La incertidumbre nos acecha

Muchos son los acontecimientos de la vida. Algunos gratos y otros menos gratos. Podemos decidir lo que queremos hacer o hacemos, pero muchas veces nos sentimos presionados a actuar forzados por situaciones externas a nosotros y nosotras. Cuando suceden situaciones de violencia irracional, como las vividas en los últimos tiempos en varios países del mundo, cuando con terror miramos o escuchamos por los medios de comunicación la proliferación de amenazas de guerras no imaginadas hace quince o veinte años, vienen a nuestra conciencia múltiples interrogantes que no siempre reciben adecuadas respuestas de parte de nosotros mismos y de los demás.

No siempre nos detenemos a pensar como individuos o comunidades, que hay mucho de misterio en lo que nos pasa, desde lo más simple de la vida cotidiana hasta lo más trascendental. Y todo lo anterior, sobre todo cuando no tenemos respuestas evidentes, nos va sumiendo en una cierta incertidumbre que va rayando en el escepticismo con relación a la humanidad y hasta con relación a la misma naturaleza con sus misterios insondables. Y así, a pesar de nuestras  tantas seguridades y logros, la incertidumbre nos asecha, nos impide vivir en el confort tranquilo de quienes no se preguntan por la vida.

Como vida religiosa de este tiempo, los hombres y mujeres que somos, los modos como nos relacionamos entre nosotros mismos y como iglesias, la manera como instauramos y logramos o no relaciones de justicia, nos mantienen ante el acecho de grandes interrogantes acerca de nuestras reales posibilidades de lograr un mundo diverso al que se ha venido construyendo hasta el presente. Cuando un pesimismo frente a las posibilidades de cambio, forma parte de las convicciones de tantos y tantas en estos tiempos; me pregunto si no somos, los religiosas, los llamados a seguir proyectando y luchando, desde donde sea y a la edad que sea, por el mundo de justicia, solidaridad y paz predicado por el Señor Jesucristo.

 

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