La presente representación

22274514-cabras-ovejas-en-hierba-altaMuchas series de tv hablan de nobles y coronas, y en todas se busca que el plebeyo sea reconocido como el verdadero rey. Al final del año litúrgico, es el nazareno crucificado el que se presenta como el rey del universo. Con una puesta en escena genial.

El juicio final, que nos muestra hoy a un Cristo Rey, dicta una sentencia presente y nos hace comprender que el pasado y el futuro se unifican en el amor.

El final de la Creación se representa en un escenario descrito por Mateo. Es tan plástico que los pintores, de todos los tiempos, no se han resistido a representarlo y a sugerir su idea de salvación o condenación.

La obra se introduce así: “Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria reunirá a todas las naciones”. Y lo hará tal y como prometió en su Ascensión a los cielos; y esta vez no será de carne e historia, sino transido Espíritu y gloria. En esa sinfonía de inicio contactan pasado y el futuro.

De inmediato hace su aparición el actor principal: Jesús. Lo hace en majestad y mostrándose como juez del Reino del Padre; del reinado que él vino a traer. Su papel tiene mucha fuerza pues ha de impartir justicia -en el presente- a los que nadie ha defiende ni ha defendido nunca. Éstos entran en escena a modo de rebaño de ovejas dóciles, fecundas y fieles. Entre ellos hay mucha familiaridad, parecen conocerse. No hay más que recordar que a Jesús, en vida, se le llamó el Cordero de Dios. A la vez aparecen, por el lado contrario un grupo deshilachado y perdido: son cabras díscolas, imprevisibles e infieles. El protagonista y ellas no se reconocen.

Y el hecho es que palabras, lo que se dice palabras, se oyen pocas. Quizá porque Jesús -el protagonista- las ha dicho ya todas o prefirió los gestos a los argumentos: convirtió el agua en vino, curó a los enfermos, echó demonios y, sólo después, contó parábolas e iluminó con doctrina. El actuar fue previo al hablar y llenó de contenido su mensaje. Y aquí se encuentra ante el público; situando a cada uno en su lugar. Y poniéndose Él, en el suyo.

¿Dónde estamos nosotros en esta obra? Somos el presentes o el futuro de la representación? ¿Asistimos pasivos a lo que ocurre o nos situamos en uno de los lados? Las tendencias artísticas destacan más al proceso que el resultado. Y, aquí Mateo lo ejemplifica la mar de bien: el juicio presente aglutina pasado y futuro, ovejas y cabras, a ti y a mí con nuestros antepasados, al amor entregado con la posibilidad de amar.

El juicio se anticipa en el presente -como representación- para arrodillarnos ante el verdadero rey: protagonista de nuestra serie favorita y nuestra verdadera historia.

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No somos pobres

cq5dam.web.1280.1280La vida es el primer don que se nos regala. No es nuestro. Se nos da para gestionarla y transformar el mundo en reino de Dios. Con una libertad grande, con muchas posibilidades… por eso, no somos pobres. Pero podemos serlo si no la aprovechamos y gastamos según nuestra capacidad y para contribuir al bien común.

Jesús compara a Dios con un hombre que se marcha de viaje -sin especificar el tiempo- y da a cada empleado -nosotros- unos talentos. Ellos han de invertir los talentos -moneda griega- para obtener como fruto una serie de intereses y dar las ganancias al dueño. Dos de ellos, producen y entregan todo el fruto de su trabajo; no se reservan nada. Otro, conserva el talento y vive al día: es pobre.

Ahora viene la comparación contigo:

¿Te fías de Dios, tu Creador, que te da la vida y las posibilidades para dar fruto? Si te fías de él, puedes producir y colaborar con Él en la transformación del mundo. Si se te ha concedido el don de la alegría serás capaz de sembrar sonrisas; si sabes servir harás la vida hermosa para quien vive contigo; si tienes facilidad para comunicar te relacionarás con todos; si tiene buen gusto serás capaz de ver destacar la belleza de Dios para tus hermanos; y si es el de la gestión serás ecuánime y humano. Por eso, revísate y entrega lo que se te ha dado. Eres rico.

¿Desconfías de Dios y lo consideras un patrón exigente? Seguramente tu vinculación con la fe sea una costumbre fría e infantil. Pactas milagros y velas para no perder mucho en el recorrido de una vida que consideras tuya. Pero ¡ten cuidado! Lo poco que tienes y conservas para ti te puede aislar de los demás y asentarte en la amargura: “al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará”. Te quedas sin nada ni nadie. Eres pobre.

Nuestra riqueza está en que podemos elegir. Otros no han tenido tanta suerte. Y nuestra pobreza se funda en pasar por esta vida sin pena ni gloria.

¡No permitas que se pierda! Entrégala tú, como hacen tantos a tu lado… como hizo Cristo. Aunque sea sólo porque tú no estás tirado por las calles y vagas buscando un lugar donde puedas pasar la noche. Tienes tanto y a tantos… que hoy, Jornada Mundial de la pobreza, has de dar muchas gracias a Dios por tu vida. Y, ojalá, seas capaz de soltar peso y arriesgarte a invertir en amor. Y si quieres ser pobre, que sea de esos que se dejan hacer por Dios para ser a su gusto. Esa es la mayor y mejor inversión.

 

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En tensión

emprendedores-entusiasmo-cualidad-vital_1_2468323Jesús usa una costumbre propia de las bodas judías para descubrir cómo ansiamos el encuentro con Él. En la reacción de unas muchachas quedamos retratados todos, ya que el encuentro personal producirá en cualquier momento.

El evangelio no nos habla de la muerte. Son las palabras de san Pablo -“al son de la trompeta divina, descenderá de cielo”- las que restringen el encuentro al final de los tiempos.

Dios vive en tensión; está en medio de nosotros. La acción del Espíritu Santo propicia que Jesús salga a nuestro encuenrro el domingo, en la Palabra, en los sacramentos y en los hermanos. El encuentro es tan cotidiano que nos pasa inadvertido y no valoramos su presencia. No sucede con los que compartimos la vida: perdemos la tensión y nos relajamos en la distancias cortas.

El entusiasmo y la expectación por el encuentro con Cristo se ejemplifica con el “aceite” necesario para que ardieran aquellas lámparas con cabo que alumbraban las noches. Y que hoy nos pasa inadvertido con la luz eléctrica.

Ese entusiasmo y esa expectación, por la llegada de quien esperamos, sí puede compararse a tener carga suficiente en el teléfono móvil, una cerveza fría en la nevera y un rato libre para acoger.

Entusiasmo y expectación que desaparecen cuando no esperamos que nadie pueda sorprendernos. Cuando nos hemos acostumbrado a “lo de siempre”, a las mismas personas, las mismas actividades y las mismas misas.

Cuando ya no esperamos a nadie, no esperamos a Dios. Hemos entrado en la necedad de del día a día donde las relaciones personales cansan, aburren y hastían. Hemos llegado a la hora en que “llega el novio” y nos da igual que esté en la puerta, que en el templo, que a nuestro lado… ¿Cuánta desafección vivimos entre nosotros? ¿Qué dejadez vivimos en la práctica religiosa?

Jesús vive en tensión el mutuo encuentro. El entusiasmo lo sigue trayendo él. Él puede hacer arder nuestro corazón con o sin aceite. Pero, ciertamente, hace falta que hoy te levantes y salgas al encuentro de tu hermano, recuperes la tensión y disfrutes del mismo Cristo.

Eso sí, vive en tensión… de amor.

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Pero, ¿alguien está dispuesto?

testimonials¿Hay alguien que quiera ser el último, sirviendo y pasando inadvertido?

El ser transparente no es un opción en esta sociedad nuestra. Buscamos significación mediática y presencial para sentirnos importantes y acogidos. Y las palabras de Jesús proponiendo humildad, trabajo callado e implícito, parecen intragables.

Este fragmento está reelaborado por los primeros cristianos que, en tiempos de Mateo, están siendo perseguidos por anunciar a Jesús resucitado. Ellos retoman la palabras del Maestro que les animan y defienden y, también, las que les dan identidad. Ser humildes, va a ser el modo de responder -los “cristianos”- a aquellos que les critican y desvalorizan a Cristo. Y el adjetivo “hipócritas”, la defensa ante los fariseos que les rechazan.

Muchas de las reacciones que tenemos y de la palabras que emitimos dependen del contexto que vivimos. A veces, ni nosotros mismos comprendemos nuestras salidas de tono. Los demás las sufren y tampoco saben cómo explicarlas. Pero lo que es verdad, es que podemos dar la impresión de decir una cosa y vivir la contraria; como los fariseos.

Supongo que mucha gente se “echa para atrás” al entrar en contacto con nosotros. Ven nuestras incoherencias de curas, de religiosos, de matrimonios o grupos de jóvenes y se van. Encuentran dentro lo que ya tienen fuera. Y es cierto, pero no es menos verdad que el único al que seguimos, el verdadero modelo, el que no falla es Cristo.

Si yo fuera sencillo para presentarme como torpe y ofrecerme como instrumento, seguro que sería más testigo y menos protagonista. Y entonces las palabras de Jesús no causarían tanta extrañeza: no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor”.

Revisemos, también, en nuestra comunidad y el testimonio que damos: ¿Hay alguno que quiera servir y  pasar inadvertido?

 

 

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Con el paso de los años

34a248_1La reflexión y el sosiego no siempre nos posibilitan descubrir lo esencial. En muchos momentos, la presión a la que nos someten los otros es la que nos hace reaccionar de manera eficiente.

A Jesús le sucede ante la prueba que le ponen los fariseos. Ante ellos saca la perspicacia y la sabiduría que le caracterizaban y que encantaba a sus seguidores. Los fariseos habían estructurado su religión en torno a unos seiscientos trece preceptos y pretendían que la gente sencilla recurriera a ellos para interpretarlos, comprenderlos y poder vivirlos. Se sentían cuestionados por las predicaciones del galileo y estaban perdiendo adeptos. De ahí que le acosaran a preguntas para descubrir su metodología y su ortodoxia.

¿Qué predicaba Jesús? Daba pautas sencillas para que cada uno pudiera reconocer si vivía en la verdad o se manejaba hipócritamente. Posibilitaba acercarse a Dios y a su voluntad. Y animaba a pasarse al evangelio sin gastos de portabilidad. Ante la dispersión de preceptos mosaicos, Jesús resume: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y todo tu ser” (Dt) y “al tu prójimo como a ti mismo” (Lv).

Nunca antes se había comparado el Amor a Dios al del prójimo. ¡Claro! Nunca antes Dios se había hecho un prójimo. En el corazón de Jesús se da lo esencial del Amor: del corazón compasivo de un Dios que ama a todos, lo no amable y de forma gratuita, y del corazón necesitado de un hombre que le cuesta saberse amar a sí mismo y ama peor a su prójimo.

La síntesis la podemos vivir nosotros en nuestro pequeño corazón si recordamos el mandato -el único y sintético-, que nos dio el Maestro: “Amaos como yo os he amado” (Jn 13, 34).  Según ese “modo” es fácil ponerse a amar y no enredarse en normas y mandatos que nos sirven -casi siempre- para justificarnos y no poner el corazón en nuestra vida cotidiana.

Una verdad que voy descubriendo con el paso de los años.

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Cada uno en su sitio

Persecuted ChristianLos herodianos y los saduceos eran colaboracionistas con Roma. Los fariseos, por su parte, consideraban inmoral e ilícito pagar un impuesto que tenía acuñado al César como si fuera un dios.

Unos eran políticos, los otros religiosos. Rivales entre ellos, pero capaces de llegar “a un acuerdo para comprometer a Jesús”. Mientras tanto quien sufría era el pueblo llano que pagaba y era utilizado por unos y otros.

No era extraño que la gente -de a pie- se agolpara para escuchar a Jesús; que sólo buscaba la voluntad de Dios y el bien de los sencillos. Y menos raro, que buscaran, los sabios y entendidos, el momento para acusar a Jesús de lo que fuera: de hereje, mentiroso o sedicioso.

Fue en ese contexto donde pronuncia la famosa sentencia, “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, y que tanto se ha esgrimido para resaltar que lo social y lo político es independiente de la fe.

Cuando no reservamos a Dios el lugar que le corresponde lo excluimos. Lo reducimos a una costumbre o una devoción y lo vendemos como anécdota de culturas inmaduras. Y lo arrinconamos a la sacristía. Y si rebrota el sentimiento religioso y a la gente le da por creer y militar en la sociedad -cosa que no podemos controlar- nos encargamos de enfrentarlo a nuestros deseos e intereses. Lo hacemos rival de nuestra familia, de la herencia o de la opción política.

Todo parece ser más importe que lo de Dios. ¿En qué conversaciones entra? La economía, la salud o política son “cosas de hombres”. Y la verdad es que siempre pierde Dios y lo suyo. Pierde la Iglesia y sus obras. Pierden los pobres y la justicia.

Y la devoción que tributo al Dios de Jesús, la canalizo en el fútbol o en la política -dicen que son sentimientos intercambiables-. Y voy resucitando diosecillos que pongo a mi servicio para que cumplan mis expectativas: el dios del tiempo que me hace creer que soy eterno, el dios de la tierra que me da la identidad y defenderla con la sangre, el dios de la seguridad que invita a acumular y a rivalizar con la propia familia, el dios del poder que me hace sentirme dueño de mi vida y de la de los demás, el dios de la tranquilidad que evita el dolor, el dios de la razón que excluye todo lo que no entre en sus parámetros. “Dioses” acuñados en mi corazón y que contemporizan con el César.

Esta semana, aquellos que salgan de misa van a recordar la Jornada del Domund. Y, en muchos casos, van someter a Dios al César. Como aquellos que cuestionaron a Jesús, reconocerán que la política ha de estar en su lugar y que -en otras latitudes- es mejor enseñar a pescar que a rezar. Y concluirán que llegará un día en que no hagan falta ni los misioneros, ni los curas, ni los religiosos, ni el mismo Dios en un país democrático, libre e independiente. «Doncs doneu al Cèsar el que és del Cèsar, i a Déu el que és de Déu».

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Indiferencia

indifference“No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”. Esta desafección nos parapeta ante el sufrimiento y ante el gozo, olvida al hermano y hiere el corazón de Dios; por toparse con nuestros silencios, desapegos y olvidos.

El banquete de bodas ha sido una imagen usada por los profetas para explicar el gozo de Dios por hacernos partícipes de su amor. Cuando celebramos una boda en la familia necesitamos que nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos confirmen asistencia. De la misma forma, Dios Padre nos invita -por la encarnación de su Hijo- a la alianza de bodas con la humanidad y que merece la pena ser celebrada.

¿Cómo respondemos ante la invitación? Cualquier banquete resulta carísimo. Pero, en este caso, cuesta sangre; la sangre de Jesús derramada sin sentido por ser fiel a su ser humanidad. ¿Quién se atreve a despreciar tal gesto inmerecido de amor?

Muchos años, he desoído esa invitación por no sentirme suficientemente afectado. Muchos domingos he puesto muchas excusas para no acercarme al banquete de la Misa.  En muchos momentos hasta he ridiculizado la desproporción con la que Dios nos entregó a Jesús. Por no sentirme impelido acabé en indiferencia. ¡Como muchos!

Jesús usa la parábola para dar cuerpo a ese olvido mío. Hace dos mil años que prevé mi respuesta. ¡Qué pena! Tan actuales los argumentos y tan antiguas las respuestas. Ciertamente la respuesta del rey de la parábola nos suena a desproporcionada y sangrienta. Y he de reconocer que es la única manera de comprender la entrega del único hijo a una muerte de cruz.

Son más duras las excusas que seguimos poniendo para entrar en la fiesta del Reino. Y más extrañas las entradas al banquete en los funerales obligados, los bautizos socializados o las bodas invitadas… En esos momentos, ¿cómo entro, cómo estoy, cómo me comporto o me visto? El paso de la indiferencia a la mofa, en muchos casos es lo que justifica ese “atar a pies y manos” al que entra a última hora sin saber ni a lo que va.

 

Si todo este evangelio -y el contraste que provoca la parábola- sirve para darme cuenta de la violencia que genera mi indiferencia ya merece la pena tener entre mis manos la invitación a una boda.

 

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Dar gracias

Bt2FYoPIQAAp2d8Jesús tenía más frescura y libertad que nosotros. Buscaba ejemplos habituales para explicar el reino de Dios y descubrir nuestro interés y agradecimiento.

El ejemplo de la viña se dirige a los sacerdotes y senadores judíos. Les retrata como esos jornaleros que se apropian de la cosecha. El trabajo -que les ha llevado hasta los frutos- les posiciona en dueños de la tierra y -como consecuencia- rivales del dueño. La confianza del propietario les hace sospechar del interés por la viña. Y ahí comienza su locura: confunden confianza con despreocupación. Y se apropian los frutos, la tierra y el futuro de la viña.

Esa parábola puede hacer una radiografía de mi modo de acometer la misión encomendada. Pongo todo mi interés, corazón y tiempo. Y en los resultados pongo la justificación de mi responsabilidad. Los beneficios, que reportan mi tarea, acaban dando contenido a mi identidad. Y llega un momento en que el éxito de la misión me describe como bueno, entregado, eficaz… y dueño. Sí, porque acabo considerándome merecedor de algo más que el fruto. Necesito que reconozcan mis desvelos por la tierra y sólo me satisface el título de propiedad de la misma.

¡Cuántas obras personalistas han muerto por la soledad! Por fundamentarlas en mí y en mis capacidades, y apartarlas de la responsabilidad comunitaria. ¡Cuántas han acabado fuera de la Iglesia! Porque la sociedad valora lo que la Congregación no ha potenciado. ¡Cuántas se han desacralizado! Porque a Dios lo he convertido en mi rival.

El antídoto está en la carta a los Filipenses: da gracias a Dios en todo momento, por todo fruto, por cada oportunidad, por cada hermano, por cada hálito de vida. Y entonces, “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Él amigo que nos contrata para estar junto a él. Y por eso, he de dar gracias.

 

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¿Qué quieres que te diga?

39bd92628efbc7cafce18db52f471f51Hoy la historia es bien sencilla y bien real. En ella todos nos encontramos.

Un hombre tiene dos hijos y envía a su campo a uno tras de otro. No sabemos si se tomaron mucho tiempo para responder pero el hecho es que cada uno le responde de manera diferente: El que dice no, va. Y el que dice sí, no va. Las respuestas reflejan el carácter distinto de cada hermano y ponen de manifiesto -aún teniendo la misma sangre- que hay un ruptura entre el hablar y el actuar.  Que no hay congruencia entre lo que se dice y lo que al final se acaba haciendo.

Jesús comienza primero por el hijo que dijo que “no” y que luego se arrepiente. Decir “no” es sencillo cuando no queremos complicarnos la existencia y preferimos encargarnos de lo nuestro. En algunos momentos pronunciamos ese “no” cuando consideramos que el encargo excede nuestras fuerzas o capacidades. A ninguno nos gusta decir no de entrada a las propuestas de los otros; o que los demás nos respondan con un no. Sin embargo fue éste el que cumplió los deseos del padre. Y dice el profeta que cuando uno “se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo se salva”.

Y continúa con el hijo que directamente acepta ir a la viña, pero no va. Ha quedado bien delante del padre pero no se compromete. Lo piensa después. Por lo que su respuesta es la de un inconsciente que no calcula ni las fuerzas ni las ganas y no cumple los deseos del padre.

Ninguno de los dos son hombres “de palabra”. Cambian de parecer tras afirmar o negar. Eso ha ocurrido siempre. Jesús conocía bien a aquellos sacerdotes y ancianos, a cada uno de sus discípulos y a nosotros. Como nuestra madre nos conoce y sabe de nuestro “pronto” y nuestra “retirada”, así el Señor sabe de nuestra fragilidad. ¡Y no se asusta!

Como ellos, yo necesito de Dios para que mantenerme en pie en medio de mi inconsistencia. Para remontar cuando quiero ser de los que dicen sí a la primera o me descubro pronunciando un no. Me consuela saber que Jesús pasó por mi humanidad -lo recuerda la carta a los Filipenses- para conocer mi incapacidad y reconocer mi “síes” y mis “noes”. Al final, ¿qué quieres que te diga?

 

 

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Llamada de embarque

Business colleagues walking through security barrier with luggage, low section, surface levelLa espera no es siempre el modo de llegar los primeros a la meta, pero sí ofrece la posibilidad de estar preparados.

Cuando nos encontramos en un aeropuerto, en la puerta de embarque de un vuelo, basta que alguien con maleta se levante y se ponga ante el mostrador para que varias personas se sitúen tras él y generen una fila de espera. Ya están los primeros y los últimos.

Sabemos que entrar los primeros no nos garantiza volar antes, pero la espera en la cola desata en nosotros un sentido primitivo de rivalidad y una prisa irracional. De ahí los roces, las desavenencias, las disputas en cualquier lugar donde tengamos que esperar. ¡Aunque tengamos todo el tiempo del mundo!

La paciencia de Dios desata nuestra impaciencia. Él lo hace todo en el momento adecuado. Sin embargo, nosotros que somos caducos y temporales queremos que todo se realice a nuestro modo. Y, aunque escuchamos y sabemos que sus criterios, sus caminos y sus decisiones no son conforme a nuestro proceder, nos gusta recordarle cómo es nuestra justicia.

La parábola de hoy nos dice que Dios sale al encuentro de sus hijos, deja su cielo, para que todos entren en su reino. Sin reparar en tiempos ni latitudes. Busca la salvación de todos independientemente de la época histórica o de la altura moral. Sale e invita. Mientras tanto, la humanidad se pone en fila, pensando que los primeros que entren tendrán más consideraciones. Y de esto no dice nada el contrato del Reino. Habla, eso sí, de un final en el que todos disfrutaremos de la bienaventuranza. Un momento en el que no contarán los primeros ni los últimos.

Pues como en el vuelo. Al final siempre se retrasan las compañías y nuestra riña en la fila queda devaluada. Lo que cuenta es llegar todos al destino, y que allí nos esperen con amor.

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