¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

Hace unos días celebrábamos la fiesta de San Lorenzo, diácono –entiéndase: servidor- y mártir –entiéndase: testigo de Cristo y de su evangelio-.

Al diácono, la autoridad constituida le pidió que entregase sin demora los tesoros de la Iglesia, tesoros que no le correspondían a la Iglesia sino a la autoridad.

El servidor pidió tres días para restituir lo que se le pedía, y, cumplido el plazo, se presentó delante de la autoridad con el enjambre de pobres a quienes servía en el ejercicio de su ministerio.

En su diácono, en su Iglesia, Dios se hacía de casa para los pobres.

Después de la fiesta del servidor de los pobres, celebramos la solemnidad de la esclava del Señor, la humilde enaltecida a lo más alto del cielo.

Y hoy, en el domingo, la palabra de Dios nos sorprende con una paradoja: “La Sabiduría se ha construido su casa… ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado sus criadas para que lo anuncien”. ¿Y a quiénes llevan su mensaje las criadas? ¡A los inexpertos y a los faltos de juicio!

Ahora, Iglesia convocada al banquete, fíjate en el pan que la Sabiduría ha preparado, en la bebida de vértigo que ha mezclado: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Lo dice Jesús de Nazaret, la Sabiduría que ha puesto su tienda entre nosotros. Es Ella quien, en Cristo Jesús, se nos ofrece. Es Ella, en Cristo Jesús, el pan de Dios para ti.

Y fíjate también en quiénes comen y beben a la mesa de la Palabra hecha carne, a la mesa de Jesús de Nazaret. Allí comieron y bebieron –fueron liberados, curados, perdonados-  enfermos y endemoniados, mujeres postradas con fiebre y con flujo de sangre o poseídas por espíritu inmundo, leprosos y paralíticos, ciegos, sordos y mudos. Allí comieron y bebieron publicanos y pecadores, y también aquella mujer, la de las lágrimas y los perfumes, que todos conocían en la ciudad. A la mesa de Jesús te sientas tú, allí comen y beben tus hijos, todos bañados en misericordia divina, embellecidos de gracia divina, hermanados por el Espíritu de Dios.

Allí aprendes que el evangelio es para pobres, que el reino es de los pobres, que a la mesa de la Sabiduría sólo los pobres se pueden sentar. Allí aprendes que la Iglesia es para pobres, que no hay Iglesia si no es de los pobres, que Jesús y tú sois para los humildes y los hambrientos, para los inexpertos y los faltos de juicio, para desechados, descartados, prescindibles.

Sólo ellos cantarán con el salmista: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Sólo ellos podrán decir con María de Nazaret: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Sólo en su corazón y en sus labios es posible el grito de victoria de los pobres: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza! “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca… Los ricos empobrecen y pasan hambre; los que buscan al Señor no carecen de nada”.

Entonces se te llenan de sentido las palabras del Apóstol: “Cantad, tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Da gracias, Iglesia cuerpo de Cristo, da gracias por el pan y el vino que el cielo ha preparado para sus pobres, para tus hijos maltratados, deportados, abandonados, despreciados, humillados.

Feliz domingo. ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza

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Un pan del cielo

Jesús relee, y nos enseña a releer, la Escritura como “palabra que se cumple en él”.

Lo había hecho con el profeta Isaías. Aquel día, en la sinagoga de Nazaret, Jesús “se pudo en pie para hacer la lectura”, y, después de leer un pasaje en el rollo del profeta Isaías, “comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír»”.

Ahora, en Cafarnaún, lo da a entender a propósito del Libro del Éxodo: la memoria que ese libro guarda del maná con que Dios alimentó a su pueblo en el desierto, es para Jesús anuncio profético del verdadero pan del cielo con Dios alimentará a los hijos del Reino en su camino hacia la Vida.

A la murmuración de los israelitas en el desierto, a la protesta por la falta de pan para la comunidad, se corresponde ahora la crítica a Jesús porque ha dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Cuando el salmista cantaba: “hizo llover sobre ellos maná, les dio pan del cielo, el hombre comió pan de ángeles”, confesaba el amor providente de Dios a su pueblo; aquel pan, el maná, era “del cielo” porque era de Dios, porque su providencia lo preparaba bajo el rocío de la mañana. Aquel pan era una evidencia de la cercanía de Dios a su pueblo: aquel “pan del cielo” era memoria permanente de que el cielo era de la tierra, de que Dios era Dios de su pueblo.

Ahora Jesús dice: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Ahora, en el misterio de la encarnación, en el misterio de la eucaristía, es Jesús el sacramento en el que la salvación se nos hace visible, es el cuerpo en el que tocamos la gloria de Dios, es la evidencia de que Dios se ha hecho de la tierra, de que Dios es Dios para el hombre, de que Dios está cerca de nosotros, de que Dios nos ama.

Donde antes se decía: “les dio pan del cielo”, ahora se dice: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Si consideras el verbo “dar”, a la memoria de la fe suben las palabras de la revelación: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna”. Entonces Jesús, en el misterio de la encarnación, en el misterio de la eucaristía, se nos hace medida de la sin medida del amor de Dios.

Si consideras el verbo “bajar”, recuerdas las palabras del evangelista: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”; y también suben al corazón las palabras del apóstol: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Y sabes que, si crees, si aceptas ese amor que desde el cielo baja a ti para ser tuyo, aceptas ir con él adonde él va, y va siempre hacia abajo, va siempre hacia lo más hondo, va siempre hacia los últimos.

Baja con Cristo al abismo donde se mueven los pobres, baja y sé para ellos sacramento del amor con que Dios los ama, evidencia de la cercanía de Dios a sus vidas, certeza de que son importantes, lo más importante, para ti y para Dios.

Del cielo ha bajado el pan, del cielo ha bajado Jesús, del cielo, para los pobres, has bajado tú, Iglesia cuerpo de Cristo.

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Los pobres, nuestra salvación:

“Lo que oímos y aprendimos, lo contaremos a la futura generación”.

A decir “Padre nuestro”, a confiar en Dios, a tener responsabilidad ante Dios, lo aprendí de mis abuelos, de mis padres, de mis maestros, de mi párroco.

Cosas asombrosas de Dios las leí en la Historia sagrada.

A bajar crucifijos de las paredes para dar alivio al Señor crucificado me lo enseñó el que todo lo sabe, aunque yo no sabía para qué me lo enseñaba.

Luego, de franciscanos y benedictinos aprendí las cosas de Dios en la Historia de la salvación.

Y con todos los que han oído y aprendido, vamos contando las obras de Dios, su poder, sus alabanzas.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios caminaba con su pueblo en el desierto, que lo guiaba hacia una tierra de libertad y de abundancia, que hizo con su pueblo una alianza de recíproca fidelidad y pertenencia.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios alimentó a los hijos de su pueblo con el maná, un pan de gracia recogido bajo la capa de rocío de la mañana, y los hizo vivir con el trigo celeste de la divina palabra.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios puso su tienda entre nosotros, y preparó para todos el banquete de su reino, un festín de bendiciones del cielo sobre la vida de los redimidos, de los rescatados, de los liberados, de los justificados, de los salvados, de los resucitados con Cristo.

Oímos, aprendimos y contamos –lo hacemos cada vez que celebramos la eucaristía-, que Jesús, “la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos”, y declaró que aquel pan, del que todos habíamos de comer, era su cuerpo entregado por nosotros.

Hoy, comulgando, aceptamos ese cuerpo entregado, recibimos a Cristo, nos hacemos de Cristo, para ser todos, en Cristo, un solo cuerpo, un solo Cristo.

Entonces, el mismo Espíritu que me enseñó a bajar crucifijos de las paredes, me recuerda que he de aliviar el dolor de Cristo en su cuerpo que son los pobres, y aprendo -¡con cuánta lentitud y poco empeño!- que no resulta coherente comulgar con Cristo en la eucaristía y rechazar a Cristo en los pobres; aprendo que no puedo decir sí a Cristo y decir no a los pobres; aprendo que no habrá eucaristía para mí si no recibo a Cristo en los pobres, si no amo a los pobres, si no cuido de ellos como se supone que cuidaría de Jesús si él, cansado del camino, hambriento y sediento, llegase a mi casa.

Quien rechaza a Cristo en los pobres, come del pan y bebe del cáliz del Señor indignamente, come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación.

Así he oído y aprendido a Cristo, y así lo voy contando a todos los que esperan salvarse.

No creo equivocarme si digo que nuestra salvación son los pobres en los que Cristo nos visita.

Ciertamente, ellos serán la clave con la que se nos abrirá la puerta del reino que Dios ha preparado para los justos desde la creación del mundo.

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Un mundo nuevo

Ese mundo se podría representar como un paraíso terrenal en el que todo es para el hombre y todo es don de Dios. Lo podríamos evocar también con la imagen de un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, un mundo de muerte aniquilada, de lágrimas enjugadas de todos los rostros.

Lo mismo el paraíso que el festín remitirían a una realidad caracterizada por la abundancia y la gratuidad.

Pero la liturgia de este domingo pone el reino de Dios, el mundo nuevo, bajo el signo del pan escaso y compartido.

Lo recuerdo por si lo hubiésemos olvidamos: el domingo, por ser el día primero de la semana y el día octavo, es, con su eucaristía, memoria festiva y agradecida de Cristo resucitado, memoria del hombre primero de una humanidad nueva, memoria gozosa de una nueva creación, de un mundo nuevo iluminado con la luz sin ocaso de la resurrección del Señor.

Celebramos el domingo porque, resucitados con Cristo por la fuerza del Espíritu Santo, por la fe y los sacramentos de la fe, hemos entrado con Cristo en la nueva creación.

Ese mundo nuevo al que pertenecemos en Cristo, jamás dejarás de verlo como el reino de la abundancia y de la gracia: En Cristo hemos sido agraciados –bendecidos- con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Jamás dejaremos de verlo como el paraíso en el que nos ha colocado el amor de Dios.

Pero ese reino no debes dejar de verlo tampoco como el de la casa de Dios, el de la familia de Dios, el de los hijos de Dios, un reino, una casa, una familia, donde un pan compartido significa pan para todos, escasez que el amor transforma en abundancia simplemente con el gesto de dar y bendecir.

Porque compartimos nuestro pan, “Dios prepara casa a los desvalidos”; porque compartimos nuestro pan, “Dios da fuerza y poder a su pueblo”.

Ese pan compartido es un sacramento de misericordia, y quienes lo practican, alcanzarán misericordia.

Ese pan compartido es sacramento de nuestra vida entregada: Nadie guarde para sí mismo lo que para todos nos ha sido dado.

Sobre el pan de la misericordia, sobre el pan de vuestra vida, pronunciad, en comunión con Cristo Jesús, la acción de gracias, y después repartidlo. Cuando todos hayan comido y queden saciados, comprobaréis que todavía queda por repartir mucho más de lo que habéis dado.

El que dijo de sí mismo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, reconocerá como suyos a los que, en la nueva creación, se han hecho pan para los hijos de Dios.

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El Señor es mi pastor

El profeta dijo: “Mirad que llegan días en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra… Y lo llamarán con este nombre: «El-Señor-nuestra-justicia»”.

Y el apóstol, llegados los tiempos a su plenitud, escribió: “Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz”.

En tu vida, hermana mía, hermano mío, hay un antes y un ahora: un antes en que todos andábamos “como ovejas sin pastor”, y un ahora en que “hemos vuelto al pastor de nuestras almas”; un antes de dispersión y de ruina, y un ahora en que nos conduce el que nos ama: “¡El Señor es mi pastor, nada me falta!”

Considera con quiénes has orado en esta mañana de encuentro con tu Dios.

Las palabras de tu oración eran del salmista, y al pronunciarlas tú, lo hiciste presente también a él en la asamblea dominical.

Aún más. La oración era tuya, pues dijiste, como si de ti solo se tratase,  “el Señor es mi pastor”. Pero lo dijiste a una voz con tus hermanos, formando con ellos un solo cuerpo, una sola Iglesia, y en ese cuerpo oraba también su cabeza, Jesús el Señor, y oraban con él y contigo todos los pobres de la tierra: “¡El Señor es mi pastor, nada me falta!”

Asómate al misterio que llena de gozo tu corazón. Las palabras de tu oración no las dice el hombre que de todo dispone, el rico que nada necesita, el orgulloso que se basta a sí mismo. Las de la Iglesia son palabras del que nada tiene y al que nada le falta, porque “el Señor es su pastor”.

Contempla a Jesús, al pobre del que tú eres el cuerpo, y vuelve a decir con él las palabras del salmista: “¡El Señor es mi pastor, nada me falta!” Sentirás sobre ti la fuerza del Espíritu de Dios, la gracia del Hijo de Dios, la justicia que todo lo serena y pacifica.

Si te digo, “contempla a Jesús”, te pido que recuerdes su vida, su evangelio, su palabra compasiva y su amor sin medida; pero te pido sobre todo que admires lo que hoy recibes, pues hoy, en la Eucaristía, el Señor te hace recostar en verdes praderas, hoy te conduce hacia fuentes tranquilas, hoy repara tus fuerzas, hoy prepara ante ti una mesa generosa para que comas el pan de la vida y bebas el vino de la salvación, hoy te unge tu Dios con su Espíritu y sientes que te acompañan, como ángeles custodios, su bondad y su misericordia.

Con Jesús, se acabó el antes y empezó el ahora de Dios para ti.

Feliz domingo, Iglesia santa.

“Ven, Señor Jesús”. Ven, y que sea domingo de vida y salvación, de justicia y de paz para todos los pobres.

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Escucha y profetiza

Continuamos hablando de profetas y crucificados.

Sabes que Dios te ha hablado en el hijo despreciado de un carpintero, en un rey de burlas crucificado; y has aprendido a reconocer la voz de tu Señor en los despreciados y escarnecidos.

Pero también sabes que has sido llamado a decir palabras de Dios.

Eso no es privilegio sino responsabilidad, no es prebenda sino crucifixión.

Porque eres profeta, eres un desarraigado: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

Porque eres profeta, vives a la escucha de Dios: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”.

Alguien escribió: “Las ideologías no son mutables; pueden imponerse con vigor, pueden conquistar países e idiomas, pero carecen de oído”.

Me asalta la sospecha de que los llamados a ser profetas del Altísimo nos reducimos una y otra vez al papel de ideólogos de Dios y de la religión, ideólogos carentes de oído, mera apariencia de profetas.

Escucha y profetiza: No anuncies lo que no hayas oído a tu Señor. No calles lo que él te haya revelado.

Escucha y profetiza: El que te ha llamado, el que te ha desarraigado, el que te ha enviado a recorrer los caminos de los hombres, el que te ha querido libre para él y para la misión, te ha confiado un tesoro que a todos has de ofrecer. Irás sin pan ni alforja ni dinero en la faja, rico de justicia y de paz, de salvación y de gloria, de misericordia y de fidelidad.

Escucha y profetiza, porque Dios nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Con lluvia de bendiciones nos ha bendecido el Señor, para que nuestra tierra diese una cosecha de justicia y de salvación que los pecadores nunca hubiéramos podido soñar.

Escucha y profetiza: “Dios nos eligió en la persona de Cristo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos. Por este Hijo hemos recibido la redención… El tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros”.

Si escuchas como profeta, saldrás a los caminos de los hombres llevando la palabra del Señor resucitado que te envía, el pan de su vida para repartir, irás con su autoridad para liberar, llevarás el aceite de su misericordia para curar.

Dichosos los que viven en tu casa, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío”, gorriones y golondrinas que han encontrado un nido al abrigo de tu presencia.

Dichosos, Señor, los hombres y mujeres que viven a la escucha de tu palabra.

Dichosos, Señor, tus profetas.

Feliz domingo.

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Escuchar a los crucificados:

Que Dios exista o no, es asunto que supongo de importancia vital para Dios, aunque poco o nada interesante para los Picos de Europa, para las rosas de tu jardín, o para los insectos que se alimentan de tus rosas.

A ti y a mí la pregunta sobre Dios nos concierne cuando descubrimos que Dios habla, y que hemos nacido equipados para escuchar a Dios y responderle.

La cuestión no es saber si Dios existe, sino responderle si nos habla, pues en ello nos va la vida, también la que esperamos, pero sobre todo ésta que ahora administramos, gozamos, padecemos.

Párate a escuchar a Dios en la voz del universo; atiende al rumor del Espíritu de Dios en las palabras de la Sagrada Escritura; levanta tus ojos al que habita en los cielos.

La liturgia de este domingo va de profetas, de enviados de Dios a decir palabras de Dios.

Si la pregunta por la existencia de Dios podía ser considerada ejercicio retórico, no así la pregunta por los profetas de Dios.

Tú puedes levantar los ojos a Dios, puedes fijarlos en él esperando su misericordia, puedes gritar tu necesidad de salvación. Él responderá enviándote su palabra, sus profetas. Y, si no reconoces la palabra que él te dice, si no acoges al profeta que él te envía, ten por cierto que llamarán a tu puerta la misericordia y la salvación que has pedido, y no les abrirás.

Suele la palabra de Dios ser despreciada por humana, y el profeta por conocido; y solemos ignorar misericordia y salvación por desprecio de palabras y profetas: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero?”

Eso decían los vecinos de Jesús de Nazaret cuando escucharon su enseñanza en la sinagoga. Me pregunto qué dirían si lo hubiesen visto clavado en una cruz y moribundo, atrapado en un infierno de sufrimiento, y abandonado por Dios. Te lo puedes imaginar: “¡Vaya! Tú que destruías el santuario y lo reconstruías en tres días, baja de la cruz y sálvate… Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!”

Pero tú no miras así a tu Cristo crucificado. Tú aprendiste a escuchar su silencio, a leer sus llagas, a descifrar el misterio de su vida. Y viste y oíste a Dios en aquel hombre abandonado de Dios.

Desde entonces, el mundo se te ha llenado de profetas, de crucificados que te hablan en nombre de Dios.

Y sabes que has de preocuparte, no por la existencia de Dios, sino por escuchar el silencio de los crucificados, la palabra de los profetas, el grito de los pobres.

Muchos se quedarán fuera del reino de los cielos, porque la invitación a poseerlo les llegó en las manos de un desheredado ¡y la rechazaron!

Feliz domingo.

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Luchar por la vida hasta perderla:

Para un creyente la muerte es siempre un escándalo.

El libro de la Sabiduría parece querer evitártelo, cuando dice: “Dios no hizo la muerte”. Pero tú intuyes que puedes añadir, aunque te inquiete lo que vas a decir: “Tampoco hizo la vida”, pues vida y muerte no son cosas que se hacen, sino procesos que se experimentan.

No te dejes acobardar por el escándalo y entra en el misterio asombroso de la relación de Dios con la vida y con la muerte.

La Sabiduría se acerca con palabras nuestras al misterio de Dios, y nos deja entrever dónde encuentra Dios su complacencia y qué sueños son los que acaricia en su intimidad: “Dios no se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera”.

No pienses, sin embargo, que has de llamar vida a cualquier cosa, pues la vida que Dios ama y por la que lucha en todos los ámbitos de la creación, lleva consigo la justicia y el bien, la libertad y la paz, la reconciliación y la verdad. Y eso significa que lleva consigo la inmortalidad, pues todo, desde la justicia a la verdad, ¡todo es inmortal!

Te he dicho de la vida que Dios ama. Y porque no pienses que lo dicho es invención mía, recuerda las palabras de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que tenga vida eterna”.  Y aquellas otras: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

En realidad, lo que se proclama en el evangelio de este domingo es narración de la lucha de Dios por la vida del hombre, por la salud del hombre, por la paz del hombre: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella para que se cure y viva… Entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: …levántate”. Y a la mujer que, pensando que con solo tocar el vestido de Jesús quedaría curada, Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha curado, vete en paz y con salud”.

Intuyo, hermano mío, hermana mía, que la vida, siendo lo que ya tenemos, es sobre todo lo que aún no tenemos, lo que esperamos alcanzar, porque Dios lucha por ello, y nosotros nos unimos a esa lucha con la pasión que en nuestros corazones pone el amor de Dios.

Te he dicho de la vida por la que Dios lucha. Y porque no pienses que la palabra lucha es excesiva para indicar el compromiso de tu Dios con la vida, deja por un momento la casa del jefe de la sinagoga con su velatorio por la niña muerta, deja el camino que Jesús recorre acompañado de tanta gente que lo apretujaba, deja Galilea por Jerusalén, y mira a Jesús luchar por la justicia y el bien, la libertad y la paz, la reconciliación y la verdad, mira a Jesús luchar hasta perder la vida por tu vida.

Tal vez ahora empecemos a intuir qué significa la palabra cristiano. En el catecismo aprendiste que  “cristiano quiere decir hombre de Cristo”. Ahora puedes añadir: cristiano es el hombre, la mujer, que por ser de Cristo, aman la vida, luchan por la vida, hasta perder la vida en esa lucha.

Cristiano tal vez sea sólo ese hombre, esa mujer, en quienes Cristo continúa su batalla por la vida, una vida que empieza en el seno materno y aspira a la inmortalidad en el seno de Dios.

Feliz domingo.

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¡Con cuánto amor te ha llevado de la mano tu Señor!

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Queridos: Con la mirada fija en el Señor que camina delante de nosotros, nos guía con su Espíritu, nos ilumina con su palabra y nos atrae con la fuerza de su amor, nos disponemos a celebrar nuestro particular Día de la Iglesia, que este año estará marcado por la liturgia solemne de la Natividad de San Juan Bautista.

Las palabras del profeta las has entendido como referidas al Precursor de Jesús y también a Jesús, tu Maestro y Señor, y las puedes entender también dichas de ti: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Si las refieres a Cristo Jesús, él es tu luz porque te amó y se entregó por ti, para que tuvieses vida. Por eso para ti su nombre es: “Dios, mi salvación”, “Dios de nuestra paz”, “Dios con nosotros”, “Dios maná para nuestro camino”, “Dios agua de la roca para nuestra sed”.

Cristo Jesús, que es luz para ti, es también luz en ti, pues en ti continúa amando y entregándose para que la salvación de Dios alcance a los pobres de todos los confines.

Tus manos, Iglesia cuerpo de Cristo, son las manos de Dios para los necesitados de misericordia y de pan. Por tus ojos se derrama sobre los pobres la compasión de Dios. En tu corazón late el amor de Dios por todas sus criaturas.

Un día descubrirás asombrada y agradecida cuánto evangelio ha pasado por ti desde Dios a los pobres. Aquel día descubrirás que Dios te hizo su sacramento, su portadora, su mensajera, lugar donde a todos se ofrece su salvación… Aquel día descubrirás que Dios te hizo luz de las naciones.

Si pudieses siquiera sospechar el gozo, la paz, la esperanza, que los pobres han recibido al encontrarse contigo, harías subir hasta el cielo un canto de acción de gracias que resonaría durante toda la eternidad, porque el Señor ha hecho obras grandes por ti: con tus brazos Dios ha abrazado a la humanidad desechada; con tu palabra Dios ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos, ha sanado enfermos y enjugado lágrimas, le ha robado víctimas a la muerte y ha evangelizado a los pobres.

¡Con cuánto amor te ha llevado de la mano tu Señor!

Tu fuerza es el Señor, él tiene tu salario, y él mismo es la salvación –la buena noticia- que se te ha confiado para que la lleves a los pobres: “Te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos”.

Recorre ese camino con fidelidad.

Pide vuestra oración y os bendice vuestro hermano menor.

 

Tánger, 20 de junio de 2018.

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Sueña tu vida llena de pobres que se acogen a ti.

Hablemos de plantas y de pájaros.

Semilla caída en tierra, muerta… semilla que da fruto abundante, tanto que habrá para que coman el sembrador y su casa, los pobres y los pájaros del cielo.

Mostaza: Semilla pequeña, insignificante, despreciable… que brota y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.

Hablemos de Jesús y de nosotros.

En Jesús, en el que se abajó hasta lo hondo de la muerte, en el último, en el despreciado de los hombres, en el evitado, en el leproso, en el desfigurado que ni siquiera parecía hombre, en él anidaron los liberados del espíritu inmundo,  los leprosos purificados, los lisiados curados, los pecadores perdonados, los pobres evangelizados.

En Jesús anidamos nosotros: en él somos de Dios, en él somos hijos de Dios, en él tenemos la vida de Dios, en él somos humanidad nueva, en él somos hermanos, en él somos uno, un solo cuerpo, su cuerpo…

Los místicos gozaron viéndose anidar en la cavidad de la roca, en el costado abierto del Salvador.

Tú, Iglesia convocada hoy para la Eucaristía, gozas viéndote anidar en los brazos abiertos de Cristo, en el árbol de la vida que es Cristo, en la Vida que estaba junto a Dios y que se hizo árbol humano para que tú pudieses anidar en él.

Tú gozas viéndote anidar en Cristo resucitado a quien hoy recibes, con quien hoy comulgas, en quien hoy eres recibida y escondida, protegida y cobijada.

En Cristo encuentras el Espíritu que hace posible tu vuelo, el alimento que te da fuerza, la confianza que necesitas, la gracia que te hermosea, el amor que te da calor y protección.

Y aprendes… de él aprendes a ser rama en la que puedan anidar los pobres, los hambrientos de paz y de pan, los sedientos de justicia y de agua, los pequeños en busca de protección y cobijo.

Sueña, sueña tu vida llena de pobres que se acogen a ti.

Feliz domingo, Iglesia mostaza y acogedora.

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