «…días baldíos» de los miedos. Si Jesús te sana es para servir.

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¿Qué es esto?

Si tú sales de casa y paseas un rato por el barrio, con mascarilla en cara, eres reconocido por muy poca gente. Y la que lo hace entra dentro del misterio de la vida.

Hoy, yendo a hacer un recado, he tardado un poco más. Me he cruzado con varias personas, pero sólo me han reconocido tres: Una adolescente del colegio que se ha dado la vuelta sin saludar, un niño de educación Infantil que me llamó “Padre Manolo” y un usuario de Cáritas para pedirme dinero.

Llama la atención que la gente deambula pendiente de no caerse y mira poco. Las gafas con su vaho, el poco trato que nos damos con el coronavirus y las prisas, hacen casi un milagro el detenerse y charlar con alguien. De ahí que uno se quede sorprendido de quién te reclama.

A Jesús lo reconoce hoy un personaje que tiene un espíritu inmundo. Según la realidad social, una persona de ese tipo era rechazada por estar imbuida de impureza, aspereza y suciedad. Alguien con la conciencia dividida, el futuro truncado, la sensibilidad perdida es la que reconoce a Jesús: “Sé quién eres, el Santo de Dios”.

Esto me inquieta cuando los únicos que me reconocen son tres y dos obvian la vergüenza. Un niño y un pobre. La inocencia y la necesidad. Uno demanda un saludo y el otro una limosna, y ambos, reconocimiento.

Dice el evangelio que aquella mañana “todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Y entreveo la respuesta: que los extremos vitales son los lugares de encuentro con Cristo y donde la pregunta se transforma del ¿qué? a ¿Quién es este?

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Misterio de Luz

En los misterios del rosario se ha introducido esta escena del inicio de la predicación de Jesús. Incorporada en los misterios de Luz nos refiere a los destinatarios del anuncio -a los últimos- y unido a carácter gozoso.

Jesús comenzó el anuncio por los más alejados del Templo, de la ciudad Santa. Comenzó por los galileos, por los pescadores, por los enfermos, los endemoniados, los ciegos, las mujeres, los niños… Y eso produjo una conversión: el cambio del mensaje al cambio del corazón. El verdadero misterio –para aquellas gentes- fue el descubrir a un Dios cercano que salía de los centros de poder y de las afueras de la ortodoxia.

Jesús comenzó a hablar con entusiasmo y gozo. Su predicación difería de la de Juan y de los profetas; no tenemos más que citar a Jonás en Nínive: «Dentro de cuarenta días será destruida». Al contrario, el anuncio de Jesús no denunciaba errores doctrinales, no moralizaba sobre la forma de vivir, no acusaba los pecados ajenos, sino que proponía un cambio y ofrecía una nueva oportunidad.

Y ahí se situaba la novedad, la noticia y el misterio. Como ocurrió con los ninivitas que reconocieron sus errores y cambiaron radicalmente. Otro misterio a tener en cuenta; que cambia quien menos esperamos.

En este tiempo de oscuridad merece la pena meditar los misterios de Luz: hacer memoria familiar de las Bodas y Bautismos, recordar frases de Jesús, descubrirle en los momentos de gozo y de sufrimiento y participar en la Eucaristía del barrio.

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La sorpresa caída del cielo

La nieve caída la semana pasada ha traído un sinfín de sorpresas.

Al principio fue un placer “etéreo” eso de ver nevar en Madrid; en nuestro barrio. Pero, conforme pasaban las horas y los días la cosa cambió: el jueves nos emocionábamos, el viernes nos sorprendíamos, el sábado nos asustábamos y el domingo….

El domingo no se podía salir ni a la calle. Las puestas estaban bloqueadas con un metro de nieve alrededor. Esas imágenes nórdicas de navidad –que se ven en las postales- estaban ante nuestros ojos: todo blanco, todo frío y todo aislado. Aún estamos así porque las inclemencias del tiempo se pueden prever hasta cierto punto y solo se subsanan con mucho trabajo.

Como llevábamos tres días de inacción, pensamos que era mejor ocuparse y salir a quitar nieve. Y en la puerta de la parroquia nos encontramos con la vida, con la de la gente del barrio y sus necesidades reales. La gente joven deambulaba divertida por lo inusitado de la situación, con bolas de nieve, con cartones para deslizarse y con las mascarillas medio quitadas. Un grupo de adolescentes paseaba una bola de nieve que iba en aumento conforme avanzaban: un anticipo del hielo, el aislamiento y desabastecimiento que sobrevendrían. El caso es que a pocos nos dio por quitar la nieve de las entradas de las casas -de la parroquia- mientras los demás paseaban saludando y haciéndonos fotos.

Comenzó la helada a la caída del sol; aquello perdió su encanto y ganó en peligrosidad. Y hasta hoy vivimos sepultados en hielo, en los barrios de las afueras, donde la gente hace colas para comprar pan, leche y tirita de frío en sus habitaciones alquiladas.

Para mí la sorpresa ha dejado de ser la nieve para llamarse César, Horacio, María…  César, el papá gitano que se plantó en la puerta de la parroquia para abrirnos paso, poco a poco, con su pala. Horacio, que subió la compra a nuestra cocinera al encontrársela con la bolsa rota en medio de la calle. A María, que se atrevió a venir a misa de 19’30h para dar gracias a Dios por el embarazo inesperado a sus 44 años. De sus hijas pequeñas que se pusieron a desinfectar los bancos de la Iglesia al terminar la Eucaristía…

Acabó la nevada, ha llegado el hielo y con él las críticas, denuncias y acusaciones de unos políticos que no saben de barrio.  

Me consuela saber que el Maestro de Galilea se pasea por estas calles llamando a César y Pepe, a María y Horacio por sus nombres. Y que no repara en las avenidas y en los nombres de los tecnócratas anónimos. La nieve ha traído solidaridad y ha dejado mucho hielo… ¿Dónde está la verdadera sorpresa?

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Militante

Al buscar en el diccionario, encontramos que “militante” es aquel que forma parte de un grupo o una organización, especialmente de un partido político. Y, según la Tradición de la Iglesia, es la comunidad de los bautizados que está en cada momento de la historia.

En el tiempo en que se escribe el evangelio de Marcos, tanto los seguidores de Juan como los de Jesús bautizan y anuncian el Reino: son militantes. Y hay confusión: Unos piensan que son salvados por convertirse al judaísmo, otros por vivir las bienaventuranzas del nazareno. Una división que se dio al principio y que ahora tenemos que explicar.

Juan zanja la discusión diciendo: “yo no le conocía… y ahora lo he visto y doy testimonio de que es el Hijo de Dios”. Y reconoce la supremacía de Jesús; el Cordero de Dios. A partir de ese momento Juan enviará a sus seguidores a Jesús. Buena estrategia: menguar para que Jesús crezca. Y sus “militantes” pasan a Jesús.

¿Quién de nosotros es capaz de eso? ¿Quién depone la tarea -de buen grado- en manos de otro? ¿Quién cede a sus afiliados? No somos Juan; nos cuesta. Siendo todos bautizados nos abandonar la responsabilidad de un trabajo, un grupo, una comunidad…

El “mundo” no nos entiende. ¡Es difícil entendernos! Comenzando porque bautizados somos muchos y militantes menos. Si acaso, gran mayoría de los bautizados militan en contra de la propia iglesia por dejadez, desconocimiento y viven en la desafección de la institución.

Falta reconocimiento de Cristo en su iglesia. Nos faltan muchos juanes que presenten a Jesús y le hagan ser el importante. Militar hoy es dejar que brille el Evangelio en nuestras propias vidas, con más pobreza, más sencillez y más acogida… militando como Juan.

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Horas nuevas

¡Qué ganas de cambio de año! Esta es la expresión más escuchada en la calle y en los medios de comunicación como si un nuevo marco temporal fuera a solucionarlo todo.

Supongo que María tuvo que desear algo parecido -tras dar a luz a su hijo- escondida tras unas balas de paja. En el momento del alumbramiento no creo que ella y menos José entrevieran la importancia del acontecimiento. La realidad superaba cualquier  proyecto y, nada peor, para una primeriza que estar lejos de su madre, de los cuidados del hogar, con un marido inexperto y sin vecinos a los que recurrir.

¿Habrían llegado ya a lo más bajo de su situación? –se preguntarían-. Pues no, aún vendría la persecución y la huida al extranjero. ¡Como para no desear que el año siguiente fuera distinto!

El tiempo no cura, el tiempo pasa. Y en ese paso continuo de minutos se suceden acontecimientos que soportar y a los que responder. El orden de prioridad lo da la supervivencia y el sentido la perspectiva de Dios. Quizá por eso los evangelios de estos días mezclan el alumbramiento con el Verbo, a María con Israel, la realidad con la gloria divina y la luz con José. Presente y eternidad.

En las horas caducas del 2020 y primerizas del 2021 se nos mezclan el cansancio y la esperanza, la muerte y la vacuna. Y todo eso salpicado de realidad y entusiasmo, a distancia de una clase política que parece discurrir por otras dimensiones temporales.

Jesús es Dios que viene a salvarnos. Y eso no cambia porque la humanidad es la misma y Dios el de siempre. Lo que ansiamos es sentirnos protegidos por su mano en medio de la dificultad. Y a ese cambio se podrían apuntar todos los que se sienten huérfanos de sentido en estos tiempos de pandemia.

¡Qué ganas de cambio de año! –me digo-, mientras arranco la hoja de diciembre  y coloco la de enero con prudencia. Con el mismo cuidado y esperanza con los que María deposita al bebé entre la paja.  Con la misma ilusión de saber que ha venido y que no se va a ir. Con ganas, con muchas ganas de vivir las horas nuevas.

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Esperanza a plazos

En estos tiempos en los que se vive “porque Dios quiere” muchas de las personas de la parroquia confiesan que contraer el virus, como afrontar cada bache de la vida, les lleva a saborear la vida a sorbos.

«Señor, déjame llegar a la comunión de mi nieto… a la confirmación de la niña, que vea a mis hijos situados».  

Nosotros acostumbrados, a nuestro pesar, a tener que adquirir todo a plazos no nos damos cuenta de que es una manera muy sana de vivir. No de sobrevivir, sino de vivir. Si no que se lo digan a Simeón al descubrir al Mesías en el bebé de un matrimonio forastero. Hasta ese momento sus expectativas, y las de su pueblo, habían consistido en dar pequeños sorbos de esperanza con cada rey, con cada batalla, con cada fiesta, con cada persona. Pero, llega el momento y se desvanecen los plazos.

«Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz».

Se han colmado la fe y la esperanza: ¡Está aquí, el Señor! ¿En qué plazos nos movemos? ¿Qué esperanza nos mueve? No sé si caminamos en la Vida Consagrada con la naturalidad de una abuela, la sensatez de un padre o la alegría de un nieto. Pero lo que si percibo es que nuestros plazos se acortan esperando decisiones capitulares y no tanto a Cristo.

Si nuestros ojos han visto la Salvación, acojamos los plazos y saboreemos la vida como nos ha enseñado esta pandemia.

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