Dios se precede a sí mismo en el corazón humano

San Pablo, como predicador del evangelio de Dios, se autopresenta como «colaborador de Dios», exhortando a sus oyentes a «no echar en saco roto la gracia de Dios» (2 Cor 6,1). Quien anuncia la buena nueva de Jesús sabe que está proponiendo el don divino por excelencia, consciente de que proclama la benevolencia y la misericordia divina y de que el momento del anuncio es «el tiempo favorable» (2 Cor 6,2).

A través de la predicación del evangelio Dios habla a la humanidad. Dios quiere llegar a los demás a través del predicador y a través de Él despliega su poder a través de las palabras humanas (cf. Evangelii gaudium, 136). Por eso el Apóstol exhorta a «no echar en saco roto la gracia de Dios», es decir, a recibir el mensaje que él predica permitiéndole desplegar toda su eficacia de amor liberador y de verdad luminosa, capaz de crear una nueva humanidad y una nueva forma de convivencia basada en la misericordia, la caridad, la paz y la justicia.

El predicador es la mediación a través de la cual la humanidad escucha la verdad que más hondamente anhela. «En el ser humano existe una predisposición al mensaje evangélico que Dios mismo ha creado en nosotros. En las personas y en los pueblos, existe por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte» (Evangelii gaudium, 265). «Dios se precede a sí mismo en el corazón de los hombres», decía Karl Rahner. El anuncio de la Buena Nueva de Cristo «es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar» (Evangelii gaudium, 265). De ahí que todo anuncio de la Buena Nueva es el «tiempo favorable» para escuchar, para recibir y acoger lo que todo corazón humano desea y espera para alcanzar su plenitud.

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