Ni punto de comparación

-font-b-FORGIVENESS-b-font-men-s-clothing-2017-spring-and-summer-new-full-version.jpgEso de “me ofende, me enfada, me agrede, me hostiga, me, me y me” denota una actitud egocéntrica difícil de soportar. En la convivencia diaria provoca que uno se sienta agresor y el otro el agredido. Si no se sana el corazón de poco sirven las terapias comunitarias.

Pedro, el discípulo, lo muestra hoy con sus preguntas al Maestro: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo…?” Y se sitúa él como el centro de atención de toda la historia. Es su capacidad o incapacidad la que lo convierte en protagonista de una acción inválida; porque el único que propicia el perdón es Dios. Veamos: Nos sentimos víctimas cuando, de manera susceptible, creemos que los demás no nos agradecen lo suficiente y agreden nuestros intereses. Nos situamos como Pedro en el centro de la historia. Después, pasamos a tasar y a poner precio: “¿cuántas veces? ¿treinta, setenta? Y acabamos rompiendo la relación y la posibilidad de perdón. El otro se ha convertido en mera excusa para encerrarme. Eso, sin decir que vamos acumulando malas experiencias de perdón que nos endurecen el corazón.

Dios no sabe de medidas sino de desproporción. Somos nosotros los que no teniendo compasión de nuestros semejantes, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados. Pedimos mesura y obramos injusticia. Menos mal que él nunca ha respondido al nuestro con mesura.

Jesús pone a Dios como protagonista del perdón y nos saca a cada uno de nosotros de ese lugar privilegiado. Nuestro punto de comparación, nuestro punto de arranque no somos nosotros -de ahí la parábola- sino el mismo Dios. Y si él perdona todo lo nuestro porque se lo pedimos entre lágrimas y temblores, por qué no nos adolecemos de los demás.

Tú y yo vivimos para nosotros mismos. Sí. Para conservarnos, para realizarnos, para buscar nuestra propia felicidad e interés. Y claro, eso choca con la vida de los otros; que acaban convirtiéndose en nuestros rivales.

La misericordia de Dios multiplica el amor por siete o por diez o por cien; mientras que nuestra auto justicia acota, restringe y resta. ¿Cuántas veces he de perdonar? Pues, al menos, todas las veces que tú eres perdonado. Por eso, el punto de comparación no soy yo, sino que es el amor misericordioso y desinteresado de Dios, del rey.

 

 

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La ideología del respeto

índiceCorregir, aconsejar e iluminar con la verdad son acciones de amor. Así lo comprendieron y sufrieron los profetas, ya que amar no es mi fácil ni siempre agradecido.

Jesús, con un lenguaje casi profético nos muestra paso a paso el modo de corregir. Da una “receta” de esas que buscamos en los cursos de autoayuda y en los másteres de relaciones sociales. Es clarísimo el procedimiento: de lo íntimo a lo externo, de lo personal a lo comunitario.

Llevarlo a la práctica es fácil. Ahora, no estamos dispuestos porque no somos pobres de espíritu. No. Nos encanta compararnos con los demás y demostrar lo buenos e interesantes que somos. Mientras nos justificamos con nuestro modo de ser somos inflexibles con el proceder de los otros. Y ante la sorpresa o el escándalo del prójimo brotan con fluidez nuestros juicios y sentencias con los ajenos. Hablamos del pecador con todo el mundo menos con él, propiciando un ambiente de sospecha y de crítica que ensucia nuestro mismo modo de relacionarnos.

Lo que es cierto, es que Dios ama a todos y cada uno de sus hijos. Y en muchos momentos se sirve de unos para despertar a los otros. Tanto si hemos de ser corregidos, como si hemos de corregir, se nos dice que somos instrumentos de Dios para amar. No somos ni jueces, ni reos… ni de los demás ni de nosotros mismos. Algo que se nos olvida tan fácilmente que caemos en la ideología del respeto.

Una interpretación de la vida cristiana que mina la vida comunitaria. Con el cartel del respeto colgado en nuestro cuello, permitimos que los demás se estrellen en su oscuridad sin encender ni una cerilla. Pero nublamos su fama hablando mal de ellos y matando sus posibilidades de reacción. Esa manera distorsionada de relacionarnos nos lleva a mirarnos a nosotros, a percibirnos frágiles y a decir que podemos criticar en nosotros lo mismo que diríamos de los demás. ¡Y es cierto! La culpa, la nuestra, esa por la que Dios nos pedirá cuentas, está en no dar el siguiente paso: iluminar con la verdad sin juzgar. Y claro, ahí dejamos al hermano atado a su cerrazón sin mover un dedo para liberarle.

Nuestra fe de evangelio no es una ideología, sino un asentimiento profundo a la aseveración de Jesús: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y por amor uno es capaz de dejar de pensar en el rechazo, en la propia fama, en el “qué dirán” para desatar al hermano.

El miedo y la vergüenza minan la vida comunitaria. Ahora si dos “se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo”. De acuerdo para dejarse acompañar y para discernir. Dos acciones de amor sustentadas por el Espíritu Santo.

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Abrir o cerrar

imageAbrir y cerrar una puerta conlleva mucha responsabilidad. Ser depositario de las llaves de la casa de un vecino es un servicio que se gesta en la confianza. Y en ese conocimiento de Pedro, se cifra el encargo de Jesús.

Es el Maestro el que podría decir muchas cosas acertadas de cada uno de los discípulos y, sin embargo, en el evangelio acaece lo contrario. La respuesta de aquellos hombres se resume en la de Pedro:
-«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Respuesta acertada, de lobos, pero que no concuerda con su experiencia. Su perspectiva de Mesías está a pie de calle, donde los prejuicios se alimentan de las incongruencias. Siguen a un Maestro del que no se atreven a asegurar su divinidad. Aun así Jesús asume los defectos y fragilidades de aquella incipiente comunidad y le encomienda – en la persona de Pedro – el cuidado del reino de Dios.

Hoy es cuidado sigue recayendo en personas frágiles, necesitadas, pero con fe. Fiados de la encomienda de Jesús abren y cierran una puerta haciendo un ejercicio de discernimiento: propio y ajeno. En cualquier órgano de servicio de la Iglesia se ha de reconocer la acción del Espíritu como la protagonista de las decisiones. Ahí radica el pilar de la confianza de Cristo en el género humano: «… sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.»

Y es cierto…, lo sabemos de memoria, con la misma precisión que la respuesta de Pedro. Pero, ¿nos lo creemos? Porque la realidad de cada día nos refleja más un infierno de puertas abiertas. Y las llaves parecen haberse extraviado.

Quizá por eso «… les mandó que no dijesen a nadie que él era el Mesías.»

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En este justo momento

1060482876Hay tanta sangre derramada en el mundo por la inhumaidad e intransigencia que nos duele el corazón.

Ciertamente el terrorismo siega las vidas de inocentes todas las semanas bajo la protección de una supuesta promesa de cielo para aquellos que defiendan el Islam. En la distancia, sabemos que a ese carro suicida se suben muchos desequilibrados y desadaptados a los que les apetece más un rato de gloria en los medios que un abrazo de Dios.

En este justo momento me descubro soltando tópicos y palabrotas ante la televisión que retransmite la barbarie. Y hacen su aparición sentimientos de distancia con respecto a la Salvación de todos. 

Es en este momento cuando la Palabra de Dios me recuerda que  llegará el día y la ocasión en que Dios nos saque de la “rebeldía para tener misericordia de todos”.

Esta apertura de Dios la comprende Jesús, no así sus discípulos. Ellos -como los que se arman odiando- se sienten del pueblo elegido y excluyen al resto; sean extranjeros o vecinos. Siguen en la convicción de ser únicos en la entrada del reino y determinan a Dios. Jesús lo sabe, y fuerza la situación con la cananea para que ellos mismos se abochornen.  “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” -dice Jesús- y provoca dos reacciones: la confianza de la mujer en su poder de curar y la intercesión de aquellos pescadores por una madre que sufre.

Ahí les esperaba Cristo. Cuando la necesidad cobra rostro, los argumentos teológicos se suavizan: la pecadora pública, la samaritana, el leproso, Zaqueo… el desplazado, el inmigrante, el asesinado…

En este preciso momento, ¿suavizamos o endurecemos los argumentos sociales y políticos ante el sufrimiento de las víctimas? Ya se encargará Jesús de poner un rostro y un nombre -ante nosotros- para que no podamos escabullirnos sin dar una respuesta.  

Es ahora cuando el Hijo de Dios presenta su sangre al Padre, la suya y la de sus hermanos. Derramada para suscitar la Paz y la concordia entre personas que nunca estarán en el mismo bando.

He de reconocer que en la parte de las personas de buena voluntad  hay desconcierto y Dios lo sabe y lo sufre. Ojalá que el cielo se haga presente y que sea pronto.

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¡Que no, que no!

formacao_o-valor-e-a-importancia-da-tolerancia-no-cotidianoQue nos gusta lo exagerado y extraordinario que nos saca de la rutina.

Nos encantan los truenos y la lluvia torrencial; el calor exagerado y la nieve de diciembre; la música estridente y los susurros cargados de mensajes; los milagros y la luz de las velas… y así, lo maravilloso en todos los ámbitos.

Somos así. Lo cotidiano nos resulta tedioso y aburrido. Tanto que no concebimos que la experiencia de Dios vaya a producirse en una misa de diario, en el rezo de un rosario, en la una comunidad religiosa o en una catequesis parroquial. No. Nos van las peregrinaciones a lugares santos donde se han producido milagros exagerados. Nos van los gritos de los grandes predicadores que hablan sin vergüenza y los cánticos que mueven los pies.

Por eso buscaba Elías a Dios en lo alto de un monte y en la tormenta más impresionante. Lo Misterioso ha de estar revestido de un halo de “maravilloso” para mover nuestro corazón a Dios. Pero cuando llega lo extraordinario nos asustamos como Pedro. Que sí, que sí… si llegara Cristo, de noche, andando sobre las aguas de un parque y se acercara a nosotros. ¿No dudaríamos también?

La fe se fundamenta en el amor de Dios demostrado en la historia. En las vidas sencillas de muchos judíos que han dado testimonio de fidelidad. En las obras concretas de tantos cristianos que han mejorado el mundo y le han dado un rostro bello. Y en todo eso, como un antiguo o nuevo testamento, se manifiesta Dios. Sumando palabras, batallas, cantos, templos y años.

Es más difícil y honrado decir, ” realmente eres el Hijo de Dios” un martes, en un pueblecito de la sierra, a la hora de la siesta, con las cuentas del rosario entre los dedos, que un domingo en la plaza de San Pedro de Roma. Es más arriesgado creer que uno tiene vocación religiosa y deja todo lo que tiene para entrar en un convento que cambiar de voluntariado y mostrarlo en las redes sociales.

Tener a Jesús por Señor es lo más hermoso y peligroso, porque se demuestra en el día a día. ¡Que sí, que sí!

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Mostrarse

heartEn la relación con los demás, vivimos una especie de idealización en la que nos gustaría que nos entendieran tal y como somos, y ellos nos manifestaran su intimidad. Pensamos que así habría una especie de sintonía y fraternidad que nos ayudaría a vivir con más sentido.

Esa expectativa aparece cada vez que conocemos a alguien. Hay en nosotros un ansia de intimidad que se va rompiendo conforme avanza el conocimiento de la otra persona. Suponemos que al otro le ocurre algo parecido. Cuando más roce -decimos- más desilusión.

Jesús se mostró siempre como era. Pero, ciertamente, en el pasaje de la transfiguración hace un esfuerzo por ser quien es en verdad. Y lo hace ante tres de sus discípulos; conociendo las expectativas y los rasgos de cada uno. En aquel monte dejó traslucir la luz de Dios a través de su cuerpo; de tal manera que la humanidad se llenó de luz. Y aparecieron dos testigos del pasado para ratificarlo.

Ni Santiago ni Juan dijeron “esta boca es mía”. Ni a Moisés ni a Elías se les entendieron las palabras. El único que habló fue Pedro y, lo que dijo, fue tan simple que una nube los tapó y les invitó a admirar y a escuchar. Aquellos tres habían presenciado el Misterio profundo de Jesús con sus ojos y sus oídos. Y lo más inmediato e importante era proteger el misterio de su amigo, callarse… Cuando alguien nos revela un misterio no lo vendemos para que corra de boca en boca.

Ante el misterio de la otra persona hay que descalzarse. Cuando el otro muestra su corazón hay que responder con intimidad. Aquellos tres recibieron el regalo de conocer a Cristo para tener fuerzas en los momentos de inhumanidad que sobrevendrían.

En la vida no vamos mostrando nuestra intimidad a todo el mundo. Pero sí es necesario en determinados momentos y con ciertas personas que comparten la misión, los sueños y los deseos fraternos. Así que, cuando sea necesario revelar nuestro corazón a los demás no tengamos miedo a la incomprensión o a la confusión… sino a pasar inadvertidos y a no mostrar el amor. Pudiendo dar luz, no nos quedemos en las tinieblas…

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Deluxe

HIP-Iced-Out-Colgantes-Cruz-de-Cristal-Bling-Bling-Collar-de-Oro-de-Color-de-AceroCuando hallas algo inesperado y te cautiva, ¿eres capaz de dejarlo todo para comenzar de nuevo?

El Reino de Dios se compone de gente que ha encontrado la voluntad de Dios y le ha cambiado la vida. El evangelio compara el valor del Reino con el de un tesoro, un comerciante de perlas y una red repleta de peces. Es una desproporción que arrastra a hacer locuras y, a la vez, asusta por el cambio de valores que provoca; es la emoción de la fe.

Para explicarla nadie mejor que Jesús, que como buen letrado es capaz de dar luz al presente con las verdades de siempre. Y lo hace con el ejemplo de la “compra” y del “discernimiento”.

Fijémonos que tras el hallazgo del tesoro o de la perla preciosa más de dos hubiéramos salido corriendo con ellos bajo el brazo. Y, sin embargo, se vende todo y se compra el campo y la perla. Y ocurre porque todo lo que se tenía se ha depreciado frente al valor de tesoro y perla. Y se compran. Cristo es un tesoro escondido en el campo de la Iglesia; encontrarlo supone el riesgo de invertir en una nueva familia donde él se esconde. Ciertamente, el tesoro es él… pero el terreno es el lugar escogido para habitar. Y es la historia y las gentes, las culturas y la geografía lo que da carne al Maestro. Encontrar lleva a dejar para adquirir.

La otra dimensión es la capacidad para discernir el bien del mal, lo que Dios quiere y lo que son nuestros deseos, los que siguen a Jesús por amor o por interés, los que viven la vida con sentido o inconscientemente. Y lo refleja con esa red de pesca que acoge a todos y la selección posterior. Separando aquellos que han aprovechado la vida y han descubierto el tesoro que la sustenta, de los que ni siquiera se han dado cuenta del valor de la existencia.

Descubrir el tesoro y comprar el campo que lo aloja es un lujo; un lujo de sentido. ¿Compras?

 

 

 

 

 

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cizanyaware

imagesNo sé qué símil utilizaría hoy. Pero los virus informáticos se me antojan muy parecidos a lo que Jesús nos explica en el Evangelio.

El sistema operativo de cada uno de nosotros es bueno y capaz, pero está expuesto a que aparezca algún virus que, imitándolo, lo destroce. Para eso se han inventado los antivirus; para reforzar el sistema original y defenderlo. Y ahí estamos nosotros, creciendo, trabajando y defendiéndonos en un mundo variopinto y diverso. Y cayendo en la cuenta de que: ¡Cuántos más virus, mejores antivirus!

Pero, ¿no sería mejor acabar con ellos? Pues supongo que sí. Es la pregunta que -en el evangelio- hacen los criados al amo, tentados de acabar de una vez con la cizaña. El amo les contesta que tengan paciencia, que dejen crecer juntos -al trigo y a la cizaña- y que él se encargará de separarlos al final del tiempo.

Nosotros somos impacientes. Preferimos cortar de raíz una situación o excluir a una persona para vivir tranquilos y sin sobresaltos. Nos erigimos en jueces; pretendiendo saber quién es trigo y quién virus o cizaña y haciendo prevalecer nuestro criterio. Extirpar un virus de raíz puede llevarnos a borrar todo el sistema; cargándonos los contenidos buenos junto con los dañados. Y eso, sí que es un riesgo… Pero hay otro derivado: ¿Quién te dice que tú no eres cizaña o virus para tu hermano? ¿No debías ser tú también extirpado?

Menos mal que Dios es paciente y precavido. No quiere perdernos a ninguno, aunque para ello tenga que dejarnos crecer y fortalecernos ante las adversidades: con la cizaña o con virus.

Así pues, como el trigo y la cizaña van a seguir estando juntos, no nos queda otra que entrenarnos para saber trabajar -en medio de la dificultad- sin dejar de ser trigo y trigo del bueno. ¡Total, quien no levante su cruz detrás de Jesús no es digno Él! Éste sí que es un buen antivirus…

 

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Sin prisas por sembrar

23u8qpt¡Qué prisas para sembrar y para cosechar! No me extraña que parte de la simiente se caiga por el camino y otra se malogre en la recogida.

Comienza el evangelio diciendo que Jesús se sentó al otro lado del lago y “les habló mucho rato en parábolas”, perdiendo tiempo; sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer. Y lo hizo poniéndose en la piel de aquella gente de pueblo; hablándoles con su lenguaje y usando ejemplos de su vida cotidiana.  

Les explicó el reino de Dios como si fuera una siembra. Le dijo que a Dios Padre le pertenecen la tierra, la semilla y el fruto. Y les fue desgranando el ejemplo: La semilla es la Palabra de Dios y la esparce Jesús. La tierra somos nosotros con nuestras peculiaridades. Y el fruto, aquello que permitimos que nazca. El querer de Dios sale de él y a él llega, transformada -o no- en fruto: “no volverá a Él vacía, sino que hará su voluntad y cumplirá su encargo”.

Todos creemos ser tierra buena. La mala, la pedregosa, la polvorienta se da en los demás… Juzgamos la vida de los otros por sus frutos, sin saber si en ellos se depositó mucha o poca semilla. Les evaluamos sin considerar el cuidado que Dios puso en ellos o las dificultades que tuvieron para fructificar. Mientras que somos muy benévolos con nosotros, sin querer reconocer que no cumplimos el sueño de Dios en nuestra tierra.

El caso es que esa Palabra precisa más de paciencia que de honradez. Es Dios el que sigue sembrando y cosechando donde uno menos espera. Mientras tanto, la Creación entera está esperando a que tú y yo escuchemos y cumplamos lo que Dios quiere y demos a luz el fruto esperado. Sin querer apropiarnos de lo que no es nuestro.

Y en esto -como en casi nada- las prisas no son buenas. Dejémonos hacer. El sosiego y el calor del verano puede contribuir a ralentizar el ritmo de producción y a admirar los campos del reino. Sin prisas, para dar fruto.

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¡Ésto no vende!

cargaespaldaLlegados al tiempo de verano, nos encontramos con un evangelio que nos sosiega y descansa. Pero, ¡hay que tener bien puestos los afectos para decirlo!

Desde que Jesús nace provoca rechazo en aquellos que controlan el mundo y a los hombres. Jesús es un hombre de Dios, que habla de la paz y que entra en Jerusalén subido en un asno. Los sabios y entendidos no se dan por enterados ya que eso les obligaría a caminar por los caminos, a escuchar el sufrimiento de su pueblo y a vivir sencillamente. Cierran los ojos a entender lo del reino de Dios.

Por otro lado encontramos a los sencillos. La tradición judía los llamaba “anawin” -pobres de solemnidad- y la tradición evangélica los reconocerá como “pobres de espíritu” -vacíos de sí mismos-. El caso es que a éstos, el Espíritu Santo, les ha dado el don de ciencia: la capacidad de comprender la relación que hay entre lo creado y Dios, el lugar que les corresponde y confían más en Jesucristo que en las obras de sus manos.

De esos pobres yo conozco a muchos. La mayoría levanta una cruz muy pesada y no ha tenido una vida muy fácil. Muchos han nacido en exclusión, otros conviven con la enfermedad, algunos se han arruinado y hasta los hay que han perdido la buena fama. Todos ellos me han enseñado que su sufrimiento forma parte de la cruz que levanta Cristo y que debo amar mi cruz para comenzar a ser pobre. ¡Claro, eso no lo puede entender quien razona desde sus fuerzas y sus logros!

Yo he profesado pobreza, pero no me es fácil acoger mi fragilidad y la limitación de los demás; me cansan y agotan. El mismo Jesús lo experimentó como tentación; de ahí su ofrecimiento: “Venid a mí los cansados y agobiados”. Ciertamente, luego nos inquieta diciendo: “Cargad con mi yugo”. Pero es que el “yugo” de Cristo ¡soy yo! Lo soy por llevar mucho tiempo luchando contra mí mismo e intentando no depender de nadie. Eso me ha alejado de Cristo y ha aumentando el peso de una carga autoimpuesta.

Por eso, sólo cuando comience a entender que Dios me ama gratuitamente, tal como soy, me fiaré de Él y me pondré junto a él como un niño. Y entonces, sólo entonces, “su yugo será llevadero y su carga ligera”.

 

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