¡Con cuánto amor te ha llevado de la mano tu Señor!

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Queridos: Con la mirada fija en el Señor que camina delante de nosotros, nos guía con su Espíritu, nos ilumina con su palabra y nos atrae con la fuerza de su amor, nos disponemos a celebrar nuestro particular Día de la Iglesia, que este año estará marcado por la liturgia solemne de la Natividad de San Juan Bautista.

Las palabras del profeta las has entendido como referidas al Precursor de Jesús y también a Jesús, tu Maestro y Señor, y las puedes entender también dichas de ti: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Si las refieres a Cristo Jesús, él es tu luz porque te amó y se entregó por ti, para que tuvieses vida. Por eso para ti su nombre es: “Dios, mi salvación”, “Dios de nuestra paz”, “Dios con nosotros”, “Dios maná para nuestro camino”, “Dios agua de la roca para nuestra sed”.

Cristo Jesús, que es luz para ti, es también luz en ti, pues en ti continúa amando y entregándose para que la salvación de Dios alcance a los pobres de todos los confines.

Tus manos, Iglesia cuerpo de Cristo, son las manos de Dios para los necesitados de misericordia y de pan. Por tus ojos se derrama sobre los pobres la compasión de Dios. En tu corazón late el amor de Dios por todas sus criaturas.

Un día descubrirás asombrada y agradecida cuánto evangelio ha pasado por ti desde Dios a los pobres. Aquel día descubrirás que Dios te hizo su sacramento, su portadora, su mensajera, lugar donde a todos se ofrece su salvación… Aquel día descubrirás que Dios te hizo luz de las naciones.

Si pudieses siquiera sospechar el gozo, la paz, la esperanza, que los pobres han recibido al encontrarse contigo, harías subir hasta el cielo un canto de acción de gracias que resonaría durante toda la eternidad, porque el Señor ha hecho obras grandes por ti: con tus brazos Dios ha abrazado a la humanidad desechada; con tu palabra Dios ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos, ha sanado enfermos y enjugado lágrimas, le ha robado víctimas a la muerte y ha evangelizado a los pobres.

¡Con cuánto amor te ha llevado de la mano tu Señor!

Tu fuerza es el Señor, él tiene tu salario, y él mismo es la salvación –la buena noticia- que se te ha confiado para que la lleves a los pobres: “Te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos”.

Recorre ese camino con fidelidad.

Pide vuestra oración y os bendice vuestro hermano menor.

 

Tánger, 20 de junio de 2018.

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Sueña tu vida llena de pobres que se acogen a ti.

Hablemos de plantas y de pájaros.

Semilla caída en tierra, muerta… semilla que da fruto abundante, tanto que habrá para que coman el sembrador y su casa, los pobres y los pájaros del cielo.

Mostaza: Semilla pequeña, insignificante, despreciable… que brota y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.

Hablemos de Jesús y de nosotros.

En Jesús, en el que se abajó hasta lo hondo de la muerte, en el último, en el despreciado de los hombres, en el evitado, en el leproso, en el desfigurado que ni siquiera parecía hombre, en él anidaron los liberados del espíritu inmundo,  los leprosos purificados, los lisiados curados, los pecadores perdonados, los pobres evangelizados.

En Jesús anidamos nosotros: en él somos de Dios, en él somos hijos de Dios, en él tenemos la vida de Dios, en él somos humanidad nueva, en él somos hermanos, en él somos uno, un solo cuerpo, su cuerpo…

Los místicos gozaron viéndose anidar en la cavidad de la roca, en el costado abierto del Salvador.

Tú, Iglesia convocada hoy para la Eucaristía, gozas viéndote anidar en los brazos abiertos de Cristo, en el árbol de la vida que es Cristo, en la Vida que estaba junto a Dios y que se hizo árbol humano para que tú pudieses anidar en él.

Tú gozas viéndote anidar en Cristo resucitado a quien hoy recibes, con quien hoy comulgas, en quien hoy eres recibida y escondida, protegida y cobijada.

En Cristo encuentras el Espíritu que hace posible tu vuelo, el alimento que te da fuerza, la confianza que necesitas, la gracia que te hermosea, el amor que te da calor y protección.

Y aprendes… de él aprendes a ser rama en la que puedan anidar los pobres, los hambrientos de paz y de pan, los sedientos de justicia y de agua, los pequeños en busca de protección y cobijo.

Sueña, sueña tu vida llena de pobres que se acogen a ti.

Feliz domingo, Iglesia mostaza y acogedora.

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“Satanás está perdido”

Puede que no lo digamos a nadie, que no nos atrevamos a decirlo siquiera a nosotros mismos, pero en lo hondo de nuestra conciencia asoma una y otra vez la pregunta sobre Jesús: ¿Quién eres? ¿De quién eres? ¿Eres un iluso? ¿Estás en tus cabales? ¿Eres un poseído por el espíritu del mal?

Una sombra estremece de frío las entrañas: Los pobres necesitamos que Jesús sea Jesús, Dios salvador, la descendencia que hiere en la cabeza a la serpiente del mal.

El mal se nos ha hecho tan cercano como el hambre, la desnudez, la soledad y la muerte de los desposeídos de la tierra, tan de casa como la frivolidad, la indiferencia, la arrogancia, la prepotencia, la violencia de los poderosos.

Hoy, con los pobres y con Jesús, en la Iglesia hacemos nuestras las palabras del Salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor… Espero en el Señor, espero en su palabra… mi alma aguarda al Señor más que el centinela la aurora”.

Hoy, en los pobres y en Jesús, en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, el linaje de la mujer se enfrenta al mundo de la serpiente: a la mentira, a la injusticia, a la violencia, a la opresión y a la muerte.

Para esa lucha necesitamos la certeza de la esperanza.

Necesitamos, Cristo Jesús, escuchar tu palabra y creer en ti: “Satanás está perdido”; “ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”.

Ya sabemos quién eres: Eres el anti mal, eres la descendencia que hiere en la cabeza a la serpiente antigua que desde siempre parecía dominar el destino del hombre.

Eres Dios contra la enfermedad, la marginación, el espíritu inmundo, la muerte.

En ti, Jesús, Dios se revela como Dios de los pobres, Dios para los pobres, Dios levantado en alto entre los pobres.

Llévanos, Señor, a la comunión contigo: Llévanos contigo a la condición de hijos de Dios y enséñanos a cumplir la voluntad del Padre.

Llévame pobre por el camino de los pobres, levantado contigo entre los pobres, ungido por tu Espíritu para evangelizar a los pobres, enviado contigo a realizar en el mundo el reino de Dios y hacer retroceder el reino del mal.

Oigo el grito de victoria de los pobres: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

“Creemos y por eso hablamos”; creemos y por eso luchamos; creemos y, con Cristo Jesús, también nosotros decimos: «Satanás está perdido».

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Un arco iris de paz

San Marcos lo describió así: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: _Tomad, esto es mi cuerpo”. Y luego añadió: “Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: _Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.

Te puede parecer, Iglesia reunida para esta comida sagrada, que las palabras del evangelista describen lo que Jesús hizo en la última cena con sus discípulos; pero en realidad te está poniendo delante de los ojos la vida entera de Jesús, todo lo que había hecho antes de aquella cena, y lo que iba a consumar después de ella.

Antes de aquella cena, Jesús ha partido y repartido su vida entre los hombres anunciando el Reinado de Dios, curando enfermos, liberando poseídos, perdonando pecados, haciendo el bien.

Después de aquella cena, Jesús partirá y repartirá su vida entregándola por todos en los brazos abiertos de una cruz.

El pan y el vino de la última cena nos ayudan a entrar en el misterio de lo que fue la vida de Jesús: un pan repartido; el sello para una alianza nueva entre Dios y su pueblo; una vida entregada por todos para que todos pudiesen vivir.

Pero también es verdad que la vida y la muerte de Jesús ayudan a comprender el significado de aquel pan entregado a los discípulos en la última cena y de aquella copa de la que todos bebieron; y también ayudan a comprender el significado del pan y del vino de nuestra Eucaristía. De aquel pan, de nuestro pan, se dice: “Esto es mi cuerpo”; de aquella copa, de nuestra copa, se dice: “ésta es mi sangre de la alianza”.

Cuando tomamos el pan y, pronunciando la bendición, lo partimos y lo comemos, la fe nos dice que Cristo no nos está devolviendo nuestro pan, sino que se nos está entregando él mismo. Y cuando bebemos de la copa de la alianza, la fe nos dice que Cristo nos está entregando, no nuestro vino, sino la Sangre con la que selló la nueva y terna alianza entre Dios y nosotros.

Cristo, su entrega, su sacrificio, su amor, él en persona es la verdad de la Eucaristía. Celebrar la Eucaristía es como colgar en el cielo un arco iris de paz entre Dios y los hombres. El Padre y la Iglesia miran el arco en las nueves, miran  a Cristo Jesús, y recuerdan el amor que los ha unido en eterna alianza.

Eucaristía: ¡Arco iris de paz en el cielo de la fe!

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Ya no hay Trinidad sin ti, ya no hay Trinidad sin pobres:

En el Misal de la comunidad, la Santísima Trinidad es la primera de las solemnidades del Señor.

Lo cual nos recuerda que, si queremos entrar en este misterio corazón de nuestra fe, habremos de hacerlo fijándonos, no en Dios a quien no vemos, sino en Cristo Jesús que es para nosotros imagen visible de Dios invisible: sólo en la escuela de Jesús de Nazaret podremos aprender el vocabulario de este encuentro con Dios.

Es éste un misterio de cielos rasgados, abiertos, accesibles, permeables: el Espíritu puede bajar y posarse sobre Jesús; la voz puede venir hasta Jesús; el Hijo tiene casa familiar a donde volver una vez cumplida la misión que el Padre le confía.

Fíjate en Jesús, el hombre que la voz del cielo declara «Hijo amado en el que Dios se complace». Con él aprendes las palabras clave de esta sabiduría divina que llamamos misterio de la Trinidad: Dios-Padre, Hijo amado, Espíritu de Dios.

Ahora, escuchando a Jesús, habrás de aprender a unir esas palabras según la relación que les es propia: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre en mí… Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, el Espíritu de la verdad”. “Yo y el Padre somos uno”.

El Padre, el Hijo, el Espíritu, son uno sin ser lo mismo, son uno sin confundirse, son uno sin perder la propia identidad, son uno sin limitarse, son uno siendo cada uno plenamente él mismo.

Pero hay algo más, mucho más y muy sorprendente: al vocabulario de la Trinidad pertenece también la palabra «vosotros».

Jesús la revela a sus discípulos: “El mundo no puede recibir el Espíritu de la verdad, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

Ya no hay Trinidad sin «vosotros», hombres y mujeres unidos por la fe a Cristo Jesús: no habrá Trinidad en quien no estéis como hijos; ya no habrá en la Trinidad Hijo de Dios sin «vosotros»; ya no habrá «vosotros» sin Espíritu Santo de Dios.

Con ese Hijo en el que sois hijos, aprendéis a decir: «Abba, Padre».

Como Jesús, también nosotros, sus discípulos, buscamos cumplir en todo el mandato del Padre: nuestro pan de cada día es hacer su voluntad, trabajar en su viña, acercar su reino a los pobres.

No dejes, Iglesia cuerpo del Hijo, no dejes de entrar, por la fe y la contemplación, en los cielos accesibles, en tu casa familiar, en la morada que te está reservada, en el corazón de Dios.

No olvides tu comunión en el Espíritu con Cristo resucitado, con el Hijo glorificado.

Pero no olvides tampoco, no olvides jamás, que, en esta Trinidad, el Hijo con quien estás en comunión, es un Hijo pobre, humillado, perseguido, crucificado.

Ya no hay Trinidad sin pobres. Ya no hay Trinidad en la que los pobres no estén como hijos. Ya no hay pobres en los que el Hijo de Dios no salga a nuestro encuentro.

El tentador intentará apartarte de esa condición, de esa verdad, de ese mundo que fue el de Jesús y es tuyo; intentará seducirte con la idolatría del éxito, de la riqueza, del poder. No olvides que tu forma de vida es el evangelio de Cristo pobre y crucificado.

Feliz camino con el Hijo amado.

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Es la hora del no poder, de la no violencia, del martirio

Esto es lo que celebramos en el día de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia apostólica, y nuestra propia unción por el Espíritu de Cristo Jesús. ¡Somos una comunidad de bautizados por Jesús de Nazaret con Espíritu Santo!

Después de haber escuchado la palabra de la verdad, después de haber acogido el evangelio de nuestra salvación, también nosotros, en Cristo, hemos sido marcados con el sello del Espíritu Santo: “Cristo nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones”.

Al creyente no lo hace ‘de Cristo’ el credo que profesa, ni los ritos que celebra, ni el código moral por el que se rige; tampoco lo identifica como ‘de Cristo’ la profesión que ejerce o el estado social al que pertenece.

A ti te identifica como ‘de Cristo’ el Espíritu que vino sobre él y que él te ha comunicado, el Espíritu que lo ha movido a él y que te mueve a ti, el Espíritu que te da ese aire con Cristo que todos pueden notar, el Espíritu que hace de ti una imagen viva de Cristo Jesús.

A ti te identifica como ‘de Cristo’ el Espíritu que habita en ti y que has recibido de Dios. A ti te identifica como ‘de Cristo’ el amor de Dios que ha sido derramado en tu corazón por el Espíritu que habita en ti.

“Si alguien no posee el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”.

Andad pues según el Espíritu que habéis recibido.

Su fruto es: amor, alegría, paz, comprensión, paciencia, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.

Tú, Iglesia cuerpo de Cristo, estás llamada a ser comunidad de los que aman como Cristo ama: comunidad de hombres y mujeres humildes al modo de Cristo, hombres y mujeres que son hermanos todos de todos y se hacen siervos todos de todos al modo de Cristo, hombres y mujeres que se hacen últimos entre todos siguiendo de cerca cada uno de ellos los pasos de Cristo.

Tú, Iglesia animada por el Espíritu de Cristo, estás llamada a ser comunidad que desborda de alegría por la gracia con que Dios te ha visitado, por la vida de Dios que has visto manifestada en Cristo y que esperas recibir, por el amor de Dios que permanece en ti, por la esperanza cierta de que, en Cristo, Dios mismo es la meta de tu camino.

Vuelve los ojos a Cristo Jesús, déjate llevar por su Espíritu a los caminos de los pobres, al desierto donde se mueven los hambrientos de justicia, los sedientos de Dios.

Ésta es la hora de los operadores de paz, de los testigos del reino de Dios. Es la hora del no poder, de la no violencia, del martirio… del Espíritu de Jesús en nuestras vidas.

Los idólatras continuarán invocando a sus dioses para alcanzar grandeza, para justificar agresiones, para bendecir crímenes. Los idólatras continuarán prostituyendo las palabras, y hablarán de paz mientras hacen la guerra, mostrarán alegría mientras humillan a los indefensos, declararán de fiesta el día en que roban al pobre y matan al justo. Los idólatras prostituirán la bondad, la de Dios y la del hombre, y se constituirán a sí mismos en medida del bien y del mal.

Apártate de ellos, Iglesia de Cristo.

Pon tus pies en la huella del cordero llevado al matadero, sigue los pasos del cordero mudo, camina tras el cordero que quita el pecado del mundo.

Apártate de la idolatría del poder, de la seducción de la riqueza, de la crueldad de la arrogancia.

Apártate y ama, apártate y alégrate con tu Dios, apártate y habita en la paz que has recibido de Cristo Jesús.

Que donde tú estés, el mundo se sienta bendecido.

Que donde estés, el mundo experimente tu amor, vea tu alegría, goce de tu paz, conozca tu bondad, admire tu paciencia, dé fe de tu lealtad.

Que donde tú estés, vaya Cristo contigo, sople sobre el mundo el Espíritu de Jesús, sientan los pobres sobre sus vidas la dulzura de Dios.

Que donde tú estés, todos reconozcan cercano el reino de Dios.

Feliz día de Pentecostés.

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¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

La palabra proclamada en la solemnidad de la Ascensión del Señor nos guía a la contemplación del misterio que celebramos: Hoy, ante el asombro de los ángeles, el hombre Cristo Jesús fue elevado hasta la nube misma en la que Dios habita. Hoy, con Cristo Jesús, que es cabeza de la Iglesia, sube a los cielos la Iglesia, que es su cuerpo. Hoy atraviesa la gloria el clamor de los pobres que han sido enaltecidos en Cristo Jesús: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

Dices bien, Iglesia cuerpo de Cristo, si afirmas que él se va y tú te quedas; pero no lo habrías entendido bien si pensases que él se va sin ti y que tú te quedas sin él. El mismo a quien ves apartarse de tu vista, se queda contigo hasta el fin del mundo. Y nosotros, que guardamos en el corazón la certeza de estar ya con Cristo sentados a la derecha de Dios, continuamos nuestra peregrinación por los caminos de la humanidad, subiendo allí donde nos ha precedido Cristo Jesús, siguiéndolo por el camino que él nos ha señalado, recorriendo el Camino que es Cristo Jesús.

Entonces te deslumbra la verdad de la paradoja: A lo alto se sube bajando, al amor que es Dios se asciende descendiendo con amor hasta lo hondo de la condición humana. ¡Encarnación es el primer paso de esta ascensión!

Entonces sueñas y pides: Enséñame, Amor, ese camino que lleva fuera de la posada, llévame contigo al lugar donde nacen los sin techo, al establo donde reciben homenaje los sin nada.

Llévame a ese desposorio tuyo con la humanidad pobre, con la carne crucificada, con los desechados al borde de los caminos, con los echados en el portal de nuestra abundancia inicua, de nuestra frivolidad ciega.

Llévame a tu encuentro nupcial con la humanidad olvidada, con la abandonada, la descartada, la violada, la demolida, la que a esos desposorios divinos aporta en dote abandono, lágrimas y llagas.

Llévame contigo, Amor, a tu abrazo con la lepra, con la noche, con la muerte, con el abismo, con la náusea. Vamos los dos aún, vamos siempre, a robar dolores, a secuestrar heridas, a iluminar oscuridades, a derramar sobre el mundo el ungüento perfumado de tu alegría.

Llévame contigo, Amor, al milagro de tu pascua: juntos los dos, vamos a romper cadenas, a quitarle habitantes al hambre, súbditos a la soledad, víctimas a la muerte; vamos a liberar en los rescatados, en el cielo y en la tierra, en ti y en mí, un clamor interminable de triunfo: “Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria… Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación”

Llévame contigo, Amor, a la hora de tu pan multiplicado: es la hora de tu vida presentada, ofrecida, entregada, partida, repartida, comulgada. Que los pobres den testimonio de que somos para ellos el pan que les ha preparado el Espíritu del Señor.

Vamos a lo alto, juntos los dos, mar adentro, donde naufragan los sueños, donde zozobra el futuro de los pobres, donde los vientos del poder sacuden la barquilla de los que buscan la otra orilla.

Llévame a donde tú bajas, llévame contigo a lo hondo, llévame contigo al cielo. Los dos aún, siempre los dos, haciendo interminable el grito de los pobres: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

 

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Embriaguez

La declaración-invitación la hace Jesús a sus discípulos, y la entendemos hecha hoy a nosotros, los que nos llamamos cristianos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

Lo has oído bien, Iglesia cuerpo de Cristo: para esto se agita el universo, para esto nacieron los mundos, para esto nacimos, para ser amados con amor divino, con pasión de Dios, para ser amados como el Padre ama a su Hijo, como Dios ama a Dios, para ser amados y permanecer en el amor.

El que te ama, te pide que permanezcas en su amor, que habites en ese amor, que tengas en ese amor la dirección de tu casa.

Y si preguntas cómo podrá ser eso si tú no conoces el rostro de tu Señor, si jamás has visto a tu Dios, cómo se puede morar en el corazón de Dios, el ángel de esta anunciación, Jesús, te acercará a las puertas del misterio: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”.

Entonces le dirás: “Heme aquí”, estoy dispuesto, “hágase”.

Y él te dirá: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Envolver el mundo en el amor con que Dios nos ama: ése es el modo sencillo y humilde de permanecer en el amor que el Hijo de Dios nos tiene.

En realidad, ése es el modo sencillo y humilde que Dios ha escogido para venir a nosotros, para quedarse en nosotros, habitar en nosotros, poner en nosotros la dirección de su casa.

Habrás observado, hermana mía, hermano mío –hablo a contemplativos-, que en ese mundo nuevo, en el mundo de los discípulos del amor, en el mundo del pueblo de Dios, en el mundo-utopía que encontró su lugar en nuestra fe, no sirve el vino para embriagarse, no cabe el abuso para alegrarse, no ayuda la arrogancia para ser alguien.

Ebrios nos han de encontrar, como en día de Pentecostés, cuantos nos oigan hablar  de las grandezas de Dios: ebrios de Espíritu Santo, ebrios de alegría, ebrios de humildes palabras, de divinas palabras.

Ése es el regalo que nos deja el ángel de esta anunciación: su alegría en nosotros, la plenitud de su alegría en nosotros, embriaguez de alegría para todo el pueblo de Dios…

Éste es el mundo de los que reciben al Hijo, de los que creen en su nombre, de los que han nacido de Dios…

Escucha, cree, comulga, recibe… ama y embriaga de alegría tu pequeño mundo: Es una utopía que el Espíritu de Dios ha puesto al alcance de tu mano.

Feliz domingo.

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De Dios y de los pobres

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”:

Necesito recordar, Cristo resucitado, esa misteriosa comunión contigo, por la que nosotros, los sarmientos, permanecemos en ti, y tú, la vid, permaneces en nosotros.

Necesito celebrar esa misteriosa comunión contigo, porque, unidos a ti, los sarmientos alcanzamos ya el destino donde nos ha precedido la vid; y tú continúas haciendo con nosotros el camino que nos queda por recorrer.

Necesito saberme en ti y para siempre, Cristo resucitado, si no quiero que me ahogue la evidente comunión de todo mi ser con la muerte de los sueños, con la muerte del hombre, con la banalidad de la muerte, con la banalidad del mal.

Necesito saberte en mí, saberte resucitado en mí, saberte vivo en esta vida mía, que sólo puede merecer ese nombre si eres tú quien vive en ella.

En ti, Cristo resucitado, somos algo más, mucho más, que residuos errantes de una estrella apagada: somos poco menos, sólo poco menos, que el cuerpo de Dios.

Lo que somos en ti, nos permite liberarnos de nosotros mismos, del afán de atesorar, del agobio por la vida y el alimento, de la preocupación por el cuerpo y el vestido.

Lo que tú eres en nosotros, en tu cuerpo, en tu Iglesia, eso nos deja arrodillados a los pies de todos, últimos entre todos, siervos de todos.

Tú, por la encarnación, te has revestido de nosotros; y nosotros, por el bautismo, nos hemos revestido de ti; por la fe en ti, somos uno contigo, somos hijos de Dios.

Contigo permanecemos en Dios; con nosotros tú permaneces en los caminos de la humanidad. Contigo hemos conocido la libertad de todo agobio y preocupación; con nosotros tú continúas haciéndote siervo de todos.

Hoy, después de escuchar la palabra que nutre la fe, después de cantar la dicha de haberte conocido, después de bendecir al Padre de toda gracia, haremos comunión contigo, Cristo resucitado, y contigo, como tú, seremos para siempre de Dios y de los hombres, de Dios y de los pobres.

Feliz domingo.

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Nuestra credencial:

Piedra desechada:

Me encanta ese nombre tan tuyo, Señor, de “desechado”, “descartado”, “prescindible”.

Me encanta, porque deja a la vista esa dimensión tantas veces soslayada del misterio de la encarnación que es tu bajada desde Dios a los pobres, desde Dios a los prescindibles, desde Dios a los descartados, desde Dios a los desechados por la des-humanidad que cuenta, la que decide, la que se ha constituido a sí misma desde el principio en norma del bien y del mal, de lo útil y de lo inútil, de la vida y de la muerte.

Sobre la vida de tus hermanos pobres, lo mismo que un día sobre la tuya, no decide la humanidad, ni la justicia, ni la solidaridad; decide el poder, con sus parlamentos, sus leyes, sus jueces, sus fuerzas de seguridad.

El poder ha hecho criminal tu amor por encima de la ley, el amor de los padres a sus hijos enfermos, el amor de los pobres a los más pobres entre ellos: el poder, simplemente, ha hecho criminal el amor.

Para el poder, tú, Señor, con tu escandalosa opción por los desechados, eres una amenaza tan grande que le resulta inaceptable.

Tú, Señor, con tu absurda encarnación, con tu estúpida opción de abajamiento hasta lo hondo de la condición humana, eres la negación radical del sistema de opresión que devora desde el principio la vida de los últimos.

Gracias, Señor Jesús, porque te hiciste último, porque te hiciste siervo, porque entraste en la fila de los desechados, de los apartados, de los “sacados fuera” de la ciudad, de los que tienen que morir para que no se venga al suelo el edificio del poder.

Gracias porque tú, el Señor, te hiciste siervo de todos los esclavos de la tierra, y nos mostraste a tus discípulos el camino por el que hemos de llevar a los hombres el reino de Dios: haciéndonos últimos, siervos, esclavos de todos, y aceptando llevar contigo la estrella credencial de los desechados, los descartados, los prescindibles.

En cualquier otro lugar, estaríamos lejos de ti.

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