Adviento sin Cortylandia

Este año el Adviento ha perdido fuerza. Para evitar las aglomeraciones de gente no se va a poner esa representación musical con la que, un centro comercial de Madrid, anuncia la Navidad.

Esta noticia ha desanimado a los niños y a los padres que iban al centro de la ciudad para detenerse ante la fachada de la tienda a ver muñecos articulados, escuchar cantos edulcorados e historias forzadas. Y después, la invitación a entrar y comprar; que para eso están.

¿Quién pone ahora la corona de Adviento con entusiasmo? Si ya están las ciudades con las luces encendidas. Mientras, nosotros con el gesto de ir poco a poco, domingo a domingo para llegar a la Natividad del Señor. Hemos perdido el ritmo mientras nos adelantan las loterías, turrones, adornos, villancicos y cenas.

Y eso es cada año. Pero este fatídico 2020 ha corrido mucho más para intentar darnos motivos de alegría y soportar el virus. Y así, desde septiembre, se nos anuncia la Navidad y, desde noviembre, se nos ponen cortapisas. ¡No sé exactamente si no animan o aburren!

De momento, nosotros vamos a poner las velas de Adviento en las iglesias y a encenderlas una a una: Una por los enfermos, otra por los muertos, otra por los niños y otra por los ancianos… Y se nos quedan cortas las velas y las ganas.

Este año la Navidad ha perdido su fuerza mientras Dios sigue naciendo.  Un aliciente para montar el pequeño nacimiento en nuestras familias y comunidades, en el centro de la casa, con poco aforo y mucho sentido.

Así este año ha perdido fuerza Cortylandia, no lo permitamos en el Adviento.

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¿Todo bien?

Pues no, todo bien no.

Ahora nos ha dado por saludarnos con la pregunta que no deja margen a respuesta. Una cuestión cerrada que nos aboca a tener que contestar que sí o que no. ¡Vamos! Blanco o negro.

A mí personalmente no me agrada. Ha sustituido al: ¿Qué tal? ¿Cómo te va? ¿Qué es de tu vida? y ha dejado en silencio al interlocutor porque, ¿quién puede decir que todo lo va bien o mal? Nadie.

Estamos en tránsito. Aún no hemos llegado al final de los tiempos o de los días de nuestra vida de los que habla el evangelio de este fin del tiempo litúrgico: «Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria reunirá a todas las naciones». Y, aun así, no preguntará ¿Todo bien?

Sus preguntas, si es que son como las nuestras, se referirán a nuestro modo de proceder limitado y fragmentario: regular, a medias, a ratos, más o menos. Sólo hay que recordar que Jesús comenzó el Reino de Dios con más gestos que palabras: convirtió el agua en vino, curó a los enfermos, echó demonios y -sólo después-, contó parábolas y dijo frases abiertas a la comprensión posterior. El actuar fue previo al hablar y no agotó todo, ni el bien ni el mal.

Como nosotros somos más de hablar que de hacer y más de emitir que de escuchar, nos ha caído el neologismo como anillo al dedo. Y preferimos saludar de esta nueva manera sin detenernos ni un centímetro a esperar respuesta. Entre otras cosas porque no la hay.  

El Evangelio de Mateo asegura que cuando Cristo venga y reine en majestad animará a los que ha escuchado durante toda su vida y por los que ha derramado sangre diciéndoles: «Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo».

Entonces, sobrarán las palabras y expresiones. Y quedará en el olvido aquella que plasma nuestro individualismo social en tiempo de pandemia: ¿Todo bien?

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Las pagas del hambre

Los desvelos del amor

Si, si… no me he confundido de título. Este es el epígrafe donde el Papa Francisco, en su nueva encíclica, enmarca la torpeza y la grandeza de la política. 

Y es donde a mí me da por situar la realidad de los barrios: con gente confinada, obligada a recortes, sustentada con contratos basura con pagos en negro y obligada a un futuro incierto. Eso sí, el ministerio de propaganda funciona bien, como en cualquier régimen que se precie, para dar la solución pragmática a las crisis. De las colas del hambre a la pagas de renta mínima de ayer, traducidas en ingresos mínimos vitales de hoy.

Es una manera de entretener a ese “pueblo ciudadano” pidiendo la vez en colas de pagas matutinas y alimentos vespertinos. Una práctica política que provoca “el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos” (n. 187 Fratelli Tutti).

Hasta aquí una torpeza repetida que se hunde en el ADN de nuestra gestión nacional de las crisis. Un proceder que bloquea el sistema de gestión social y deriva a los ciudadanos a las Cáritas parroquiales.

La fraternidad real exige –según Francisco- que los políticos se preocupen “de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas”. Y eso no casa con la promesa y aprobación reiteradas de pagas y pagas, para las que no hay fondos, y que solo alimentan los votos de partidos residuales y oportunistas: “El político es un hacedor, un constructor con grandes objetivos, con mirada amplia, realista y pragmática, aún más allá de su propio país. Las mayores angustias de un político no deberían ser las causadas por una caída en las encuestas… hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias”. (n. 188 Fratelli Tutti).  

No añado más; sólo que las pagas así son para el hambre.

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El único importante

¿Hay alguien que quiera ser el último y pasar inadvertido?

Ser transparente no es una opción en esta sociedad nuestra. Buscamos significación mediática y presencial para sentirnos importantes y acogidos. Y las palabras de Jesús proponiendo humildad, trabajo callado e implícito, parecen intragables.

Este fragmento está reelaborado por los primeros cristianos que, en tiempos de Mateo, están siendo perseguidos por anunciar a Jesús resucitado. Ellos retoman las palabras del Maestro que les animan y definen. La humidad encarnada va a ser la respuesta a los que desvalorizan a Cristo. Y el adjetivo «hipócritas», la defensa ante los fariseos que buscan significación.

Muchas de las reacciones que tenemos y de las palabras que emitimos dependen del contexto. A veces, ni nosotros mismos comprendemos nuestras salidas de tono. Los demás las sufren y tampoco saben cómo explicarlas. Pero el hecho es que damos la impresión de decir una cosa y vivir la contraria; al estilo fariseo. Supongo que mucha gente se «echa para atrás» al entrar en contacto con nosotros. Ven nuestras incoherencias de curas, de religiosos, de matrimonios o grupos de jóvenes y se van. Encuentran dentro lo mismo que hay fuera.

Si fuera tan sencillo ser honestos y desinteresado no hubiéramos necesitado la redención. De tal manera que Cristo se sigue quedando dentro de nuestras comunidades para ponernos en segundo término y destacarse como el Señor. De ahí que las palabras que se nos ofrecen estén en consonancia con la misma vida del Maestro: «no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor».

La propuesta es el servicio y la humildad. El darse para el bien de los hermanos sin esperar recompensa. Una suerte de personas que podrían gobernar perfectamente este mundo sin sueldos ni poder, tan sólo con Cristo, el único importante.

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Con el paso de los años

La reflexión y el sosiego no siempre nos posibilitan descubrir lo esencial. En muchos momentos, la presión a la que nos someten los otros es la que nos hace reaccionar de manera eficiente.

A Jesús le sucede ante la prueba que le ponen los fariseos. Ante ellos saca la perspicacia y la sabiduría que le caracterizaban y que encantaba a sus seguidores. Los fariseos habían estructurado su religión en torno a unos seiscientos trece preceptos y pretendían que la gente sencilla recurriera a ellos para interpretarlos, comprenderlos y poder vivirlos. Se sentían cuestionados por las predicaciones del galileo y estaban perdiendo adeptos. De ahí que le acosaran a preguntas para descubrir su metodología y su ortodoxia.

¿Qué predicaba Jesús? Daba pautas sencillas para que cada uno pudiera reconocer si vivía en la verdad o se manejaba hipócritamente. Posibilitaba acercarse a Dios y a su voluntad. Y animaba a pasarse al evangelio sin gastos de portabilidad. Ante la dispersión de preceptos mosaicos, Jesús resume: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y todo tu ser” (Dt) y “al tu prójimo como a ti mismo” (Lv).

Nunca antes se había comparado el Amor a Dios al del prójimo. ¡Claro! Nunca antes Dios se había hecho un prójimo y en el corazón de Jesús se unía lo esencial: el corazón compasivo de un Dios que ama a todos y de forma gratuita, y el corazón necesitado de una humanidad que le cuesta saberse amar a sí misma.

La síntesis la tenemos en nuestro pequeño corazón: «Amaos como yo os he amado» (Jn 13, 34).  Según ese «modo» es fácil ponerse a amar y no enredarse en normas y mandatos que llevan -casi siempre- a justificarse y apegarse.

Una verdad que voy descubriendo con el paso de los años. Una realidad que estoy tanteando en medio de esta pandemia con el paso de los meses.

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¿A cada uno lo suyo?

Los herodianos y los saduceos eran colaboracionistas con Roma. Los fariseos, por su parte, consideraban inmoral e ilícito pagar un impuesto que tenía acuñado al César como si fuera un dios.

Unos eran políticos, los otros religiosos. Rivales entre ellos, pero capaces de llegar «a un acuerdo para comprometer a Jesús».

Situación repetida y sangrante, en cada momento, por parte de diferentes gobernantes mientras sufren los mismos, los de siempre, el pueblo llano que paga y es utilizado por unos puñados de votos o monedas.

No era extraño que la gente -de a pie- se agolpara para escuchar a Jesús; que sólo buscaba la voluntad de Dios y el bien de los sencillos. Y menos raro, que buscaran -los sabios y entendidos-, el momento para acusarle de hereje, tendencioso, fascista, anarquista, monárquico o sedicioso.

En ese contexto se pronuncia la famosa sentencia, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», y que –desde entonces -se ha esgrimido para resaltar que lo social y lo político es independiente de la fe.

Aún hoy se dice la frase para justificar los propios intereses y descartar la dignidad de la postura del contrario. Que si lo público o lo privado. Que si lo empresarial o lo sindical. Que si lo sanitario o lo económico. Y mientras tanto: hambre, peste, pobreza o Covid. Da lo mismo, porque al César de turno le molestan los hijos de un Dios muy humano.

Con el achaque de “a cada uno lo suyo” se sanciona lo propio y se excluye lo ajeno. Y a ello aspiran los que están en la contra o en la oposición esperando llegar al escaño y hacer lo mismo.

Que en medio de esto se recuerde la Jornada del Domund es una suerte de contraste para dejar de pronunciar lo dicho y resuene: “a cada uno lo necesita”. Poner un cartel del Domund ante nuestros ojos recuerda –como dice Francisco- que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos” (Fratelli Tutti 33).

 

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Indiferencia

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio».

Esta desafección nos parapeta ante el sufrimiento y ante el gozo, olvida al hermano y hiere el corazón de Dios; por toparse con nuestros silencios, desapegos y olvidos.

El banquete de bodas ha sido una imagen usada por los profetas para explicar el gozo de Dios por hacernos partícipes de su amor. Cuando celebramos una boda en la familia necesitamos que nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos confirmen asistencia. Y más ahora con los aforos que se nos permiten en por el Covid. ¿Cómo respondemos cuando nos llega una invitación? Cualquier banquete resulta carísimo y nos ponemos en la piel de cualquier pareja.

De la misma forma, Dios Padre nos invita -por la encarnación de su Hijo- a la alianza de bodas con la humanidad y que merece la pena ser celebrada. Pero, en este caso, cuesta sangre; la sangre de Jesús derramada sin sentido por ser fiel a su ser humanidad. ¿Quién se atreve a despreciar tal gesto inmerecido de amor?

Jesús usa la parábola y la respuesta del rey nos suena a desproporcionada y sangrienta. Pero, ¿no son más duras las excusas que ponemos? Sólo hace falta mirar alrededor y ver la presencia o ausencia en funerales obligados, bautizos socializados o las bodas invitadas… En esos momentos, ¿Cómo entro, cómo estoy, cómo me comporto o me visto? El paso de la indiferencia a la mofa, en muchos casos es lo que justifica ese «atar a pies y manos» al que entra a última hora sin saber ni a lo que va.

Si todo este evangelio -y el contraste que provoca la parábola- sirve para darme cuenta de la violencia que genera mi indiferencia ya merece la pena tener entre mis manos la invitación a una boda.

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Dar gracias

Jesús tenía más frescura y libertad que nosotros. Buscaba ejemplos cercanos para explicar el reino de Dios y suscitar el interés y el agradecimiento.

El ejemplo de la viña se dirige a los sacerdotes y senadores judíos. Les retrata como esos jornaleros que se apropian de la cosecha. El trabajo -que les ha llevado hasta los frutos- les posiciona en dueños de la tierra y, como consecuencia, en rivales del dueño. La confianza del propietario les lleva a creerse dueños del usufructo de la viña.

Esa parábola deberían reflexionarla los que gestionan lo público en medio de una pandemia. Suponemos que todos los que nos gobiernan pusieron, en un inicio, todo su interés, corazón y tiempo. Y que han intentado ser justos –al menos- para los suyos. Pero al final, la gestión y los pactos les llevan a creerse dueños y señores de personas y bienes.

Esa parábola nos la hemos de tragar también nosotros. Cuando ponemos en los resultados la justificación de nuestra responsabilidad. Los beneficios, que reportan la tarea, acaban dando contenido a nuestra identidad. Y llega un momento en que el éxito de la misión nos describe como buenos, entregados, eficaces… y dueños. Vamos, merecedores de algo más que del fruto.

A todos no surge la necesidad de reconocimiento de nuestros desvelos por el cielo o la tierra y sólo nos satisfacen los títulos de propiedad.

El antídoto está en la carta a los Filipenses: Da gracias a Dios en todo momento, por todo fruto, por cada oportunidad, por cada hermano, por cada hálito de vida. Y entonces, «la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».

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Si y no

Llevamos muchos meses respirando pandemia y todos y cada uno de los días oímos “síes y noes” unidos en respuestas vagas. Contestaciones para salvaguardar los propios intereses.

Dicen que un hombre tenía dos hijos y los enviaba a su campo a trabajar. Sucedió que un día se produjo algo inesperado. Llamó a los dos para que fueran a deshoras y uno le dijo que iría y el otro que no. Aquel hombre se quedó sorprendido por el contraste. Resultó que el que dijo “no”, fue y el que contestó que “sí” no lo hizo.

En el evangelio Jesús comienza por el hijo que dijo que «no» y que luego se arrepiente. Decir «no» es sencillo cuando no queremos complicarnos la existencia y preferimos encargarnos de lo nuestro. En algunos momentos pronunciamos ese «no» cuando consideramos que el encargo excede nuestras fuerzas o capacidades. A ninguno nos gusta decir “no” de entrada a las propuestas de los otros. Menos nos agradan que nos respondan con un “no”. Sin embargo fue éste el que cumplió los deseos del padre. Y es que –como dice el profeta-, «se salva el que se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia».

El Maestro continúa con el hijo que directamente acepta ir a la viña, pero no va. Ha quedado bien delante del padre pero no se compromete. Lo piensa después. Por lo que su respuesta es la de un inconsciente que no calcula ni las fuerzas ni las ganas y no cumple los deseos del padre. Es el que ha aprendido unos cursos de política y sabe cómo manipular su negativa.

Ninguno de los dos hermanos son hombres «de palabra». Cambian de parecer tras afirmar o negar. Eso ha ocurrido siempre –más allá de los ancianos y sacerdotes judíos- y forma parte de la lógica política para prometer el cielo en la tierra.

El caso es que estamos en un punto de inflexión de la historia y no nos sirven las palabras.

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Protestas al aire

Todos tenemos derecho a protestar y a enfadarnos. Es una necesidad cuando pensamos y creemos que no se nos reconoce lo que se nos debe. En una sociedad como la nuestra, es algo que hemos conseguido y que ofrece la posibilidad de posicionarnos.

Derecho a criticar a quienes gestionan lo nuestro.

Derecho a protestar cuando sentimos que nos hacen un agravio comparativo.

Derecho a ignorar el trabajo y cansancio de los que están a nuestro servicio.

Derechos que nos envalentonan y nos sitúan en una postura elevada sobre los demás.

En la situación social más difícil que hemos vivido en las últimas décadas están brotando los derechos como champiñones; sin darnos cuenta de las consecuencias que van a acarrear. Hemos pasado de aplaudir a denunciar, de descubrir a señalar, de proteger a desnudar. Cuando el Covid-19  -y el miedo que sobrelleva-, toca a mis mayores, a mis niños, a mi trabajo o a mi rollo de papel del váter, nos olvidamos de las obligaciones de ciudadano y pasamos del aplauso a la denuncia.

El tema es que nos estamos equivocando de enemigo. El que nos asusta –y te lo señalo a ti que lees- no tiene rostro, es invisible y nos trae de cabeza. Y te lo recuerdo porque ese enemigo no es: ni tu enfermera, ni tu médico de cabecera, ni la directora del colegio de tus hijos, ni el  conductor del metro o el basurero que limpia tus calles. Todos ellos tienen sus fantasmas y comparten tu miedo. Pero no son tu enemigo.

Y lo digo, porque en este inicio de curso ha brotado un egoísmo tal que nos sitúa en los primeros pasos de la evolución humana: miedos atávicos que están generando sospecha, dolor y una deriva de cansancios. Con sospechas sobre los desdobles y grupos burbuja asignados por el colegio, dolor por las familias que -con un positivo IgM-, han de confinarse, y cansancio por las horas perdidas en  horarios y decisiones que caducan de inmediato.

La madre de los Zebedeos -y quien no sepa la historia puede leerla en el evangelio de Mateo (Mt 20, 21-28)-, se presentó a Jesús cuando el Maestro estaba en medio de una crisis personal importante. A ella le importó poco, ella luchaba por sus hijos para exigirle el lugar donde debía situarles.

“No sabes lo que pides mujer. ¿Van a poder beber del cáliz que yo voy a beber?”

Ella no debía saberlo porque lo que venía a continuación y donde embarcaba a sus vástagos eran Pasión, cruz y muerte. Si ella se hubiera parado a pensar en los otros diez discípulos, si no le hubiera exigido a Jesús cumplir su criterio, si no hubiera sospechado de las decisiones y se hubiera fiado del Maestro, no hubiera puesto a los suyos en el disparadero: “Ellos contestaron. ¡Claro que podemos beberlo!”

Levantar la bandera de los derechos sin pensar en grande, sin tener en cuenta a los demás, sin considerar la normativa que se nos da, sin fiarse del corazón de aquellos que siempre han velado por los nuestros, contribuye a mayor dolor, sospecha y genera esterilidad.

Ante nuestro derecho a protestar y a enfadarnos frente al centro de salud o el colegio de mis hijos está la consecuencia de nuestras peticiones: “Mi cáliz lo beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”.

En el momento más crudo de nuestra historia reciente, merece la pena seguir leyendo ese evangelio que termina diciendo: “… el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo». Y así invertir en generosidad y manifestarlo en confianza, en aquellos y aquellas que –desde hace muchos años- nos han dado lo mejor de sí. Y abandonar la irracionalidad de unas protestas que nos presentan como egoístas e incapaces y que se llevará el viento.

 

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