Desde la pobreza y la fe

Hoy nos convocan a la eucaristía la necesidad y la esperanza, la pobreza y la fe, la miseria y la misericordia.

Escucha, Iglesia en adviento, escucha y guarda en el corazón lo que en voz alta vas diciendo de ti misma: “Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento”.

Escucha también lo que vas diciendo de tu Dios: “Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor»”… “Nosotros, la arcilla; tú, el alfarero”.

No nos servirá conocer la necesidad si no reconocemos en Dios a nuestro padre; y no nos servirá reconocer en Dios a nuestro padre si no conocemos nuestra necesidad.

Nuestro adviento será verdadero si la pobreza grita desde la fe, si la fe se hace grito desde la pobreza, si la miseria busca la misericordia, si la misericordia cubre la desnudez de la miseria.

Pobre y confiada, necesitada y esperanzada, así te presentas hoy ante tu Señor, ante el que es tu Dios, tu pastor, tu creador, tu redentor, tu padre.

Ahora escucha tu oración. Verás que tiene más de grito que de susurro: “A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío”. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases derritiendo los montes con tu presencia!” “¡Oh Dios, restáuranos: que brille tu rostro y nos salve!”  “Vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña”. “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

¿Por qué gritas, Iglesia en adviento? ¿Es que es tan grande tu necesidad? ¿Es que es tan dolorosa tu pobreza? ¿Es que es tan amarga tu miseria? ¿Por qué gritas?

Grito porque hago mío el grito de los pobres, el de los crucificados, el de Cristo Jesús en todos los hijos de Dios.

Grito porque hay humanidad que muere de hambre –hay Cristo Jesús hambriento- en un mundo que tira el pan a la basura. Grito porque hay humanidad vejada –hay Cristo Jesús humillado y despreciado- en un mundo que puede y debe respetar la dignidad de todos. Grito porque hay hambre y sed de la justicia, y se nos ha hecho apremiante saciarla. Grito porque nuestra legalidad es un paño de menstruación con el que tapamos las vergüenzas de nuestra justicia.

Grito porque necesitamos un mundo de hermanos.

Grito porque el Amor no es amado.

Grito porque espero que vengas, Señor Jesús: espero que rasgues el cielo y desciendas; espero que finalmente sea navidad para nosotros, que vengas a nuestra vida, que nazcas en nosotros, y que para siempre te quedes con nosotros, sin que nadie te devuelva al otro lado de nuestras vidas.

Grito… Y tú nos recuerdas que hemos de estar en vela, no sea que llegues y nos encuentres dormidos: “Mirad, vigilad… velad”.

Si la fe está en vela, entonces veremos que hoy se rasga el cielo y baja el Señor, hoy se nos muestra la misericordia de Dios y nos alcanza su salvación, hoy el Señor baja a visitar su viña.

Si la fe está en vela, hoy reconocerás a Cristo en medio de ti, dentro de ti: lo recibirás en su palabra, en su cuerpo eucarístico, en su cuerpo eclesial, en sus pobres.

Si la fe está en vela, cada día de tu adviento tendrá su navidad.

Si la fe está en vela, no devolverás a Cristo al otro lado de tu vida.

Feliz domingo, Iglesia en adviento.

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A tu mesa, con los pobres, el Rey

Lo has oído: “Yo mismo buscaré mis ovejas”, “yo mismo apacentaré mis ovejas”.

Es el Señor quien lo dice, y entiendes que él, tu Dios, él en persona, seguirá el rastro de sus ovejas y las librará, él en persona recogerá las descarriadas, vendará las heridas y curará las enfermas…

Y tú, que escuchas hoy la palabra del profeta, la reconoces cumplida en Cristo Jesús, tu buen pastor, tu Rey y Señor.

En el humilde y pobre Jesús de Nazaret, el Señor tu Dios salió en persona a buscarte, se hizo remedio para tus heridas, medicina para tus dolencias, consuelo para tu aflicción, palabra cercana para tu soledad.

En Jesús, el Señor tu Dios vino en persona a ser agua para tu sed, se hizo pan para tu camino, luz para la oscuridad de tus ojos, resurrección y vida para tus huesos olvidados en los dominios de la muerte.

Y por eso, porque el profeta te hablaba de Dios y tú, mientras lo escuchabas, veías el rostro Jesús de Nazaret, terminada la lectura, con verdad, con gozo y con fiesta en el corazón hiciste tuyas las palabas del salmista: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

Las hiciste tuyas con un sentido nuevo que sólo tú puedes les puedes dar, pues sólo tú tienes acceso al misterio de tu relación personal con Cristo Jesús, al misterio de tu relación única con el buen pastor de tu vida; sólo tú sabes del amor con que te cuida, sólo tú sabes de sus desvelos por ti.

Y formando con tus hermanos una sola Iglesia, un solo cuerpo, una asamblea eucarística, vas diciendo, repitiendo, aclamando, lo que Dios es para ti: “¡El Señor es mi pastor!: ¡Nada me falta!”. En su tienda, en su casa, a su mesa me hace recostar; aquí sacia mi sed, aquí repara mis fuerzas.

Si lo escuchas, él te guía por el sendero justo.

Si comulgas con él, él será tu pan, tu medicina, tu perfume, tu vida, tu salvación.

Si lo escuchas y comulgas con él, él será tu buen pastor, él será tu rey.

He dicho: “Si lo escuchas”, “si comulgas con él”.

Y habremos de ahondar en el misterio de esa escucha, de esa comunión.

Es el Rey quien nos lo recuerda: si no lo recibimos –si no lo escuchamos y comulgamos con él- cuando se nos acerca en los pobres, tampoco lo habremos recibido, aunque hayamos oído y comido, en el misterio de la eucaristía.

La certeza de que lo escuchamos y comulgamos con él, nos la da el agua que le ofrecemos en los sedientos, el pan con que lo alimentamos en los hambrientos, el vestido con que cubrimos su desnudez, el calor con que aliviamos su soledad, el abrigo con que lo protegemos de la angustia.

Escucha, contempla, comulga, ama, y la bondad de Dios y su misericordia te acompañarán todos los días de tu vida.

Escucha, contempla, comulga, ama, y los pobres darán testimonio de que, a tu mesa, has sentado a tu Rey.

Escucha, contempla, comulga, ama, y heredarás el reino preparado para ti desde la creación del mundo.

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Que los pobres den testimonio de que estás despierta

La liturgia de este domingo pone delante de nosotros las imágenes de la mujer hacendosa, el empleado fiel y cumplidor, el hombre que teme al Señor, en las que todos estamos representados.

Quienes hemos sido incorporados a Cristo Jesús, estamos llamados a ser en su Iglesia la mujer hacendosa, el empleado fiel, el hombre que teme al Señor.

A todos se nos ha dado el huso y la rueca, a todos se nos ha dejado encargados de unos bienes con los que hemos de negociar, todos hemos de trabajar como pide que lo hagamos el santo temor de Dios.

La memoria de la fe va nombrando los bienes que hemos recibido: Por el bautismo nos hallamos hijos en el Hijo de Dios, incorporados a Cristo, sacerdote, profeta y rey.

El bautismo ha hecho de nosotros hombres y mujeres con mirada esclarecida para reconocer a nuestro Señor y Salvador, hombres y mujeres de oído abierto para escuchar la palabra que nos ilumina, hombres y mujeres que, por haberlas experimentado, proclaman las maravillas del Señor, hombres y mujeres en los que ha puesto su morada el Espíritu de Dios.

Por los sacramentos de la fe, el Señor nuestro Dios puso en nuestras manos sus bienes, su reino.

Si preguntas cómo hemos de negociar con los bienes que nos han sido confiados, la palabra del Señor viene en nuestra ayuda y nos recuerda condiciones indispensables para que multipliquemos lo que hemos recibido.

Será necesario el trabajo –“adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos”-; será necesaria la dedicación, la determinación, el esfuerzo, del que se beneficiarán los de casa y, sobre todo, los pobres; extendiendo su mano hacia el huso, el creyente está extendiendo su brazo al pobre; sosteniendo con la palma la rueca, estará abriendo su mano al necesitado.

Además del trabajo diligente y compasivo, habrá de hacerme compañía el temor del Señor: su ley habrá de ser la luz que ilumine mis caminos.

En el temor del Señor está la bendición, en él hallaremos la abundancia, con él llegará la prosperidad de la Iglesia.

Quien guarda la ley del Señor, permanece en Cristo, da fruto abundante y será bendición para la humanidad entera, porque Cristo permanece en él.

Recuerda, Iglesia esposa, los bienes que hoy recibes: se te confía la palabra del Señor, el Cuerpo del Señor, el Espíritu del Señor, la gracia del Señor.

Escucha, comulga, ama: Extiende la mano a la palabra deseada, sostén con la palma el Cuerpo amado, y que los tuyos y los pobres sientan el abrigo de tu amor; ésa es tu gracia que nunca se pierde; ésa, tu belleza que nunca se marchita; ésa, tu gloria, que nadie jamás te quitará.

Sólo nosotros, sólo cada uno de nosotros puede desperdiciar los bienes que ha recibido y hacerse acreedor a las tinieblas.

De ahí la amonestación, la llamada apremiante a estar vigilantes y despejados, para que el día del Señor no nos sorprenda como un ladrón.

Que los pobres, Iglesia esposa, den testimonio de que estás despierta.

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“Mi alma está sedienta de ti” – “Tengo sed”

“La sabiduría”, “el esposo”, “mi Dios”: tres nombres distintos para un único amor; tres nombres para un amor que se llama Cristo Jesús.

Si hemos dicho “amor”, hemos dicho pasión, hemos dicho deseo, hemos dicho búsqueda.

Si hemos dicho “amor”, hemos dicho “corazón en vela” aun cuando durmamos: dormidos o en vela, el alma se nos va tras el amado.

Si hemos dicho “amor”, hemos dicho hambre y sed de Cristo Jesús, hambre y sed de la sabiduría, hambre y sed de la presencia del amado.

Madrugarás, Iglesia esposa, madrugarás desvelada por perderte en el abrazo de tu Señor, por la dicha de encontrar al amor de tu alma, y lo encontrarás “sentado a tu puerta”, pues desde siempre está allí desvelado el que siempre te ha amado, el que desde siempre espera que salgas de ti misma y le abras la puerta.

Madrugarás por Cristo Jesús: por el esposo, por la Palabra de Dios hecha carne, por tu Dios.

Madrugarás, porque el deseo se te ha clavado dolorosamente en el cuerpo como se clavan en él la sed y el hambre.

“Mi alma está sedienta de ti, Dios mío”.

Sólo esa sed mantiene vivo el recuerdo de lo que anhelas, sólo la sed de Dios te mantendrá despierta, sólo esa sed hará que estés en vela y preparada para la llegada del esposo.

Porque tienes sed de Dios, buscas escuchar su palabra, como busca la cierva corrientes de agua.

Porque has sido herida de amor,  buscas la comunión con Cristo Jesús.

La sed de Dios te llevará entre los pobres, porque en ellos tienes la certeza de abrazar y cuidar el cuerpo de tu amado.

Allí, en la palabra, en la eucaristía, en los pobres, entrarás en el banquete de bodas de tu Señor. Allí lo contemplarás, allí lo bendecirás, allí te saciarás.

Y nunca se apagará tu sed de amar.

 

“Tengo sed”:

La necesidad, mi necesidad, tu necesidad, Iglesia en vela, es animal sediento que clama por el amor y el bien que es Dios: El sumo bien, el todo bien, el todo amor.

Pero también clama el bien, también clama el amor, también Dios es un clamor: “¡Tengo sed!”

Dios sediento, Dios mendigo, Dios a tu puerta llamando.

La fuente que mana eterna, va mendigando esta tierra nuestra para llenarla de vida.

El pan de los ángeles anda en busca de tu hambre de justicia.

La luz de Dios corteja la oscura soledad de tus noches.

El amor tiene sed de ti.

Escucha, contempla, bendice, comulga, sáciate…

Es domingo, y Dios es el todo bien para ti. Entra con él al banquete de bodas.

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Vemos en esperanza nuestra gloria

Lo escribió Juan, el vidente de Patmos; lo escribió para una Iglesia sumida en la oscuridad de la prueba, verdadera noche sobrevenida a los fieles ante la demora en el retorno del Señor y la experiencia amarga de la persecución sufrida y de la muerte. Los ojos del vidente fueron para aquella Iglesia los de un testigo del futuro: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar… vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”.

La de hoy es una fiesta para la contemplación, para “ver” la obra de Dios en los hombres, la muchedumbre inmensa de los redimidos, la gloria del cielo.

Hoy, a la luz de la fe, contemplamos el futuro de la Iglesia: la bienaventuranza de los Santos es la nuestra en esperanza.

Hoy la voz de la Iglesia que aún peregrina en la tierra se une en un solo cántico de alabanza a la voz de la Iglesia que ya goza de Dios en el cielo: “¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!”

De Dios y del Cordero son la gracia y la misericordia, la justicia y la santidad, la paz, la dicha y la gloria.

Ya sabes de dónde viene la luz que hace blancos los vestidos.

Pero, ¿quiénes son ésos que has visto iluminados por la salvación? “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”.

Estos son los que vienen de la noche en la que tú peregrinas; estos fueron Iglesia de los caminos antes de ser Iglesia del cielo; estos fueron y son hijos de la noche e hijos de Dios, pobres a los que Dios regala su Reino, pequeños a los que Dios consuela, pecadores a los que Dios perdona, leprosos a los que Dios limpia, hambrientos saciados de justicia y de misericordia, operadores de paz reconocidos como nacidos de Dios.

Para esta Iglesia que conoce de cerca la noche de su pasión, la impotencia frente a la injusticia, el grito de los pobres, la fatiga de buscar un pan que llevar a la mesa del hambriento, para esta Iglesia que da la vida por poner dignidad, humanidad, respeto y justicia en la vida de los humillados, para ella son las palabras de su Señor, del que es su salvación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

A él, a Cristo, han ido los que hoy contemplas como multitud en la gloria del cielo.

A él, a Cristo, vamos en la eucaristía los que hoy celebramos la salvación que en Cristo se nos ha dado.

A él vamos, en él descansamos, para volver a llevar pan a las mesas y dignidad a las vidas.

Feliz día de Todos los Santos, Iglesia peregrina.

Feliz contemplación de lo que tu Señor prepara para ti, para tus pobres.

Feliz encuentro con Cristo, feliz descanso en Cristo.

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Como niños en los brazos de Dios

En la liturgia de este domingo, las palabras de la profecía suenan a maldición sobre un determinado modo de ejercer el sacerdocio.

El profeta enumera alguna de las cosas que desagradan al Señor hasta el punto de maldecir la bendición de los sacerdotes. Éstos se apartaron del camino del Señor, es decir, hicieron acepción de personas al aplicar la ley, y de ahí se siguió que muchos tropezaran en ella; invalidaron la alianza, haciendo posible que el hombre despojase a su prójimo.

A la profecía le hace eco el evangelio.

Ahora el que acusa es Jesús, y los señalados son escribas y fariseos, que se sentaron en la cátedra de Moisés como maestros del pueblo de Israel.

Éstos son los abusos que Jesús señala: “No hacen lo que dicen”; “lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”.

Y esos mismos, que nada se preocupan de los demás, andan desordenadamente preocupados de sí mismos: “Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. De ahí que exhiban su religiosidad y busquen primeros puestos y asientos de honor, que les hagan reverencias y se les llame maestros.

Hoy, Iglesia cuerpo de Cristo, no se leen esos textos como inútil acusación a muertos, sino como saludable amonestación a quienes ahora estamos escuchando.

Supongo que, en nuestra celebración dominical, nos sentiremos particularmente interpelados los obispos, los presbíteros, los religiosos, todos aquellos que en la Iglesia, por nuestro ministerio, nos hemos sentado de alguna manera en la cátedra de Jesús. Pero harían mal los demás fieles si pensasen que no les concierne lo que aquí han escuchado, pues a todos se dirige la palabra de Dios y para todos es ejemplo Cristo Jesús: en él nos fijamos, de él aprendemos, con él comulgamos.

Escucha, Iglesia cuerpo de Cristo, lo que de sí mismo dice el Apóstol: “Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Deseábamos entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas”.

Y añadió, como quien da una explicación: “Porque os habíais ganado nuestro amor”.

Ahora fíjate en Cristo Jesús: nos dio el evangelio, nos dio su vida, nos dio su propia persona, se nos hizo madre, y no porque lo hubiésemos ganado con nuestro amor, sino porque asombrosamente, sencillamente, hermosamente, él nos amó.

Fíjate y escoge con quien deseas comulgar: con el que despoja a su prójimo, con los que dicen y no hacen, con los que lían fardos y se los cargan a los demás, con los que sólo se buscan a sí mismos, o con el que se abaja por todos, con el que se humilla por todos, con el que se entrega por todos.

Aquí comulgamos con el que se entrega.

Unida a él, pues eres su cuerpo, acallas y moderas tus deseos como un niño en brazos de su madre: como un niño en los brazos de Dios.

Feliz domingo.

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Las gabelas de Dios

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al misterio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos ha manifestado.

El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

El mandato es claro, “pagad”, y el significado también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, no es necesario que lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones.

Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que pagamos a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender.

Recuerda, Iglesia amada del Señor, sus palabras, que hoy son también palabras de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene; y todas “pagan tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en la historia del pueblo de Dios, en su Pascua, en la salvación de la que ha sido beneficiario, hallarás que el Señor “increpó al mar y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte.

Si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua de tu liberación, Iglesia de Cristo; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.

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A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

“Aquel día” Dios preparará para todos los pueblos un festín, manjares suculentos, enjundiosos, vinos de solera, generosos. “Aquel día” Dios aniquilará la muerte para siempre. “Aquel día” Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.

“Aquel día”: dos palabras en las que se encierra la esperanza del mundo.

Ahora, tú que has oído la palabra del profeta y has creído, dime si la has visto cumplida.

Tenemos un compañero de camino inseparable de nuestra vida, y es la muerte. Tenemos una compañera que conoce como nadie los secretos de nuestro rostro, y esa compañera son las lágrimas. Y más allá de esa muerte y esas lágrimas que nos siguen con la regularidad de los amaneceres, conocemos otras que son hijas de la violencia, de la crueldad, de la indiferencia, de la injusticia, de la avaricia, del odio…

Vivimos en un mundo en el que, pese a nauseabundos silencios informativos, la muerte y las lágrimas se nos cuelan por las ventanas del alma, y vemos pateras a la deriva con hombres, mujeres y niños muertos de hambre y de sed; vemos a hombres, mujeres y niños enterrados vivos en las aguas de nuestros mares; vemos a hombres, mujeres y niños hacinados en campos de confinamiento que hubieran sido considerados inadecuados para los animales de una granja.

Entonces me pregunto por “aquel día”, por la esperanza del profeta encerrada en “aquel día”, también por la confesión del salmista, que hice mía en la oración de la comunidad: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

La de hoy es una de esas celebraciones en que la palabra de Dios reclama ser leída, no desde la quietud de los ambones, sino desde el horror de las pateras: “El Señor me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas… Preparas una mesa ante mí… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.

En realidad, si queremos entrar en el misterio de la palabra de Dios, tendremos que proclamarla siempre desde la cruz de Cristo Jesús: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”.

Esa cruz es la única cátedra desde la que se puede iluminar el sentido de la palabra de Dios; y Cristo Jesús, el Crucificado-Resucitado, es el único Maestro que te puede introducir en el misterio de esa palabra.

Es Cristo Jesús quien lo dice: “Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa… Habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Y es él quien lo interpreta. Y no lo hace hablándonos de Dios, sino mostrándosenos, y dejando así que veamos lo que hemos de creer, que veamos lo que necesitamos aprender.

En Cristo Jesús vemos que la palabra del profeta y la palabra del salmista y todas las palabras de la revelación han llegado a cumplimiento.

Ahora, Iglesia de Cristo Jesús, si ves cumplida en Cristo la palabra que escuchaste, si en él se declaran cumplidas todas las palabras, tu fe te dice que también se han cumplido para ti que eres su cuerpo; más aún, que están cumplidas para todos los pueblos, pues de todos quiso ser esa Palabra divina que por todos se hizo debilidad, vulnerabilidad, fragilidad, mortalidad; tu fe te dice que Cristo Jesús es el banquete de bodas que Dios ha preparado: Él es el banquete de la vida, de la alegría y de la abundancia para todos los pueblos, un banquete del que sólo quedan excluidos los que a sí mismos se excluyen “porque tienen otras cosas en que ocuparse”.

Dios ha preparado para todos el banquete de bodas de su Hijo. Con arrogancia y desprecio, se negarán a entrar “los que mucho tienen”. Sorprendidos y agradecidos, entrarán los que nada tienen, ya sabes, los expertos en agonías y lágrimas.

Entra, escucha, contempla, comulga y vive.

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Me preguntará por los pobres

Se trata siempre de la relación de Dios con nosotros: de lo que somos para él, de lo que él es para nosotros.

Dos imágenes, la de la viña que Dios cultiva y la de la viña que Dios arrienda, ayudan hoy a entrar en el misterio de esa relación.

Ya sé que la viña de la que habla el profeta, la que Dios cultiva, “es la casa de Israel”.

Pero todo mi ser va diciendo que “viña del Señor” lo soy yo también. Pues si de aquella se dice que “la entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas, construyó en medio una a atalaya y cavó un lagar”; de ésta, de la comunidad eclesial, de cada uno de los que hemos creído en Cristo Jesús, podemos decir con verdad que Dios nos ha cultivado injertándonos en Cristo Jesús: de su savia recibimos energía, de su Espíritu recibimos aliento, de su gracia recibimos sabor, de su ser recibimos la vida.

Y si de la viña que era Israel el Señor esperó que fructificase en justicia y en derecho, de ésta –de mí y de ti- espera que demos como fruto la justicia y el derecho que trajo a los pobres el reino de Dios.

Y en la viña de la que habla el evangelio, la que aquel propietario arrendó a unos labradores, puedo reconocer el reino de Dios que ha sido confiado a la comunidad eclesial para que en él demos frutos de vida eterna.

Considera ahora lo que esos relatos dicen de nuestro Dios: ¡Dios labrador! ¡Dios de jardines de Edén, de tierras prometidas! ¡Dios que tanto nos amó que nos dio a Cristo Jesús, tierra que mana leche y miel, evangelio para los pobres!

El Dios de nuestra fe es labrador incansable de tierras que él ha soñado como un paraíso de abundancia y de justicia para sus hijos.

El canto de amor a su viña es siempre un canto de amor a ti, es siempre un soñar de Dios contigo, con tu justicia, con tu paz, con tu plenitud, con tu divinidad –no voy a retirar la palabra: ¡con tu divinidad!-.

El canto de amor de tu Dios lo puedes oír hoy en la eucaristía que celebras, pues a ti, a un pueblo que produzca sus frutos, se te da hoy el reino de Dios; a ti se te entrega hoy la viña que es Cristo Jesús; en tus manos –lo digo a la comunidad eclesial- el creador de paraísos deja hoy su reino: el derecho, la justicia, la paz, la abundancia, la plenitud que son evidencia de que reino de Dios está cerca; a tu corazón y a tus manos el amor de Dios confía hoy “la piedra que desecharon los arquitectos” y que “es ahora la piedra angular”: Cristo Jesús.

Y eso quiere decir que a tu corazón y a tus manos el amor de Dios confía hoy la suerte de los pobres, piedra siempre desechada por los arquitectos del mundo, piedra que Dios ha hecho cuerpo de su Hijo.

“Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”: Comulgamos con Cristo y con los pobres.

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El cielo en tus manos

El Apóstol lo dijo así: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

El hombre aquel que tenía dos hijos, se les acercó para hacer a cada uno de ellos la misma petición: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.

Y al oírlo, la Iglesia convocada a la eucaristía entiende que el Padre la está invitando a que vaya a trabajar en su Viña, a que vaya a Cristo Jesús.

“Ve hoy”, nos dice, y es un modo de decirnos: Ve siempre, pues siempre es hoy para el Padre y para sus hijos.

“Ve hoy a trabajar en la viña”: Ve hoy a aprender a Cristo, a hacerte con los sentimientos de Cristo; ve y aprende el amor con que él te ha amado, la humildad con que él ha bajado hasta ti, la pobreza que él abrazó para estar contigo.

“Ve hoy a trabajar”, y aprende la cruz de Cristo: aprende su obediencia al Padre, su entrega a los hermanos, el don de su vida, su solidaridad contigo, la compasión que lo hizo siervo de todos. Ve y aprende a Cristo crucificado.

“Ve a trabajar en la Viña” y, hecha imitadora de Cristo, hazte pobre entre los pobres, pequeña entre los últimos, última entre los pequeños.

A todos va dirigida la invitación. Para todos es la llamada a ir a Cristo. Y de cada uno es la responsabilidad de aceptar la invitación, de responder a la llamada.

Si has cumplido la voluntad del Padre, si te has hecho imitador de Cristo, habrás tomado el camino de la justicia, el camino de la vida, el camino que lleva al reino de Dios.

Si has dicho: “Voy”, pero no fuiste, tú mismo te apartaste de tu justicia, te quedaste fuera de la Viña, te quedaste fuera de Cristo Jesús, te quedas fuera de la Vida.

Si dijiste: “No voy”, pero, recordando ternuras y misericordias, “recapacitaste y fuiste”, habrás entrado por tu pie en la Vida de Dios.

¡Nos va la vida en trabajar en la viña!: ¡Nos va la vida en aprender a Cristo!

Así que bueno, justo y necesario será que aprendamos a aprenderlo.

Y eso –aprender a Cristo- se hace escuchando su palabra: “Mis ovejas escuchan mi voz –dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen”.

A Cristo lo aprenderemos imitando su obediencia de Hijo que, entrando en el mundo, dice: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Seis palabras, seis. En ellas se encierra entera la vida de Cristo Jesús, y en ellas está llamada a encerrarse la vida del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y la vida de cada uno de sus hijos.

Aprenderemos a Cristo imitando su caridad que lo hizo evangelio para los pobres, dejándonos guiar por su pobreza y humildad, y buscando siempre, como Jesús, el interés de los demás.

Aprenderemos a Cristo comulgando con él y dejándonos transformar en él, hasta que sea él solo quien viva en nosotros.

El que nos dice: “Ve hoy a trabajar en la viña”, está poniendo en nuestras manos a Cristo, está poniendo en nuestras manos la Vida, está poniendo en nuestras manos el cielo.

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