En tus manos un mundo nuevo

Autovía TangerMed-Ceuta; zona de Beliones: También mi compañero camerunés se quedó frío… Aquellos hermanos perdiéndose en el bosque, en la niebla, en la noche… arrancados de la vista, de nosotros…

En el bosque se perdían los “impuros”, los excluidos, los ilegales, los irregulares, los condenados a la soledad y a la intemperie… los leprosos que para los que no hay lugar en nuestro campamento…

Se han ido ateridos… empapados… envueltos en una nube de escalofríos…

Lluvia y viento… Lo que para todos es vida, para ellos es también sufrimiento, enfermedad, miedo, noche…

Aquella tarde vimos ropas que ya no arropaban, vimos a niños que ya no eran niños –habían vivido vidas enteras antes de llegar a este horror-, vimos sueños empapelados de tristeza, miedos somatizados que parasitan la mente y roban la vida.

Al volver, rezamos… Los dos lo necesitábamos…

Pateras: Días antes, mientras el grupo de emigrantes intentaba hacerse con un lugar en la patera, en el agobio del momento, una niña cayó de los brazos de su padre… cayó y -¿se  ahogó?- murió… y han arrestado al padre…

Al otro lado de la frontera: Si tomas nota de lo que es noticia, desde hace una eternidad y sin días para una tregua, se habla de robo, corrupción, violencia, nacional-insolidaridad, frivolidad…

La política ha degenerado en arte de alcanzar el poder, servirse de él en beneficio propio, y adquirir la capacidad de seducir a la sociedad lo suficiente para eternizarse en él.

La economía, desde tiempo inmemorial, pone el capital por encima del trabajo, lo financiero por encima de lo humano, y, entre dinero y dignidad, se queda siempre al lado del dinero.

Para ese mundo surrealista resulta imprescindible el circo, la evasión, el diversivo, de modo que, ocupados en interpretar el humor de las estrellas, olvidemos con tranquilidad de conciencia a los hambrientos de la tierra.

Abolida la esclavitud obligada, nos hemos vuelto esclavos voluntarios. Y en nuestra jaula dorada, puede que reclamemos más alpiste, pero hemos olvidado el sabor de la  libertad.

Pascua: Los de la autovía, los de las pateras, los de la jaula, todos necesitamos salir de la opresión, de la esclavitud; para todos es tiempo de éxodo, para todos es posible un mundo nuevo, todos somos llamados a hacernos humanidad nueva; para todos se ha hecho posible la vida, la libertad, la Pascua…

Dios a todos nos ha hecho capaces de Dios.

En Cristo Jesús, se nos ha revelado y se ha hecho posible para el hombre el mundo de Dios… el mundo de la libertad que es Dios.

Cristo Jesús es el camino que lleva a Dios: Síguelo, imítalo, haz tuyos sus sentimientos, comúlgalo.

Si él vive en ti, si en ti él continúa partiendo con el hambriento el pan de su vida, “brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”… “serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña”. Entonces en ti la liberación, el mundo nuevo, el evangelio, el reino de Dios, se hará cercano a los pobres.

Sólo nos falta convertirnos y creer.

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Sólo me queda el amor

Había oído muchas veces esa narración evangélica. La había meditado. Siempre consideré asombroso que, lo mismo el enfermo de lepra que Jesús, ignorasen, como si no existiesen, las normas que defendían de la lepra a la comunidad.

Oír, meditar, asombrarse de lo que se ha oído, fueron durante mucho tiempo los verbos de mi vida de fe.

Hasta que un día…

Era un día cualquiera, en una eucaristía que en nada se diferenciaba de las que hasta entonces había celebrado. Todo era como siempre, incluido aquel evangelio que tantas veces había escuchado: “Si quieres, puedes limpiarme”… “Quiero: queda limpio”.

Sólo que, mientras proclamaba el relato acostumbrado, supe con certeza que se estaba hablando de Jesús y de mí. En un instante, todo yo, mi vida entera, arrodillada a los pies de Jesús, la vi alcanzada por la ternura del que, extendida la mano, me tocó contagiándose de mi impureza y contagiándome de su santidad.

¡El leproso del relato evangélico era yo!

Cuando te pedí que me curases, no podía sospechar, Señor, que serías tú quien se había de quedar con mi enfermedad, con mis harapos, con mi soledad, con mi impureza.

Ahora lo sé, y el corazón me pide decirte: Señor, devuélveme esa lepra que tu amor se ha llevado; devuélveme impureza, soledad y andrajos, pues no es justo que tú te quedes con una maldición que es sólo mía; no puedo permitirte esa locura; “no me lavarás los pies jamás”.

Pero tú, arrodillado a mis pies como si fueses mi esclavo, con seriedad que no puedo ignorar, me dijiste: “Si no te lavo”, si no me das tu enfermedad, “no tienes parte conmigo”.

Entonces supe que sólo cabía amarte para no morir de pena por haber echado sobre tus hombros el peso de mis pecados.

Sólo cabe que amemos a quien tanto nos amó, y tú lo sabes, Iglesia de leprosos limpios, Iglesia de Cristo, el esposo que se entregó a sí mismo por ti, para consagrarte, purificándote con el baño del agua y la palabra.

El amor que te purifica, el amor que es Cristo Jesús, no se arrodilló una vez a tus pies para luego apartarse: Se arrodilló una vez para siempre, como se entregó una vez para siempre, como es para siempre el amor que es Dios.

Hoy, en la eucaristía, volverás a decírselo: “Si quieres, puedes limpiarme”… Y volverás a oír la voz de su misericordia: “Quiero: queda limpio”. Y te acercarás a él, lo recibirás y, a la luz de la fe, verás que su mano se extiende sobre ti dejándote gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada.

El corazón intuye que sólo tenemos el amor que Dios nos tiene: Sólo nos queda el amor.

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Con Cristo en el camino de los pobres

“Al  acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba”.

Es la confesión del enfermo que se ha quedado a solas con su fragilidad.

Es la confesión del emigrante que se ha quedado a solas con la incertidumbre de su futuro, con la precariedad de su presente, con la memoria de la vida que ha dejado atrás.

Es la confesión de los excluidos de una existencia digna, de los que ya no cuentan, de los que nunca han contado, de los derrotados.

Es la confesión de Job, la confesión del hombre que, en la propia carne, herida con llagas malignas, ha experimentado los límites estrechos de la condición humana: “Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza”.

Es la confesión de los crucificados, del Crucificado, traspasado todavía hoy en el cuerpo de los pobres.

Y ésta es la oración de alabanza que, desde la vida de los pobres, desde el corazón y los labios de la Iglesia, sube agradecida hasta el corazón de Dios: “Alabad al Señor, que sana los corazones quebrantados”.

Los pobres, los crucificados, son ellos los que van diciendo: “Alabad al Señor, que la música es buena”.

Los entregados con Cristo a la muerte, las víctimas de la iniquidad humana, de la corrupción política, de la indiferencia socializada, son ellos los que confiesan: “Nuestro Dios es grande y poderoso”.

He dicho: “son ellos”. Tendría que decir: Eres tú, Iglesia cuerpo de Cristo; eres tú, comunidad pobre, comunidad de pobres, de oprimidos, de cautivos, de crucificados, eres tú la que va recordando y proclamando: el Señor nuestro Dios, el que “cuenta el número de las estrellas”, el que “a cada una la llama por su nombre”, el amor que mueve el universo, él es mi Señor, él es mi Padre, él es quien se ocupa de mí, “él sostiene a los humildes”, a él confío mi vida, en él pongo mi esperanza.

Viene a la memoria la consumación de la vida de Jesús, la que está llamada a ser la consumación de la vida para todos los que creemos en él: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

En Cristo y en los que son de Cristo, el poder de Dios reconstruye lo que el mal ha derruido, el Espíritu de Dios reúne a los que la ambición ha dispersado, la misericordia de Dios sana los corazones destrozados, venda sus heridas.

Hoy, el evangelio nos recuerda cómo, en Jesús de Nazaret, la Palabra de Dios que ha creado el universo recorre los caminos de Galilea, cómo predica en las sinagogas, cómo expulsa demonios.

Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, que comulgas con esa Palabra sanadora, que la recibes, que eres recibida por ella, tú sales con Cristo a los caminos de la humanidad, él sale contigo, los dos formando un solo cuerpo, para anunciar a los pobres el evangelio de la salvación.

Que del cuerpo, sin ofender la verdad, se pueda decir lo que se dice de la cabeza, porque tú, Iglesia de Cristo, te haces cargo de las dolencias de la humanidad, tú echas sobre tus hombros el peso de la vida de los pobres, tú eres agua para los sedientos, tú eres consuelo para los que lloran, tú eres saciedad para los hambrientos de justicia, tú eres un sacramento de misericordia para todos.

Aquel día también se dirá de ti lo que Pedro y sus compañeros decían a Jesús: “todo el mundo te busca”.

Y entonces, tú como Jesús, saldrás, en busca de los que no te buscan pero te necesitan.

Feliz domingo, Iglesia hospital de campaña.

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No digas palabras que no sean Cristo:

Nadie se escandalice si digo que, en principio, no tendríamos por qué preguntar acerca de la existencia de Dios.

Que se afirme o se niegue esa existencia, en principio, podría dejarme tan indiferente como indiferentes quedan ante ese nombre el asfalto de las calles, las plantas del jardín o el gallo que alerta cada noche a todo el vecindario, aunque de todo eso Dios sea el creador.

Entonces, ¿qué es lo que me empuja a decir Dios? ¿Por qué vivo pendiente de él? ¿Por qué Dios ha ocupado, como si fuese una pasión amorosa, todos los rincones de mi vida?

No es porque existe: ¡Es porque nos habla!

Con lo cual, en el corazón de nuestra fe, en el corazón de nuestra vida, se sitúa, no la idea de Dios, sino la voz de Dios, la palabra de Dios, el Dios de la palabra, el Dios que nos habla: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis vuestro corazón… Porque él es nuestro Dios, y nosotros somos su pueblo”.

Grabadlo, queridos, en el frontispicio de cada  una de vuestras iglesias: «Ésta es la casa de la palabra de Dios».

Grabadlo en el corazón de cada comunidad eclesial: «Somos el pueblo de la palabra de Dios».

Grabadlo en la memoria de vuestra fe: «Somos hechura de la palabra de Dios».

De Dios hemos nacido escuchando, en Dios crecemos escuchando, y, desde la fe, un día, porque hemos escuchado, nuestras vidas se abrirán en el cielo a la dicha de una eternidad de amor.

La creación habla de Dios, o si preferís decirlo de otra manera, Dios nos habla en su creación: “Ojalá escuchéis hoy su voz”.

La historia de la salvación habla de Dios que se ocupa de su pueblo: “No endurezcáis el corazón”.

El profeta lleva en su boca palabras de Dios para ti: No las ignores, no las desprecies.

Para todos los necesitados de salvación, la Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros, vino a los suyos, vino a enseñar, a curar, a perdonar, a salvar, y, con su venida, “a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”; con Jesús de Nazaret, “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.

De esa luz, de esa palabra, de ese don, de su Hijo, el Padre que nos lo ha enviado, nos pedirá cuentas.

No lo olvides, Iglesia convocada a la Eucaristía: somos un pueblo que escucha la palabra de Dios, una comunidad que escucha al Hijo de Dios, –lo escuchamos sobre todo en el misterio de la Eucaristía y en el cuerpo de los pobres, tanto que, con verdad, se nos podría llamar “pueblo de la Eucaristía y de los pobres-.

No olvides tampoco que de esa palabra, de ese Hijo –si creemos en él, si comulgamos con él, si cuidamos de él-, habremos de rendir cuentas.

Y aún he de recordar otro gran misterio: En tu boca, Iglesia de Cristo, el Señor ha puesto sus palabras; en tu boca el Señor ha puesto su Palabra; en ti ha derramado su Espíritu; el Señor quiso que fueses realmente cuerpo de su Palabra, cuerpo de su Hijo.

Considera tu dignidad, considera la grandeza de las obras que el amor de Dios ha realizado en ti.  Y considera tu responsabilidad: No digas palabras que no sean de Dios. No digas palabras que no sean Cristo.

 

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El momento es apremiante

Se ha cumplido el plazo” para la llegada del Reinado de Dios. En el reloj de la salvación ha sonado la hora decisiva, la que desvela el misterio de todas las demás.

Los acontecimientos obligan a actuar prontamente. No es tiempo para dormidos o distraídos o despreocupados.

Está cerca el reino de Dios”: Está cerca el evangelio para los pobres. El que lo lleva, ya ha sido ungido y enviado.

Con el Reinado de Dios se acerca a los ciegos la vista, la libertad a los oprimidos, la gracia a los pecadores, la salvación a los que creen.

Evangelio, Reino, Cristo Jesús: lo despreciarán los epulones aunque también lo necesiten –no saben cuánto-, y se anunciará a los pobres, a los hambrientos de justicia, de paz, de consuelo y de pan.

El Reino, el evangelio, Cristo, no viene para afirmarse a sí mismo, para predicarse a sí mismo, para realizarse a sí mismo.

El Reino, el evangelio, Cristo, es de Dios, viene de Dios y es inseparable de los pobres a quienes se acerca, a quienes es enviado, para quienes viene, a quienes se anuncia, a quienes salva.

Para ese encuentro de Cristo con los pobres, para que nos alcance la salvación, para que nos levantemos de nuestra postración, para que resucitemos, sólo falta lo que hemos de poner los postrados, los necesitados: “Convertirnos al Reinado de Dios”, o lo que es lo mismo, “creer en el evangelio”, creer en Cristo Jesús.

Porque te has convertido y crees, Iglesia de pobres, te acercas hoy a Cristo, lo recibes, escuchas el evangelio, comulgas el Reino.

Porque te has convertido y crees y escuchas y comulgas, dichosa y humilde, te reconoces hoy cuerpo de Cristo, buena noticia para los pobres, Reinado de Dios para los desheredados de la tierra, sacramento de la ternura, de la misericordia, de la bondad de Dios con sus hijos humillados.

Lo has pedido en tu oración: “Señor, enséñame tus caminos”.

Y el Señor te ha mostrado el evangelio, ha puesto a tu alcance su Reino, te ha dado a su Unigénito, sacramento de amor sin medida.

Se lo dijiste sentada a sus pies: “Señor, instrúyeme en tus sendas”. Y has aprendido que Cristo es tu camino, que los pobres son tu destino.

Ellos, a su tiempo, dirán si lo has recorrido.

El momento es apremiante”.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

Feliz encuentro con tu Señor en la Eucaristía y en los pobres.

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Hemos encontrado al Mesías

Esas palabras no se podían decir sin sobrecoger, sin escandalizar. Son asombrosas, las más deseadas, las más esperadas que un israelita pudiera escuchar.

El evangelio nos acerca a una experiencia de fe, a un mundo interior semejante al de cada uno de nosotros: “Juan, fijando la vista en Jesús que pasaba, dice: Éste es el Cordero de Dios”.  Y los dos discípulos que estaban con Juan, vislumbrando la grandeza del misterio, siguieron a Jesús.

Lo que Juan acababa de decir acerca de Jesús, era una revelación que, aceptada, dividía la vida del discípulo en un antes y un después, y lo llevaba al camino por donde iba Jesús.

Ahora es Jesús quien pregunta a los que han empezado a creer: “¿Qué buscáis?”

Ésas son las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Juan: “¿Qué buscáis?”

Y haremos bien en tomarlas como dirigidas a todo el que pretenda ir con Jesús para ser su discípulo; haremos bien, queridos, en tomarlas como dirigidas a cada uno de nosotros.

Empezar a creer es empezar a «buscar». Los discípulos no preguntan por la casa donde Jesús habita, sino por Dios, de quien Jesús es el Cordero. Y Jesús les invita: “Venid y veréis”.

Si has empezado a creer en Jesús, has empezado a «buscar» para entrar en la vida de Jesús, en su misterio, en su mundo, en su verdad; te has echado al camino en busca de Dios y, siguiendo a Jesús, has visto y creído que él habita en Dios. Fuiste, viste, y encontraste al Ungido de Dios.

¿Quién eres tú para mí, Jesús? ¿Qué dice mi corazón cuando los labios dicen Jesús? ¿A quién he encontrado cuando te encontré?

Gracias, Jesús Mesías, que has salido a buscarme antes de que yo te buscase, que has venido a mi mundo para que yo pudiese ir a ti y pudiese ¡yo pecador! vivir contigo en Dios.

Gracias, Jesús Mesías, buen Pastor, que has salido a buscar tu oveja perdida y has llenado de alegría el cielo cuando me encontraste.

Encontrándote a ti, he encontrado el agua que salta hasta la vida eterna, el pan que resucita, la luz que brilla para los que habitan en tierra y sombras de muerte.

Encontrándote a ti, he encontrado descanso para el alma y paz para el corazón: al ir contigo, a mí, pecador, me has llevado a la presencia de Dios, me has ungido con el Espíritu de Dios, me has hecho huésped de Dios, me has hecho hijo de Dios.

Cuando digo Jesús, me adentro en la firmeza de la fe, en la certeza de la esperanza, en la verdad del amor.

Cuando digo Jesús, digo la gracia con que Dios nos consagra y purifica, la verdad con que Dios nos guía.

Cuando digo Jesús, me rodea, como brazos de madre, la caridad que es Dios.

Dime a quién buscas, Iglesia convocada para la Eucaristía, dime a quién buscas y sabrás con quién comulgas.

Feliz encuentro con Cristo Jesús.

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Mi preferida

Celebramos el misterio del Bautismos del Señor: “Apenas se bautizó el Señor se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Ahora, Iglesia de Cristo, entra en ese misterio que celebras.

Abre los ojos de la fe y verás que se te ha abierto la morada misma donde Dios habita, pues oyes la voz del Padre, ves al Espíritu Santo, y se te revela la presencia del Hijo predilecto del Padre.

Me dirás con razón que tal cosa es imposible.

Es verdad: nosotros no podemos traspasar la frontera de Dios, pero él puede traspasar nuestras fronteras: es él quien ha venido a tu morada, a tu tierra, a tu pobreza.

El misterio de Dios se ha hecho tan cercano al hombre que pasa por la vida del hombre Cristo Jesús. El cielo se ha hecho tan cercano a la tierra que la Trinidad Santa la ilumina con la claridad de su luz.

Escucha ahora el evangelio de este día: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

En Dios, ésas son palabras de un diálogo eterno de amor.

Pero ahora son también palabras de un diálogo con el hombre, palabras pronunciadas en nuestra tierra, en nuestro tiempo, sobre uno de nosotros, sobre uno como nosotros, sobre un pobre.

Recuerda, Iglesia santa, con cuánta insistencia se te ha dicho durante el tiempo de Navidad que hoy termina: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Recuérdalo y admira lo que eso significa. A ese hombre, a ese hijo que nos ha nacido, a ese niño que se nos ha dado, a esa carne de nuestra carne, a ese humillado que se bautiza entre los humillados del mundo, el Padre Dios puede decirle con toda verdad: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

Lo que era verdad sólo en el cielo, lo es ya también y para siempre en la tierra.

Ése es, Iglesia santa, el fondo luminoso de tu fiesta de hoy.

A ese fondo, añade luego los detalles del misterio que contemplas: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… Promoverá fielmente el derecho”.

Ves que en ese hombre nuevo se dan la mano el Hijo y el Siervo, el amado de Dios y el que Dios ha enviado a promover el derecho entre los hombres, el que es elegido de Dios y el que es luz de las naciones.

Aún no has considerado, sin embargo, lo más asombroso del misterio que celebras, pues a Cristo Jesús, al Siervo de Dios, al Hijo preferido del Padre Dios, tú has sido unida en admirable comunión por la fe, de tal modo que puedes decir con verdad: Él se bautiza y yo soy purificada; él se bautiza, y yo soy santificada; él se bautiza, y sobre mí baja el Espíritu Santo; él se bautiza, y yo oigo la voz del Padre que me dice: “Tú eres mi elegida a quien prefiero”.

De esa comunión admirable y dichosa es sacramento la eucaristía que estamos celebrando. No olvides tu pobreza, Esposa de Cristo, que hoy haces comunión con el Hijo de Dios. Dichosa tú, que has creído, porque hoy los cielos se abren para ti, y baja sobre ti el Espíritu del Señor, y la voz del Padre te penetra con su declaración de amor. Dichosa tú, humanidad nueva, que el Señor ha llamado con justicia, que tu Dios ha tomado de la mano, para hacerte luz de las naciones.

No olvides tu pobreza, no olvides que eres amada, no olvides a los pobres.

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Aprendiendo la paz

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Lo habéis oído en la noche de Navidad: En el campo de los pastores, en torno al ángel que les traía la buena noticia, “apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Ahora, al comienzo del año, en el día que para ti, Iglesia en Navidad, es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el día octavo del nacimiento de tu Señor, el día del nacimiento de aquel cuyo nombre es “Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo”, oirás un mandato de bendición que recae sobre la aspiración más profunda del hombre, sobre el bien que Dios le puede ofrecer: “El Señor se fije en ti y te conceda la paz”.

Haciéndose eco de ese mandato divino, el Papa Francisco abre el nuevo año con palabras que nos alcanzan como un clamor de bendición: “Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra”.

Y yo, queridos, os pido que, con la determinación de quienes han conocido el amor que Dios nos tiene, llenemos de paz y bien este tiempo –el de nuestra vida- que se nos ha dado para amar.

De qué hablamos cuando decimos paz:

Se lo podemos preguntar al Señor, que manda bendecir a su pueblo con la paz. Se lo podemos preguntar a los ángeles de Dios que, en la noche del nacimiento de Jesús, anuncian la paz a los hombres de buena voluntad. Se lo podemos preguntar al mismo Jesús que, cuando se despide de sus discípulos, les da la paz, les deja en herencia su paz. Y se lo podemos preguntar al Resucitado que, al hacerse presente entre los suyos, los envuelve familiarmente en un saludo de paz.

La paz se nos muestra así inseparable de la cercanía de Dios a nuestra vida, del amor que Dios nos tiene, de la misericordia con que nos abraza, de la esperanza con que nos enriquece, de la gracia con que nos visita, de la salvación que nos ofrece, de la justicia con que nos une a él, de la plenitud a la que nos llama, plenitud que sólo Dios puede dar, fundamentar, sostener, acreditar, consolidar… La paz es todo el bien que podemos desear.

Busca la paz:

Para ti, Iglesia en Navidad, la paz –esa plenitud del bien- es inseparable de tu fe en Cristo Jesús.

Él es el sacramento del amor que Dios nos tiene, él es la misericordia con que Dios nos abraza, él es nuestra esperanza, nuestra justicia, nuestra redención, nuestra gracia, nuestra vida. Dicho todo en una vez: Él es nuestra paz.

Pudiéramos pensar que, si somos cristianos, ya somos hombres y mujeres en paz, hombres y mujeres de paz. Pero no hace falte que yo sobresalte a nadie diciendo que eso no es así, pues cada uno de nosotros es testigo de la paz que nos falta, de la paz que no damos, de la paz que no sabemos construir.

Condición primera para que busquemos la paz es reconocer que la necesitamos, como se necesita para vivir el alimento con que nos nutrimos o el aire que respiramos.

Es cierto que la paz es don de Dios, como lo es la fe en Cristo Jesús, como lo es la comunión con Cristo Jesús. Pero igualmente cierto es que el don aceptado es el comienzo de una tarea que hemos de realizar: La fe ha de ser mantenida viva, la comunión ha de ser fortalecida, Cristo ha de crecer en nosotros, y por la paz hemos de trabajar cada día hasta que ella se adueñe de nosotros, hasta que entremos en el descanso de Dios.

Tenemos tarea y tenemos dificultades, muchas dificultades, que vencer.

A vosotros, que aprendisteis la historia de la salvación en el regazo de la Iglesia y que, por eso mismo, estáis familiarizados con las páginas de la Sagrada Escritura, no os será difícil dar nombre a los enemigos que la paz ha tenido desde el principio en el corazón del hombre: La ambición del que quiere ser como Dios, la frustración del que se siente menos que su hermano, la arrogancia del que se siente más que los demás, el mal que se adueña del corazón humano, la soberbia que nos confunde para que no nos entendamos unos con otros… Enemigos de la paz son la injusticia, la opresión, la exclusión, la mentira, la desigualdad.

Si fuésemos conscientes de la facilidad con que nos ausentamos de la paz, creo que la recordaríamos como el hambriento recuerda el pan del que carece, o el enfermo recuerda la salud que ha perdido.

Busca la paz, Iglesia amada de Dios; búscala, como busca la cierva corrientes de agua; búscala, como buscas en la contemplación el rostro de Dios; apréndela como aprendes a creer, a esperar, a amar.

Paz para los pobres:

Pero hoy no es en la paz de nuestro corazón en lo que quiero fijarme. Sé que la buscáis y que la ofrecéis, la deseáis y la cultiváis, la amáis y la pedís.

Hoy necesito hablaros de “migrantes y refugiados”, “hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz”. Hoy quiero hacerme eco de las palabras del Papa Francisco para la LI Jornada Mundial de la Paz y aprender con vosotros a llevar paz a la vida de los pobres.

Porque nos amó, el Hijo de Dios se hizo hombre para ser nuestra paz.

Como si hubiese sentido en lo hondo de su divinidad el hambre de paz que atormenta las entrañas de la humanidad, Dios, con disposición propia de su sabiduría, a todos nos acogió, a todos nos ayudó, a todos nos atendió, a todos nos abrazó. Y de él aprendemos nosotros a llevar paz a la vida de todos. Del Hijo de Dios que, hecho hombre, se hizo nuestra paz, aprendemos a acoger, a ayudar, a atender, a amar, a perder la vida para que los demás puedan vivir.

Quien olvidado de los demás vive para sí mismo, ése se alía con la violencia, renuncia a ser dichoso y se pierde a sí mismo.

Compromiso con los pobres:

Puede que jamás lleguen a saberlo, pero habremos estado eficazmente al lado de los pobres si nuestra palabra, nuestras opciones políticas, nuestra forma de vida, contribuyen a erradicar las múltiples formas de violencia que ellos padecen.

Eso implica que se nos ha de hallar enfrentados a toda pretensión de justificar guerras, conflictos, genocidios…

Se nos hallará despiertos y activos contra toda forma de trata de seres humanos, de explotación, de esclavitud, de negación de la dignidad inalienable de la persona humana… contra el enriquecimiento de unos a costa del empobrecimiento de otros, contra el expolio de unos países por parte de otros, contra un sistema que supedita la dignidad de los personas a razones de seguridad o de beneficio económico.

Una moral políticamente correcta, halagada para dar una seguridad engañosa, ha hecho que nuestra sensibilidad ponga el grito en el cielo por un gato atrapado en un árbol o en un tejado, y duerma sueños tranquilos ante miles de hombres y mujeres concentrados sin piedad en el horror de los caminos de una emigración forzada y no regulada.

Nuestro compromiso con los pobres exige que denunciemos, tanto esa moral de salón como la moral desencarnada que con demasiada frecuencia predicamos los que nos sentamos en la cátedra de Moisés.

“Una mirada contemplativa”:

Queridos: muchas veces he intentado ejercitar con vosotros esa mirada: la que pone a la luz de la fe la vida de los pobres.

Contemplados bajo esa luz, ellos son los hijos para los que Dios reclama la mayor atención; ellos son nuestra propia carne; ellos son el cuerpo de Cristo; ellos son el Señor que llama a nuestra puerta y nos pide ayuda; ellos son ocasión inesperada y sorprendente que se nos da de acoger a Dios.

Esa mirada contemplativa anula en nosotros toda justificación para la indiferencia o el rechazo de los pobres. Esa mirada contemplativa nos sitúa en los caminos de los emigrantes y los refugiados, en las fronteras que se les cierran, en las pateras a las que suben, en los infiernos a los que son condenados.

Esa mirada contemplativa va más allá de razones económicas, políticas o religiosas.

Sí, he dicho también “religiosas”. Pues –somos testigos de ello- se han hecho escandalosamente numerosos los que, por mantener la supuesta identidad religiosa –la identidad cristiana- de una sociedad, de una nación o de un continente, justifican el sufrimiento de los pobres, el abandono al que son entregados los hijos de Dios.

Pobres razonadores ciegos; ¿cómo se puede mantener una supuesta identidad cristiana maltratando realmente a Cristo en sus hermanos pobres?

“El Señor os bendiga y os guarde”:

Ya sólo me queda, hermanos míos muy queridos, cumplir con vosotros el mandato del Señor y bendeciros:

“El Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor. El Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”.

La paz que lleváis en el corazón es evidencia de la presencia de Dios en vuestra vida.

Tánger, 27 de diciembre de 2017.

Festividad de San Juan evangelista.

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Aprendiendo la Navidad

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

 

Es Navidad: Un Sol, que nace de lo alto, sorprende con la claridad de su luz la noche del hombre.

 

La noche –el «hoy»- en que Dios nos saluda con la paz:

El saludo de Paz y Bien parece aprendido en la escuela de Navidad, en la bondad recién estrenada de la nueva creación.

El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo trae a la tierra la paz que el cielo le puede ofrecer, todo el bien que Dios nos puede hacer.

A los que creéis y celebráis este misterio, es el Padre del cielo quien os saluda y os ofrece en su Hijo la Paz y el Bien: “Nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros”.

 

La noche –el «hoy»- en que Dios nace hombre para servir al hombre:

Si entras en el misterio de ese nacimiento, la palabra de la revelación te dirá que tu noche se ha iluminado «hoy» con la luz de Dios, que tu Dios acreció tu alegría, aumentó tu gozo, quebrantó la vara del opresor, y se te regaló en un niño, que es maravilla de Consejero, Dios guerrero, Príncipe de la paz. Si entras en el misterio, se te dirá que Dios ha nacido para servirte.

Sólo del cielo puede venir ese mensaje, sólo un mensajero de Dios puede anunciar este evangelio: “Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.

Pero no te conformes con oír el anuncio. Ve, Iglesia amada de Dios, ve derecha a Belén a ver eso que ha pasado y se te ha comunicado.

Se te anunció una luz para los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Si vas y ves ¡sólo encontrarás un niño!

Se te anunció una gran alegría que será para todo el pueblo. Si vas y ves, ¡sólo encontrarás un niño envuelto en pañales!

Se te anunció un Salvador, el Mesías, el Señor, un Dios que va a la guerra para ser Príncipe de la paz. Ve, Iglesia evangelizada en la noche de hoy, ¡sólo encontrarás un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre!

La luz, la alegría, el Salvador, el Mesías, el Señor, Dios, ¡es un Niño!

Lo que se te ha anunciado, lo que has visto, el misterio de la Palabra de Dios hecha carne, es revelación del poder de Dios en la debilidad del hombre, es epifanía de la grandeza de Dios en la pequeñez del hombre, es manifestación de la gloria de Dios en la pobreza y humildad del hombre.

Y porque a tu Señor, a tu Salvador, lo has visto así, ¡pequeño, pobre, humilde!, te has asombrado, te has alegrado, y has vuelto a tu mundo dando gloria y alabanza a Dios.

Has vuelto a tu mundo, ¡pero ya no es el mismo que habías dejado!

Ahora se ha hecho moradora de ese mundo una alegría que era del cielo; ahora se ofrece a los pobres la bienaventuranza, el consuelo a los que lloran; ahora se ha hecho posible saciar a los hambrientos de justicia; ahora se nos ha revelado el amor como ley que rige el universo; ahora empieza un mundo nuevo que es de los pequeños.

Escándalo o milagro, para ser hombre, Dios escogió el camino de la humildad: la debilidad, la caducidad, el abajamiento… ¡Dios abrazó la condición de esclavo!

Escándalo o milagro, la Navidad –el nacimiento del Hijo de Dios- es un paso primero y necesario en el camino de Dios hasta los pies de los pobres para lavarlos, hasta nuestras dolencias para sanarlas, hasta nuestra muerte para resucitarnos.

Escándalo o milagro, la Navidad es aparición de un mundo nuevo en el que Dios se ha hecho pequeño y de todos, último y crucificado: La Navidad es el primer paso de Dios hacia su entrega de amor en una cruz para entrar en la vida, para ser nuestra vida.

 

La noche –el «hoy»- en que, celebrando la Navidad, aprendemos a ser pequeños y de todos:

Queridos: es tiempo de creer, de admirar, de celebrar, de imitar la Navidad.

Contemplando el misterio, aprendemos que la razón de la Navidad es el hombre; el camino de la Navidad es el abajamiento hasta lo hondo de la condición humana; la meta de la Navidad es la paz para los amados de Dios y la gloria para Dios en el cielo.

El mundo necesita la verdad de la Navidad. El mundo necesita vuestra fe, vuestra Navidad aprendida, vuestra vida entregada en pobreza a los pobres.

No se turbe vuestro corazón. No tengáis miedo. No nos están llamando a la desdicha sino a la bienaventuranza. El Espíritu del Señor viene a vosotros, y lo que nacerá de vosotros es un mundo nuevo según el corazón de Dios.

Sólo se espera nuestro «hágase», nuestro «sí», a la verdad de la Navidad. Lo espera el cielo para llover su justicia. Lo espera la tierra para que brote la paz.

Feliz Navidad, hijos míos muy queridos.

 

Tánger, 22 de diciembre de 2017.

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Un invierno transido de una llamarada de alegría

AÑO 2008

 

Me llamaron las voluntarias de Cáritas: _Padre, aquí ha venido un chico y no sabemos qué hacer con él. Está sin habla, aterrorizado.

Me acerqué, me dijeron su nombre, un nombre extraño que no consigo recordar. Era un hombre joven. La piel, negro azabache. No hablaba, pero en su rostro llevaba escrita una historia de lágrimas, de angustia, como si viviese dentro de una terrible pesadilla… como si aquellos ojos hubiesen visto de cerca el mal, tan de cerca que el hombre se halló devuelto violentamente al niño que hace tiempo había dejado de ser. El sufrimiento había dejado en aquel hombre la vulnerabilidad de la infancia.

Lo habían encontrado congelado: el invierno no entiende de misericordia. Lo habían recogido y ayudado, pero aquel hombre, más incluso que de una ayuda, me pareció necesitado de una madre.

* * *

La celebración eucarística se abre hoy con una invitación apremiante: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.

La alegría es un sentimiento que se lleva dentro, y cuando decimos «dentro», decimos «en el corazón», «en el alma», en lo más íntimo de nosotros mismos. Pero donde la alegría se deja ver es en el rostro, espejo del alma y ventana por la que asoma el corazón.

En este domingo, los hijos de la Iglesia somos invitados a vivir anticipada la alegría propia de la Navidad, y la razón única por la que ese gozo se anticipa es que “el Señor está cerca”: Está cerca la celebración anual de su venida. Está cerca el Señor por su venida a nosotros “en espíritu y en poder” cada día de nuestra vida. Está cerca el Señor en su palabra, en su cuerpo repartido, en su cuerpo eclesial.

* * *

Infierno o cielo, terror o alegría, el mal o el bien, cada uno de nosotros lleva marcada en el rostro la huella de lo que ha vivido “de cerca”.

Mi hermano de color negro azabache había visto la muerte, uniformada de violencia, cruel y fría más que el invierno. Mi hermano de color negro azabache llevaba en el rostro huellas nítidas del infierno al que se había asomado. Y es que el infierno toma cuerpo y se revela sin que hayamos de encender una luz para verlo o de abrir los ojos para percibirlo. Es más fácil describir el infierno que el cielo; será porque también es más fácil verlo de cerca.

A nosotros, sin embargo, el apóstol nos invita y con insistencia a “estar siempre alegres”, invitación oportuna y necesaria, pues los creyentes, que experimentamos en carne viva el infierno, sólo podremos conocer la cercanía del Señor, razón y fuente de nuestra alegría, si ilumina nuestros ojos la luz de la fe.

Al decirnos: “el Señor está cerca”, el apóstol busca encender en nuestro espíritu esa luz poderosa que permite ver, saber y proclamar: La salvación está cerca, la gracia está cerca, el perdón está cerca, la reconciliación está cerca, la paz está cerca. Que es como decir: Tenemos amparo, tenemos cobijo, tenemos regazo acogedor, tenemos madre, tenemos Dios.

Y llevamos su huella en la mirada: “¡Estad alegres!

 

AÑO 2017

 

El viento ha soplado con fuerza durante toda la noche. Lo acompañaba la lluvia, tan deseada desde hace mucho tiempo. Y con el viento y la lluvia ha llegado también el frío.

Viento, lluvia y frío sobre la noche de la ciudad.

Viento, lluvia y frío sobre el bosque de Beliones, sobre la vida de los pobres a los que una legalidad inicua priva de derechos.

En el silencio de la mañana, el corazón se desahogaba ante el Señor: “No sé qué pedir; no sé qué nos puedes ofrecer, Dios mío, aun siendo Dios; no sé qué milagro sirve hoy para que los oprimidos tengan un respiro”.

Ahora, al acercarme a la liturgia de la eucaristía dominical, me encuentro, Señor, con que todo en ella habla de ti, habla de nosotros y habla de alegría: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”; “desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios”; “se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”; “estad siempre alegres”.

Misterio asombroso es éste: que el invierno, sin consumirse –sin dejar de ser invierno, esa eternidad de nueve años para miles de hombres, mujeres y niños, piel negro azabache-, ese invierno se nos muestra transido siempre de una llamarada de alegría.

Descálzate, Iglesia en Adviento, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.

Tú sabes que la alegría se llama Jesús de Nazaret: A donde él llega, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Con él llegó a la vida de tus hijos la paz, la esperanza, la justificación, la bienaventuranza. Con él se acercó a ti, a tu invierno, un Dios con entrañas de madre, con brazos de padre, una llamarada que, por ser de amor, es de eterna alegría.

Y sabes también que has de compartir lo que has recibido: Has sido evangelizada para evangelizar. Has sido llenada de alegría para alegrar.

* * *

Desde aquella mañana en el despacho de Cáritas a la Eucaristía de este domingo han pasado nueve años.

Espero que aquel hermano entonces enmudecido, y cuantos como él han experimentado el invierno y han visto de cerca el infierno, hayan encontrado en vosotros, Iglesia amada del Señor, el rostro amable de Cristo, el regazo entrañable de una madre, la ternura del corazón de Dios.

Os lo repito: ¡Estad alegres!

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