Testigos de un modo distinto de vivir y actuar

Hay dos dimensiones que caracterizan, de modo especial, a la vida consagrada: la carismática y la profética. La primera se refiere al hecho de que la vida consagrada tiene su origen en el Espíritu Santo. Desde que Jesús se hizo bautizar por Juan y comenzó a predicar “El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio”, el Espíritu Santo suscitó hombres y mujeres que, atraídos por Jesús, lo dejaron todo y lo siguieron. Este ‘estilo distinto de hacer, de actuar y de vivir’ no se modela sobre las exigencias y sobre el desarrollo de los dinamismos propios de la naturaleza, sino directamente sobre los valores del Reino y, en consecuencia, sobre la superación de aquellos bienes que en el nivel ordinario de la creación sirven al hombre para crecer y desarrollarse.
La obediencia de Jesús fue total abandono filial a la voluntad del Padre. Su pobreza la vivió como una relativización absoluta de todos los bienes frente al primado del Reino. Su castidad se tradujo en perfecta comunión de amor con el Padre y de amor fraterno con todos. Se explica así el por qué la vida de Jesús era tan peculiar, tan distinta, que el que se siente llamado a continuarla en la historia debe estar equipado con un don que lo haga capaz de asumirla como propia. En el don de los «consejos evangélicos» el Espíritu conforma al religioso con Cristo, que no tiene otro bien que Dios y su Reino. Ésta es la dimensión carismática de la Vida Consagrada.
La segunda tiene que ver con el rol específico que la vida religiosa realiza en la Iglesia y en el mundo. De hecho, la consagración misma es ya una profecía, en la medida en que testimonia lo Absoluto de Dios y los valores evangélicos que, hoy más que nunca, van contra corriente, en esta sociedad estigmatizada por el secularismo, por la indiferencia religiosa y por el ateísmo práctico. Tales valores son un rechazo profético de los ídolos que este mundo se ha fabricado. La vida consagrada, además, está destinada a poner en discusión a hombres y mujeres que se han encerrado dentro de metas puramente terrenas, con un inmanentismo infecundo, sin futuro. Por esto, cuando es vivida en plenitud y en gozoso agradecimiento, la vida religiosa es profecía más necesaria que nunca, precisamente porque nuestra época postmoderna se caracteriza por un ocaso de las esperanzas humanas y una pérdida de las utopías. Por esto la vida religiosa es considerada «un signo luminoso del reino de los cielos».
Somos conscientes y estamos convencidos de que, con palabras de Lonergan, «sin la fe, sin el ojo del amor, el mundo es demasiado malo como para que Dios sea bueno, para que exista un Dios bueno».

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