«Diálogo, diálogo, diálogo»

El Papa Francisco dirigiéndose a la clase dirigente de Brasil el 27 de julio de 2013 dijo: «Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta siempre es la misma: Diálogo, diálogo, diálogo», añadiendo: «Hoy, o se apuesta por el diálogo y por la cultura del encuentro o perdemos todos». El diálogo es una modalidad de comunicación que no se debería bloquear nunca frente a las inevitables diferencias de opiniones, de intereses y de mentalidades. Con el diálogo podemos lograr superar siempre los muchos prejuicios y las innumerables barreras que tienden a dividirnos para llegar a experimentar la belleza de la comunión y de la colaboración en la búsqueda solidaria de la verdad y del bien. El diálogo es belleza. Dios es diálogo en sí mismo en el misterio de la Trinidad Santísima, y de ese modo Él es la belleza, la verdad y el bien supremo. Por eso todo diálogo auténtico es imagen del misterio divino que es diálogo y comunión.

El diálogo hoy se ha vuelto necesario en todos los niveles de la existencia humana: entre las personas, dentro de las familias y de las comunidades cristianas, en las iglesias locales y en el ámbito mayor de la Iglesia universal, en las empresas, en los grupos sociales nacionales e internacionales, sin olvidar el diálogo entre las culturas, las ideologías y las religiones.

El diálogo es una ósmosis de riquezas interiores e incesantes que fluyen entre quienes dialogan casi sin que ellos sepan cómo. Está hecho de silencio y de escucha, de sinceridad y de apertura. En el diálogo se renuncia a las propias razones al constatar que las razones del otro son más razonables que las mías. El diálogo es auténtico cuando es búsqueda sincera de la verdad, cuando logra colocar los fundamentos y prepara itinerarios concretos que conduzcan a la transformación de los corazones y de la historia. Cuando se dialoga algo cambia dentro de quienes dialogan. Después de dialogar nadie es el mismo de antes.

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