¿De pie o de rodillas?

frase-859379Jesús fue un fracasado a los ojos de todos. No acabó con el sufrimiento, la enfermedad o el dolor. No estableció un doctorado en teología en el templo, ni regentó una sinagoga. Jesús no pudo retener ni tan siquiera a sus discípulos la noche antes de ser ejecutado. Su vida concluyó en un fracaso rotundo que propició el éxito de los planes del Sanedrín y de la política romana.

Sin embargo, Jesús venció a la muerte y fue restaurado por el Padre. Su aparente fracaso comenzó mucho antes; al dejar su cielo para encontrarse con la humanidad en todas y cada una de situaciones. ¡Bajó hasta los infiernos! De ahí, que la afirmación haya de ser corregida inmediatamente: Jesús salió victorioso.

Y resucitado se mostró a los discípulos como “Señor”. Lo que no significa que todos lo llegaran a comprender. Algunos “se postraron” -se arrodillaron- ante Él como ante el único Dios. Pero “otros vacilaron” -se mantuvieron en pie- porque sus criterios les impedían doblegarse a la victoria sobre la muerte.

A lo largo de la historia -los que tenemos fe-, nos hemos debatido entre arrodillarnos o mantenernos en pie ante el Misterio de Dios. Nos hemos mantenido en pie, cuando hemos exigido a Cristo que nos liberara de nuestra cruda realidad y ésta no ha variado. Hemos dejado pasar la oportunidad de conocerle como es y, en nuestro enfadado, nos hemos atragantado con la Iglesia. Para después ponernos de rodillas ante el primero que pasaba y nos prometía la libertad y el milagro fácil. Nos hemos arrodillado cuando hemos comprobado que la cruz y la gloria son contemporáneas: en la vida de Cristo y en la nuestra. Y eso nos ha dado la fuerza para enfrentarnos a la vida con la cara alta -como hijos de Dios- ,sin arrodillarnos antes los poderes sociales o políticos.

Que a Jesús se le llame hoy “Señor” significa que no hay nadie más capaz de ponerse de rodillas ante nosotros para levantarnos y potenciarnos. Que no ha habido poderoso más grande de la historia que se haya apoyado en el amor de su corazón y en la entrega de su vida para ganarnos. Que no habrá más Hijo de Dios que Jesús, que está junto al Padre para que ninguno de nosotros tengamos que ponernos de rodillas ante nada ni nadie.

 

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Nadie es imprescindible

Guirnaldas de cadenas de papel 2Ninguno de nosotros es imprescindible. Necesarios sí -¡está bien!- pero poco.

Jesús se despide porque su tiempo se cumple. Por tres veces les había anunciado su muerte, pero ahora les anuncia que dejará de estar, en cuerpo mortal, entre ellos y le pedirá al Padre otro que les Defienda. A partir de ese momento, aquellos galileos tendrán que buscar a Dios por ellos mismos y descubrir a Jesús de una manera nueva. Y cuando se acostumbren a verle resucitado, desaparecerá de su vista. Esa es su manera de dejar a los que ama al frente de la Misión y el modo de impulsar el Reino: ser necesario pero no imprescindible.

Todo esto me cuestiona mucho. A Jesús le costó la vida el comenzar el Reino con aquellos discípulos, y a mí no me cuesta más que un dolor de cabeza lo que me traigo entre manos. Además, Jesús deja paso al Espíritu para que continúe su obra, y yo me afinco en mis logros queriendo recoger de inmediato los frutos de lo trabajado.

Todo esto, me “revela” la gratuidad de la Salvación y el servicio de Jesús en favor de los planes del Padre. Y “me desvela” a mí como interesado y ególatra; por sentirme importante e imprescindible.

El mismo evangelio ofrece un correctivo a toda esta tendencia exhibicionista en la que se nos educa: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Gestionamos lo que recibimos; sea la Misión o el mismo Amor recibido. Nada es nuestro en propiedad; ni la vida que nos permite creernos con posibilidades. Jesús nos conoce, como los conocía a ellos, y sabía que no todos estaban muy convencidos. Hoy mismo escuchaba a una madre, ya mayor, quejarse de que sus hijos no van a misa, no valoran su fe, y esta Semana Santa ni la han acercado a los Oficios… y dicen quererla mucho. Y yo me pregunto: ¿Se puede amar a alguien sin desear cumplir su voluntad? ¿Se ama de verdad sin interesarse por lo que al otro le gusta o le mueve? Si en vida no se valora el deseo de una madre, ¿qué será después?

Todos y cada uno somos necesarios. El deseo de Jesús es el deseo del Padre. Y el mío ha de ser el de mi Maestro. Y eso me sumerge en una cadena de amor entregado que me hace único. Y la tarea pasa a formar parte del modo de hacer de Dios a través de su Hijo, de mis manos, de la Iglesia o de quien sea. Una cadena de testigos necesarios pero no imprescindibles. Jesús no lo fue, menos yo.

¡Señor que deje espacio al Espíritu Santo para que sea Él quien decida al siguiente hermano en la tarea del Reino! ¡Según el querer y desear de Dios! Hasta formar una cadena de necesarios; de esos que forman cadenas…

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Con calma

ganar-perderPerder la calma es algo demasiado frecuente entre nosotros. Ponerse nervioso o perder la paz nos sucede a menudo con el ritmo frenético de vida que llevamos. No obstante, Jesús -hace ya tiempo- aconsejaba a sus discípulos a confiar en Dios y en él para afrontar su marcha.

Perder a alguien también es habitual. Unas veces por la ruptura de la confianza y otras por la hermana muerte. En ambos casos se muere parte del corazón por un micro infarto de amor. Y eso, que forma parte de la vida, nos desestabiliza hasta el punto de perder la calma.

Ganar a Cristo es la propuesta: Descubrirle como el camino, comprenderle como la verdad y sentirle como la propia vida. Tres realidades presentadas al mismo nivel y que se suceden con perspectivas de futuro.

Al transitar por un camino perdemos de vista el lugar de inicio y ganamos horizonte. Es necesario moverse para cambiar de lugar y es preciso arriesgarse para llegar a otros contextos. Jesús se ofrece como el mismo camino porque el final es llegar a la casa del Padre. Ponerse en camino dio sentido a la historia de María, fecundidad a Abraham, sentido a Jacob… y peregrinando a Tierra santa se fraguó la paz del corazón de Francisco de Asís, andando hacia Roma se clarificó la misión de Ignacio de Loyola y caminando a Santiago se siguen abriendo los horizontes de miles de peregrinos. Y tú, ¿Caminas o estás quieto? ¿Peregrinas o recorres? 

Al descubrir una verdad dejamos la que nos sustentaba y acogemos otra que nos ofrece unas nuevas posibilidades. Los filósofos han modificado su comprensión de sí y del mundo tras encontrar las verdades esenciales. Jesús se presentó ante Pilato como “la verdad” y ante los discípulos como el Hijo de Dios. Tan humano y tan cercano que suscitaba la duda de si, realmente, sería el Mesías. Unas dudas que, como vemos, continúan después de la resurreción. ¿Qué verdades buscas y cuáles te imponen? ¿Qué verdad es la que te satisface?

Al descubrir que la vida no tiene fundamento en si misma precisa que alguien le dé sentido. Y ese es el Maestro. Encontrarse con él en la vida es lo mejor que nos podía haber sucedido. Y da lo mismo que sea en medio de la ceguera, de la perdición, de la oración o del milagro. La vida tiene sentido al “estar con él” y la misión fruto a su lado.

Después de todos estos años y de reflexionar sobre estas tres realidades puede preguntarte el Señor: “¡Tanto tiempo conmigo y aún no me conoces!” No perdamos la calma; Él nos conoce y tiene una paciencia inmensa. Y ganemos en confianza ya que lo que nos propone es verdad, lo que vivió real, y su destino el nuestro.

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Entrar y salir

200019477-001Empujados por el Espíritu: «Aquí estoy, envíame»” es el eslogan con el que se invita a la comunidad cristiana a orar por las vocaciones de especial consagración. A pedir por todos los que andamos en estas tareas de reino empujados por el Espíritu y acompañados de los hermanos.

Oramos -parece- para que haya varones y mujeres que se decidan a “entrar”. Una forma coloquial de decir que alguien quiere consagrarse, al servicio del reino -en una congregación- con una tradición y trayectoria concretas. Y no tanto por los que están decididos -en un momento dado- a “salir”. Dando al verbo una connotación de fracaso por no haber cuajado en nuestro estilo de seguimiento.

Oramos -en realidad- con vistas más amplias y más desinteresadas. Porque la puerta que permite ambos verbos nos abre a un horizonte que trasciende un convento o la misma Iglesia.

El Papa Francisco anima esta Jornada de oración dando un carácter bien distinto a los verbos pasar y salir.

La razón del interés por el Reino de Dios -en cualquier bautizado- está en el empuje del Espíritu para plantarse -primero- ante la puerta del Reino; “el mismo Jesús- a quién vosotros crucificasteis, a quien Dios ha constituido Señor y Mesías” y -después- “pasar en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos”. Y una invitación “a «salir de sí mismo» para escuchar la voz del Señor y descubrir la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado en el que la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta”.

Y es que “quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad”.

Por eso, merece la pena que modifiquemos nuestra jerga congregacional y demos contenido agradecido a ese “entrar y salir” por la puerta. Porque el Señor nos llama a ser puertas que permitan la entrada al reino a los que siempre la han encontrado cerrada, y señalen la salida de los que no ven límites al Amor de Dios.

Oramos hoy, para que el Espíritu renueve ese carisma que nos hacer abrir los cerrojos y el corazón de los hombres, y nos permite a nuestros contemporáneos a entrar y salir.

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Dar la espalda

20141113134933-never-turn-backOfrecerse -dice Jean Vanier- quiere decir dar al otro el poder de rechazarnos.

La cruz, los sufrimientos y el dolor tienen la capacidad de encerrarnos en nuestro pequeño mundo o hacernos huir. Lo comprobamos en una María Magdalena que se conforma con llorar ante un muerto, en un Pedro que regresa al lago a pescar, en un Tomás rebelde ante la credulidad de los demás, …y en la huída decepcionada de los de Emaús. 

Estos dos habían sufrido la muerte del Maestro y no estaban dispuestos a perder más tiempo. Dan la espalda a lo ocurrido horas antes y regresan a su casa quejosos, frustrados, asqueados por el fracaso de Jesús: “Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel”. ¡Ay! Si cada uno de nosotros manifestáramos, de verdad, las expectativas que hemos puesto en Cristo. Nos sorprenderíamos. Y no por lo descabelladas, sino porque en ningún momento apuntaron al éxito, al poder o la seguridad. Si algo deja claro Jesús a los que invita a seguirle es a perder y levantar la propia cruz.

Pero la cruz, los sufrimientos y el dolor pueden provocar también una reacción hacia adelante. Y es lo que aprovecha el resucitado mientras van de camino explicándoles el modo y el resultado de su entrega: “Era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria”. Y en ellos se enciende el corazón y una suerte de resilencia y no de huída. Por eso le invitan a quedarse y a compartir con ellos casa y mesa.

Jesús se sigue ofreciendo para que entendamos nuestra vida a la luz de la gloria. Para que comprendamos todo dentro de un plan de amor salpicado de temores, dudas, críticas… Es la única manera de transitar por el camino de la vida y dejar de huir.

Cristo se hace contemporáneo nuestro y nos encuentra -con nombre y apellido- y nos pregunta por nuestras esperanzas y frustraciones. Para ofrecerse como paradigma de comprensión de los que vivimos. Ahora sólo falta que le contemos nuestras decepciones, escuchemos su Palabra y pongamos en sus manos nuestro pan. Dándole el poder… para salvarnos.

 

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De puertas y miedos

9f5fe1f00d15c36e9722528d7cc94fc3El primer día que hubo cierta paz tras la salvaje muerte del Maestro, la gran mayoría de los discípulos se encontraba en la casa cedida para la cena de Pascua.

Estaban “con las puertas cerradas por miedo” –dice el evangelio- a los judíos. Pero sus cierres estaban echados por la decepción de sí mismos: del modo de huir, de abandonar a Jesús y la impotencia ante el proceso vivido. El dolor, el cansancio y la impotencia les hacen unirse para protegerse y descansar. “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».” 

Tras estos días de Pasión y Procesión nosotros vivimos cierta dispersión por el regreso a lo cotidiano. Acabadas las celebraciones -que han exigido preparación y atención- nos disgregamos para atender a lo de siempre y de la misma manera. ¿O no? Quizá estos días hayamos entrado de tal manera en el misterio del amor de Cristo que se hayan puesto de manifiesto nuestras carencias de compromiso. Pudiera ser que parte de ese misterio de la voluntad de Dios haya cobrado sentido en lo que, a partir de hoy, hayamos de acoger. Pero, me temo que el regusto que nos quede sea el de una estética litúrgica que se apaga junto a sus velas e inciensos. Y eso, nos aboca –como cada año- a volver al ritmo cotidiano cansados y con miedo al día a día.

Tras estos días, no dejemos de estar juntos, aunque seamos distintos y con razones diversas. Es en el grupo donde comprendemos las diversas pruebas que afronta nuestra fe y que acogen los hermanos que están a nuestro lado. Es en la casa fraterna donde abrazamos los miedos, las imposibilidades, las trabas que atenazan a cada uno en su búsqueda de libertad. Ahí Jesús pierde la oportunidad de ponerse en medio y traer la paz.

Nosotros, que aún no “hemos visto a Jesucristo, y lo amamos; no lo vemos, y creemos en él; y nos alegramos con un gozo inefable y transfigurado”, estamos en la disposición de abrir las puertas de nuestro corazón para que salgan los miedos y abunde la Resurrección.

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Heridas curadas

imageAceptar lo que te sucede como parte de la voluntad de Dios sobre ti es una de las meditaciones oportunas de estos días.

El “para esto he venido” de Jesús la noche de olivos, nos obliga a todos a acoger la realidad que nos toca. Un duro riesgo que nos lleva a minusvalorar lo que hemos vivido, aportado o amado.

Reconocer el fracaso -como posibilidad- se sale de nuestras certificaciones de calidad pero entra dentro del marco del amor. Que un adolescente rehuya un consejo paterno, que un ayuntamiento retire de la procesión a media corporación, que una pareja se enfrente y se haga daño con lo amorosamente atesorado, que la gente te calme un domingo y pida tu crucifixión el viernes, forma parte del fracaso y habla del respeto a la libertad.

Integrar en el día a día esos fracasos como parte del adn y vivir con cierta soltura es fruto de la Vida. Cristo sufre Pasión y Resurrección, y sus heridas se convierten en el testimonio más hermoso de que mis fracasos están marcados a hierro en su cuerpo.

Acoger el futuro como posibilidad de cumplimiento de la voluntad de Dios me sorprende por la capacidad regeneradora del amor y me lleva a asumir “lo que Dios quiera” transido de heridas de servicio.

Cuatro verbos que posibilitan la salida del fatalismo del “cáliz que he d beber” y la apertura al “hágase según tu Palabra”.

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De procesión…

ju_2011_04_22_3150-23Subir con Jesús a Jerusalén entraña el riesgo más grande que podemos imaginar. Es la penúltima etapa de ese camino al que te invitó tras salir con él. Las huellas de sus pies se encaminan, entre las gentes, al patíbulo del Gólgota. Triste, pero cierto. Agónico, pero real.

Tengas la sensibilidad que tengas, estos días pueden arrancar de ti un lágrima o una queja. Puedes emocionarte con el pueblo de Dios o intentar purificar la fe de sus formas procesionales. Se te ofrece romper con el ritmo normal y dejar que Dios inunde las calles.

Tengas el celo que tengas, permite que la gente llore o cante, que levante un paso o adorne un monumento. Deja que cada uno ponga y quite. El Señor lo hizo los días antes de su Pasión y se entregó durante la misma. ¿Por qué tanto afán por corregir y reorientar? Si al final, todos hemos subir a Jerusalén… conscientes o entretenidos.

De Ramos a Resurrección se pierden letras y se gana vida. Abandónate al plan de Dios y acoge lo que se te ofrezca: pueblo, ciudad, comunidad, convivencia, torrijas, viacrucis, penitencia, incienso y procesión. Mira a Cristo y déjate lavar por él, alimentar por él, guiar por él… y, luego, toma tu propia cruz y síguele.

Y que sea el Padre de Jesús, el rey de la Gloria, el que te haga sentir, gustar y luchar por su reino. A su manera, a su modo… hasta resucitar de procesión en procesión.

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Flashback o flashfoward

Life-after-deathVolver a lo de antes, a lo de siempre, es la tentación más grande y la falta de fe más absoluta que podemos constatar entre nosotros.

Morir a lo de ahora -como Lázaro- para regresar a un pasado lleno de vocaciones, a unos tiempos sobreprotegidos, a una significatividad extraordinaria, es un sueño. Un sueño de esos que nos sacan de la realidad para tranquilizarnos y nos convencen de que Dios está a nuestro servicio. Un sueño que nos sitúa al borde del sepulcro y que se refleja en los rostros cansados y resignados que mostramos.

La muerte es la realidad más segura que tenemos. Una muerte que ha de transportarnos a una realidad totalmente distinta. Porque nuestro objetivo no es volver a la vida de Lázaro, sino transitar hacia la vida del Resucitado, de Jesús.

Siendo profesionales de la fe, nos quedamos a la expectativa como María o al ataque como Marta y -en cualquier caso- cuestionamos a Jesús con nuestras frustraciones: “Si hubieras estado aquí… no habría muerto”. ¿Quién?: Lázaro, el fundador, el estilo anterior de vida, los grandes noviciados, los reconocimientos de ayuntamientos, los centenarios publicitados…   

La vida está en Cristo, él es “la resurrección y la vida”. Y quien de entre nosotros crea en él, aunque haya tenido que pasar por numerosas muertes y renuncias, “vivirá”. Y quien vive la situación actual, con la convicción de que el futuro será totalmente distinto, “no morirá para siempre”.

¿Crees esto? ¿Nos creemos esto? Pues para salir de la tentación peliculera de volver a los tiempos pasados con añoranza hemos de saber morir y fiarnos de Cristo. Morir -pero morir de verdad- a tantas decisiones interesadas e ideológicas que buscan conservarnos por encima de todo. El hecho es que morir moriremos, personal y hasta congregacionalmente, pero sabemos -porque creemos- que “esta enfermedad no acabará en muerte, sino que servirá para la Gloria de Dios”.

Pues eso, para gloria de Dios -y no para la nuestra- y a su modo -totalmente distinto a nuestros deseos-. Proyectando un flashfoward en el que “el Hijo de Dios sea glorificado” en nuestra muerte, en nuestra vida.

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¡Perdona, te he curado!

ceguera 1- Perdona, te he complicado la existencia-, fue la consideración que hizo Jesús a aquel hombre al que le había dado la vista.

El  dar la vista a un ciego debería ser motivo de alabanza a Dios y de agradecimiento por su intervención en nuestra debilidad. Sin embargo, toda acción –por amable que sea- puede ser interpretada torticeramente desde los intereses de los que observan. Los fariseos de antes y los de ahora siguen al acecho para cuestionar los milagros de Dios. Da lo mismo si lo que se produce es un bien y quien lo provoca es Hijo de Dios. Da igual. Lo interesante es descalificar “a Dios mismo” por lo acontecido si no redunda en nuestro beneficio.

A Jesús no se le acepta como Mesías, ni como Maestro y, menos, como Hijo de Dios. Y haga lo que haga se considera una ofensa a la religión, una ruptura con las costumbres o un insulto a los superiores. ¡Y era Jesús! ¿Qué no harán con un simple elegido suyo para dar un poco de luz a los que se le encomiendan?

Visto lo visto, el ciego se tuvo que arrepentir más de una vez de ser curado; por la insistencia e interrogatorios de aquellos religiosos para que denunciara a Jesús. Y no sólo con él, buscaron testigos en su familia y en los conocidos para ponerlo en contra suya. Lo peor de todo es que los cuestionadores se sentían amparados por la Ley y defensores de la Fe.

Jesús, en algunos casos, se marchó de la presencia de aquellos por no poder hacer milagros. Y sigue sin querer hacerlos porque falta fe. Falta -esencialmente- sencillez de corazón para buscar primero el Reino de Dios en los más necesitados y la justicia que conlleva. Y sobran intereses y afán de dominio que ponen a la Iglesia en función de deseos puramente humanos.

Hoy Jesús cura a un ciego y ha de pedirle perdón por complicarle la existencia.

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