NO LO ENTIENDO

0
1958

Ayer conocía, como todos, la noticia de la promulgación de un documento por parte de la Congregación para el Culto Divino según el cual “se prohibía a los celíacos comulgar con pan sin gluten”. Por lo visto viene firmado por su Prefecto, el conocido cardenal africano Sarah. El mismo que ya nos viene acostumbrando a decisiones que, simplemente, “no se entienden”. O, al menos, yo no entiendo. El mismo que abogaba no hace mucho por celebrar la eucaristía “ad orientem”, una forma ladina e hipócrita para  no decir, “de espaldas al pueblo”. (Una vez más, “de espaldas al pueblo”). Sinceramente, lo menos agresivo que puedo decir es, simplemente, que “no lo entiendo”, “que no entiendo nada”.

Le faltó tiempo a los medios de comunicación para resaltar en los telediarios del domingo la “gran noticia” de las hostias sin gluten. Sí, la noticia anti-eclesial  iba de hostias, ayer. Lamentablemente. Uno se pregunta muchas cosas. ¿Es de “esto” de lo que tiene que ocuparse la Iglesia, (o un Prefecto del Vaticano, dicho con más precisión)? ¿Cómo es posible que en este mundo tan secularizado en el que vivimos perdamos el tiempo con estas minucias, que además, van en contra -se quiera o no- de personas enfermas, de celíacos? Son inútiles los paños calientes de “comulgar con vino”, o con hostias “con solo un poco de gluten” (¿cuántos miligramos de gluten, Sr. Cardenal,  son precisos para no adulterar o incluso profanar el santo pan, siempre de trigo, como Jesús hizo, y que de este modo la eucaristía sea “válida”?). Es una afrenta clara a las personas enfermas, cristianas, que desean recibir el cuerpo de Cristo. ¿Con qué derecho se les impide comulgar? ¿Por el hecho de estar enfermos? ¿En qué perjudica a la Iglesia, a la comunidad, a la celebración, que alguna persona en alguna muy específica “misa” comulgue con una hostia sin gluten? ¿Tan decisivo es este “problema” para la evangelización y la vida de la Iglesia? ¿Qué debo hacer yo con la señora que cada domingo me trae su forma “especial sin gluten” para poder comulgar, o con la niña que celebró su primera comunión en mayo pasado con “una hostia especial sin gluten”? ¿Pero en qué mundo viven esos señores, en qué burbuja deambulan, conocen la realidad, han sido curas alguna vez, dónde queda el sentido común? ¿Se dan cuenta del daño que hacen ante una opinión pública tan hostil ya de por sí, ante “todo lo que huela a Iglesia o a curas y monjas”?

Vamos a ver. Parece que la “razón” fundamental es “hacer las cosas como las hizo Jesús en la Última Cena”.  De acuerdo, en principio. Pero, entonces, habrá que rehacer todos nuestros templos para construir tarimas donde poder recostarnos y comer como comían los judíos y comía Jesús, habrá que retornar a la estructura de la cena judía que Jesús celebró, con las varias copas de vino, las oraciones y cantos judíos, las bendiciones propias de esa estructura ritual… ¡Todo absurdo! Recuerdo en mis años de cura en América Latina, cuando viviendo en realidades de auténtica pobreza y miseria, donde la gente apenas tenía qué comer, cuando escaseaban las medicinas, cuando la supervivencia era lo único posible, los buenos obispos de ese país, importaban de Europa un vino especial “para consagrar” (no sé qué características “dignas” tendría ese vino), realizando un gasto económico considerable, a través supongo de la Nunciatura, para repartir aquellas botellas de vino de uva “especial” por todas las parroquias e iglesias del territorio. ¡El único vino con la  dignidad y calidad suficientes para convertirse en la sangre de Cristo! Nunca lo entendí. En ese país, la gente bebía y bebe un estupendo vino a partir de frutos naturales, autóctonos, ante la ausencia total de vides. Me pregunto si el Verbo de Dios se hubiera encarnado en México, o en otro país de la “cultura del maíz”, si en esta Europa decadente en tantos sentidos, en vez de pan de trigo tuviéramos que usar pan de maíz, o de cualquier otro cereal para que efectivamente el corpus Christi se hiciera realidad en el pan. Es todo tan absurdo, tan irracional, tan demencial, que realmente prefiero no seguir escribiendo. Estoy enfadado. No sé si el domingo me pondré los ornamentos litúrgicos procedentes de la cultura del Imperio Romano, tampoco sé si tendré que quitar los bancos para que la gente se recueste en el suelo al estilo judío, o si nuevamente tendré que poner el altar “de culo al pueblo” (con perdón) para mirar hacia Oriente. ¿O me sentiré obligado a desobedecer a Su Eminencia el Cardenal Sarah, y utilizar el sentido común para que puedan comulgar la señora celiaca de cada domingo y la niña de 9 años que hizo su primera comunión hace dos meses?