Me saciarás de gozo en tu presencia

Hemos llegado a los días finales del Año litúrgico, y la comunidad creyente vuelve la mirada a los acontecimientos últimos de la historia de la salvación. Hoy, a la luz de la fe, la Iglesia contempla la venida del Hijo del hombre “sobre las nubes con gran poder y majestad”.

La eucaristía que celebramos es anticipación sacramental de aquel día de consolación que esperamos.

El que hoy nos reúne para que escuchemos su palabra y lo recibamos en comunión, en aquel día reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos. El que hoy es pan para nuestro camino, será nuestra vida en la meta alcanzada. El que es ahora nuestra esperanza, será entonces nuestra gloria.

Considera, Iglesia amada del Señor, el misterio de la eucaristía que celebras, y vuelve a pronunciar las palabras de tu oración: “El Señor es el lote de mi heredad… con él a mi derecha no vacilaré”.

Entra en el amor que te envuelve: Dios es tu herencia; Dios es tu fuerza; Dios es tu Dios…

Las palabras de tu oración se han llenado de significado nuevo: “Se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas”.

El salmista de la alianza antigua no pudo conocer esa alegría tuya, no pudo experimentar tu gozo, pues él sólo conoció figuras de las realidades celestes que tú puedes gustar hoy escuchando y comulgando.

Con todo, tú que gozas con la asombrosa novedad de lo que ya has recibido, suspiras siempre por alcanzar lo que todavía esperas. Tú sabes del que amas, y gozas ya con su presencia; pero lo ves todavía en la penumbra de los signos sacramentales, en el claroscuro de los misterios de la fe, en la soledad del Amor que no es amado. Tú sabes del que amas, y él es ya tu dicha, pero sólo puedes abrazarlo pobre, sólo puedes ser feliz con lágrimas, sólo puedes tener experiencia de esa amargura dichosa, de esa dicha amarga.

Y sueñas otro tiempo, deseas otro encuentro, buscas otra dicha: “Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

Por eso, con los ojos puestos en el futuro, oras y trabajas para que amanezca el día en que, finalmente, puedas abrazar sólo hambrientos saciados, y descubras que Dios es la herencia de los pobres.

¡Ven, Señor Jesús!

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Matemáticas de Dios

Cuando decimos ‘poco’, estamos diciendo ‘escaso’ o ‘corto’ en cantidad o en calidad. En la aldea de Sarepta, corta de vecinos y de renombre, aquel día escaseaba todo lo que cuenta en la vida de una persona: era poca el agua, un puñado la harina y exiguo el aceite, era poca la leña, era corto el futuro, y era tasado, por no decir mezquino, el amparo de que podían gozar aquella mujer y su hijo, pues ella era sólo una pobre viuda.

Aquel mismo día, andaba Dios ocupado en buscar a alguien que amparase a un profeta, y para esa misión -¡cosas de Dios!- escogió a la viuda pobre, a una mujer desvalida que, agotados el pan y la esperanza, se disponía a morir.

En realidad, aquel día, andaba Dios ocupado en abrir caminos para salvar la vida de los desamparados: la de la viuda y su hijo, la del profeta… la de todos aquellos que en esta historia están representados y prefigurados.

La viuda, su necesidad, su fe, representa y recuerda la peregrinación de Israel por el desierto, un camino de penuria recorrido con la fuerza de un pan que bajaba del cielo y un agua que brotaba de la roca. En aquella viuda, en su necesidad, en su fe, puedes ver prefigurada la historia de Jesús de Nazaret, historia de un pobre que, tomando en sus manos el último pan, nos entregó con él su vida entera.  En la viuda de Sarepta, en su necesidad, en su fe, puedes ver prefigurada tu propia historia de Iglesia amada de Dios, de Iglesia pobre, de comunidad creyente, a quien su Señor pide el último panecillo, ese puñado de harina, ese poco de aceite, de los que todavía puedes disponer, y que entregados –entregado con ellos todo lo que tenías para vivir-, hacen posible el milagro de que nunca falte en tu casa pan para los pobres: ¡Nunca tu “orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó”!

¡Matemáticas de Dios!: Cuando lo das todo, ganas lo que pierdes, sumas lo que restas, y te dispones a vivir, no a morir…

Hoy se unen a tu oración todos los que comparten tu necesidad y tu fe, todos los que viven por tu pobreza entregada. Es un coro innumerable para un único canto de alabanza: “Alaba, alma mía, al Señor”, que mantiene su fidelidad perpetuamente”.

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Eucaristía y frontera:

Ayer me acerqué con unos amigos a la frontera de Ceuta.

Durante el día habíamos hablado de inmigración, de caminos recorridos por miles de jóvenes para alcanzar, desde su lejano sur africano, esta orilla sur de Europa; para ellos, la orilla de una esperanza, la frontera de una tierra prometida.

El otoño se ha puesto ya de invierno, y el levante hace más intensa la sensación de frío.

A mis amigos, uno de Etiopía, otro de Mozambique, otro de Suráfrica, los acompañaba hasta Ceuta para que, de cerca, viesen los bosques que durante años fueron refugio de inmigrantes y en los que, según parece, ahora no queda ninguno; y, de lejos, adivinasen el trazado de la valla que rodea la ciudad. Lo evidente en el bosque y la frontera eran las furgonetas del ejército y los controles de la policía: ¡Soldados y policías emplazados allí para que allí no estén los pobres! ¡Soldado y policías pagados por la irracionalidad que dilapida en vulnerar derechos lo que tendríamos que gastar en hacerlos respetar!

¿Qué tiene que ver esto con nuestra Eucaristía dominical?

Puede que nada, pues en la homilía de este domingo no se nos va a recordar que el dinero con que se paga a esos soldados y policías lo ponen también los buenos cristianos españoles que en este domingo van a comulgar.

Aceptamos que el de “amar al Señor Dios con todo el corazón” es el primer mandamiento de la ley; pero no hay razón para que pensemos que ese mandato tenga algo que ver con unos extranjeros vigilados, controlados, desplazados, deportados en nombre de nuestro bienestar; podemos amar a Dios y desentendernos de esos hijos suyos que, por no tener papeles, han dejado de serlo. Ocuparse de ellos sería ‘buenismo’ indigno de personas razonables.

Aceptamos eso de “amar al prójimo como a uno mismo”; pero es evidente que unos extranjeros sin dinero no son “prójimo” nuestro, y mucho menos son “nosotros mismos”: gentes así son sólo una amenaza para nuestro trabajo, para nuestra identidad, para nuestra seguridad; y como una amenaza han de ser apartados de nuestra vida. Cualquier otra disposición sería mero sentimentalismo.

Puede que bosques, fronteras y pobres nada tengan que ver con el evangelio de nuestra eucaristía. Puede que consigamos amar a Cristo sin amar su cuerpo que son los pobres.  Puede que consigamos comulgar con Cristo y subvencionar a quienes añaden sufrimientos atroces a su pasión.

Si así fuese, si nuestra misa nada tiene que ver con los caminos de los pobres, mucho me temo que tampoco tenga algo que ver con el camino que es Cristo Jesús.

Feliz comunión con el cuerpo doliente de nuestro Señor.

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“Nos parecía soñar”:

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar” (Salmo responsorial).

En la memoria del soñador podría haber estado Egipto, la tierra de la esclavitud, el mar dividido para el paso de los esclavos, las noches del éxodo bajo la luz de Dios, aquellos días bajo la nube, el desierto mitigado con agua de la roca y panes de rocío, la tierra prometida, una tierra con fuentes de leche y miel para la esperanza de un pueblo.

En la memoria del soñador, más cercanas que las tierras de Egipto y las maravillas del éxodo, quedaban las tierras de Asiria, y de Caldea, último solar de lágrimas y lutos para los desterrados de Sión.

El profeta evoca caminos que Dios abre en la estepa para el paso de los que volverán a la tierra de la libertad.

A la luz de la palabra profética, el futuro se ilumina con un éxodo de pobres hacia una nueva esperanza; Dios los guía entre consuelos; “entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas”.

El salmista evoca Pascua y fiesta, asombro, alegría y canto de los redimidos: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.”

En Cristo Jesús, en los sacramentos de su Pascua, el Señor ha cambiado nuestra suerte: Tocaste, Señor, mis ojos ciegos, y pude verte. Iluminaste mi vida, y pude seguirte. Me curaste, y pude amarte. Cambiaste nuestro duelo en fiesta, el luto en danza, la tristeza en alegría; la luz de tu misericordia iluminó la noche de nuestra esclavitud.

Cuando el Señor nuestro Dios cambió nuestra suerte… se nos llenó de paz el corazón, de alegría el alma, de risas la boca, de cantares la lengua, pues se nos había llenado de Cristo Jesús la vida entera.

Cuando el Señor cambió nuestra suerte… nos parecía soñar.

 

Un mundo de cambia suertes:

 

Si me preguntan cómo se llama mi Dios, les digo: Su nombre es, «El que ha cambiado mi suerte».

Si me preguntan, cuál es mi pueblo, les digo: Mi pueblo son «Los pobres a quienes Dios ha cambiado la suerte».

Si me preguntan cuál es mi tarea, les digo: Me han pedido que sea «Mente, corazón y manos del que cambia la suerte de los pobres».

Si me preguntan a quiénes he sido enviado, les digo: «A los pobres para que cambie su suerte».

Si me preguntan a dónde he llegado, entonces se hace ineludible la confesión y la petición:

Dios mío, no hemos llegado a tiempo para librarlos. Salieron hacia una esperanza, se quedaron a la deriva en un mar de angustia, naufragaron en un cementerio de agua. No hemos llegado a tiempo para cambiar su suerte…

Dios mío, que el mundo se te llene de corazones y manos para cambiar la suerte de los que lloran. Dios mío, que el mundo se nos llene de cambia suertes.

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Últimos: nadie se conforme con menos.

El Señor lo dijo así a sus discípulos: “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Porque nos ama y porque cuenta con nosotros para amar, el Señor nos espera hoy a la orilla de nuestro mar; allí, al fuego del Espíritu, ha preparado para nosotros el pan de su palabra y de su cuerpo; allí, en la eucaristía, es él quien nos invita a seguirlo por su camino, a ser como él, como “el Hijo del hombre, que ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”.

El que no quiso más grandeza que la de ser pequeño, ni más reino que el de Dios, ni más saber que la buena noticia de Dios para los pobres, es él quien hoy nos recuerda que “el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir”.

Hoy escuchamos y creemos para ser como él.

Hoy comulgamos y, por la fe, la esperanza y el amor, nos ponemos en camino para dar la vida con él.

Por la fe, la esperanza y el amor somos de Cristo, somos cuerpo de Cristo, somos presencia de Cristo en el mundo: presencia viva, presencia espiritual, presencia real.

Y no habrá de apartarse el sacramento –que es la Iglesia-, de la realidad que en él se representa –que es Cristo-.

Quiere ello decir que también la Iglesia, como Cristo Jesús, ha sido ungida y enviada, no para ser servida, sino para servir; los hijos de la Iglesia estamos en el mundo, no para preservarnos sino para darnos, no para ser nuestros sino para ser de quien necesite de nosotros.

Y cualquier forma, no digo ya de tiranía o de opresión sobre otro, sino incluso de olvido del otro o de indiferencia frente a su necesidad, sería del todo incoherente con esa condición nuestra de “sacramentos de Cristo Jesús”.

Libres como Cristo Jesús, movidos como él por el amor, apegados como él a la justicia y al derecho, empapados como él de misericordia, siervos de todos como él, esperamos y pedimos que Dios, por nuestros ojos, continúe mirando a los pobres con el amor entrañable con que los miró por los ojos de Jesús de Nazaret.

Para ello habremos de desprendamos de nosotros mismos hasta hacernos de todos y de Dios, como Jesús.

Lo hemos oído en el evangelio: “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”. ¡Y lo hemos creído!

Lo oímos cada vez que celebramos la Eucaristía: “Tomad y comed, porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. ¡Y lo comulgamos!

Y creyendo y comulgando, hemos aceptado, como forma de ser para nosotros, ese “servir y dar la vida” que es la forma de ser de Cristo Jesús.

Nadie se conforme con menos: Vamos con Jesús hasta el último lugar. Rompamos y entreguemos con Jesús el pan de nuestra vida.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

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Llamados a ser evangelio para los pobres

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Queridos: La Paz y el Bien que con vosotros comparto en el Señor cada vez que os saludo, son el evangelio que deseo reciban también los emigrantes –hombres, mujeres y niños en busca de un futuro mejor- cada vez que se encuentren con nosotros en el camino de la vida.

Sobre ellos, desde que han salido de sus casas, se abatido una ola de violencia, que es institucional antes de ser mafiosa, y que es siempre inhumana si no es simplemente criminal.

En los últimos tiempos, la violencia institucional se ha hecho más arrogante y más cruel, tal vez porque sabe que cuenta ya con el soporte de la aprobación social: En todos los continentes, las sociedades se inclinan sin pudor hacia propuestas políticas egoístas, supremacistas, xenófobas, racistas.

Esas sociedades están cavando la fosa en la que han de ser enterradas.

Todo ello hace ineludible una señal de alarma, una palabra de discernimiento de opciones a la luz de la fe, una palabra de solidaridad con los pobres y de compromiso personal y comunitario en defensa de los derechos de los emigrantes, que por ser personas particularmente vulnerables, han de ser particularmente protegidas.

 

Grabado a fuego en la conciencia:

Vosotros, que sois de Cristo, recordáis el evangelio que habéis recibido, y el evangelio dice que a nuestro lado, a la puerta de nuestras vidas, no hay sin papeles, no hay ilegales, no hay clandestinos, no hay irregulares; sólo hay alguien a quien hemos de amar como a nosotros mismos.

He dicho “alguien”. Podría haber dicho “otro”, podría decir “personas”, podría decir “emigrantes”; y todas las palabras se me quedarían pobres, pues ninguna guarda memoria de lo que han vivido, de lo que han sufrido, de lo que han perdido esos hermanos que Dios nos ha confiado para que en nosotros encuentren luz, esperanza, ternura y pan.

Para eso hemos nacido, para eso hemos sido ungidos por el Espíritu de Dios, ésa es la misión que el mismo Espíritu nos ha confiado: la de ser buena noticia de Dios para los pobres.

El que llama a mi puerta no es un extraño sino un hermano, y aunque sea otro, no deja de ser yo mismo, pues es mi propia carne.

Y si, para acogerlo y acudirlo, esa identificación del otro conmigo no me pareciese manifiesta, entonces la fe recuerda todavía que a mi puerta está mi hermano mayor, Jesucristo el Señor, en quien creo, en quien espero, a quien amo.

Dichoso quien se apiada del pobre, porque habrá hospedado a Dios en su corazón.

 

Acerca de Dios y de los pobres:

Esta carta, que quiere ser una llamada al compromiso de todos con los últimos, está dictada por el sufrimiento de los emigrantes y la pasión de Dios en favor de sus hijos pobres.

En torno al sufrimiento de los emigrantes, la información ha levantado un muro de silencio, coronado por una concertina de mentiras y calumnias, crueldad ésta que se añade a la violencia extrema –física y moral- que de forma continuada se ejerce sobre  mujeres, hombres y niños indefensos y vulnerables.

Cuando se dice que las fronteras matan, lo que se quiere decir es que matamos quienes las pretendemos impermeables para los pobres.

Las vallas fronterizas son evidencia de nuestra pretensión de dominio sobre la tierra y sobre los pequeños de la tierra.

Y así, en las vallas de Ceuta y Melilla, las puertas que debieran haber servido para regular y ordenar la entrada de emigrantes en un recinto de serena esperanza, han servido y sirven para perpetrar la iniquidad de las devoluciones en caliente desde territorio español a territorio marroquí.

Las vallas saben de heridas, fracturas, mutilaciones y muertes, todo ello silenciado aceleradamente o falseado interesadamente por los medios de comunicación, de modo que una sociedad desinformada interiorice que en las fronteras no hay emigrantes, no hay violencia contra los emigrantes, no hay sufrimiento de los emigrantes, no hay humanidad vejada y humillada.

A la desinformación, se añadirá la burla atroz y criminal de representar a los emigrantes como mafiosos, como violentos, como vagos, como aprovechados, como ladrones.

Y así, el racismo, la xenofobia, la aporofobia, terminan por ser opciones democráticas, que miden con exactitud la degradación que sufre en nuestras sociedades la humanidad.

Pero, más allá de desinformaciones, representaciones y degradaciones, la realidad es que en la frontera sur de España, en la frontera norte de Marruecos, a la vista de todos en esta Iglesia, los emigrantes están viviendo una tragedia sin fin.

Hace años, a los que esperaban en el bosque de Beliones una oportunidad para pasar a Ceuta, los veíamos dispersos en pequeños grupos a lo largo de la autovía que va del puerto de Tánger a la ciudad autónoma. Allí, a quienes pasaban, y sin que a nadie molestasen y nadie los molestase, pedían la ayuda de una caridad.

Detrás de aquella normalidad rutinaria y serena, había sin embargo mucho sufrimiento, pues aquellos mendigos de color azabache, ya morían en las vallas, ya pasaban frío y hambre en los bosques, ya cargaban sobre los hombros las penalidades de un presente improvisado y la incertidumbre de un futuro imprevisible.

De repente, aquella rutina serena se rompió, y la situación de los inmigrantes se hizo más penosa.

Las razones del cambio habrá que intuirlas, porque nadie las da.

Y lo que se intuye es que Europa paga para que los gendarmes del norte de África mantengan lejos de las fronteras europeas a los pobres que han llagado hasta ellas buscando un espacio de serena libertad.

En ese nuevo contexto institucional, el inmigrante urbano continuó gozando de una cierta tranquilidad; pero los moradores de los bosques sufrieron desde entonces el acoso de las fuerzas del orden, y vieron dificultado en gran manera incluso su acceso a los alimentos necesarios para sobrevivir.

Ahora, desde hace unos meses, la situación ha vuelto a cambiar, y lo ha hecho todavía a peor para la población inmigrante, ya que, en el altar de supuestos intereses europeos, se ha sacrificado el derecho de toda persona a la protección jurídica y social.

Desaparecida la distinción entre emigrantes urbanos y moradores de los bosques, se ha procedido a detenerlos a todos, deportarlos a todos lejos de las fronteras –devolviendo a muchos de ellos a sus países de origen-, y eso se ha hecho con violencia física y moral sobre las personas y con desprecio de sus derechos fundamentales.

Queridos: El que ha puesto la tierra en nuestras manos para que fuésemos continuadores de su obra creadora, no dejará de preguntarnos por lo que hacemos con ella y, sobre todo, no dejará de preguntarnos por lo que hacemos con sus hijos, con nuestros hermanos: “¿Dónde está tu hermano”.

Y no valdrá que respondamos: “No lo sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”

Lo queramos o no, en la conciencia resonará el eco de la palabra inapelable: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”.

Los pobres –los oprimidos, los vejados, los últimos- están en el corazón de Dios, y de lo que hay en su corazón habla su palabra:

Cuando haya entre los tuyos un pobre… no endurezcas tu corazón ni cierres tu mano a tu hermano pobre”.

Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por eso, yo te mando: Abre tu mano a tu hermano, al indigente, al pobre de tu tierra”.

Hijo, no prives al pobre del sustento, ni seas insensible a los ojos suplicantes. No hagas sufrir al hambriento, ni exasperes al que vive en su miseria… no retardes la ayuda al indigente. No rechaces la súplica del atribulado, ni vuelvas la espalda al pobre. No apartes los ojos del necesitado”.

Dichoso quien se apiada del pobre”.

Y entre los pobres, un lugar del todo especial en el corazón de Dios lo ocupan el huérfano, la viuda y el extranjero:

Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante dándole pan y vestido”.

Maldito quien viole el derecho del emigrante, del huérfano y de la viuda. Y todo el pueblo dirá: Amén”.

Si no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda… entonces habitaré con vosotros en este lugar”.

No oprimáis a viudas y huérfanos, a emigrantes y pobres, y que nadie ande pensando el mal que va a hacer a su prójimo”.

Pero la revelación más desconcertante de la relación de Dios con los pobres la encontramos en el evangelio de Mateo: en los pobres es Cristo quien sale a nuestro encuentro, es Cristo quien tiene hambre y sed, es Cristo quien es extranjero, es Cristo quien se encuentra desnudo, o enfermo, o encarcelado; es Cristo quien es presa de los ricos; es Cristo el pobre al que los ricos aborrecen.

 

Acerca de los pobres y de la Iglesia:

La Iglesia es un cuerpo, el cuerpo de Cristo, y, en Cristo, también ella fue ungida por el Espíritu Santo y enviada a evangelizar a los pobres.

Por si alguno sintiese la tentación de espiritualizar esa misión, y por evangelizar entendiese algo así como adoctrinar al personal para que sea bueno, enseñar el Catecismo o explicar el Credo o disponer el ánimo para participar en una procesión, será oportuno recordar lo que un sábado, en la sinagoga de Nazaret, Jesús leyó y declaró cumplido.

Esto es lo que leyó:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”.

Y éste es el comentario que hizo:

Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”.

Leído sin glosa, el texto no deja lugar a espiritualizaciones: El evangelio que hemos de llevar a los pobres está hecho de libertad para cautivos y oprimidos, de luz para ciegos, de gracia de Dios que se ofrece a todos en un año jubilar que no tendrá fin.

Para Jesús y para la Iglesia, ese evangelio es garantía de autenticidad de la misión recibida:

Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”.

Si ignoramos a los pobres, no sólo olvidamos la misión que hemos recibido, sino que ignoramos también y olvidamos –aunque no la podamos borrar- la unción del Espíritu que nos ha hecho “de Cristo”.

Si ignoramos a los pobres, no somos el cuerpo de Cristo.

Si ignoramos a los pobres, no somos de Cristo.

La encarnación del Hijo de Dios evidencia la opción de Dios por los pobres: Se fijó en ellos, vio su opresión, y bajó a liberarlos. Es como si el hombre fuese lo absoluto de Dios.

Y es el mismo Dios quien nos invita a que hagamos nuestra su opción.

Esa opción nos hará frágiles como los pobres, vulnerables como ellos, despreciados como ellos, señalados como ellos, odiados como ellos, perseguidos como ellos.

Y sólo si somos “como ellos” –sólo si somos pobres- podremos ser también buena noticia para ellos.

A la Iglesia de Cristo, o se la encuentra entre los pobres, o no se la encuentra de ninguna manera.

 

Acerca de Cristo y de la Iglesia:

A los hijos de la Iglesia, como a su único Hijo –a su Unigénito-, Dios nos ha puesto pobres en los caminos de los pobres.

Al corazón del evangelio pertenece, no sólo la opción de Dios por los pobres, sino también su opción por la pobreza, que es opción por la pequeñez, la ultimidad, la fragilidad, la humildad, la sencillez, la indefensión.

Esa pobreza se nos muestra inseparable de la vida de Jesús de Nazaret.

Al nacer, Jesús es recibido en el regazo de la dama pobreza, con ella vive desposado, y morirá abrazado a ella.

Aquí es necesario recordar la revelación escandalosa que la carta a los Filipenses hace del proyecto divino de salvación –de evangelización de los pobres-:

Cristo Jesús… siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y un muerte de cruz”.

Acuérdate de Jesucristo, pobre y crucificado, y para ti, que eres su Iglesia y que estás unida a él en una sola carne, no pretendas más grandeza que la de servir, no pretendas más gloria que la de ser última entre los pequeños de la tierra, no pretendas más forma de vida que la pobreza y la cruz de tu Señor.

 

Orad:

Lo dijo el Señor a sus discípulos:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre”.

Así pues, hermanos míos muy queridos, orad, pues sólo en la oración podemos aprender lo que queremos ser en la vida.

Orad, pues de nada seremos capaces si no nos capacita la confianza en el Señor.

Orad por los que os persiguen y calumnian, y así seréis hijos de vuestro Padre celestial.

Orad por los pobres, para que no se pierdan de ánimo en los caminos de la vida.

Orad por los que odian a los pobres, los ignoran, los humillan, los crucifican; orad por ellos, porque no saben lo que hacen, ¡no saben lo que se hacen!

Y orad por mí para que sea fiel en el ministerio que se me ha confiado.

Tánger, 8 de octubre de 2018.

 

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Dichosos los pobres. Se buscan locos:

Me pregunto si esa bienaventuranza: “Dichosos los pobres”, la dicta la locura o la sabiduría.

Como propuesta bancaria de futuro, no atraería a un cliente.

Y como propuesta para seguir a Jesús por los caminos del reino de Dios, continúa teniendo el mismo atractivo, y es Jesús mismo quien la declara imposible  de aceptar: “Imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.

Así que, pongámonos de acuerdo: ese “dichosos los pobres” es una locura.

Según el relato evangélico, al joven rico Jesús le propone que recorra, con él y a su modo, el camino que lleva a la vida: “Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Jesús sabía que ése era el camino real por el que se va al reino de Dios. Lo sabía, porque se había movido siempre en él y ya estaba alcanzando la meta.

Había salido de Dios y volvía a Dios.

Se había despojado de todo, también de sí mismo, para darlo todo a los pobres, para darse todo a los pobres.

Jesús conocía por dentro la dicha de aquel camino.

Pero al joven rico la propuesta le pareció exceso, demasía, locura; apenas la oyó, “frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”.

Dejó el camino de la pobreza que Jesús conocía, y volvió al camino de la riqueza que él conocía.

Jesús se quedó con su bienaventuranza experimentada; y el joven se marchó con un pesar recién estrenado.

Aquel día, el apóstol Pedro, seguramente que de buena fe, le dijo a Jesús una mentira piadosa: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.

Y Jesús hizo como que había escuchado una verdad toda entera.

Pero el hecho es que sólo Jesús puede decir con verdad eso de “darlo todo”, porque sólo él lo ha vivido: sólo él es puro don; sólo él es imagen visible del Amor invisible de Dios; sólo él se despojó incluso de sí mismo, y tomó la condición de esclavo haciéndose semejante a los pobres, bajando hasta la muerte y una muerte de cruz.

Y de ese camino propio de Jesús, que baja desde Dios hasta los pobres y sube con los pobres hasta Dios, es sacramento la Eucaristía que celebramos y comulgamos.

Hoy el Señor resucitado, también a nosotros nos mira con cariño y nos invita a seguirlo de aquella manera suya, que parece locura y es sabiduría.

Queridos: El mundo tiene demasiados ricos tristes, y demasiados pobres que aspiran a ser ricos tristes, y anda falto de locos dispuestos a vivir la alegría de amar.

¡Se buscan locos!

Feliz domingo.

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Ser uno con los pobres

Serán los dos una sola carne”. La palabra de la revelación permite intuir la dimensión de misterio inherente a la relación de amor.

Al hombre y a la mujer unidos en una carne por vínculo esponsal, la palabra les recuerda y les reclama: Preservad la diferencia, pues sois dos; cultivad la comunión, pues sois uno. No os anuléis, no os absorbáis, pues sois dos; amaos el uno al otro, que es amarse uno a sí mismo, pues sois uno.

Pero esa palabra que has escuchado no mira sólo a la relación hombre-mujer, sino que proyecta su luz sobre la relación Cristo-Iglesia, y es en esta relación donde la palabra encuentra plenitud de sentido y verdad cumplida.

Serán los dos una sola carne”. En este misterio que la palabra revela, el amor, que es el ceñidor necesario de la unidad, es también la fuente en la que beber a saciedad la libertad.

Dios es amor”, perfecta unidad en la Trinidad santa y eterna, plena libertad en su unidad indivisible.

A ti, Iglesia esposa de Cristo, el amor te llevará hoy a una comunión sacramental con tu Señor, para ser una con él, para decirle en libertad el sí de tu entrega, para aceptar gozosa el sí de su entrega.

En comunión con él, aprenderás a servir como él a los pequeños, a buscar como él a los pobres de la tierra, a perder la vida con él para encontrarla.

Pero no será ésa la única comunión que hoy harás cuando te acerques a la mesa de tu Señor, pues “el pan” de la eucaristía “es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz”: Hoy comulgamos con el Señor y con los hermanos, que son su cuerpo.

Con todo, tampoco será ésa la última comunión que hoy recibirás, pues si la palabra no te lo recuerda, te lo dirá el Espíritu del Señor: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber…”. Hoy comulgamos con el Señor y con su cuerpo pobre, hoy comulgamos con los pobres del Señor.

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No cerremos a los pobres la puerta de la esperanza:

Queridos: nuestras preocupaciones de hoy no son, manifiestamente, las que alteraron la normalidad de la vida en las tiendas de los israelitas acampados en el desierto; ni son tampoco las que expresó a Jesús su discípulo Juan, cuando éste vio “a uno que echaba demonios” en nombre del Maestro.

Pese a todo, la palabra proclamada este domingo en nuestra celebración está llena de resonancias que necesitamos percibir para no ceder a la desesperanza.

“¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”

¡Ojalá todo el pueblo sintiese de alguna manera en su carne el dolor de Dios por la muerte de sus hijos!

Ojalá todo el pueblo recibiese el espíritu de Dios para conocer las profundidades de Dios, también su dolor.

Nos hace falta el espíritu de Dios para conocer la perfección de su ley, la fidelidad de su precepto, la pureza de su voluntad, la justicia de sus mandamientos.

Necesitamos el espíritu del Señor para reconocer a Cristo y reconocer nuestra propia carne en el hermano que sufre, en los hermanos que mueren.

Él, el Señor, indicaba esa misteriosa comunión, cuando dijo a sus discípulos: “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”.

Y esa comunión con Cristo hace valioso, precioso, incluso el vaso de agua que damos al hermano “porque es del Mesías”, porque es su cuerpo.

Que no cerremos a los pobres la puerta de la esperanza, por nuestra vana pretensión de entrar en la vida, no sólo con el cuerpo entero, sino también con nuestras riquezas.

Más nos vale entrar sin nada en el Reino de Dios que ser echados con todo al abismo, “donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Feliz comunión con Cristo y con los hermanos.

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Un mundo nuevo en nuestras manos:

Jesús lo llamó “el reino de Dios”, y era algo así como  “un mundo nuevo para una humanidad nueva”.

De ese reino él nos habló. De ese mundo, de esa humanidad, él puso el fundamento. Y nos lo ofreció.

El evangelio de Jesús es el evangelio del reino de Dios.

Quien cree en el evangelio, acepta la posibilidad real de un mundo nuevo, de una humanidad nueva.

El reino de Dios vendrá si le abre la puerta la fe de los creyentes.

El corazón me dice que el proceso de adelgazamiento de las instituciones cristianas, evidente y explosivo en los últimos años, no es el resultado de una crisis de fe sino la revelación de una inconsistencia, la evidencia de una traición. Lo que se ha derrumbado, no es el reino de Dios sino el sucedáneo engañoso con que lo habíamos substituido.

Mucho hemos de agradecer que ese espejismo atroz esté desapareciendo, aunque la verdad nos deje a solas con las arenas del desierto.

Hemos cultivado envidias y rivalidades. Hemos justificado guerras y contiendas. Codiciamos como si no tuviésemos fe. Matamos como si los que mueren no fuesen nuestros hermanos. Llenamos el mundo de crucificados como si Dios no muriese con ellos.

Nos decimos cristianos y, abochornados, constatamos que nuestro mundo en nada difiere del mundo viejo que se supone habíamos dejado para entrar en el de Jesús.

¡El mundo de Jesús!: Un mundo de hijos de Dios entregados en manos de los hombres; un mundo de hijos acogidos a sagrado en el corazón de Dios; un mundo de últimos que han escogido serlo entre todos; un mundo de servidores que han optado por serlo de todos; un mundo de hermanos que acogen incluso a quienes todo lo necesitan y nada pueden devolver.

No hablan mal de Dios quienes se ridiculizan amagando con mancharlo mientras defecan.

Blasfemamos contra Dios nosotros, que hemos introducido en su reino la crueldad, el cinismo, la mentira, la búsqueda del poder, el apego al dinero.

Blasfemamos contra Dios quienes hemos armonizado con la justicia de su reino la guerra, el hambre, el homicidio, el fratricidio, todas nuestras formas de connivencia y de complicidad con la muerte.

Blasfemamos contra Dios quienes hemos recibido de él un mundo nuevo y lo hemos ensuciado con heces nauseabundas del mundo viejo.

Hoy nos sentamos a la mesa con el Señor resucitado. Hoy el Maestro vuelve a instruir a sus discípulos. Hoy comulgamos con el que, siendo el Maestro y el Señor, se hizo siervo de todos. Hoy, en las manos de quienes comulgamos con Cristo, Dios pone de nuevo su reino, su mundo, la humanidad que él ha soñado y de la que Cristo es la cabeza, el primogénito. ¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!

El futuro es de los que se atrevan a creer.

Feliz domingo.

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