No parar

crowd-concert-fans-cheering-audience-at-music-show-coachella-4k-slow-motion_ejhdh6o4__F0000La tranquilidad y el sosiego no definen la vida del discípulo.

Al contrario, hay que cansarse y desgastarse por los caminos como hacía el Maestro. Lo comprobamos en ese ir y venir, anunciar y sanar, explicar y curar de los que se habían fiado del envío de Jesús. Por eso, son invitados a descansar en la barca y poder evaluar sus andanzas.

Pero la tranquilidad dura poco en la barca del discípulo y la gente les seguía corriendo por la orilla. Tantos, “que no encontraban tiempo ni para comer”.

Y antes de que la queja -lógica por otro lado- brotara de los labios de aquellos galileos Jesús les devuelve a la tarea. Ya habrá tiempo para descansar. Lo que ahora prima es la necesidad de aquellas gentes a las que nadie escuchaba, ni atendía y valoraba.

Otra gran lección para aquellos que se han embarcado en el Reino. En muchos momentos, tras la marcha de Jesús, recordarán cómo perdía hasta el resuello por atender a quien tenía delante. Y en muchos otros, descubrirán que el descanso y la tranquilidad no son ingredientes para la misión.

¿Entonces no tenemos derecho a descansar? Buena pregunta. Pero aún hay otra mejor: ¿Cansa tanto el darse y entregarse? Pues se cansa quien considera que las fuerzas salen de sí mismo y las capacidades son personales. Se agota quien no sabe beber de la verdadera fuente. Quiere vacaciones quien se encuentra aprisionado entre la gente. Se cansa el mal pastor; el que tasa las horas de trabajo y le importa más su salario que las ovejas.

Quien se arriesga a seguir a Cristo sabe que sus necesidades están en función de las de los demás; quien renuncia al tiempo propio y se vacía desproporcionadamente. 

Quien se arriesga a seguir a Cristo descubrirá que el Señor sacia, descansa, cura y enseña de una forma muy especial; en la medida en la que uno se entrega.

Quien se arriesga a seguir a Cristo se enfrenta a un “no parar”.

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Le regaló autoridad

9a1f8_luggage1149289_1920Una autoridad ejercida -en primera instancia-, sobre “los espíritus inmundos”. Espíritus parásitos de esos que se nos pegan al razonar, al desear y nos llevan a sentir que no somos nada.

Inmundos, de los que nos encierran, nos hacen mirarnos a nosotros mismos y ponen el corazón en los medios acumulados. Así de agotada y caduca estaba la esperanza de Israel.

Aquellos discípulos reciben el encargo de predicar la conversión; el cambio de valores y el estilo de vida. Lo habían escuchado de boca de su Maestro y comprobado en sus gestos. Jesús lo hacía consciente de su misión de liberador y sanador. Y ahora, ese poder, se entrega a los discípulos.

De ahí que sobre el pan, la alforja, el dinero y hasta la túnica de repuesto. Sólo es necesario fiarse del Señor y de la mano providente del Padre. Si acaso, se permite un bastón para sostenerse en el camino y unas sandalias para avanzar. ¡Nada más!

Dios nos ha llamado a nosotros a la misma misión. Lo ha hecho en los momentos más desastrosos, agotados y contradictorios de la historia, y lo va a seguir haciendo. Ahora la decisión está en ti: Puedes asustarte de tu incapacidad -como Amós-, quejarte de la falta de medios y quedarte cómo estás. O fiarte de Jesús, de sus palabras, de que estás llamado a ser hijo de Dios, y sanar al mundo.

Dios capacita a quien llama. Si Dios buscase inteligencia, capacidad, medios y fama no nos elegiría a ninguno de nosotros. Recordemos que a aquella gente se les libró de los “espíritu inmundos”, de pronunciar palabras de fracaso, de queja y de denuncia y les enamoró de esta tierra y de sus gentes.

Y para el camino, su Providencia y su autoridad.

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Difícil, muy difícil

rechazo-e1440079314474Es difícil convencer de algo a quien no quiere escuchar. Y más cuando el rechazo pasa del mensaje al mensajero. Y da igual que sea en una trifulca futbolística, una discusión por derramas en el bloque vecinal, por unas elecciones políticas o por la forma de entregar la vida.

La cerrazón es la cualidad u obstáculo más frecuente en el pueblo de Israel. Una decisión de posicionarse delante de Dios cuando, como un adolescente, no quiere cambiar. Los profetas fueron las víctimas de las iras de la gente. Cuánto más religiosa, más intransigente. Y es que creerse en posesión de la verdad genera una dinámica de defensa y de negación que provoca siempre la fractura.

A Jesús lo desautorizan los suyos: su familia, sus vecinos, los hebreos de la sinagoga. No lo hacen los políticos, ni los dominadores… No, los más cercanos. Los de casa. Y eso es lo más difícil de soportar. Porque cualquier dificultad se puede aguantar si uno siente las espaldas cubiertas. Pero si, en medio de la lucha, se encuentra la puñalada por la espalda, se acaba sucumbiendo. Lo sufre San Pablo, le sucede a los profetas, lo experimenta el mismo Jesús.

La crucifixión del Maestro se venía venir mucho antes. Comenzó cuando sus familiares le echaban en cara andar sin oficio ni beneficio, cuando se unieron  discípulos que buscaban prestigio, cuando las gentes necesitaron los milagros, cuando se frustraron los deseos de liberación respecto de Roma y el cese de la injusticia y el hambre.

¿Qué experiencia tenemos de todo esto? Hemos de reconocer que a menudo pensamos que Dios nos frustra y no atiende a nuestras necesidades. Y nos rebelamos contra el profeta, el Papa, la superiora, el jefe, la coordinadora o Cristo que se tercie. A esos les crucificamos porque no se cumplen nuestros sueños. Y se lo ponemos difícil.

No nos damos cuenta que con nuestra actitud impedimos el reino de Dios y estigmatizamos a quien se nos pone por delante. Por qué no nos gusta que se aireen nuestras mezquindades e intereses ocultos. Y eso que somos los más religiosos, inteligentes y bondadosos del mundo. 

Pues si lo sufrimos, no lo hagamos con los demás. No sigamos poniéndoselo dificil a las mediaciones de amor, autoridad y humildad que Dios nos regala. Aunque nos resulte muy difícil.

 

 

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La oportunidad de levantarse

calcetines-levantate-con-el-pie-derechoEra su última oportunidad y no querían perderla.

Jairo, a la vista de todos, se lanza delante de Jesús porque se le muere su niña. No repara en su rol de rabino, de responsable de la comunidad de fe, ni en el ejemplo que ha de dar… con el corazón partido le pide a Jesús: «pon las manos sobre mi hija para que se cure y viva.» Una petición desesperada que deja a Jesús vendido y afectado: vendido, delante de las autoridades judías -aparece con más autoridad que el Templo-, y afectado, por tocar a un enfermo -incurriendo en impureza-.

No había caminado mucho, “acompañado de mucha gente que lo apretujaba”, cuando una mujer desesperada le toca. Una mujer agotada, empobrecida y apartada de la comunidad osa tocarle porque es su última oportunidad y no repara en las consecuencias que, todo esto, traerá a Jesús. “Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado”. A continuación encontramos a Jesús en casa de Jairo sin hacer caso a las voces que le dicen que la niña está muerta. Él “entró donde estaba la niña, la tomó de la mano y le dijo: niña, hablo contigo, levántate”. Y ocurrió el milagro.

Dos sanaciones que suceden a la vista de todos y fruto de la confianza de dos desesperados: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.» «Hombre, no temas; basta que tengas fe.»

Historias conectadas por los “doce años” de enfermedad y de vida. El  tiempo máximo para sanar y revivir. El tiempo suficiente para desesperar, para dejar de creer, para amargarse, para encerrarse y para morirse en vida. Y ambas historias cosidas por la prisa de la última oportunidad.

Aquel día, a la vista de todos, la religión judía quedó tocada de incapacidad y de muerte: incapaz por no curar la enfermedad y muerta por no poder dar vida. El culto judío perdió su sentido ante la caricia de una mujer y las lágrimas de un padre.

¿Dónde está la Iglesia hoy? ¿Le da miedo tocar y ser tocada? ¿Ofrece a Cristo como la sanación y no como condenación? Y yo ¿Dónde me encuentro? Cristo se pone hoy ante ti, aprovecha ¡Es la oportunidad!

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Como a su padre

tumblr_mr24nx7ci71rndcmuo1_500Así comienza la historia de Juan, arrastrando la costumbre del primogénito varón y la idiosincrasia judía: “Nadie se ha llamado así en la familia”. Lo que acontece es la ruptura de las tradiciones y del no cuestionamiento.

Reconocer la voluntad de Dios es descubrir por dónde ir. La historia del nombre de Juan nos acerca al corazón de Dios y preocupación y la atención que tiene con sus hijos: “Dios se acuerda” y “Dios promete” es la conjunción de los nombres de Isabel y Zacarías. Y así se produce el cumplimento de la promesa que Dios hizo a su pueblo: futuro y fecundidad.

Desconocer los deseos de Dios nos lleva a confundir. Esta misma historia pudo acabar de otra manera si hubieran nombrado a Juan con el nombre de su padre. No hubieran cuestionado a Zacarías ni menospreciado a Isabel. La paz y la tranquilidad del grupo sustentada en repetir lo de siempre; en no complicarse la existencia. Y así, ni hubiera existido el Juan Bautista ni su reconocimiento del Mesías.

La historia de Juan fue controvertida hasta el final. Su profetismo se detiene cuando aparece Jesús en escena. Otro giro de tuerca a una tradición continuista. Juan da un paso atrás para que Jesús se lleve la fama y  hasta sus mismos discípulos. Algo que no solía ocurrir y que nosotros no solemos ver: dejar el paso a otro de buena gana, con alegría y sintiendo el trabajo hecho como un logro.

La resistencias a dejar de hacer lo que hacemos; las tentaciones de ser más de lo que somos; las búsquedas de reconocimiento para que nos eleven son tan habituales entre nosotros que Dios se retira. Y lo hace porque no quedan “juanes” que sepan ser eslabones necesarios y no imprescindibles. Por eso se pregunta el evangelio: ¿qué será de este niño? Y la historia responde: un mártir de su pueblo. Un día lo alaba y por detrás lo vende.

¿Dónde nos encontramos nosotros? ¿Seguimos entre la gente, al acecho para corregir a Isabel, cuestionar a Zacarías y minusvalorar a Juan por no haber llegado a Mesías? Pongamos ante Dios nuestras motivaciones para que las purifique en el bautismo de Juan. Y así rompamos con la deriva y acabar como todos… como tu padre (Israel).

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Nos basta

maxresdefaultLas apariencias siempre engañan y lo grande, robusto y alto no siempre es lo que perdura,  aguanta y sostiene.

Cuando vamos al mercado elegimos lo más apetecible, lo que destaca y está de moda. Y lo compramos pensando que hemos acertado. Constatamos después que, no siempre lo más perfecto dura más, lo más abundante satisface y lo más colorido ofrece más sabor. Lo sabemos y aún así… caemos en la tentación de adquirir lo que nos entra por los ojos.

Jesús, a la hora de explicar lo del Reino de Dios recurre al profeta Ezequiel: Dios Padre prefiere los brotes pequeños a las ramas fuertes, le encantan los árboles pequeños y no repara en los grandes y frondosos. Por eso, usa el ejemplo de la semilla de mostaza, la más pequeña de todas. La propia vida de Jesús puede ser interpretada desde esta semilla: pasó inadvertido para los que sabían de leyes y religión, no llegó precedido de un gran cortejo, ni avalado por títulos… ¡Qué contrasentido el buscarle sólo en los milagros! ¡Pedir para la Iglesia más repercusión social!

Nos cuesta vivir la fe sencillamente, transformando desde dentro, poco a poco, y desde la humildad. Por eso, Dios asume la tarea de dar el crecimiento al Reino. ¡Bastante con dejarnos colaborar! Somos sembradores y cosechadores porque Dios lo permite “sin que sepamos cómo”.

Hemos de agradecer tanto en nuestras familia religiosas. ¡Tanto fruto y tanto crecimiento! Y ahora -en algunos lugares- ¡Tan poquitos y en decrecimiento! Él sabe lo que hace… colaboradores suyos somos: eso nos ha de bastar.

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Locos de remate

gLD0u0D3_400x400Recuerdo que en las oraciones del grupo de jóvenes nos encantaba rezar con la oración del loco y cantar con el poema, Envíanos locos.

Y creo que en esas notas y en esos versos se reflejaban nuestras ansias de ser libres, auténticos y sentirnos reflejados en un Jesús que vivía a su manera. Proyectábamos sobre él nuestra necesidad de vivir sencillamente, juntos a los del grupo, sin horarios, viajando mucho y haciendo oraciones a las tantas de la noche. Locos perdidos para nuestras familias y para la comunidad de religiosas que nos aguantaban.

Veo que a Jesús lo tomaban por loco. Y no denuncian los más cercanos a Dios, al Templo, a la Ley y a todo lo que significa impecabilidad. Lo desautorizan por dos motivos: estar enfermo de la cabeza y por estar poseído por el demonio. Dos argumentos que se han seguido esgrimiendo cuando alguien no entra en los parámetros de lo convencional y lo explicable.

A los iluminados, a las beatas, a los eremitas los han tomado por locos o poseídos en muchos momentos con la intención, poco cristiana, de desposeerles de la razón, de la santidad o de los bienes.

A muchos de los santos los tenían por enfermos, en tratos raros con Satán, abducidos por la histeria o aficionados a los licores.

¡Todos locos! Locos a los ojos de quienes son muy cuerdos, sensatos, ortodoxos y consejeros, pacíficos y aburridos. Quizá por eso, nos encantaba volvernos locos como Jesús y cantarle y rezarle:

Envíanos locos

¡Oh, Dios! Envíanos locos, de los que se comprometen a fondo,

de los que se olvidan de sí mismos, de los que aman

con algo más que con palabras,

de los que entregan su vida de verdad y hasta el fin.

Danos locos, chiflados, apasionados,

hombres capaces de dar el salto hacia la inseguridad,

hacia la incertidumbre sorprendente de la pobreza;

danos locos, que acepten diluirse en la masa

sin pretensiones de erigirse un escabel,

que no utilicen su superioridad en su provecho.

Danos locos, locos del presente,

enamorados de una forma de vida sencilla,

liberadores eficientes del proletariado,

amantes de la paz, puros de conciencia,

resueltos a nunca traicionar,

capaces de aceptar cualquier tarea, de acudir donde sea,

libres y obedientes, espontáneos y tenaces, dulces y fuertes.

Danos locos, Señor, danos locos.

Atribuida a: Louis Joseph Lebret

 

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El hambre es muy mala

img_299536El hambre es muy mala. Sólo quien ha pasado hambre sabe lo que sufre el cuerpo y la sensación de debilidad y de límite.

El pueblo de Israel pasó mucha hambre y sed por el desierto y Jesús lo sabía. Era judío descendiente de un pueblo al que Dios había hecho libre y había alimentado en el desierto. Por eso, ante los judíos que le siguen y le escuchan, se presenta como el mismo alimento.

En el monasterio de El Zarzoso, las Franciscanas TOR, veneran la imagen del Cristo de la luz. De su boca he escuchado los milagros que se le atribuyen. Me llama la atención -de manera especial- el milagro del trigo. En un año de carestía total, la gente de la zona se encomendó al Señor, en esa advocación de la Luz. Le rogaron, le pidieron y salieron en procesión con la imagen para recorrer el desierto en que se habían convertido los trigales. Acudieron a Él en la necesidad total de alimento y les respondió. A la mañana siguiente, del costado del Cristo habían manado puñados de granos de trigo. Y hubo, cosecha, ¡vaya si la hubo! Cosecha de pan y de fe.

Nadie que no se haya plantado ante Jesús para pedirle explicaciones por su situación puede reconocerle después como su alimento. Cuando tenemos el estómago satisfecho no le  necesitamos ni a Él ni sus palabras. Y los discípulos de Jesús, aquella noche del Jueves Santo tenían embotado el entendimiento. Mientras el Maestro concentraba su persona -en un trozo de pan ázimo- y su destino -en un sorbo de vino- aquellos sesteaban tras la comilona.

Será la necesidad de tener al Maestro cerca y su hambre de sentido las que les lleve a reconocerle resucitado en varias comidas con pan y con pescado. En el hambre de Cristo comprendieron su misión.

¿Tengo necesidad de Cristo? ¿Me muero de hambre por comer su cuerpo? ¿Me pierdo si no bebo su sangre? Necesito al Espíritu Santo para descubrir lo que ha significado en mi historia, para acogerla con cariño y entregarme sin condiciones.

¿Tenemos necesidad de Cristo? ¡Volvamos en nuestras comunidades a la fiesta del Corpus! Fiesta que nos recuerda que hay que volver al pan y al vino para aguantar el desierto en el que transitamos y nos ha tocado vivir. Fiesta que nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre y el hambre de Dios también nos lleva al límite.

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En clave de tres

cuadros-en-lienzo-drei-memoria-herzen-tres-corazones-rojosSomos seres creados por amor y nos sentimos vivos cuando somos amados y podemos amar. En este caso las obras preceden a las palabras. De poco sirve decir “te quiero” si la otra persona no lo ha sentido.

Israel hablaba del amor de Yahveh por su pueblo y lo recordaba a las generaciones venideras. Y por repetirlo y aprenderlo de memoria querían a convencerse de ese amor. Dios -que conoce cada corazón- decidió pasar a los hechos y expresar ese amor suyo, “amor de uno” en su Hijo. Y desde el primer latido de vida de Jesús el mundo pudo contemplar el amor de Dios hecho carne; “amor de dos”.

Por si acaso nos daba por repetir y aprender la historia de Jesús y racionalizar su mensaje, Dios se comprometió con nosotros enviando el Espíritu que brotaba del Padre y aprendía el sabor del Hijo. Para dar viveza y fortaleza aquellos que se dejaran convertir por el amor. Y ahí está el “amor de tres”.

Hoy, también se nos ofrece el amor de Dios en clave de tres. La posibilidad de acoger el amor de Dios en todo nuestro ser, en cualquier momento de nuestra historia y activo en la historia. Quien lo acoge se vincula a él por el Bautismo y se dispone a mostrarlo con su propia vida. De tal manera, que se “salva” el que descubre este misterio y lo vive, lo entiende y lo muestra. Eso es, un compromiso en clave de tres. 

Algo que parece complicado o inabarcable. Pero es sencillo, basta con abrir el corazón y pedir con la razón para llegar a contemplar ese Misterio. Y después amar al mundo, a la creación, a tu hermano o al vecino del quinto.

Algo que parece inaudito, pero que lo viven los religiosos contemplativos en la Iglesia. Que nos cuenta, con una sonrisa de paz, lo que han contemplado del Amor. Para que lo identifiquemos aquellos que estamos en proceso.

Algo que parece irreal en el mundo atolondrado y bullicioso en el que vivimos, pero cada vez más necesario. Y es que la gente necesita ser amada, ser importante para alguien y entregarse confiadamente.

Y todo en clave de tres, como el Amor de Dios.

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Trabas al Espíritu

hamsterDel Espíritu les habló Jesús a sus discípulos, les describió sus efectos y la necesidad de nacer de nuevo para trabajar eficazmente en el Reino de Dios…

Ellos no cayeron en la cuenta durante la Pasión ni la muerte del Maestro. En el momento del fracaso -el punto más bajo de su historia-, se encerraron. Miraron su vida y comenzaron a lamentarse y a sentir más la pérdida de sus vidas que la de Jesús. El miedo les asentó en el dolor, en la injusticia cometida sobre ellos y en el tiempo que habían perdido. Y en esas, descendió el Espíritu. Les quitó los miedos y se lanzaron a la aventura de proclamar el nombre de Cristo. Un nuevo nacimiento. Hasta el momento en el que se sintieron nuevamente fuertes, capaces y osados.  

Nosotros, de la misma manera, podemos ponerle trabas al Espíritu con la claridad de nuestros objetivos, la grandeza de nuestras programaciones y lo ambicioso de los beneficios. En esa situación, ¿para qué necesitamos al Espíritu? ¡Si ya estamos nosotros para suplir la gracia de Dios!

Y como la vida da muchas vueltas y acaba situándonos en posturas impensables, volvemos a saborear el fracaso, el dolor y la dificultad. Y vacunados por los años, los cursillos y la espiritualidad nos volvemos a encerrar. Y entramos en un rueda de fracaso, entusiasmo y fracaso que nos agota.

Pentecostés es necesario siempre. Y, en este momento, más urgente que nunca pues la realidad que comprobamos a nuestro lado nos turba y hace perder la esperanza. En una época en la que nos duelen los números, nos aplastan las estructuras y nos agota la tarea o invocamos al Espíritu Santo o nos desesperamos.

Pentecostés es sanador en la situación de debilidad y de “pasividad” que han experimentado millones de creyentes a lo largo de la historia. Para desconcertar y desconcertarnos. Para reconocer que es su gracia y no nuestra gestión lo que habla de Dios y hace justicia a la historia.

Pentecostés es constructor cuando restaura las posibilidades que nosotros hemos desechado en la misión, en la fraternidad y en la justicia.

Pentecostés es salir de la rueda y dejar de poner trabas al único que puede situarnos y dar vida a nuestra vida comunitaria.

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