Dormir para despertar

En muchos momentos uno desearía dormirse y despertar en la otra vida. Dejar atrás lo que nos atenaza, preocupa y agobia, y amanecer en la paz que se nos promete.

Estos días, millones de fieles, lo reflejan con respecto de María. Consideran un deber de justicia el que la Madre pudiera dormir y despertarse en la otra vida tras tanta cruz, tanto dolor y tanta renuncia. Y lo entienden así por propia experiencia.

Salvo excepciones, la madre es el pilar de nuestras vidas. Y María lo ha sido en la historia de Jesús. Sí, si… ella, con su «sí», permite el cumplimiento de la voluntad de Dios y de las esperanzas de Israel. Y su persona, su educación, su acompañamiento y su maestría determinan a Jesús.

Ella en el inicio de la historia, ella en medio del camino y ella a los pies de la cruz marca la diferencia y da el tinte materno del misterio de Dios. Y como ella ha estado -de esa forma- en nuestras historias de fe no podemos por menos que comprender que despertara en el cielo de Dios.

Y por eso, aunque la teología siga dando argumentos, buscando resquicios y dilatando explicaciones, es la pastoral la que la sitúa en lo alto del cielo. La pone como reina y señora de todo lo creado. Como la Madre que nos ha llevado de la mano y ahora nos abre las puertas del cielo.

Por eso, durante unos nueve días, preparamos el tálamo donde la Madre de Jesús y Madre nuestra puede dormir y descansar. Y uno, lleno de gozo, para que pueda despertar y protegernos desde el cielo. Un dormir para despertar.

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Providente

Personas de todos los tiempos han encontrado en la codicia el medio de la felicidad: si obtienes medios y cierta seguridad uno puede ser hasta feliz. Es el engaño de la humanidad: creer que cuanto más tienes más sencilla será la vida.

La expresión de Jesús no deja lugar al equívoco: “aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Y luego lo ejemplifica con esa historia de un hombre que pensaba vivir eternamente por haber acumulado lo suficiente.

La vida es un regalo de Dios, que dura lo que dura. Todo lo que hagamos por mantenerla será estéril. Y así lo expresa el libro del Eclesiastés: que todo esfuerzo en esta vida es vano… y añadimos lo del refrán castellano: “porque nada nos vamos a llevar”.

Todo esto es que lo sabemos, pero no lo vivimos así. Las cosas no pueden asegurarnos la existencia, evitarnos imprevistos, apartar el dolor, alargar la vida, etc., etc. Pero se da en nosotros una contradicción: invertimos en lo caduco y no en lo eterno. De ahí la conclusión del evangelio: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?»

El evangelio nos anuncia que la única y verdadera seguridad es el amor providente de Dios. Un cuidado respetuoso y atento que nos arranca del poder de las cosas de este mundo para mostrarnos los bienes de «allá arriba».

Trabajar como si la vida dependiera de nosotros y confiar en quien nos la regala en cada instante libera nuestro corazón de las ataduras del poseer, del prever y del tocar. Ahí encontramos la gratuidad del amor de un Dios que nos ha amado primero.  De manera providente…

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Dame algo…

¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Las familias de hoy, las nuestras se deshacen para dar a sus hijos todo lo que se les antoja. Da igual que sean familias pudientes, emigrantes, del oriente, mono parentales… Da lo mismo. Si la criatura quiere la luna, allá que hemos de ir e inventar un buen papel de regalo con qué envolverla.

Jesús compara la confianza de nuestra oración con la generosidad  de los padres y la insistencia de los hijos. Pero, a buen seguro, si viviera en nuestro momento modificaría un tanto el ejemplo. Y lo haría, porque no educamos sino que consentimos. Basta revisar lo que pedimos a Dios y nuestros enfados con Él. Queremos que nos conceda lo que necesitamos en este momento y no toleramos la frustración de no recibirlo de forma inmediata. Educamos así y nos descubrimos inmaduros.

Pero el tema de hoy nos habla de la insistencia de hablar con un Dios que nos conoce y sabe por dónde vamos. La insistencia se da por la confianza depositada por ambas partes y no solo por los beneficios que van a repercutir. ¿O sí?

Lo de «frustrarse» está sobrevalorado porque las contrariedades son las únicas que nos dan masa muscular. Músculo para levantar la propia cruz detrás del Maestro. El que nos educa con las posibilidades que ofrece la vida. El que nos pone ante Dios para adorarle  y darle gracias. El que nos recompone ante la dificultad. El que nos restaura el corazón cuando la prueba es más grande que nosotros.

Él es un Padre, con corazón de Madre, que reconocer nuestra petición y sabe lo que necesitamos: caña, instrucción y destrezas. Tan válido para orar como para vivir. Y en la fidelidad del encuentro se purifican los deseos y se sacian las expectativas. Haciendo de cada uno, una persona creyente, resilente, agradecida y bondadosa… que se da tras haber recibido, que ha dejado atrás el pedir por pedir… Que ha dejado de emitir la petición eterna: «Dame algo».

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Inquietos y nerviosos

«Andamos inquietos y nerviosos por muchas cosas; sólo una es necesaria”. Entre lo urgente y lo importante perdemos la calma. Todo nos parece urgente y las prisas se han instalado en el iter comunitario atándonos a un pragmatismo inhumano.

La Palabra que se nos regala hoy nos obliga a observarnos y descubrir qué es lo único importante y necesario. Hay que recordar que el evangelio de Marcos, cuando el Señor designa a los Doce, afirma que la finalidad es «estar con él» y el modo, anunciar el Reino. Lucas nos lo muestra con la escena de Marta multiplicada y nerviosa por la presencia de Cristo en su vida. Si lo primero y esencial es estar con el Señor, quien lo demuestra es María. La mejor parte es la de perder el tiempo con el invitado para gozar -mutuamente- de la presencia. La casa, la comida, el café pasan a un segundo término porque lo que embriaga es la alegría del encuentro. La peor de las opciones es la de postergar la oración, el abrazo, el susurro, el beso para más tarde.

El pragmatismo por el ahora es el auto engaño de Marta y mi justificación: hay que trabajarse el ahora para disfrutar el después. Pero, ¿quién te asegura ese después? Honestamente, he de considerar que el después llega tarde, mal y nunca. Y en el remoto caso de llegar y ponerme ante Cristo nadie me asegura que le preste más atención y mi acogida sea de más calidad.

La acogida del peregrino era una de las normas más sagradas de un pueblo semita. En el amigo, el invitado, el familiar puede venir el Señor a visitarnos en cualquier momento. Y es el ahora donde se juega lo importante y lo necesario.

¿Acojo en el ahora a Cristo? ¿Me molestan las visitas imprevistas? ¿Me afano por las tareas y responsabilidades comunitarias y me desentiendo del tiempo para compartir? ¿Toda gestión y trabajo es lo inicial en nuestra vida consagrada?

¡Cuánta inquietud por la llegada de Dios y qué poco seso para darme cuenta de que lo tengo viviendo a mi lado!

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Mirar, detenerse… misericordia

Hacer, hacer, hacer… Es una droga para nuestro espíritu humano. El empuje que tenemos en cada iniciativa nos llevar a sobrevolar la vida entre proyectos y decisiones.

Y mientras podemos, nos centramos en los trabajos y las responsabilidades, restando tiempo a todo.

Cuando un letrado, listo y leído le pregunta a Jesús sobre la otra vida, le está cuestionando sobre el sentido de esta. La que aquí, la que se juega en los caminos. Y en la respuesta quedan retratados los religiosos de la historia: unas centradas en sus tareas y con sus prisas, otros asustados por lo que puede contaminarnos y entreteneros. Todos ocupados en hacer para cumplir.

Y el sentido está en mirar y detenerse. Ahí se descubre al hermano y de atiende su necesidad. En el pararse en el camino, dejar de hacer para acariciar, levantar y curar es lo que da el sentido verdadero de esta vida y nos descubre la puerta de la otra.

Fue un samaritano. Contraste para la sociedad recta y justa judía.

Hoy puede ser cualquiera fuera de nuestras comunidades religiosas. Contraste para quienes fundamentan su vida en el hacer y en el producir.

La pregunta se suele repetir en muchos de nuestros hermanos, en muchas de nuestras hermanas: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Y la respuesta que procede no gusta ni entusiasma: Pararte y mirar a tu alrededor porque tus hermanos han pasado inadvertidos en tu carrera.

Si no se escucha e integra pasaremos factura a los que nos han visto ir y venir: «reconocedme el trabajo», «dadme la herencia de la vida». Y al final, el Señor nos mostrará los rostros de los más cercanos y que precisaban misericordia de nosotros.

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De vuelta al camino

El camino era el lugar de la relación y de los intercambios. Por esos caminos deambulaban los comerciantes, los emprendedores, los extranjeros, lo peregrinos; aquellos que no temían el intercambio y apreciaban lo nuevo y distinto.

Y en esos caminos encontramos a Jesús anunciando el Reino de Dios. Por eso, envía a los suyos -setenta y dos- a los caminos y los destina a todas las ciudades conocidas para ser su voz.   

Todos los discípulos regresan contentos porque han cumplido su misión y han tenido éxito. Un éxito que consiste en ir en nombre del Maestro y no en nombre propio: “Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”.

Envío e itinerancia. Dos rasgos esenciales de los misioneros. Dos rasgos carismáticos de la Vida Religiosa. ¿También hoy?

¡Claro! Nuestro sentido y nuestro gozo se fraguan en los caminos. Nuestra significatividad se funda en la marca del Maestro. Tomemos nota de los consejos que da Jesús a los que envía para comprender su objetivo y adquirir su mirada. Para que nuestras palabras manifiesten lo que Dios quiere, nuestras manos curen a quien Dios acaricia, nuestros brazos levanten a quien Cristo toma entre sus manos…

Y rechacemos el inmovilismo y el éxito mundano. Dos tentaciones del Demonio para engordar nuestro ego y la noticia de nuestro instituto.

Volvamos a los caminos… allí se juega nuestro sentido y la gloria de Dios.

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Vivir la Comunión sin aludir a ella

Hace ya más de quince años que Juan Carlos vino al barrio del Puente de Vallecas, a una de las parroquias que nuestros frailes habían visto nacer. Y allí, alternó el ser párroco y delegado episcopal de vocaciones: el celebrar sacramentos con acompañar seminaristas y religiosos.

Desde hace cuatro años, ha estado dinamizando la Vicaría IV de Madrid y no le han faltado retos. Su interés por trabajar en equipos e implicar a todos le ha causado algún que otro sobresalto; mal interpretado por algunos sectores de iglesia (poco representativo de un barrio con tamaño de ciudad), pero querido por la gente más sencilla.

Aquí, en el Puente, se ha caracterizado por el trato sencillo con los curas, la amabilidad con las congregaciones religiosas y entusiasta con las iniciativas laicales del Arciprestazgo.

Una compañera -de la delegación de enseñanza- me contaba hoy que estos cuatro años se ha carcaterizado por un ir y venir de gente a las oficinas a consultar o a que les escuchara Juan Carlos. Que ha convertido aquello en un lugar de encuentro fraterno.

Los religiosos le echaremos en falta; no sólo por su disponibilidad y su cercanía, sino por su interés en que funcionara una «mesa de la vida consagrada» en esta zona de la diócesis. Además de su trabajo constante de visitar y animar a los equipos directivos de los colegios religiosos.

Le deseamos una buena acogida en la Vicaría VII donde va destinado; una zona con muchas curias provinciales, generales y bastantes con colegios. Gracias Juan Carlos y ánimo para seguir generando la Comunión, sin necesidad de recordarla.

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Hablar con pan en la mano

Caía la tarde a la vez que miles de personas escuchaban con atención las palabras del Maestro. Nadie se movía para no perderse ni una sola de ellas, pues nunca habían oído palabras semejantes, que les consolaban el corazón y saciaban su hambre de Dios.

Los discípulos estaban encantados del éxito de aquel día, pero anochecía y ya era hora de que se fueran y pudieran descansar un rato. Y ante la tentación de despedirles hasta otro día, Jesús les dice: «Dadles vosotros de comer». Y ahí se les complicó la cosa. ¿Con qué, para cuántos, cómo hacerlo? Preguntas que repetimos cuando ante la necesidad de los demás.

Poco, nada, insuficiente… fueron los adverbios de respuesta. Palabras muy realistas cuando no queremos desprendernos de nada ni modificar nuestros comportamientos. Todo nos parece insuficiente para tantos, para llegar a fin de mes, para cubrir con la jubilación, para toda la familia, para aquellos que nos piden. Y, ciertamente, eran muchos, un número casi imposible de abarcar con la vista.

Dios nos regaló un mundo con recursos suficientes. Somos nosotros los que hacemos balances con  números rojos. Jesús, sin inmutarse, hizo una gestión distinta: Por un lado dividió el problema en pequeñas partes de cincuenta y les mandó tener paciencia. Por otro, dio gracias al Padre por lo que tenía… ¡aunque fuera poco! Y «tomando, los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición…» Y multiplicó la comida hasta extremos inconcebibles. Y luego los entregó «para que los dieran a la gente» y sobraron doce cestos, uno por cada discípulo.

Jesús lo haría dos veces más: La noche en que le apresaron, con uno de los panes «pronunciando la acción de gracias, lo partió». Y otra, cuando tras resucitar, partiría el pan de nuevo con los de Emaús, y sus discípulos a la orilla del Lago.

Por eso, conmemorar ese reparto del pan nos lo hace y levantar la copa del vino nos recuerda nuestro destino junto a él. Por eso, cada vez que celebramos esta fiesta se nos obliga a hablar del pan y adorar su presencia. A anunciar y repartir.

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Contemplar con Corazón

El catecismo  del Padre Ripalda definía a Dios como «un Ser infinitamente Bueno, Sabio, Poderoso, principio y fin de todas las cosas». La Santísima Trinidad -según el catecismo de Astete-, es «el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero». En ambos casos se intenta la exactitud respecto de Dios.

El caso es que en muchos pasajes del AT -especialmente en el Pentateuco-, se prohíbe acotar a Dios en su nombre porque lo ponemos al nivel de lo creado. Y claro, al mismo nivel, hacemos de Él una cosa y un ídolo por nuestra propia inseguridad y cortedad. Lo definimos como varón sonrosado, mayor barbado y brisa occidental.

Eso mismo lo usamos en nuestras relaciones con los demás. Cuando creemos conocerles, resulta que nos sorprenden siendo algo nuevo y distinto. Eso ocurre, no porque nos defrauden sino porque nos hemos hecho de ellos una imagen demasiado pequeña y exacta de quiénes son.

Dios y sus criaturas tienen el derecho de ser lo que quieran y la posibilidad de crecer. Por eso, no hay mayor error que decirle a quien queremos: «no cambies». ¡Cómo que no cambies! Si estamos en constante cambio… si todos queremos crecer, avanzar, aprender y evolucionar. Con derecho a la inexactitud y fragmentariedad.

Nos traicionan las palabras con Dios y sus criaturas. Usamos demasiado la razón y la boca y menos el corazón y los ojos. Y -a la vez-, nos lo acerca y nos lo vela la Palabra de un Dios que nos llega por la Tradición.

Sólo un corazón orante y misionero es el que nos posibilita acercarnos al Misterio de Dios y de su Creación, y comprender -poco a poco-, el Misterio diverso de su Relación y la propuesta de su Salvación.

La Jornada de la Vida Contemplativa, que este domingo se celebra, nos permite reparar en esa parte del Cuerpo de Cristo que contempla el mundo con la mirada divina y a Dios con los ojos de la carne. Una vocación que opta por el respeto y se mueve en la fragmentariedad.

Agradecezcamos su testimonio misionero: contemplar progresivamente a Dios  desde el corazón de la humanidad.

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Diversidad

La diversidad es lo más real con lo que nos topamos al despertar.

La variedad de luces y sombras, los diferentes seres, la abundancia de rostros distintos y la cantidad de acontecimientos nos remiten a la Creación.

Pentecostés no es otra cosa que la actualización constante de esa diversidad como algo precioso a los ojos de Dios. Frente a la evolución restrictiva de los hombres, que buscamos simplificar y acotar las diferencias, aparecen los dones del Espíritu para mostrar las capacidades que Dios puso en la humidad.  

La aparición del Espíritu Santo se produce cuando los seguidores de Jesús se encuentran encerrados en su incapacidad; cuando buscan la unicidad de formas, la repetición de argumentos, la seguridad de servicios. Es en ese momento cuando irrumpe la abundancia de servicios, funciones, ministerios destinados a la diversidad.

Nosotros somos instrumentos de Dios para la marcha de la historia. Y, como tales, hemos de abrir nuestros corazones y nuestro entendimiento a la diversidad. La Iglesia es instrumento de Dios para su Reino. Y, como tal, ha de abrir las manos a toda criatura, poner los pies en toda frontera, inclinar el corazón a toda situación  y disponer la razón al Misterio.

La Vida Religiosa, expresión de la viveza del Espíritu en la Iglesia, no ha de ser menos. Acojamos la diversidad comunitaria y aquello que no llegamos a entender. Porque como ahora viene lo nuevo con los nuevos, nosotros lo fuimos para los anteriores.

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